13 de octubre de 2008

El ave que cambió su nombre

Por Eduardo Acevedo Parrales.
Tercer Lugar Concurso Cuentos de Patria, (2008).

Eran casi las cinco de la mañana cuando sentí la presencia sutil y precavida de este plumífero encantador. Encantador no sólo por sus colores sino por el canto enternecedor de su melodía.

Soy Carlos, viajero empedernido y trovador de todo el mundo. Me encantan los paisajes, especialmente los de Centroamérica. He recorrido el istmo de sur a norte cautivándome con la belleza exuberante y espesa que aún conservan ciertas selvas vírgenes llenas de serenidad y grandiosa belleza. Soy amante principalmente de las aves, hipnotizado por su variado colorido, especies y cantos. A lo largo de mi recorrido he admirado al quetzal, su verde predominante y su pecho amarillo lo hacen misterioso, su copete rojizo y su cola prolongada que es el símbolo de la realeza y su principal belleza. Es un ave soberbia pero sobre todo glamorosa, tanto, que le fascina posar para las cámaras, por esa cualidad es que logré fotografiarla en varios ángulos y en gran variedad de escenarios naturales.

Me propuse conocer a todas las aves representantes de cada nación y de esta forma fotografié a la guacamaya de Honduras, el torogoz de El Salvador, la lapa de Costa Rica, el quetzal de Guatemala y con esto mi recorrido estaba llegando a su fin cuando me encontraba en Nicaragua, país de grandes contrates, pero de gran belleza natural. Al llegar me indicaron en dónde podría encontrar mi objetivo. Personalmente no la conocía, ni me la imaginaba, ni había visto fotografía, sin embargo su nombre llamó mi atención. Dispuesto a encontrarla me desplacé hasta los humedales del río San Juan, justo sobre la ruta que conduce a la fortaleza del Castillo de la Inmaculada Concepción, en donde aseguraron estaría aguardándome. Estaba lloviendo fuertemente, pero aún así decidido a encontrarla me fui caminando por un sendero algo resbaloso, cuando de repente me deslicé sobre un barranco de considerable altura, sin poderme sostener de ninguna rama, fui cayendo junto con el lodo, golpeándome con cada vuelta que daba en mi accidentado recorrido, hasta que caí a la vera del río, sobre un pedregal y casualmente a las faldas del mismo barranco que fue testigo de mi fatal caída. Estaba lleno de heridas y raspones por todo mi cuerpo, por fortuna con ninguna fractura que pudiese impedirme seguir con mi objetivo de encontrar a aquella ave cuyo nombre se me había olvidado, pues a mí también me resultaba dificultoso el recordarlo sobre todo porque me lo dijeron en náhuatl.

Me dispuse a revisar mi cámara minuciosamente para ver si su lente no se había roto, en esos menesteres me encontraba, cuando de repente volteé para ver hacia mi derecha y observé un hueco; un hueco dentro del barranco. Mi mirada se adentró hacia esa diminuta cueva y con una pequeña linterna que aún conservaba de aquella tremenda caída, le alumbré. Mis ojos no podían creerlo, dentro de aquel agujero se encontraba anidando esa esplendorosa, pequeña y colorida ave, con sus colores tan vivos que hipnotizaban a cualquier espectador. Con la luz de mi linterna logró asustarse y salir de su morada para posar sobre una pequeña rama que yacía a la vera del río. El ave del barranco salió para mostrarme su belleza, sus espléndidos colores y su bella melodía, pero algo que nunca me explicaron los lugareños y que hasta ese momento pude percibir, fue la soberbia de la fisonomía de su cola; dos delicadas pero esplendorosas plumas, terminadas en saetas como en forma de banderitas, siempre conservando los tres colores predominantes a lo largo de su cuerpo. Posó para mi lente como aquellos modelos que desean dar al mundo hasta la última gota de aliento. El ave del barranco posó para mí hasta que la cámara agotó su memoria. En esa ave encontré belleza, soberbia y armonía, pero más aún, encontré la libertad y la nobleza que representa ese pedazo de región centroamericana. Logré terminar el propósito de mi viaje y al regresar a mi país, deseoso de compilar el resultado de mi trabajo decidí conformar un álbum de memorias centroamericanas.

En mi álbum, al desplegar las fotos, siempre tengo que indicar con una leyenda lo que representa cada fotografía. Al pie del ave de Nicaragua cursaba el siguiente texto: “El ave que se guarda en los Barrancos“; esto lo puse en vista de que nunca recordé su nombre original en náhuatl; años más tarde llegaron a declararla como el Guardabarranco, el ave nacional.

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