17 de mayo de 2012

El niño, el mendigo y el perro


Fernando Centeno Zapata 

En la esquina, esquina donde la calle se abre como un abanico, se yergue en su orgullo vegetal, con serena verticalidad, un lucio poste de madera, y allá arriba a unos tres metros doce pulgadas, como suspendida en el aire, una lámpara de mercurio.

La luz brillante se baja, se extiende, se diluye.

Al pie del poste, agarrado, fuertemente agarrado como si estuviera pasando un violento vendaval, estaba un niño.

La intensa luz palidecíale el rostro, le quitaba el color a las manos y le hacía temblar los párpados, pero aún así, el niño estaba agarrado, como si estuviera pasando frente a él un violento y fuerte vendaval.

El niño quería en ese momento no ser niño, sino ser como aquel poste que estaba abrazando, porque pensaba que las cosas materiales no sienten, ni ven, ni oyen; quería ser árbol, o piedra, o cualquier cosa, menos niño, porque los niños padecen y mueren y algunos como él no saben nada de sus padres.

¡Cómo le dolían los huesos y los ojos y los pies y las manos! ¿No sería mejor ser como aquel poste y cuando estuviera crecido sostener a tres metros doce pulgadas una lámpara de mercurio?
El niño se fue poniendo rojo, luego rosado, luego verde, verde triste, se fue poniendo color de la tierra, y abriendo los ojos y abriendo las manos y abriendo los brazos, se fue desprendiendo del poste donde estaba fuertemente asido.

La gente que pasaba por la acera le quedaba mirando y seguía su camino.

La gente que pasaba por la calle le quedaba mirando y seguía su marcha.

La gente que pasaba en su vehículo le quedaba mirando y aceleraba.

Sólo un anciano tuvo compasión del niño. Le quedó mirando, se agachó como pudo, sosteniéndose las rodillas con las manos pero se agachó.

-Cómo te llamas, le preguntó, ya! El nombre es lo de menos. Pobre chico, duerme hijito, duerme y no te despiertes nunca, ¿me oyes? nunca.

-Me has ganado la partida, sabes? Morir a tu edad es una dicha. Qué hubiera sido de tu vida? Dios se ha compadecido de ti.

-Dios es malo conmigo, sabes? No hay derecho, hijo, no hay derecho.

-Te voy a dar un recado: si le miras allá en el cielo dile que se acuerde de este pobre viejo.

-Yo a tu edad era un chico rosado. Mis padres eran muy ricos, sabes? A tu edad nada me hizo falta, a ti todo te ha hecho falta, hasta un rincón para morir.

-Yo me eduqué en Europa, sabes? O mejor dicho allí me civilicé un poco. Lo que entonces aprendí me ha servido de mucho, de lo contrario ya me hubiera muerto de hambre.

-Óyeme chico: Yo me considero culpable de tu muerte, con lo que derroché en mi juventud, miles de chicos, como tú, se hubieran salvado.

-Todo está escrito, hijo. Todo está escrito. No me hagas caso.

-A ver, si es mejor, recuesta un poquito tu cuerpo sobre el poste, así creerán que estás vivo.

Pobrecito, está helado.

-Tendré que dejarte, si me quedo, a lo mejor van a creer que yo te maté y me meterán en la cárcel.
-La humanidad es así de ingrata, hijo. Si me quedo me interrogarán y aunque yo jure que es la primera vez que te he visto, no me van a creer. A los pobres no nos creen.
-Cuando yo tenía dinero, una vez maté por gusto a una mujer, me presenté a las autoridades y confesé mi crimen, no me creyeron, se pusieron a reír y me aconsejaron que tomara unas vacaciones.

-Pero ahora la cosa ha cambiado, sabes?, y si me quedo aquí me señalarán como el autor de tu muerte, me echarán en cara que te he matado de hambre, mientras yo me hartaba como un cerdo, y me lo repetirán tanto que terminaré por creerlo y entonces sí, me moriré de pena.

-Pedir una limosna no me da pena, es un trabajo como cualquier otro.

-Mejor que me vaya, si te hubiera conocido antes no te hubiera dejado morir así.

-Yo tuve mucho dinero, sabes? cuando quedé pobre se acabaron los parientes y los amigos.

-Bueno, pero es mejor que me vaya, ya la gente se está fijando mucho en mí. No te olvides de mi recado. Allá cuando nos encontremos, te seguiré contando mi historia.

-Así, así, un poco arrecostado al poste, mientras doblo la esquina, el tiempo justo, luego tu cuerpecito buscará su centro de gravedad, la gente mirará tus ojitos blancos, y dirá: está muerto.

Pero quien sabe, la gente no se fija en estas cosas, andan precipitadas como si fueran fugitivos de la justicia. Nos vemos, nos vemos hijo, no te olvides...

*****

El mendigo también siguió su camino.

Los transeúntes continuaron pasando a pie, a caballo, en coche, hasta otros niños llevando pesados bultos en sus cabezas, pasaron, vieron “aquello” y siguieron su camino.

Poco a poco también la lámpara de mercurio se fue apagando. Luego amaneció.

Todo amaneció lo mismo en aquella esquina donde las calles se abren como abanico.

Un perro callejero, de esos perros madrugadores que van siempre de prisa con el hambre pegada a las costillas y cuchilladas en el cuerpo, pasó junto al niño, se volvió de pronto, vio “aquello”, lo olfateó, dio una vuelta a su alrededor, alzó la pierna, le orinó la carita pálida y tierrosa y, siguió de prisa su camino.

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