viernes, 7 de mayo de 2010

La máquina de escribir

Mercedes Gordillo

Al morir mi padre, apenas tenía diez años de edad y era hija única. Mi mamá y yo lloramos desconsoladas durante muchos años. Heredamos un negocio de muebles, la casa de tres habitaciones, sala, comedor, diferentes enseres y una vieja máquina de escribir Remington que nadie usaba. Después de cursar estudios de bachillerato en un colegio de monjas, a mis 17 años mi mamá decidió en la Escuela de Comercio Julieta Matamoros de Morán por el barrio San Antonio, famosa por sus clases de secretariado, oficio que ya empezaba a ponerse de moda entre las muchachas de mi edad. Yo aprendía mecanografía.

Las clases resultaron difíciles, debía acostumbrarme a colocar los dedos sobre teclas cuyas letras no guardan orden alfabético. Durante el primer mes pude darme cuenta de que la profesora de apellido Doña era lunática, tenía mal genio, la mayoría del tiempo fruncía el ceño y no dejaba pasar ni un solo error, como repetir una letra o poner un espacio de más. Por lo general exigía dos páginas de reparación escribiendo cien veces la frase: “como es de su conocimiento”, o “por este medio”, “su atento y seguro servidor”.

El castigo era tedioso, lograba terminarlo con gran esfuerzo, concentración y lentitud, teniendo que soportar el calor del sol de la tarde bajo un techo de zinc, sin cielo raso, escuchando el sonido incesante del teclado de las máquinas. La entrada era a las tres, salía a las cinco, dos horas que me parecían eternas.

En lo único que la maestra no pudo reprocharme fue en ortografía, aprendida a fondo en el colegio La Asunción. Ocasionalmente la profesora me dirigía unas cuantas palabras:

— Menos mal que usted maneja bien la ortografía. De otra manera su aprendizaje hubiera sido peor.

Al final del año tuve tres meses de vacaciones. En ningún momento se me ocurrió practicar en la Remington de mi casa. Nuestra máquina de escribir estaba puesta sobre una vitrina llena de libros y se mantenía enllavada, a mi mamá no le gustaba leer.

Un día por curiosidad deseé abrirla, nos costó encontrar la llave, sarrosa por el tiempo. Finalmente logramos hacerlo sin quebrar un solo vidrio ni romper la madera del mueble. Quedé absorta ante la cantidad de textos empolvados que encontré. De inmediato me puse a hojearlos, descubrí una enciclopedia llamada El Tesoro de la Juventud, que me encantó. Allí pude leer los maravillosos cuentos: La sirenita, de Hans Cristian Anderson o Alicia en el país de las maravillas que nunca terminó de gustarme y la bellísima historia de Genoveva de Brabante. Mi madre, sorprendida, comentaba emocionada:

— Saliste igualita a tu papá.

Cierto día me puse a guardar varios ejemplares y no me di cuenta que la máquina estaba mal colocada en la parte superior de la vitrina, la Remington cayó al suelo estrepitosamente. Por suerte di un salto hacia atrás y no recibí ningún golpe, pero pudo haberme roto la cabeza.

Al terminar las vacaciones tuve que regresar a la escuela de comercio. Nada había cambiado, se escuchaba el ruido constante y aburrido de las máquinas. El aprendizaje me parecía inútil porque en el fondo de mi corazón yo no deseaba encerrarme en una oficina mañana y tarde y menos escribir cartas comerciales que no interesaban. Terminé los dos años requeridos detestando la mecanografía. Además, había comenzado para mí la época de enamorados y novios, asistía a fiestas, me gustaba bailar, ir al cine a matinée con mis amigas, planear un paseo o una lunada a lo cual mi madre nunca se opuso.

En una de las fiestas, a mis 19 años, conocí a un joven ingeniero de nombre Gustavo Martínez, guapo, de buena familia, nos enamoramos perdidamente. Mi madre y sus parientes estaban encantados y la boda se decidió rapidísimo. Vivimos en la misma casa. Mi mamá resultó ser una espléndida suegra hasta el día de su muerte producida por un infarto violento, el hogar había sido armonioso, casi perfecto, aunque sin hijos.

Después de esa separación tan dolorosa, mi vida emocional sufrió un cambio profundo. A pesar del consuelo de mi marido, no lograba sacudirme la tristeza, permanecía silenciosa y triste.

Por esos días mi esposo recibió una oferta de trabajo en Guatemala, una empresa constructora le ofrecía el doble de sueldo, traslado de los muebles, casa de alquiler, entre otros privilegios que no podíamos rechazar. Tomamos la decisión de aceptar la propuesta, el negocio de mi madre lo manejaría un pariente.

Al llegar a Guatemala pasé una agradable temporada haciendo nuevas amistades y conociendo el pintoresco país. Me dedicaba a los oficios domésticos hasta que encontré a Cándida, una excelente nicaragüense que hacía todo.

En algunas ocasiones volvían a mi mente recuerdos de mi infancia y juventud. Un día cualquiera recordé la vitrina de libros de mi padre, la habíamos traído con nosotros como recuerdo familiar. La máquina de escribir estaba en el mismo lugar. De nuevo busqué la llave y me puse a revisar libro por libro. Desde ese día, como por encanto, todo cambió en mi rutina. Podía pasar horas dedicada a la lectura, siempre deseaba leer más y más, encontré Los hermanos Karamazov, Los Miserables, de Víctor Hugo, poemas de Rubén Darío y Federico García Lorca, la novela Flor de durazno, de Wast y a muchos autores apasionantes, incluso, humorísticos como el español Jardiel Poncela. Mis lecturas se convirtieron en un mundo mágico, delicioso, que estimuló mi imaginación. Cierto día sentí un capricho improvisado, irrefrenable, deseaba escribir memorias que llevaba guardadas íntimamente. Busqué un cuaderno rayado y un bolígrafo de tinta negra y empecé a escribir a mano un tema relatado por mi madre durante mi infancia.

Después de escribirlo en forma de cuento me pareció bien, leía y releía para corregir errores. De pronto recordé la máquina. Para mi sorpresa funcionaba muy bien, como si estuviera nueva. Comencé a usarla para copiar mis escritos. Al poco tiempo adquirí gran velocidad, parecía tener años de práctica, mis relatos llegaban rápidamente al final, aun sin ver las letras de la máquina. Cuando terminé de pasar el tercer texto, algo llamó mi atención: una palabra absolutamente desconocida al final de una historia.

Sorprendida, ordené los papeles y comparé cada una de las páginas, pensando que me había equivocado. Asombrada, me di cuenta de que algunas de mis palabras no guardaban relación con lo que se leía.

— ¡Que raro!, pensé.

Comparé otra vez los escritos originales con la copia y aunque coincidían en el título y algunas expresiones, el tema resultaba diferente y hasta inferior a lo que yo había hecho, refiriéndose a cosas que yo no conocía ni había imaginado jamás.

Esa tarde decidí contarle todo a Gustavo, tenía miedo de que pudiera creer que estaba suponiendo cosas, acaso podría pensar que me estaba volviendo loca. Sin embargo, mi esposo con su carácter sereno, me escuchó pacientemente, muy contento de que estuviera escribiendo; además, le gustaban mis relatos. Tampoco él comprendía el problema. Propuso hacer una prueba que me pareció muy sensata: él me dictaría los cuentos mientras yo los pasaba a la máquina. Me sentí mucho más segura y nos dirigimos hacía el estudio, serían las seis de la tarde y encendimos las luces. Saqué el papel limpio, lo introduje en el aparato y esperé que Gustavo empezara el dictado. De la manera más tranquila leyó el título: La máquina de escribir, al mismo tiempo que yo lo transcribía. Él leía con cierto énfasis, deteniéndose en comas y puntos finales, mis dedos corrían ágilmente.

El cuento tenía cinco páginas que iba sacando una por una; al terminar comenzamos a compararlos. El título seguía siendo el mismo, pero a partir del primer párrafo, el asunto cambiaba totalmente: tema, palabras, expresiones. Como último recurso se nos ocurrió cambiar de lugar. Ahora, él escribiría en la máquina y yo le dictaría el cuento. Al terminar, completamente asustados, nos dimos cuenta de que la historia otra vez era distinta, deshilvanada, incluso, torpe. Sin saber qué pensar nos retiramos al dormitorio, pasamos la noche sin dormir tratando de comprender el extraño fenómeno sin encontrarle explicación. Muy temprano en la mañana salimos decididos a deshacernos del artefacto, lo dejamos abandonado en un basurero público lejano a la ciudad y salimos corriendo.

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