3 de febrero de 2012

Cuentos de Camino

Mauricio Valdez Rivas

Alrededor de una fogata a orillas del Gran Lago de Nicaragua, en la Isla de Ometepe, Juan Ventura nos relataba sus cuentos, este personaje casi mítico, se caracteriza por ser un cuentista un poco exagerado y cómico.

Pues vean amigos, —comenzó a contarnos— yo casi no salgo de la isla, sólo a Rivas he ido, por eso es aquí donde me han pasado tantas cosas, más cuando yo era chavalo, hace tiempo ya —y se ríe—, como una vez que iba a la finca de mi compadre Uriel, para ver si me vendía algunas vaquitas, de pronto en medio del camino veo atravesado un gran tronco, yo pensaba que se había caído por los fuertes vientos que estaban azotando esos días, comencé a cabalgar a la orilla del gran tronco tratando de rodearlo para pasar al otro lado, después de un rato cuando llevaba como un kilómetro, me detuve, bajé de mi caballo, me subí a la ramas más altas de un árbol para ver hasta donde llegaba el susodicho tronco y ¡vean que susto! El supuesto tronco comenzó a moverse y alláaa se miraba una cabeza, era una enorme culebra, tuve que esperar que pasara para poder seguir mi camino, cuando pasó agarré de nuevo el sendero, por suerte no estaba cerca de su cabeza porque si no me hubiera hartado con todo y el caballo.

No pasó mucho tiempo cuando escuché unos rugidos ¡eh! Me detuve, allí estaba un león en medio camino, parecía que estaba con una pata herida, desmonté lentamente y me escondí detrás de unos matorrales, quedé esperando a que se baya el animal, pero el caballo se me puso brioso, se me zafó de las riendas y el león que me ve, se lanza sobre mí, en ese instante aparece otro león a mis espaldas y se lanza agarrando al otro por los aires y comenzó la feroz lucha, se paraban en dos patas, se daban con sus garras y se escuchaban los grandes rugidos como truenos, ya mi caballo ni lo miraba, yo sólo puse los brazos sobre mi cabeza y quedé ahí mismo agachado, de pronto un silencio, volví a ver hacia donde estaban los dos leones y habían desaparecido, me fijo bien ¡eh! sólo estaban las dos puntas de las colas, se habían hartado los dos, ¡sí! los dos se comieron uno al otro, ¡que ferocidad de animales!

Tuve que caminar mi buen trecho hasta que vi a mi caballo, me estaba esperando más adelante, era un fiel animal, ya el susto de los leones le había pasado, lo agarré por las riendas y me monté, así continué mi camino.

Al rato escucho otro rugido ¡Eh! ¿Y eso que será? me dije, era un rugido más fino, como de tigrillo, pero mi caballo de nuevo se puso nervioso y se me para en dos patas y pega la carrera en dirección contraria, pero no me votó, las ramas más bajas de los árboles me pegaban en el rostro, no podía detener al animal que iba a todo galope, ¡Joo! ¡Joo! Le decía mientras le jalaba con fuerzas las riendas hasta que se detuvo, ¡Shss! Quieto amigo, lo trataba de calmar acariciando su pescuezo, pero yo miraba oscuro en un lado, me toco la cara y siento que no tengo un ojo, ¡ala chocho! y me regreso a buscarlo, ahí iba con sólo un ojo buscando el otro que se me había perdido, y allí estaba, entre las ramas había quedado colgado, lo agarro, lo sacudo porque ya estaba lleno de hormigas y me lo pongo, ¡hey jodido! me lo había puesto al revés, me lo quito deprisa y me lo vuelvo a poner, esta vez me lo puse bien, que feo se ve uno por dentro. Pero bueno, sigo mi camino y de nuevo ese rugido de tigrillo, ¡Shss! le decía a mi caballo, me bajé, lo amarré y me fui en dirección al ruido, ahí estaba, era un gato salvaje, bien bonito y como se miraba manso me le fui acercando despacio, él no se movía ni hacía más ruidos, me lo quería llevar para tenerlo como mascota, ya lo estaba acariciando cuando ¡Plash! me lanza un tapaso y me muerde el dedo, cuando me fijo, ya no tenía mi anillo, un anillo grueso de oro que me lo dejó de herencia mi papá, el gato se lo había tragado, ¡Ah, no! ¡Eso si que no! dije y le meto la mano en el gaznate hasta la panza, agarro el anillo y lo halo con fuerza, pero también agarré el estómago del animal y lo volteo como calcetín, ¡Huy! ¡Que feo se ve un gato al revés! Pero vean, sale el gato como loco pegando contra todo lo que estuviera en su camino, claro el animal iba ciego.

Bueno, al fin llegué a la finca de mi compadre, allí estaba él, platicamos, tomamos “culo de buey” (cususa) y luego me vendió dos toretes y una vaca, ese mismo día ya iba para mi casa.

Llegué al poco rato a mi finca, esa noche ni llovió, pura bulla fue, sentado en mi silla mecedora, tomándome mi cafecito, observaba el montón de quiebra platas (luciérnagas) regadas por todas partes, parecía una gran alfombra con lucecitas de navidad, miraba una con una luz de un color distinto, alumbro con mi potente foco y veo un arbusto que sólo se mueve, ¡Eh! ¿Y eso? me digo, pero no le puse mucha mente, vuelvo a ver más hacia la izquierda y otra vez la rara quiebra plata y le pongo de nuevo el foco, otro arbusto que sólo se mueve, ¿Será algún animal que anda por ahí? ya me inquietó, apago el foco y aparece la lucecita por otro lado, se encendía y se apagaba con un movimiento distinto a las otras, le vuelvo a poner el foco, otro arbusto que se mueve, en eso, alumbrando estaba todavía cuando veo que sale del arbusto poniéndose de pies Genaro, uno de los peones que trabaja en la finca, estaba fumándose un cigarrillo y me dice: ¡Idiay hombre, no me vas a dejar cagar tranquilo! y yo que suelto la carcajada, ¡Ah, sos vos! le digo, pero yo no me aguantaba la risa. ¡Hay! las cosas que a uno le pasan.

Así terminó Juan Ventura su cuento de camino, todos nos reímos de esto último que más parecía un chiste.

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