viernes, 7 de mayo de 2010

Inesilla

Adolfo Calero Orozco

Mi vecinita Inés contaba todavía muy pocos años cuando su mamá comenzó a decir que la chavalita era loca. Ante tan autorizada palabra sus hermanitos no tardaron en llamarla loca también, y muy luego su señor papá, en una ocasión que ella cometió una ligera falta, corriente en personitas de su edad, se evitó la molestia de castigarla declarando “que a la Inesita había que perdonarla, porque era loca”. Nunca nadie se tomó el trabajo de explicar porqué era loca la chiquilla, ni falta hizo que se tomaran la molestia, porque el antiguo fallo había sido aceptado ya sin discusión en casa y sin demora en el vecindario, y después en todo el pueblo, se tuvo como verdad de clavo pasado que la Inés era loca. Nada de raro tiene, pues, que ella mismo bien pronto haya entrado a formar parte del número de quienes sencillamente creyeran la proclamada condición de su propia persona, y una vez se le oyó decir:

-“Ay, porqué seré yo tan loca”

Ni su familia ni la gente querían decir con aquello de la locura de Inés, que la muchacha anduviera mal de la cabeza; el significado preciso del calificativo nunca se definió, que alguien supiera, pero todos parecían aceptarlo como una manera de decir que la chica era persona de pensar y actuar disparatados, distinta de la demás gente. El modo de ser de ella: franco, llano, expansivo y, a veces, original, servía para confirmar la especie. Tal vez, si la mamá no hubiera empezado tan con tiempo con la cancioncita esa de la locura, tal modo de ser le habría valido únicamente para tener más amigos y ser más estimada por todos.

A mí me tocó verla crecer muy de cerca.

En la escuela, Inesilla siempre estaba contenta y risueña y no solo metía bulla durante los recreos; sino también un poco, en las lecciones, y aquello afortunadamente se descontaba como muy natural en ella, puesto que era loca. Y como fuera también muy solícita, y tenía, desde luego, viva la inteligencia que fuera de su manía suele concederse a los locos, pues no había la muchacha de cometer la locura de hacer ella muchas veces el trabajo de sus compañeras, afanándose por ayudarles y escribirles sus tareas aún antes de haber escrito la suya propia? Ante tales cosas las mismas beneficiadas no podían dejar de reconocer que solo una loca podía exponerse a sufrir castigos por presentarse a clase sin sus tareas listas, después de haber empleado su tiempo haciendo muy bien los trabajos ajenos.

Pero Inesilla, como la pobre sabía bien que era loca, aceptaba buenamente las consecuencias de su condición y seguía sin enmendarse.

Más crecida ya, los muchachos buscaban su compañía que era amena y alegre gracias a que su locura nunca fue melancólica; menos mal. Y sus compañeras no tan afortunadas sabían explicar fácilmente la preferencia con que las aventajaba diciendo que, “claro! a los hombres siempre les han gustado más las locas”. Por suerte, con eso de su ligereza de mollera, la muchacha no le concedía ninguna importancia a su popularidad ni la usó nunca para picar el amor propio ajeno, y con eso alas amigas se les dificultaba menos perdonarla.

Así las cosas, y cuando todavía Inés andaba en los dieciocho, cometió la locura de ponerle atención a uno de sus enamorados, y ¡mayor locura todavía! Acabó por enamorarse ella también. La señora mamá decía –Inés, desde chiquita fuiste loca y ahora está más loca que nunca”. Efectivamente, la muchacha hacía unas cosas… Por ejemplo, su novio, para ir al trabajo, todos lo días se desviaba de su ruta hasta venir primero a pasar por casa de Inés y ella, como si no hubiera tenido nada mejor que hacer, estaba desde muy temprano pendiente del reloj y con amplia anticipación venía a situarse junto a la ventana de casa y de ahí nadie conseguí retirarla, sino hasta después que le muchacho había pasado y le había dicho: -“Adios, amor”. Entonces ya se tranquilizaba un poco y lograba dedicarse con alguna atención al pequeño trabajo doméstico que le correspondía hacer. Pero aquello no era más que por unas horas, pues apenas sonaban las doce, ahí estaba de nuevo Inés en la ventana, soportando pacientemente el resplandor meridiano como si hubiera sido grata brisa marina y allí se quedaba hasta que, otra vez, para el receso del mediodía, pasaba el novio frente a la ventana, y… la bobería del “adiós, amor”.

Por la noches, desde muy antes de la hora de la amorosa visita, Inés se las arreglaba para terminar sus quehaceres, y al espejo! y dele al polvo!, y al perfume! y al peine! y a cambiarse el vestido del día. Todo por ir a estarse muy sentada en la salita de la casa, en espera del dichoso novio.

En una ocasión ocurrió cierto percance en el taller del muchacho y él resultó malamente golpeado, quedándose sin visitarla por una larga semana. Entonces la locura le dio por estar angustiada y por querer saber de él, y no solo una vez al día, sino dos, tres ya hasta más; y también por hacer toda clase de preguntas: que si su vida no corría peligro, que si no quedaría desfigurado, que si las manos, que si los pies… y todavía se empeñaba diariamente en hacer que alguno de sus hermanos fuera a casa del novio a inquirir por su salud y a llevarle flores, más alguna cartita. Esto de las flores había que verlo: cortaba todas las del jardín de su casa y las repartía: unas iban al altar de la Virgen para que curara pronto al muchacho, otras a casa de él. Y si en el jardín no las había suficientes, pues no debía la muy loca gastarse sus economías mandándolas a comprar dónde las tuvieran?

La mamá ya ni se sorprendía de esas cosas, porque con aquella cabecita que Inesita había tenido desde chica, todo podía esperarse de ella. Menos mal que su novio había encontrado, seguramente muy agradable la locura de la muchacha, porque cada día se mostraba más prendado; y al fin y al cabo si el que se iba a casar con ella nada decía, pues para que sentarse a llorar?

Poco más de dos año tardó el feliz noviazgo, durante el cual las ocasiones de la pedida de mano y la fijación del plazo casi trastornaron de viaje a la Inesilla. Y al término del plazo, el matrimonio! Locura igual…! El joven no tenía capital, ni los padres de ellos tampoco. Apenas había el logrado juntar algunas economías, y casi todas se le fueron en la compra de las cosa para la casa. Total, dos muchachos pobres, hijos de dos familias pobres. Casarse así, sin un porvenir asegurado! Las amigas de Inés lo atribuían todo a su vieja locura.

A su tiempo vino un bebé. Un encanto de criatura, realmente, que a cualquier mamá le hubiera enloquecido de gozo. Y cuánto más a Inés que ya tanto flaqueaba por ahí! Y esta vez, sí que vino a comprobarse que la locura es contagiosa, porque también a Eduardo se le pasó (Mil perdones; ya era tiempo de haber anunciado que el nombre del ahora marido de Inés era Eduardo; y tiempo también de advertir que lo de Inesilla es cosa del narrador, pues a la niña del cuento la llamaron siempre Inés o Inesita, pero Inesilla nunca. Este diminutivo se lo vino a aplicar el cuenta-cuentos por el especial cariño que desde chica tuvo, y también como más propio para una niña de cabeza poco salida).

El contagiado Eduardo dio en decir que su nene era el más lindo del mundo, que aquel pedacito de gente quien apenas sabía lloriquear, era un niño vivísimo que hacía cosas de criatura mayor; que lo reconocía desde antes de verlo solamente por la voz, que esto y que aquello… y a medida que pasaban las semanas, le dio por ver destellos de precoz inteligencia en los gestos y manejos más corrientes en un chiguincito de su edad. Y ni podía contradecírselo, porque visiblemente se contrariaba. Pobre Eduardo, estaba loco él también.

Me tocó que salir del pueblo pocos días después que Eduardo e Inesilla se gastaron quien sabe cuántos córdobas, que buena falta deben haberles hecho, celebrando el bautizo de Eduardito –cosa de ellos. Y buscando la vida en benques madereros de los ríos chontaleños, en las minas de la costa y en los bananales de Cabo de Gracias, me estuve ausente por varios años.

Cuando por fin volví al pueblito, todo lo encontré igual. Las mismas viejas bancas y las mismas telarañas en el Cabildo; los mismos taberneros esperando quitarle su semana a los pobre mozos; el mismo sacristán y hasta las mismas mulas ramoneando grama en la soleada plaza; o tal vez esas mulas eran hijas de las que yo dejé años antes.

-“Demen razón de la Inesita y de Eduardo”, fue una de mis primeras preguntas.

-“Uh…! Esos se largaron de aquí hace tiempo… hicieron la locura de irse a vivir a Mangua”.

Pero cómo? Ya no están ellos, ya no estaba Inesita en el pueblo?

Mi gente debe de haberme notado lo mucho que me contrario saberlo, y se sorprendieron de ello: -“No nos imaginamos que te interesaran tanto”

Pues quizás yo tampoco lo había advertido hasta entonces. Si que pensando y repasando vine a caer en cuenta que durante todos los años de mi ausencia, siempre solía recordar a Inesilla; cierto también que al disponerme a regresar entraba en mis cálculos, allá de un modo poco aparente; pero muy perceptible, que se me prometía ser otra vez amigo de ellos, escuchar su alegre paria, sus disparates, oírla reír con aquel su modo único que las otras muchachas del pueblo nunca tuvieron, qué sé yo!

Como era natural, salí de casa a recorrer las antiguas calles, a decir qué-tal a las amistades de antaño; más por donde quiera que fuera no podía librarme de encontrar en todas partes una tremenda cordura. La torrecita de la iglesia se gastaba una seriedad manifiesta, el paso de la gente era tan mesurado que cada transeúnte que me encontraba era otro que pasaba destilando buen juicio. El boticario, mi amigo desde los pupitres de primer grado, me exhortó a fincarme formalmente en el pueblo, a pensar en serio y a casarme, y todo ello con unas razones de aplastante sentido común, Y cuando cayó la tarde, nadie ha visto jamás una tarde tan adusta que aquella.

No pude menos que preguntar –“Y así son siempre las tardes por aquí?”

-“Pues claro! Ya no te acordás… y eso que no hace tantos años que te fuiste...
Me confesé a mi mismo que todo aquello pesaba más más de lo que yo podía soportar.

Y otra cosa: me acosté muy temprano y antes de dormirme ya tenía resuelto volver a marcharme, aunque a mi gente no se lo dejé saber hasta muy después, para evitar conjeturas. Aquel mi pueblo a pesar de sus mismas telarañas y sus mismos litros de aguardiente, y su mismo sacristán, y aunque las mulas de la plaza hayan sido o no las mismas, ya me pareció otro pueblo distinto -un pueblo demasiado cuerdo!- desde que supe que la Inesilla no vivía más en él.

Puede ser que la diferencia hay sido en verdad la ausencia de mis amigos, o tal vez la verdadera diferencia fue que el pueblo no había cambiado ni un ápice.

Pero yo no estaba par detenerme hasta encontrar una explicación, ni se si hubiera valido la pena. Lo cierto es que de veras me largué y que desde entonces no he vuelto más.

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