domingo, 4 de abril de 2010

Las gallinas de la difunta

Por Adolfo Calero Orozco

Como tirado a la buena de Dios, a media cuestecita, quedaba el rancho de los Garmendia. Si se subía un poco por detrás, podía contemplarse un extenso valle, todo verde y apenas arbolado, que se dilataba hasta el pie de la cordillera; si se bajaba unos pasos por delante, lueguito estaba uno sobre el riachuelo, que venía de muy lejos serpenteando entre la verdura chontaleña que por las tardes es casi azul. Sobre el nivel de la planicie se alcanzaba a ver la cresta de una robusta arboleda densa y verdeoscura, que seguía la line ondulada del curso del río, aunque sin lograr destacarse toda entera sobre el horizonte, como que fincaba sus raíces en la negra tierra de la hondonada.

Ahí mismo, junto al chagüite que se nutría en la humedad del bajo, había estado por años y años el viejo rancho, miserable y aislado. En la comarca seguía llamándolo de los Garmendia, por más que solo un Garmendia quedaba, que era Secundino. El más viejo, primitivo había acabado matoneado una noche que volvía de la fiestas de San Blas y José Juan, el otro Garmendia, se fue una vez para la guerra, reclutado, y nunca volvió. Había habido también dos mujeres, pero de ellas “sepa el Diablo”, como decía Secundino, ambas buscaron hombres apenas alcanzada la pubertad y se fueron de la comarca, donde unos creían que estaban sirviendo en Granada y otros que se había hecho malas en Managua.

A Secundino le tocó, pues, enterrar a la vieja el día que le llego su sábado a la pobre.

Fue un viernes, al filo de medio día, que la señora se estiro de veras después de una enfermedad de 15 días. Don Marcial el curandero que la estuvo viendo, dijo “que había sido el hígado”; toda la gente que llegó a la novedad de la agonía y del final repetía “que había sido del hígado”.

Apenas volvía a entrar al rancho Secundino, que había salido a dejar en el sol el cuero de res, que sirviera de último lecho a su progenitora, cuando se le acercó don Marcial y ambos estuvieron hablando en voz baja por unos momentos estaban arreglando las cuentas de la asistencia, eso podía colegirse, porque Secundino se llevaba las manos a los bolsillos y luego se encogía de hombros, con la cabeza ladeada. Los presentes callaban siguiendo atentamente con la vista los gestos que acompañaban al diálogo. Secundino le estaba diciendo al curandero que no tenía ni un centavo para pagarle, pero finalmente llegaron a un arreglo: Don Marcial se cobraría quedándose con las gallinas de la difunta, volvería al anochecer para cogerlas de los palos, mientras los animales durmieran. Y así se despidieron, satisfecho él y Secundino conforme.

Las dos o tres comadres que se habían encargado de los detalles domésticos en el rancho, con motivo de la muerte, contaron a los presentes, que eran todavía pocos, y tras un viaje al chagüite, y una recogida de huevos (que esos no entraban en el trato con Don Marcial) le dieron un “ bocado” a todos, que estaban “pasados” pues ya eran casi las tres. Después del “puntalito” algunos se marcharon a invitar gente para la vela y buscar entre los conocidos, macanas, palas y una guitarra. En cuanto al aguardiente, Secundino mismo tendría que arreglárselas de algún modo para proveerlo, pues era de rigor que a él le tocara.

A medida que la tarde caía iban llegando donde los Garmendia otros vecinos y amigos, unos a caballos, los más a pie. Volvieron los de la macana y empezaron a cavar las 7 cuartas de ley en un planito inmediato; volvió el de la guitarra y muy discretamente la dejo colgando de un gancho del lado de afuera del envarillado, sin templarla siquiera con toda la aprobación de los circunstantes que estaban acordes en que “era muy temprano para darle comienzo ya”.

Cuando Secundino vio que la concurrencia se nutria y que ya podían ser mas de las cuatro, le pidió a una vecina “que le viera un ratito el cuerpo” y en la compañía de los buenos amigos salió a caballo. Sus alforjas de mecates iban vacías.

No fue larga la ausencia del doliente ya cuando volvió, los tapones de olotes de las botellas litreras asomaban de las alforjas, a ambos lados de la albarda moviéndose al compás del paso de la bestia -“como que ya viene el blanquito”-“Como que ya viene”.

Era mucho pedir que se esperara hasta la noche para empezar con las botellas. Por una parte los excavadores estaban sudando a mares y expuestos a resfriarse, por otra la gente podía pensar que la dilación obedeciera a tacañería del doliente, y así lo mejor era descabezar el primer litro.

El campesino gusta de darle cierta formalidad a la toma de su primera copa del día: alza el cristal hasta la altura de sus ojos, contempla el cordoncillo de burbujas que se forma contra el vidrio, carraspea, escupe, se pasa por los labios –como si se los limpiara- la manga de la camisa que lleva puesta, o el brazo mismo desnudo, y luego dice: “salú” a los que esperan su turno… Uno de estos le cambia por jocote la copa vacía. Con los tragos siguientes la ceremonia es harto más breve.

A medida que el nivel del aguardiente bajaba en las botellas el de la animación subía en los circunstantes; aún entre los muy contados que todavía no habían empezado; aún entre las mujeres.

Junto a una de las entradas del rancho, las comadres que habían arreglado el “puntalito” estaban discutiendo cómo se las arreglarían para dar a la gente algo de comer “a la hora llegada”. En la casa no había otra cosa más que gallinas y los plátanos, y con las gallinas no había que contar, porque era la paga de don Marcial; en cuanto Secundino, ya lo había dicho “que como tener reales no tenía ni medio”. Había vecinas que seguramente contribuirían con café negro, con frijoles, con huevos… Ah, pero que fácil sería todo si se pudiera disponer de las gallinas.

El problema parecía sin solución inmediata cuando llegó al rancho la señora Paya, tan “curiosa” y tan autorizada como don Marcial en eso de asistir enfermos y de verlos sanar o verlos morir, según lo quisiera Dios. De una vez pasó ella al lado del cadáver, que descansaba sobre un tapesco; le quitó de la cara el trapo que se la cubría y se puso a contemplarlo con mucha atención, en silencio. Una de la mujeres que se había ido a situar cerca de ella, impaciente ya de no oír a doña Paya su cesuda opinión o decir una palabra por lo menos, se atrevió a insinuar: “fue el hígado…” la curandera la oyó sin darse por avisada, y todavía guardó silencio unos instantes más, en seguida alzó a ver a la que dijo “fue el hígado”, y cabeceando su parecer negativo, declaró con un aplomo que no dejaba campo para la duda: -“fue el bazo”.

Los que alcanzaron a oírla se miraron unos a otros con sorpresa y sin mas pasaron las voz al resto de veladores:

“Doña Paya dice que fue el bazo”. “Fue el bazo”. Pronto le llegó la nueva a Secundino.

-“Ya viste? No fue el hígado. Doña Paya dice que fue el bazo”.

-“Que sabe don Marcial!”

-“Las gallinas era lo que él quería”.

-“Mejor hubieras llamado a doña Paya, no que fuiste trayendo a don Marcial…”

Muy bien, pero si había sido el hígado o el bazo la botella seguía circulando y la copita única acompañándola en la órbita que describía como el lucero haragán sigue a la Luna. Ya el de la guitarra había empezado a ponerla con un rasgue timorato primero, mas subido después y un apretar y aflojar de clavijas. La Zoila Rosa segura de que algo le tocaría cantar a ella dada la fama de voz, estaba calladita, pensando cual debía de ser su primera tonada de la noche; Marco Antonio, el mejor zapateador en dos leguas a la redonda había observado el piso del patio que le pareció más duro y más parejo por detrás de la casa que por el frente y las comadres de la comida seguían preocupadas con aquello de que no habría gallinas disponibles para dar de cenar a los veladores.

Ah, pero los tragos aguzan el ingenio y con el ardorcito del último quemón todavía jugándolo en el cielo de la boca el viejo Simón en voz bien alta se dirigió a un grupo que le quedaba cerca:

-Yo digo que si fue el bazo, Secundino no tiene porqué deberle nada a don Marcial que le dio a la difunta cochinadas contra el hígado.

Aquella sabía observación cayó como una luz en las tinieblas para las comadres de la comida, una de las cuales inmediatamente argulló:

-Pues claro! Y si no fue el hígado más bien debía de tener vergüenza y no andar cobrando gallinas. Las gallinas son de la difunta y nosotras podemos retorcerlas para su vela.

Nunca su gestión alguna fue más unánimemente aprobada y acogida. Todo mundo estuvo de acuerdo, primero: en que “había sido el bazo” y no el hígado; segundo: en que don Marcial no tenía derecho a ningún cobro por haber estado dándole a la difunta cochinadas contra el hígado, y tercero... bueno, las pobres gallinas no tuvieron tiempo para saber si fue antes o después de cogerlas que ya le estaban retorciendo el pescuezo, porque todas fueron ejecutadas en cuestión de segundos y mas bien faltaron animales para tanta mano exterminadora.

***
Una sonrisa de triunfo iluminaba los rostros de las comadres mientras se aplicaban con singular diligencia a la preparación de las gallinas de la difunta entre chismes y bromas.

-Niñá, aunque sea unos tomatitos le debíamos de guardar a don Marcial.

-O unas plumas…

-El viejo bruto! Decir que había sido el hígado…


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1 comentario:

  1. muy bueno este cuento,ya que me encanta leerlos principalmente los de adolfo calero y los de ruben darío

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