jueves, 6 de mayo de 2010

Casamiento y Mortaja

Adolfo Calero Orozco

Managua lo era todo para la Tinita. Una vez le toco ir a pasar unos días en Granada, con su tía, pero regreso arrepentida de haber accedido a acompañarla: Granada era triste Granada era así, Granada era asá; y a demás, sobre no conocer a nadie, la gente le caía mal. “No hay como Managua” era su conclusión.

Efectivamente en su barrio, por mas señales el de Marcial, la Tinita era muchacha popular y bien vista; no le faltaban amigos que la visitan ni amigas con quien hablar mal de las otras amigas. En fin, se divertía razonablemente: que ahora un cumpleaños, que mañana una purísima, de vez en cuando procesiones, en verano las lunas de la playa, en agosto Santo Domingo –de-abajo. Siempre algo!.

Pero la muchacha crecía en años, y de sus amigos o presuntos enamorados, ninguno daba forma. La mamá, Doña Concha, no ocultaba su preocupación ante el hecho de que la soltería de Tinita mostraba tendencias a prolongase demasiado. “Yo ya estoy vieja- decía la señora- y mi mayor felicidad sería colocar bien a la Tinita”. Y concluía: - “Solo así moriría tranquila”.

Tinita no disentía del parecer de mamá en cuanto a lo deseable que sería para ella hacerse de un buen marido, y aun ponía de su parte lo que parecía indicado, pero con todo y su acuerdo y sus esfuerzos más o menos discretos, seguía y seguia soltera; y seguía también su misma vida que de tanto ser la misma ya comenzaba a fastidiarla un poco.

Así la conoció Don Rosendo, cuando se prendó de ella en una de sus venidas de León. Cierto que se la comía en años; cierto también que era muy serio el viejo, para el carácter de la Tinita, siempre tan dispuesta y tan amiga del paseo; pero él juraba que así le gustaba la muchacha; y que si se casaba con ella era para hacerla feliz. Por otra parte, Don Rosendo no solo se presentaba solamente son sus años y sus arrugas, que vá, el era hombre de bollos, con finca y buenas cargas que vender en Managua cada tantos meses; y si bien su indumentaria era harto modesta, ellos se debía más bien a las costumbres de su gente que a falta de medios para vestirse mejor. Por algo era Don Rosendo tan parco en hablar de sus haberes.

Doña Concha hubiera querido un yerno más joven y más vivo de carácter, un yerno con quien llevara seguro unos nietecitos traviesos y encantadores, pero tal vez era mejor este señor serio y recatado, que sabía lo que hacía y que no iba a darle dolores de cabeza a su niña por cosas con otras mujeres. En fin, ella dejaba a Tinita la determinación que había que tomarse, sin que por eso perdiera ninguna ocasión de hacer insinuaciones a favor de Don Rosendo, ni de repetir aquello de que ella estaba muy vieja y de sus anhelos de morir tranquila.

La Tinita se desvelaba pensando que le correspondía hacer a ella; Don Rosendo no se mostraba demasiado exigente en cuanto a su respuesta y más bien parecía dispuesto a darle todo el tiempo que quisiera para madurar su resolución, lo cual en el fondo no dejaba de molestar a la muchacha y hasta de provocarle cierta forma de impaciencia ante la paciencia del señor. Había sucedido que a los primeros disparos ellas fue presta en resolver, pero cuando empezó el exordio con que pretendía llegar a negarse al viejo, sin lastimar mucho a una persona que ella reconocía que era buena, pero con sus peros, el no la dejo terminar: - “Todavía no me diga ni que sí ni que no, las cosas hay que pensarlas, hay que consultarlas: para eso las niñas tienen a su mamá”. Y la Tinita, sonriendo compasivamente, se allano al deseo de Don Rosendo de aplazar su negativa por unos días más. Sin embargo el aplazamiento se fue prolongando y Doña Concha continúa acariciando sus esperanzas de morir tranquila….

Sus amigos de ella empezaron a frecuentar menos la casa y a tratarla de un modo nuevo, más comedido y menos jovial, como si parte del respeto que merecía don Rosendo la alcanzara también a ella.

Por fin un día de tantos estalló la noticia: La Tinita se casaría con don Rosendo la semana siguiente y, lo más gordo: se irían a vivir a León donde él tenía una propiedad.

¿Y no era esta Tinita la que solo en Managua se hallaba? Y no era ella la que juraba que prefería un rancho en Managua a un palacio en cualquier otra parte? Y esto que muchos no sabía lo que ella había dicho, recién presentado don Rosendo: que mejor se quedaba vistiendo santos que desvestir a un viejo, aunque fuese de la capital. Y el que se la llevaba era fuerano!

Pero la cosa era que la otra semana se casaban don Rosendo y la Tinita, y ya doña Concha podría morir tranquila.

La ceremonia tuvo que ser sencilla, por el modo de don Rosendo que no era hombre de desvelos ni de parrandas, ni creía en darle de beber a la gente, y así tras unas bodas a las cinco de la mañana y un cafecito de familia, tomaron el tren de las diez para León.

Debe haber sido verdad lo de la finca y los negocios, porque unos meses después cuando vino Tinita a visitar a su mamá se le veía gordita y bien argentada, aunque sus vestidos parecían escogidos por don Rosendo; además hay que ser justo y reconocer que la prosperidad había alcanzado un tanto a doña Concha; hasta decía la gente que la casita en que vivía se la pagaba el yerno.

Cuando las amigas y vecinas, más por curiosidad que por cortesía, vinieron a visitar a la Tinita, se dieron cuenta que la muchacha había tomado su estadía en León como un destierro temporal, y a una de las más preguntonas le confesó la recién casada: -“En cuanto don Rosendo se muera, vendo y me vengo para acá”. Cuestión de esperar un poco.

Ah, pero cómo es el mundo! Con aquello que don Rosendo no iba al cine no comía de noche, ni se rasuraba con catarro, ni se bañaba de tras purga, no daba trazas de morirse pronto. Antes por el contrario, parecía que de la juventud de la Tinita estaba tomando él su parte, porque la cara se le veía como recién masajeada, seguía siempre andando como antes, más bien pando que conchudo, subía las gradas como que tal cosa y cuando daba la mano apretaba la mano igual que si le dieran un córdoba.

Tal vez no faltó ni quien pensara que aquel matrimonio hasta hijo iba a tener. Pero lo que digo: cómo es el mundo!

Fue como a los diez meses de la boda se va apareciendo el viejo en Managua con unas cargas de dulce, por tierra como usualmente lo hacía y con una enorme cinta negra que le tapaba toda la copa del sombrero y todavía una banda negra también a jeme, en el brazo izquierdo.

Me lo encontré por el mesón. “No me diga, don Rosendo… “Cierto temor de que lo que presentí entonces fuera lo cierto que hizo dejar en suspenso la pregunta.

Pero él me comprendió, y su repuesta me pareció empapada en un sincero aunque resignado sentimiento:

“Que le parece amigó… mi pobre Tinita!”

En verdad, yo había sido su amigo y la sentí, pero cuando instantes después me acordé de lo que ella decía: “En cuanto don Rosendo se muera… “, francamente: me dio risa!

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