viernes, 7 de mayo de 2010

El chanchito de San Antonio

Adolfo Calero Orozco


La devoción principal de Pancho Pilarte, finquero de la Ñoca sobre el Rio San Juan, nunca fue, como pudiera creerse, San Francisco el Seráfico de Asís. Sería tal ves, porque para el 4 de octubre lo menos que tiene en el San Juan es un cordonazo que parecen dos o sería cosa de familia, quizás; pero la verdad en que el santo que Pancho ha festejado es el de Padua. Cuando Pancho habla de él todavía, lo llama san Antoñito, y se le ve la devoción en el rostro sonriente; una devoción mezclada con lo que bien podría ser la grata añoranza de grandes fiestas en el pasado o la confiada esperanza de fiestas no menos sonadas para el futuro; porque la manera en que Pancho Pilarte le muestra el cariño a su santo predilecto es haciéndole un 13 de junio que empieza desde el 12 y no acaba hasta muy entrado el 14. Lo que se llama una señora parranda.

Además, san Antoñito es como persona de la familia, en esa finca de la Ñoca. Se le cuentan las cosas que pasan, se le reza a diario, se le quiere con todo el corazón, se le piden cotidianas mercedes y hasta ocurren sus disgustillos con él cuando no se porta lo bastante generosos en los favores o milagros que se le piden, y ocasiones ha habido en que la esposa de Pancho Pilarte le haya hechado en cara a su querido santo los boyos gastados anualmente en su fiesta; esto –repito- cuando alguna vez el santo debía haberse portado mejor… como, por ejemplo, cuando el novio e la Payita se fue a la revolución y no volvió nunca. Pobre Goyo, a quien un riflero lo blanqueó en las lomas de Colorado.

Y esto otro que pasó, comienza temprano un días de mayo de mil novecientos veintitanto: muy con tiempo el devoto y precavido Pancho tomó su bote y se vino rio abajo hasta el medio-queso, y en seguida, medio-queso arriba, se fue subiendo a canaletazos vigorosos, hasta llegar a la finca del general Candela, contra los mojones de Costa Rica; allí vivía una familia que además de ser amiga de nuestro hombre era también devota de San Antonio y criaba chanchos, detalle este que era lo que principalmente había hecho a Pancho emprender tal viaje que en redondo le cogería el día entero. En llegando, se fue de una vez al grano; apenas un “ideay” muy cordial y la respuesta de rigor a las preguntas cajoneras por la Paya, la payita, Toñito, Panchito, la Inesita y Tatín, que en escrupulosa sucesión representan la esposa y la prole de Pancho. Y a continuación…

-Pues yo vengo por un chanchito para San Antonio, y ya saben que los espero el 13, a todos: desde el general, si ya subió hasta al Milor… pero me le quitan unas pulguitas para ese día.

-Te equivocás con el Milor no se consigue una pulga ni para remedio, si me dijeras garrapatas…

-Bueno, que me dicen del chanchito?

-Ajáh… Te gustó el del año pasado!

-Malo no estaba, pero me costó mucho sebarlo.

-Ahora tenemos uno de media ceba, caponcito y que si lo ves te lo llevás.

-¿Y cuanto llora?
-Eso eso es lo de menos. Viendo a la dama se enamora el pretendiente.

-Bueno y decime que hubo del sancarleño que le salió a la Payita para semana santa? Se entendieron?

- Si el tata es el último que sabe las cosas…

-Bueno, hablemos lo del chancho. Me gustaría mas grandecito que el del año pasado.

- Pues vos decís, pero aquel que te llevaste no parecía moto.
-No digo yo que no, pero les diré que hizo falta chancho… Como ni un solo de los invitados se quedó sin llegar, pues hizo falta chancho.

-¿Lo querés mas grandecito ahora, pues?

-Francamente, me gustaría más grandecito. Es que este año pienso invitar al policía de Costa Rica, a don Valentín, a doña María, a don José de doña María... esa gente come!

-Pues vamos al chiquero y vos escoges. Tenemos una chanchita que si la vez te enamorás; pero si pensás invitar a tanta gente, el remedio es que te lleves dos chanchos.

-¿Acaso sólo va haber chancho?

-Es verdad que no solo chancho das vos, y entonces con uno más grande podes tener, vamos al chiquero.
Y el trato quedó ajustado sin mucho palabreo, aunque, claro! Mediaron las observaciones de la vendedora, ponderando lo aseado del animal y las réplicas de pancho calculando las cabezas de guineo que costaría hacerlo crecer, y añadiendo lo justo que era escoger lo mejor para san Antoñito, un santo a quien no podían gustarle las mezquindades… total, que empezaron en 25 córdobas y regateando, regateando acabaron por cerrar en dieciocho.

Pancho permaneció todavía un rato mas después de cerrado el trato en la finquita del general Candela; lo justo para dar un bocado y, aliviado del propósito que lo había traído, platicar un rato de las cosechas, del temblorcito del otro día y del mal paso de la Eudomilia, una sobrinita de su mujer que había volado… -“tiempos estos, en que a los hijos no se les da todo el palo que debía ser”.

Ya era oscurito cuando Pancho arrimo de vuelta a su finca de la Ñoca. La familia entera formaba una guardia llena de curioso interés, esperando al chanchito –“¡pero que aseado el animalito!” –“¡Que lindo!” –“¡vele las nalguitas!”

Los chicos todos querían tocarlo, palparlo, chinearlo. Tatín preguntaba de qué color eran los ojos del marrano. La Paya también quería saber el precio:

-Ya te he dicho que si yo se una cosa es comprar: treinta tabules! Te parece caro?

-Treinta? Pues, como caro, a como están ahora las cosas…

-Bueno, andate de espalda: sabés en cuanto lo rematá? En cuanto decís vos: pues lo rematé en dieciocho?

La Paya no pudo menos que exclamar: -“¡Regalado!”

Señor, y a partir de aquel día la vida en la finca de la Ñoca giró prácticamente alrededor del chanchito, que, desde luego, fue al instante designado como el chanchito de San Antonio, o también más simplemente, el chanchito. Los muchachos madrugaban para ir por cabezas de guineo y rivalizaban en cuanto a quien se las traía mas hermosa; de la masa de las tortillas la Payita le apartaba su racioncita diaria al mimado cochino; los mas chicos se pasaban largas horas contemplándolo, acodado sobre las varas del chiquero, y mas de una vez, Pancho mismo, viendo al animal y como si hubiera de ser el mismo San Antonio quien se lo comería, pensaba en vos alta:

-“Tiene que gustarle”.
Aprovechando sus viajes rio arriba o rio abajo, el amigo Pilarte arrimaba el bote a las riveras del rio junto a los ranchos de sus amigos y les pasaba la invitación de rigor: -“Bueno, para el 13 lo espero”.
Y los invitados respondían con razones de elogioso cumplimiento. Ya sabían ellos como eran de rumbosos los san Antonio de la Ñoca. Otros hacían referencia a la alegre fiesta del año pasado. –“que fiestón aquel!”

Y todos prometían no faltar.

Con sus invitados de honor como el policía tico de la frontera, don Valentín, doña María y don José de doña María, las invitaciones las hacía Pancho sombrero en mano, y previos buenos días y como han estado, y salía gozoso de la buena acogida de tales señores que también sabían cumplimentarlo y agregaban saludos para la mujer y los hijos.

Ya la fiesta estaba boquera. Apretándose la barriga todos en cas, menos el chanchito, los Pilarte habían economizado lo bastante para alistar una fiesta como a ellos les gustaba: con bombas y cohetes, música, comilona y tragos. Tampoco faltaron algunos allegados que con solicitud y oportunidad de verdaderos amigos, se aparecían en la Ñoca, y diciéndole a Pancho: -“Hombre, para San Antonio”, presentaban su contribución para la celebración, que podía ser desde un litro de aguardiente o una gallina hasta un cortecito para los estrenos. La Paya, en el último viaje de Pancho a San Carlos, le encargó una botella de Vermú, para las señoras.

De ordinario, Pancho viajaba solo en su bote, apostando con el río cuando plácidamente se deslizaba aguas abajo; canaleteando bravamente cuando le tocaba ir corriente arriba. Su gozo era grande durante toda aquella temporada de preparativos y como todos los viajero del San Juan, el amigo Pilarte se allanaba al deseo que se le viene a uno de platicar con el río: -“Dejame llegar temprano, viejó”, -le decía puesta la vista sobre las cambiantes aguas cuando el caudal de estas parecía oponerse a su paso. O monologaba con base de que el río lo estaba oyendo: -“Vas a ver… Vas a ver gentío, y vas a oír cohetes… y va a faltar campo en el atracadero de La Ñoca para tanto bote”. Y una tardecita, cuando un cardumen de tiburones iba escoltando su bote, cosa usual en las aguas profundas del San Juan, Pancho, sin alarma, sin rencor por las aviesas intenciones de las fieras, mas bien entre guasón y burlesco, se dirigió a ellos categóricamente: -“A ustedes no los invito, bien pueden largarse a la bocana”.

                                                                                * * *

Cayó otra vez la noche en la vega del rio San Juan, este día de Junio. Una quietud inmensa como la que peas de continuo sobre aquellas regiones, pareciera que con la oscuridad se pusiese todavía mas densa. Y como la fauna nocturna del rio es tan callada (el paso de la víbora ni entre las hojas secas deja de ser cauto y silencioso, el vuelo de las cocorocas más se siente que se oye, el perro–de-agua cuando sale se sumerge con clavados que de tan cortantes no producen chasquidos y el pesado manatí se mueve como si sus ochocientas libras estuvieran fuera de la gravedad) hasta el discreto silbido de las tobobas mas bien semeja el cambio de llamadas de los centinelas avizores de nuestros cuarteles de antes, y en realidad ellos lo son, peligrosos vigías perdidos entre la fronda de los árboles que inclinan sus ramas hasta tocar las aguas el río.

Aquella misma noche, en tierra firme, sobre cúspide desnuda de una lomita próxima a los ranchos de La Ñoca, acaba de para su despaciosa marcha un tigre frontereño, gallardo y coludo, de señoriales bigotes y ojos aviesos de espía, un tigre que es medio-tico y medio-pinolero, con depredaciones en ambas repúblicas como los bandoleros de antaño.

Sobre las patas delanteras se yergue hermosa la bestia; hace como que bosteza, la roja lengua asoma y desde antes de acabar el bostezo ya está lamiéndose el hocico. Pero en contraste con la reposada dignidad de su porte, agita impaciente su felpuda cola y se golpea los ijares combados hacia adentro, señal inequívoca de que “el gato tiene hambre”.

Luego se queda quieto, como quien ya sabe adonde ir, baja la testa y emprende el pausado paso caminando contra el viento, rumbo a las casitas de La Ñoca. Rumbo al chiquero de La Ñoca!.

La tragedia debe haber ocurrido en cosa de instantes. Un angustioso aullido; unos entrecortados ladridos de perros; un sobresalto tremendo en el corazón de Pancho Pilarte; y cuando él salió todavía desnudo, echándose en la cara su lafuché montada y vengadora, los ladridos perseguidores perdiéndose en la distancia, un olor a sangre tibia y un chiquero vacio!

Ahí nadie mas durmió, aquella triste noche, oscura y fea. Hubo lagrimas de sentimiento y lagrimas de rabia; jotas, amenazas, juramentos, y, quien lo creyera! Hasta el humilde y manso San Antonio tuvo su parte en las recriminaciones. Que le hubiera costado a él despertar a Pancho un momento antes?

Cuando ya pasó un poco el estupor causado por la desgracia, hubo un ir y venir de lámparas localizando huellas y sangrientas señales del nefando crimen, y todavía con toda la indignación hirviéndole en las venas a Pancho Pilarte, calladamente y con el seño fruncido, comenzó a formular los planes para la venganza que se imponía.

-“Hay que matara ese hijo de tal”, dijo a señora Paya, Ninguna propuesta fue jamás mejor acogida. Los chicos tenían los ojos llorosos, pero los puños los tenían apretados. Claro que había que matar al criminal, vengar al chanchito, hacer algo!

Solo Pancho no contestó una palabra. El estaba esperando el regreso de los perros, que de tres que eran solamente volvieran dos, uno de ellos con sangre en el hocico y una oreja lastimada. El tercero se quedó en el monte, en el lugar donde el tigre se había sentado en él.

Todavía no había acabado de amanecer cuando Pilarte ya iba sobre el río, canaleteando con furia, en busca de ayuda para expedición de venganza.

Regresó temprano, con sus amigos y vecino Polito y Chumaría y dos perros extra. El resto del día se lo pasaron en cálculos, suposiciones, planes y cuentos de cazadores. Se limpiaron las escopetas y se le pusieron baterías nuevas al flaj-lai. A los perros se les dio una alimentación razonable.

Todos estaban claros, por las marcas de las cebollas que dejó el tigre pintadas en el suelo, que era “animal grande”. Tal vez el mismo tigre que había estado terminando con la ternerada de San Pancho, tal vez la hembra.

Muy bien atendido los cazadores con generosas raciones de comida y frecuentes jícaras de pinol, correspondían a las bondades de la familia con promesas de una muerte segura para el odiado animal y así se acababa el día.

Como a las seis de la tarde la expedición punitiva cogió el monte, guiada por los perros de La Ñoca, los mismos que la noche anterior habían perseguido solos al felino traidor. Había huellas claras y rastros de sangre a cada paso. Cuánta sangre derramada, desperdiciada! Pancho Pilarte no podía menos que calcular in-mente la mucha moronga que hubiera rendido semejante cantidad de sirope.

Los cazadores se felicitaban de que el chancho hubiera sido tan gordo y que el tigre hubiera estado tan hambriento como su audacia lo indicaba, pues seguramente el hartazgo tuvo que ser tremendo, y un tigre “jipe” ni salta ni se defiende ni ataca como un tigre que lleva los ijares combados por la morigeración. –“A este jota hay que agarrarlo todavía erutando” decía Polito, y agregaba: -“Así lo cogemos con el costal lleno, y que sepa el hijo de tal que ese chanchito le costó el cuero”. Esto le hizo recordar a Pancho que él le había ofrecido el cuero a San Antoñito, si la aventura acababa bien, con lo cual, sobre asegurarse la protección del santo, se lograba que el cuero quedara en la finca.

A poco andar dieron con el perro muerto la noche anterior, cuyo cadáver, maltratado ya por los zopes y hormigas, los otros perros rodearon dejando ir junto a él, por breves minutos solamente, lastimeros aullidos. Los inteligentes animales sabían que la ocasión no era para duelos prolongados y que bastaba cumplir con una corta formalidad para llenar un deber de compañerismo. Polito, el más experto, como que ya tenía varios tigres a su crédito, examinó el cadáver del perro, y comprobó las lesiones que la garra del tigre le causó en el pescuezo cuando lo alcanzó y se lo hachó bajo las posaderas para sentarse en él y seguir enfrentándose a sus otros dos enemigos, y por los estragos causados en los huesos del muerto confirmó la tesis de que se trataba de “animal grande”.

El flaj-lai que había sido encendido por primera vez al encuentro del perro difunto echo su cono luminoso en derredor. Que de chispas y brasas reveló, al volver fosforescente los ojos de todos los bichos y alimañas del bosque, a quienes la oscuridad de la noche sepulta en un cuasi-caos.

Hasta las arañitas del suelo mostraban rubíes refulgente en vez de ojos; en los añosos troncos, nuevos seres se revelaban por el fulgor ígneo de sus pupilas; de par en par, otros ojos hechos bolitas de fuego cruzaban delante de la zona luminosa, o cuando el cono de profusa luz giraba en derredor, surgían de la oscuridad como por un conjunto, y volvía luego a la tiniebla conforme la cabeza del cazador, donde el foco estaba fijo, seguía girando. Las otras cosas que la luz alcanzaba no se destacaban mucho, más bien la intrusa incandescencia del cono parecía desfigurarlas proyectando sombras absurdas sobre el fondo verdinegro del boscaje, tan apto para absorber rayos luminosos que aun a corta distancia el cuadro apenas enseñaba un circulo penumbroso.

Los vengadores apagaron su lámpara y continuaron en busca el tigre. Los perros estaban claros en cuanto a que lo único que importaba era dar con el tigre. Hubo zorrillos y canchuchos a la vista más de una vez durante la parada, pero ellos no le prestaron, sino una atención muy secundaria; mas bien les ladraron incomodados y como despreciativos y al desencandilarse la alimaña y buscar el refugio de lo oscuro la dejaban ir sin seguirla, contra lo que hubiera sido en circunstancias menos solemnes.

Los dos perros de la primera experiencia eran evidentemente los guías, guías seguros de su misión, de olfato sabio, inteligentes y leales hasta la muerte. Iban y volvían en círculos, en incursiones a línea recta, por los lados o hacia adelante y sus manifestaciones al recobrar contacto con los hombres fueron siempre de certeza. Con emisiones guturales que tenía de paciencia y de queja, parecían decir: adelante! Por aquí!

No pasó mucho tiempo cuando los perros dieron especiales muestras de inquietud; sobre las patitas traseras se incorporaban tocando con las de adelante las caderas de los cazadores, cada uno con su amo. En un momento dado se desprendieron todos juntos del grupo en la misma dirección y simultáneamente comenzó una reacción de ladridos incesantes, agresivos.

Polito dijo –“ahora si!” Luego ni una palabra mas. Se juntaron los tres hombres hasta tocarse uno con otro. Un ruido de hojarasca y rama que cedían el paso a alguna masa grande se dejó oír. Los ladridos seguían y alguna vez se mezclaba con ellos el aullido de dolor de un perro. Los ladridos se alejaban –“sigámoslo”, murmuró Polito. Luego los ladridos se quedaron estacionarios.

-“El flaj”, suplicó Pancho con vos a penas perceptible. Y Polito replicó con el mismo tono: -“Aguantate! Mas cerca” Los tres hombres avanzaron cogidas unas con otras las frías manos, jadeando al mismo compás, brincándoles de emoción sus corazones. Polito, tras exclamar: -“Ya lo plantaron”, apretó el botón de su lámpara y allá saltó el cono luminoso, radiante, rasgando la tiniebla un ligero movimiento de cabeza y quedó enfocado en el centro del círculo un bello tigre, medio echado sobre las patas traseras rectas y abiertas las delanteras, erguida la gran cabeza, en alto la cola. Pero en cosa de segundo el animal brinco fuera de la zona de luz y se alejó a saltos que fueran envidia de un campeón olímpico. –“Es mañoso” -, dijo Chumaría, o más bien quiso decirlo porque a medio hablar se le ahogó la voz de tan reseca que tenía la garganta.

Pero también los perros saltaron, sin agruparse, cada uno buscando un flanco distinto de la fiera. –“Cuidado me enfocas un perro!” – advirtió Pancho. El ruido del tropel cesó pero no los ladridos. Polito dijo –“Ya está”, - y alzó hasta iluminar las primeras ramas de un genízaro, ahí estaba el tigre, en una actitud que no era la de un fugitivo, erguida la cabeza, sereno mas bien, como que no hubieran perros ladrando abajo, ni un foco deslumbrante lo estuviera encandilando. Sus ojos brillaban como dos ascuas al rojo de fragua.

Pancho Pilarte ya se había echado su lacuché a la cara y apuntaba –“esperate!” – le advirtió Polito, “estas respirando muy recio”. Y cogiéndole la escopeta, apuntó calmosamente, tan calmosamente como el tigre esperaba lo que iba a suceder. Un disparo tremendo sonó y el eco irreverente en oleadas de trueno se fue escandalizando todos los rincones del bosque. El tigre ladeó violentamente su testa y se desplomó sobre la izquierda y al dar en la tierra hizo el estruendo de una tonelada. Los perros volvieron con sus ladridos ululantes, intermitentes y los hombres permanecieron unos instantes inmóviles.

Chumaría fue el primero en hablar: -“crees vos…?” Polito contestó: -“ya está quieto”, y avanzó hacia la masa inerte de lustrosa piel manchada de negro y crema y manchada de rojo por la sangre que él manaba de un agujero feo sobre la paletilla.

Estaba muerto, totalmente muerto, el tigre. Polito le puso un pie sobre la cabeza y se la sacudió varias veces.
Pancho pilarte le puso el pie sobre la barriga y se lo hundió cuanto pudo. –“aquí lo anda”- dijo.
-“¿Qué cosa preguntó Chumaría?”

-¿Mi chancho, hermano! El chanchito de San Antonio, y sonrió satisfecho como un gladiador victorioso.

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