6 de mayo de 2010

Juro que él no es él

Chrisnel Sánchez Argüello

Nadie lo sabe, pero yo dejé de existir hace mucho tiempo. Sí, me refiero a mi muerte, a ese secreto que mantengo guardado hace ya muchos años. Mi realidad es irreal, yo no vivo, alguien vive por mí. Cuando dejé de existir, pude observarme a mi mismo desde allá, desde afuera. Es paradójico verse a sí mismo desde afuera. Es paradójico estar y no estar.

Mi muerte.

Recuerdo que ese día estaba soleado. Sí, el día en que morí tenía 19 años y estábamos en el mes de septiembre del año 76. El resplandor mañanero del sol me levantó más temprano de lo normal, así que tuve tiempo suficiente para alistarme. Salí de la casa sin hacer ruido para que mis papás no se despertaran. Cogí el vehículo parqueado al lado del carro de papá y me fui a la universidad. Era una camioneta blanca modelo 50, con los cambios al lado del volante y la carrocería destartalada.

Ese día transcurrió como cualquier otro; las clases estuvieron aburridas, lo cual, al fin y al cabo, hacía parte de la normalidad. El día soleado de la mañana se había desvanecido y en su lugar, un fuerte aguacero caía. Se me hizo un poco extraño que lloviera en esta temporada, ya que estábamos en verano. Conduje la camioneta fuera del estacionamiento universitario, tomé la avenida sur en dirección a mi casa y prendí la radio. Todavía era de día, pero la visibilidad se veía reducida por el estruendoso aguacero.

Furgón, velocidad, frenos, golpe. En cuestión de segundos, todo se convirtió en un terrible caos, mi camioneta se estrelló contra un furgón que al parecer venía en contravía; mis frenos sobre el asfalto mojado no habían respondido. Mi cuerpo lleno de sangre yacía en el piso y no sé en qué momento mi espíritu se desprendió de mi cuerpo. Mis ojos no dejaban de verme ahí, inmóvil, sin un aliento de vida. La ambulancia llegó y con esta los paramédicos que inútilmente trataban de revivirme.

Cuando llegué al hospital tenía arritmia cardiaca, síntoma contra el cual los doctores no pudieron hacer nada: mi corazón dejó de latir. Pensé que este era el fin de mi existencia hasta que vi a los doctores resucitándome, cosa que lograron, pero yo seguía afuera. Podía ver mi cuerpo vivo, en la sala de cirugías, pero no era yo quien estaba ahí. Los doctores resucitaron el cuerpo, pero no a mí, todo esto era un fatal error de la naturaleza. En la sala de cuidados intensivos el cuerpo se siguió recuperando hasta que dos meses después lo dieron de alta.

Él se comportaba como yo, se vestía y caminaba como yo, con la diferencia de que él sí tenía cuerpo y yo no. Tuve que acostumbrarme a deambular por el mundo como alma en pena, observando a ese impostor que usurpó mi cuerpo. Han pasado 25 años y yo aún no pierdo la esperanza de que la naturaleza enmiende el error que cometió. Él no es él, juro que no.

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