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23 de febrero de 2016

Francisco

Fernando Silva.

El hombre abrió la puerta y vio que todo estaba oscuro afuera. No había luna ni luz en las otras casas, sólo algunos hachones pringados en la hierba
-Va a llover -dijo el hombre. Este bochorno es de agua. Dio la vuelta y se volvió a meter.
-No es tarde todavía -pensó, y se vino a acostar. Se pasó la mano por el pecho sudado y se restregó las canillas
-Tengo miedo -se dijo. Sí, tengo miedo. Yo nunca me he metido en nada, pero ahora ya está, qué vamos hacer.
Después se quedó ahí en lo oscuro con los ojos abiertos. Por la mente le pasaban figuras y figuras, como si se hubiera puesto a hojear una vieja revista, y así se veía él, cuando estaba en la Aduana, en el tiempo que vivió en el puerto. Entonces trabajaba como carguero y cuando había necesidad, hacía de motorista del pequeño remolcador que pasaba los bultos pesados a los otros muelles. Aquellos días, ahora los recordaba bien -sobre todo el sol del verano y el calor- Mucho le había gustado siempre el calor y el solazo de los muelles, y los pringues de agua al levantar los mecates entre los renglones ennegrecidos del muelle viejo. El sudor que le corría ahora por el pecho, le recordó los días cuando le tocaba trabajar en los lanchones, y volvía rendido y se echaba estirado junto a la bodeguita, en el piso de la orilla, recibiendo la brisa del lago al mediodía, con los ojos ardiéndoles del gran resplandor y esperando oír el golpe del riel y el grito de la gorda en el otro alero del pasadizo. A Comer! A comer! Y cuando se enderezaba. Me parece que lo estoy haciendo ahorita -se dijo- le quedaba el cuerpo pintado con el sudor sobre las tablas, la espalda, el círculo del pelo, dos manchas grandes de los hombres y los brazos a la orilla del cuerpo y estoy con miedo -se repitió.
-Pero no hay nada que temer A ver! -pensó- se levantó un poco alzando la cabeza, se enderezó y se sentó a la arillo de la tijera. Voy a repasar lo que tengo que hacer. Y empezó lo primero es esperar la llamada, son tres veces. Voy a oír una piedra caer sobre el tejado tres veces. Como mi casa es la primera al subir la loma, esto quiere decir –se explicó- que ellos van a venir de abajo. Cuando caiga la última piedra, espero, debo contar lentamente hasta ciento ochenta, esto quiere decir que son tres minutos -se volvió a explicar- es el tiempo que tienen calculado que gastarán en atravesar el solar. Ojalá lo hagan por el lado de los palos de resedo.
-Así le dije yo al doctor –recordó- Para que me metí yo en ésto! -volvió a pensar- bueno -recapacitó- sigamos. Entonces ya abro una sola hoja de puerta y espero a un lado. Un hombre se va a aparecer.
-Qué hora es? -me va a preguntar, y yo le voy a contestar- Son sólo 23. Y me va a volver a decir. -Eso será como hoy que es 23 de Mayo. Esa es la clave. Yo debo tener listo el cuchillo porque en cualquier momento Ud debe usar el cuchillo y huir, me dijo el doctor, y se interrogó enseguida y podría matar yo? Y se contestó -Bueno lo que yo haría, francamente es volarle la puerta encima.
Sigamos –dijo- Yo los llevaré al lugar, lo importante está en pasar el peñón del resguardo, lo mejor sería pasar por allí oscuro. Yo sé que allí sólo está un guardia, un pobre guardia enfermo. Yo ya estuve hablando con él ayer en la tarde. Ya le expliqué todo eso al doctor. Pero para evitar cualquier contratiempo es mejor pasar detrás de la caseta y doblar a la derecha hasta el cerco que queda junto al charco. Los rifles los van a llevar en unos sacos, la máquina la lleva uno de los muchachos. Cuando entremos a la montaña, ahí seré yo el que manda, yo calculo que serán tres días hasta la costa, a la Punta de Coral. Con los anteojos del doctor divisaremos el barco. Todo un día vamos a gastar en desembarcar las ramas y todavía un día más para esperar al otro grupo que recogerá las armas y las va a llevar hasta los chiqueros nosotros vamos a volver por el mismo camino o seguiremos. . quién sabe.
La noche era bien oscura. Todo va bien. Hasta ahora he cumplido con lo que me han encargado pero tengo miedo tengo miedo -se repitió- miedo a todo y a nada. "El corazón no traiciona" -Decía mi compadre Trinidad- y el pobre murió de un tiro -y se sonrió- qué cosas! –exclamó.
Ahora estaba sentado en un rincón de la casa y miraba con atención a los seis muchachos echados en el suelo.
-Quiénes serán? -se preguntó Quién será el padre de aquél?
De ese otro que está de pie? De aquel sentado junto a la pared? Todos parecen de buena familia, hablan como gente fina. No hay que hacer -exclamó- estos muchachos son valientes- pensó un momento. Serán valientes? Se quiere valor para meterse en esto y yo para qué me metí? -y se preguntó- y yo soy valiente?
-Oiga amigo - dijo uno de los del grupo y se arrastró hasta la orilla donde estaba el hombre.
-Ajá -le contestó el hombre.
-Ud conoce bien este lugar, verdad?
-Sí, le contestó el hombre, y enseguida pensó Por qué me preguntará eso?
Después se le acercó otro de los muchachos.
-Cuántos guardias hay en el resguardo del Peñón? -le preguntó-
-Uno -le respondió el hombre.
-Ah, bueno -dijo el muchacho- a ese lo tronamos.
-Ehs! -se dijo el hombre-
Sería capaz éste de matar a un pobre guardia enfermo.
-Es un solo guardia el que está allí -le explicó el hombre- Un pobre guardia enfermo -le agregó.
El muchacho no le oyó. Se habían agrupados los muchachos y hablaban algo en voz baja.
-Qué calor - dijo uno de los muchachos levantándose y volviéndose donde el hombre le preguntó No se podría abrir esa ventana?
-No será peligroso? -le preguntó otro.
-Están nerviosos -pensó el hombre- tienen miedo, como yo- y se sonrió. Está bien –contestó después el hombre- voy abrir esa ventana, y encaramándose en una de las reglas del tabique empujó la ventana para afuera. El hombre volvió a sentarse a su rincón y siguió pensando.
¿Quiénes serán? -se distrajo un momento y siguió pensando- Así pudiera estar un hijo mío. Uno de estos muchachos pudiera ser un hijo mío. El flaco alto que tiene una gorra en la mano, no me gusta, ese, otro bajito, lo veo muy insignificante. Un relámpago abrió una brecha de luz que entró por la ventana y alumbró por un instante los rostros de los muchachos.
-El que está a la derecha -se dijo con seguridad- ese muchacho sí me gusta. Así bajo, grueso, moreno, con el pelo corto y crespo -así sería mi hijo se dijo con satisfacción. Y observando al muchacho que había elegido en lo oscuro, siguió -Es el único que no ha hablado nada, ni me ha preguntado nada. Ha de ser calmo, frío como yo y valiente –cabeceó dos veces y se sonrió- Buen muchacho -continuó- Así estaría un hijo mío, ni más ni menos por qué no tengo un hijo Dios mío -exclamó- y cómo se llamaría mi hijo? -se interrogó- Yo le hubiera puesto Francisco, como se llamaba mi tío, el viejo que me crió a mí. Hubiera gozado mucho mi tío con Francisco de revolucionario. Mi tío era conservador de los de antes "de puro leña con nudos”, decía él -y se sonrió- Así le voy a poner Francisco. Se levantó un poquito para acomodarse en su sitio.
-Si me dan ganas de levantarme y abrazar a este muchacho. Pasó un buen rato. El más alto de los muchachos se levantó, sacó su reloj fosforescente y lo vio haciéndole una sombra con la mano.
-Sólo faltan quince minutos -le advirtió a los compañeros. Los muchachos se inquietaron.
-Oiga! -dijo dirigiéndose al hombre- sólo faltan quince minutos!
-Sí -dijo el hombre y se levantó.
-Ud será el último en salir -le explicó- Espere que yo le dé la señal.
-Sí -dijo el hombre.
Pasaron los minutos. El muchacho alto veía a cada momento su reloj.
-Ya es la hora! -dijo con seriedad, y levantando una mano, agregó- Como está convenido. Y salió ladeándose por la puerta.
Todos salieron. El hombre oyó el ruido flojo de las pisadas entre la basura y luego un retirado golpe de agua al caer algo que se repitió varias veces.
-Están entrando en el bote -se dijo- y esperó. Al rato oyó un silbido. Esa es la señal -se dijo. Salió entonces rápido y cerró la puerta sin hacer ruido y después se vino andando con el cuerpo encorvado.
En el bote estaban todos y otros dos más con sus capotes. A uno de ellos lo reconoció.
-Buenas noches doctor - le dijo. El otro le dio una palmada en el hombro. Entonces los dos nuevos se subieron también en el bote. El hombre entró en el agua y movió para asegurarse el bote. Después se voló de la orilla y se enderezó para arriba. En el bote buscó a Francisco ¿Dónde irá el muchacho? -se preguntó- quisiera que fuera aquí junto a mí. Yo no me hubiera despegado nunca de mi hijo -se dijo.
No se muevan - recomendó el hombre en voz baja y clara. No rocen los canaletes contra el bote, detengan el aliento y empujen con fuerza lentamente, pero con fuerza –recomendó.
-Dónde irá Francisco? -volvió a pensar. Otro relámpago se abrió y entonces se fijó que el muchacho iba adelante. Así va bien -se dijo- Así me da la impresión como que si fuéramos una noche a tirar a los bancos Francisco va adelante con el rifle. Yo llevo el bote y lo voy viendo. El muchacho es listo, en todo se fija y va callado, qué buen tirador sería mi hijo? Por qué no tengo yo un hijo, Dios mío? se lamentó.
Todos iban callados. Sonaba en lo oscuro el golpe del agua.
-Es pesado este chunche -dijo uno.
-Shii!!! -lo callaron de adelante.
Unas grandes sombras caían sobre sus cabezas. El hombre iba doblada sobre el bote, remaba con fuerza, enderezaba el rumbo a tientas, levantaba un poco el cuerpo y resoplaba a veces.
-Cómo va la hora? -preguntó uno de los muchachos.
-Vamos puntuales -contestó otro.
Siguieron en el río. La lluvia sonaba adentro de la montaña. Los relámpagos venían de muy largo, se abrían como latigazos en el cielo. Nadie hablaba, parecían unas sombras que flotaban.
Pasaron un rato. Caía ya una lluvia rala y fría.
-Allá es -anunció el hombre- en ese clarito de la izquierda.
-Ajá –dijeron.
-Vamos a arrimar entre unos guabos que están propiamente a la orilla -empezó a explicar el hombre- debajo de las ramas, porque allí es más oscuro. Entonces salimos en fin a tierra. Después vamos a seguir orillados siempre por la derecha, la cosa es ladear el resguardo del Peñón, sin que nos vean.
-Todos entendieron? -preguntó el muchacho alto.
-Sí –dijeron.
El bote fue entrando debajo del ramal.
-Agáchense -ordenó el hombre. Todos se inclinaron unos sobre otros. Al rato el bote estaba como clavado entre las raíces del árbol.
-Que comiencen a bajar -ordenó el hombre.
-Ya saben lo convenido! -dijo el muchacho alto.
Uno por una de los muchachos fueran saliendo del bote, se oían las voces.
-Con cuidado!
-Cuidado!!
-Salí!!
-Ahora!
-A ver!
-El otro!
-Ya, pues !
Todas estas veces son raras -pensó el hombre suenan como huecas, sin fuerza parecen muertos estos muchachos.
El hambre se bajó por último, afianzó el bote en una de las gambas y salió casi guindado de una rama, se empujó y se meció como un mono hasta tocar la tierra floja y húmeda. Después siguió detrás, capeándose en lo oscuro de los troncos.
-Qué ganas tenga de gritar ¡Francisco! Venite aquí conmigo, hombre! No ves que yo conozco bien
éste lugar tené cuidado muchacho, cuidado te vas a ensartar una espina en el talón tengo miedo por este muchacho –pensó.
El grupo avanzó un buen trecho. Uno de los muchachos llevaba la ametralladora bajo el brazo. Otros dos se detuvieron y pusieron el saco con los rifles en el suelo, enseguida comenzaron a sacar y entreregar a cada uno su arma.
Ya tendrá Francisco su rifle? -se preguntó el hombre- No lo veo a Francisco, qué se hizo? Es capaz este muchacho de andarse por ahí desarmado. No sabemos qué pueda pasar aquí quién sabe!
En este terraplén íbamos a detenernos y alguien saldría a reconocer, es necesario prudencia si pasamos descubierto el limpio que queda para ir al charco, es peligroso.
-Vamos! Vamos! -dijo alguien.
-Quién daría esa orden? -se preguntó el hombre. Carajo! -exclamó- qué locura! si no es eso lo convenido! Quién daría esa orden? -se volvió a preguntar.
-Vamos ya, pues! -dijeron los demás y corrieron unos detrás de otros y avanzaron hasta el limpio junto al charco.
Agáchense! -ordenó uno, y todos se echaron boca abajo en el suelo y se quedaron inmóviles. Qué habrá pasado? -se preguntó el hombre y se quedó en su lugar. No se oía ni la respiración, el silencio podía tocarse con el codo.
-Qué es ese ruido- -se preguntó el hombre, afinando su oído acostumbrado a eso. Pareciera como que alguien se hubiera quedado atrás y avanzara en la punta de los pies. No será Francisco? –se preguntó preocupado. Afiló de nuevo su oído. Sí -se dijo- alguien viene qué raro y no se puede ver nada. Allá se movió algo, detrás de aquel matorral. De donde estoy no puedo gritar. Tal vez es algún animal, aquí hay muchos zorros. Cómo hago? -dijo- el que me queda más cerca creo que es el muchacho alto, pero no debo levantarme. Se ladeó un poquito y levantó la cabeza. Qué raro todo esto! -pensó- y se voltió con rapidez. En el mismo instante, como relámpagos, salieron de los matorrales grandes fogonazos y gritos, gritos de hombres, de bestias y no vio más. Un grito oyó encima de él y se lanzó de cabeza contra unos palos, se ladeó y sintió como un mordisco en un hombro y un montón de tierra sobre la cara.
No se puso a pensar en nada y rodó, rodó hasta ardérsele la cara contra lo hierba, se dio otro voltián hasta que sintió chocar contra el agua. Ahora sí -pensó- y se escondió entre unas cañas. Se tocó con dolor el hombro que le ardía y le sangraba, tenía el brazo pegado al cuerpo, se tocó la mano. Como trapo es mi mano -se dijo sollozando y se zambulló, un momento. Aguantó un rato y después sacó la otra mano para agarrase a unas raíces. No aguanto el hombro -dijo- dejó flotar lo canilla ladeándose un poco él, y se quedó inmóvil.
De donde estaba oía voces, trotes. Se acomodó mejor y esperó echado sobre el agua para coger aliento. Es la guardia -se dijo- Estábamos vendidos, nos estaban esperando. Se soltó de las raíces y dejó flojo el cuerpo para hundirse un rato, después flotó otro momento y levantando la cabeza oyó muy cerca un grito. Traigan un foco! Qué traigan un foco!
Después se volvió a agazapar y esperó. Allí estaba cuando sintió que alguien corría para arriba y luego que alguien se acercaba, se quedó allí, dio unos pasos y se volvió . . , .
-Alguien está aquí -se dijo- parece que está agachado, o que se está escondiendo, puedo oír su respiración desde aquí. Tal vez es Francisco –pensó enseguida y sintió un escalofrío. Francisco -se repitió- mi hijo que viene buscando la orilla, mi hijo! -se repitió turbado de dolor y de miedo- tal vez viene buscando ayuda y viene herido el muchacho, y sintió latirle el corazón, golpearle con fuerza el pecho remojado.
Entonces levantó algo la cabeza y le vio las botas. Es él dijo con emoción que lo ahogaba y entonces se estiró lo más que pudo con angustia levantándose con el hombro ensangrentado, hasta que un relámpago alumbró afuera. Francisco! -le gritó espantado y ya no pudo sostenerse más, cedió la caña que lo detenía y cayó de un solo sobre el charco boca arriba. Sólo fue un fogonazo y el ruido del disparo.
Un guardia corrió para allá y otro guardia se vino a la orilla y alumbró con el foco el charco.
La luz amarilla cayó sobre el agua con sangre como una mancha que se extendió hasta la orilla con los remolinos de lodo del cuerpo que se hundía.
El guardia retiró entonces el foco del charco y alumbró con curiosidad al traidor, le vio primero las botas gruesas, después la pistola guindada en la mano, la camisa remojada de sudor y por último la cara.
-Apagá esa luz, -le ordenó volteándose.

-Bueno -dijo el guardia, y apagó el foco.

21 de febrero de 2016

Saturno

Fernando Silva

Aquí no es donde nos dijeron -me dijo mi compañero.
-Esperate -le dije- mejor voy a preguntar.
-Señorá -llamé a una mujer que pasaba en la acera. No sabe Ud si vive por aquí doña Lola Gaitán?
-Allá -me señaló la mujer, estirando la mano- después del poste de luz.
-Ah bueno. Muchas gracias.
Entonces nos subimos a la otra acera. La calle estaba húmeda y se sentía el alar que viene del lago, un cierto olor a lodo y sardinas.
-Ojalá que encontremos comida a estas horas -me dijo mi compañero.
-Vamos a ver -le dije.
Nos paramos y golpeamos en la puerta del zaguán.
-Es en la otra puerta -nos dijo un muchacho. Entonces nos fuimos a la otra puerta que estaba abierta y entramos. Había una salita con piso de madera y varios asientos colocados a la orilla de la pared con los balancines para arriba porque estaban barriendo.
-Buenas tardes –dijimos.
-Pasen adelante -nos contestó un hombre que estaba componiendo, a la luz de la ventana, la pata de unos anteojos. Atravesamos la salita y salimos a un corredor que quedaba en alto y desde donde se divisaba el lago y las tejas de zinc manchadas de sarro de una bodega.
Abajo había un patio con piedras y un gran palo de jícaro bien verde.
En el corredor encontramos varias mesas con manteles y en una de las mesas, dos hombres que estaban terminando de comer.
-Sentémonos aquí -le dije a mi compañero. Nos sentamos y mi compañero se sirvió un vaso de agua del pichel que estaba puesto.
-Ah! -exclamó, escurriendo el vaso- Me venía secando de la sed. Al rato salió una señora de adentro y se acercó.
-Buenas tardes –dijo.
-Buenas tardes -le dijimos- Queríamos saber si nos pudiera servir algo que comer.
-Vamos a ver -nos dijo sonriendo. Como es tan tarde si se esperan un momento. Y se detuvo a mirar a mi compañero.
-Ud es Silva, verdad? -le preguntó.
-Sí -le contestó mi compañero.
-Hijo de don Chico?
-Sí
Y qué se ha hecho don Chico? Tiempo tengo de no verlo.
-Está en Granada
-Pero está bien?
-Sí. Ahí va más o menos.
-Me lo saluda
-Como no.
La señora dio la vuelta y volvió a entrar en la cocina.
Uno de los hombres que estaban sentados en la otra mesa saludó a mi compañero.
-Donde quiera te conocen a vos -le dije.
-Callate -me dijo- Ese es mi amigo don Chemita.
-Don qué?
-Don Chemita! Ya va a empezar a hablar -me dijo, oílo- Yo volví a ver a mi compañero.
-Bueno -le dije
-"Fue en mi viaje a Upala" -empezó a hablar don Chemita alzando un poco la voz, como para que lo oyéramos.
-Ajá -le dijo el otro que estaba con él, y se sonrió con nosotros.
-"Yo tenía unos reales regados -siguió don Chemita- y me fui a recogerlos. Me voy a aprovechar del viaje -me dije- para traer unas cuatro fanegas de frijoles que me habían encargado, y también me alisté algunas otras cositas para vender allá, Ud sabe, amigó que este su amigo siempre anda algo que vender. Bueno pues, me fui en el remolcador de las Pachicas. Salimos sábado, calculando yo estar de vuelta el miércoles para así coger el vapor Victoria para Granada, porque también quería llevar a Granada un cacao que pensé comprar en Upala.
-Buen cacao el de Upala y más barato que el de Rivas. Bueno pues, llegamos sin ninguna dificultad a Upala. El remolcador de los Pachicas se vino el domingo, temprano. Yo no podía venirme el domingo porque hasta en la tarde terminaba de hacer mis cobros, sobre todo tenía que esperar el lunes para comprar el cacao y terminar de recoger lo que me hacía falta de los reales. El lunes y el martes cobré casi todo, y vea, con buena suerte, recogí como trescientos pesos y conseguí buen cacao y unos frijoles muy hermosos y a buen precio. Me alisté de todo y pensé venirme en bote a San Carlos. Ya era martes, como le dije, y entonces me fui a buscar a un hombre para que me trajera, pero es difícil con esto de que ahora todo mundo solo coge para la montaña con la cuestión de la raicilla, la pagan bien, pero a mí nunca me ha gustado trabajar con raicilla, es muy expuesto. Bueno pues, me cogió la tarde buscando al hombre, hasta que una señora me recomendó a un tal Saturno. Me dedico pues a buscar al tal Saturno y amigo, lo encuentro en una cantina bien picado Ni pensar! -dije ya- cómo me voy a exponer a irme con un picado Me volví donde la señora a contarle.
-Tal vez sabe de algún otro? -le digo.
-No don Chemita -me dice la mujer- si ese solo vive picado, así trabaja él. Es verdad que es picado, pero así como lo ve, es muy honrado.
-Ehs! -me dije yo- ni lo conozco y yo con estos reales en la bolsa. Con lo que le cuesta a uno hacer sus realitos verdad? Pero también pensaba que si esperaba hasta la otra semana que viniera el remolcador. Qué iba hacer yo allí en Upala gastando en pensión y comida? Y con los frijoles, el cacao y los reales, y más que tenía esperanzas de coger el vapor Victoria el miércoles en la tarde. Cómo hago -me dije; y entonces volví a buscar al tal Saturno.
-Yo le hago el viaje -me dije- en la madrugadita estamos en San Carlos -me aseguró.
-Pero no siga bebiendo -le digo.
-Ah nó! Eso, no -dice Saturno, muy serio- Yo trabajo, pero picado. Sin trago yo estoy perdido -Y se rió- Jua! Jua! -enseñando unos grandes dientes cama clavijas.
-Ah, pues no! -le respondí, y me volví a dar vueltas por las calles a ver si me conseguía alguno otro. No! Qué va! -me decían- Ese viaje solo Saturno se lo hace. Bueno -me dije- qué vamos hacer! Y me volví donde el hombre.
-Bueno, Saturno -le dije- alístese, pues.
-Así me gusta -me respondió.
Y dónde tiene el bote?
-Allí abajito.
-Pues que no nos coja la noche -le dije.
Comenzamos a cargar. El hombre no parecía, en dos horas tenía cargado el bote. Yo lo esperé otro rato porque se fue a traer una palanca y el saco ahulado con sus cosas. Cuando volvió me fijé que traía un litro de guaro en la mano.
-Ah no! -le dije- Más guaro, no.
-Trato es trato -me dice- Ud quiere que me muera de la goma?
-Vámonos pues, de una vez -le digo porque, qué iba hacer?
Ya era de noche, no había luna. Yo me senté adelante entre los sacos y Saturno atrás, canaleteando.
-En el nombre de Dios! -dije yo cuando ya doblamos y se perdían las luces del muellecito.
-Tal vez me pueda dormir un rato -pensé yo- y que en la madrugada ya estemos en San Carlos.
La noche estaba bien oscura. Voy a rezar el rosario -dije y comencé por contar los misterios en los botones de la camisa y las Ave Marías con los dedos, pero me aburrió. Me puse a pensar un rato.
Salo se oía el golpe del agua y los pujidos de Saturno empujando con el canalete. Allá, de vez en cuando, jalaba el litro de guaro y se lo empinaba. Hasta donde estaba yo oía saborearse al hombre.
-No quiere un quemón, don Chemitá? –me dice.
-No, hombré -le contesté- yo no bebo.
-¡Ehs! -pensé yo- Este como que quiere picarme. Qué difícil se gana uno sus reales.
Y este hombre -pensé- ¡Qué pierde con nada! Conmigo, por ejemplo. Además, este hombre ha de saber que yo traigo dinero, y que traigo además unos buenos reales en frijoles y cacao!
Cuándo que no! Como no va saber esta gente lo que cuesta un saco de frijoles o de cacao? Si viven
en esto.
A un picado -seguí pensando- se le puede meter cualquier cosa y después? Con decir, yo no me acuerdo, o si no, yo no sé, se ha de haber dormido don Chemita ¡Carajo! ¡Qué vaina! Porque además es verdad que si me duermo y me voy al agua, me ahogo, yo no sé nadar. Y bueno, dirán. A
quién se le mete en la cabeza montarse en un bote, de noche, con un picado.
¡Dios mío! ¡Qué horrible pensamiento se me vino! si a este hombre se le mete darme un canaletazo.
Con la oreja del canalete me hunde la cabeza y me mata de un solo. Como era de noche –puede decir- lo agarró una rama de guaba y lo golpeó.
Y aquí quién va a averiguar nada? Y si averiguan? Yo ya muerto? para qué?
Entonces pensé hablarle, para coger confianza. Va a notar que tengo miedo -pensé- Mejor espero que él me hable y así me estuve cavilando, hasta que al rato, me dice:
-Don Chernitá y ya vendió todas las alhajas que trajo?
Carojo, -pensé yo- este está averiguando si traigo alhajas
-Todas las vendí -le respondí, rápido-.
-Yo necesito comprar una esclavita. Se la quería regalar a una jaña que tengo -dijo-, y ¡jua! ¡jua! -se rió.
Voy a cambiar de conversación, pensé.
Y vos sos de aquí, Saturnó -le pregunté
–No
-¡Ah..!
-Yo soy del Arenal -dijo enseguida. Aquí he vivido, sí.
-Tenés aquí a tu mujer y tus hijos?
-Los hijos se murieron
-¡Ah !
-¡Quién sabe! -dijo- Se morían cuando iban naciendo.
-Alguna enfermedad -le dije yo.
-¡Jua! ¡Jua! -se rió
-¡Carajo! -dije yo.--- ¡Qué feo se ríe este hombre!
Seguimos callados, se veían unos relámpagos como que iba a llover.
-Don Chemitá -me dice al rato- Ya estoy picado. Mejor nos arrimamos por ay, a ver si duermo un ratito, y luego seguimos. Parece que ya va a empezar a llover
¡ Ehs! -me dije yo- Ahora si se pone peor la cosa. Este me puede matar aquí y me deja allí tirado en el monte.
-Es mejor que sigamos -le dije
--No -dijo él- quiero echar un peloncito.
Sentí el ruido del bote al entrar la proa en el lodo de la orilla. Yo me quedé donde estaba y empecé a rezar. Me acordé de mis pecados. De suerte que yo no le he hecho mal a nadie. Es verdad que he vivido del comercio, pero esto es un “te quito" y “me quitas”, Ud conoce este negocio y además, no le pagan a uno todas las aflicciones.
Bueno pues, al rato ya estaba roncando el hombre, bien dormido. Y ahora era otra pena, empecé a tener miedo de verme solito y el terror de que si me agarraba de un gamalote, lo menos que podía encontrar era una culebra y si no me agarraba, la corriente nos arrastraba, hasta ir a dar a un banco de arena y allí acabar mis días
-Don Chemitá -me dice al rato..- Ud le tiene miedo a las culebras?
-Pues, ¡sí! -le dije.
-Aquí hay muchas Ud conoce la Barba Amarilla? Pues mata a una danta. Y la Toboba? Pues pica, y después uno se hincha como un tronco. Una Toboba mató a un tío mío. Y Ud conoce al patotoboba?
-No -le respondí, molesto de su conversación
-Pues es igualito a un patito, mediano y cenizo, anda a las orillas, y es igual al piquete de una culebra.
-Y anda de noche? -le pregunté preocupado
-Pues, casualmente solo de noche -me dijo.
Que va! -pensé yo- nunca he oído que un ave sea venenosa.
Pero en fin, ya sé, este hombre me quiere  meter en miedo.
Pero yo no tengo miedo.
Empezó a llover y yo tenía frío ¡Dios mío! -dije- si salgo bien de aquí le voy a dar cien pesos al cura de San Carlos para que arregle la pared de atrás de la Iglesia y cincuenta pesos para los pobres y cincuenta pesos más para las monjitas del Hospicio de Granada. Ya suman doscientos pesos, -pensé, haciendo la cuenta- Qué? -dije, apartando las ideas mesquinas, que a uno se le vienen ¡Promesa es promesa! El hombre estaba dormido otra vez, llovía más recio. Yo, francamente me sentía ya medio muerto. Veía luces en el monte, oía ruidos horribles adentro de la montaña. A veces me parecía que volaban serpientes en el aire. ¡Don Saturno! ¡Don Saturno! -lo llamé varias veces, pero el hombre estaba bien sorneado.
A mí me empezó a doler un brazo ¡Caramba! Y es el brazo izquierdo ¡Al lado del corazón! ¡Me va venir un ataque! -pensé- Tan bruto, que nunca fui donde el doctor, por no pagar los cincuenta pesos pero es que uno tiene que trabajar, y no queda tiempo. Ahora prometo que voy a ir.
Estaba temblando, me dolía la nuca y la parte de atrás de la cabeza y también tenía una pierna entumida ¡Este es parálisis! -pensé- Aquí acabé mis días. Y si pierdo la yoz?
-¡Saturno! ¡Saturno! –grite.
Pues todavía puedo hablar -me dije. Pero si perdiera la voz, o si me agarrara un animal? Qué cuenta se va o dar este picado? Y los reales que tengo en la bolsa? Se van a perder. Mejor los voy a sacar de la bolsa, pero si los dejo aquí en el bote. Quién va a saber? Allí se van a estar hasta qué los tiren cuando achiquen el bote.
Estaba muy nervioso. Sentí calambres en todo el cuerpo, no sé, me pesaba la cabeza y la rabadilla y me dormí.
Me dormí acabado hasta venir a despertarme de un brinco.
¡Algo me despertó! ¡Qué susto!
Cogido de la mura del bote y casi echado sobre mí estaba la cara de Saturno ¡Ay! ¡Ay! –grité.
-¡Jua! ¡Jua! -se rió Saturno con sus grandes dientes de clavija. ¡ Echée! -me señaló con la mano.
-¡San Carlos! ¡San Carlos! -grité divisando al puerto.
¡Qué dicha! ¡Estábamos frente a San Carlos! Habíamos dormido allí nomasito del puerto.
-Es que anoche no quise meterme al lago –me dijo ¡No ve que había mucho viento!
-¡Caramba, Saturno! -le dije ¡Qué bien pensado!
Este es un hombre bueno -pensé enseguida. Él es un picado, verdad, pero como me dijo la Señora de Upala, buen hombre y sobre todo honrado.
Así fue que atravesamos en solo la mañanita el lago y a las ocho estábamos en el muelle de las gordas. Allí nomás arreglé el descargue y ordené que me pasaran los sacos a la bodega del Ferrocarril para manifestarlos en el Vapor Victoria y loco de contento me traje a Saturno a comer.
Saturno me quedó viendo.
-Ah, sí! -dije riéndome. Sírvamele un buen trago y después su desayuno.
Después que comimos le pagué. Doce pesos me cobró por el viaje, yo le regalé diez pesos más y todavía me lo llevé a mi pieza y le di un par de  botas que tenía todavía buenas, una camisa kaquis y un sombrero. Le recomendé que no volviera a beber, Saturno me quedó viendo y después se rió. Lo fui a dejar hasta el muelle y se fue contento.
Aquel día yo me apuré para hacer todas mis evoluciones.
Vendí bien parte del cacao y los frijoles. A las tres, me alisté y me fui para el barco que estaba fondiado bastante afuera. Me fui en la gasolina de Chepe Rayo. Antes, el vapor Victoria se quedaba bien afuera, por las Balsillas Se acuerda? Dos horas era lo menos que uno tenía que navegar para coger el Vapor.
Yo iba alegre y no quería acordarme de todo lo de la noche anterior. Cuando ya íbamos bastante afuera, dice Chepe Rayo: Allá diviso un bote que va solo. Me levanto yo y ¡Claro que lo reconocí! ¡El bote de Saturno! ¡pobre Saturno! Se picó, se picó con los reales que le dí ¡él era tan bueno, pero tan picado! Le ha de haber soplado viento, y el hombre bien picado cayó al agua.
¡Vamos! -grité- ¡Vamos al bote! Y viramos a un lado. El remolcador volaba ¡Más rápido! -les decía yo. El remolcador dio la vuelta. El bote estaba solo. Apagamos el motor y nos acercamos canaleteando ¡Pobre Saturno! ¡pobre!
Cuando ya nos acercamos hasta llegar ¡Qué susto el mío!
-¡Carajo! -grité yo.
En él plan del bote estaba echado Saturno, bien picado y cuando me vio ¡Jua! ¡Jua! -se rió enseñando los grandes dientes como clavijas.
El hombre que estaba con don Chemita nos volvió a ver riéndose.
Yo también volví a ver a mi compañero que se había quedado ido oyendo a don Chemita
-Te gustó? -le pregunté
-¡Claro hombré!
-Esto está bueno para un cuento tuyo.
-Sí -me dijo.

Y lo escribió.

Cuentos de tierra y agua

28 de enero de 2016

Los promesantes

Fernando Silva

Al llegar a un limpio del camino el viejo espantó la yegua. ¡Ei, uijuy! -le gritó agachándose sobre el lomo. El animal se le arrendó volándose para un lado y fue tan dura el sacudión, que por un tantito lo saca.
-Ai tiene pues, para que no vuelva andar de chusco -le gritó la mujer que venía detrás.
El viejo se rió echándose de espaldas sobre la albarda y espueliando otra vez la yegua salió en una barajustada hasta emparejarse con el otro compañero que iba adelante.
Una nube de polvo envolvió a los hombres.
El sol estaba bien caliente y el llano parecía de vidrio como reflejaba.
-Apuráte niñá -le gritó de largo el viejo sofrenando la yegua. Entonces la mujer aligeró su caballo.
Allí iban don Lupe García, el viejo Marco Gutiérrez con su mujer la Chabela Ruiz que vivían abajito de la Asunción y año con año no faltaban al Valle a pagar la promesa al Santo.
Serían ya pasadito de las doce cuando fueron entrando al camino plano.
En una vuelta el viejo paró la yegua y apeándose se puso a orinar tapado con la albarda.
-Un chistate te vas a sacar -le dijo la mujer.
-Si es que me venía reventando -le dijo el viejo
alzando la vista.
Al ratito, en cuanto terminó, se montó otra vuelta y entonces se apuraron para alcanzar al otro que
se había adelantado.
-Vamos a llegar tarde -le dijo el compañero cuando se le acercaron.
La Chabela alzó la cabeza buscando el sol.
Iban las tres al paso uno junto al otro y la Chabela que tenía que ir dando rienda para no atrasarse. Lupe García montaba un alazancito, el viejo Marco su yegua nueva y la Chabela un rocillo remolón. La fiesta del Valle era buena fiesta. Desde en la mañana el camino estaba alegre con la gente. Por ahí como cosa de las cuatro fueran llegando al Valle. Ya estaba aquello en lo fino y se oía la gritazón de los picados.
Ellos habían penetrado por un lado y ahora cogían derecho hasta la casa de madera donde vivía don Chico Narvaiz, muy amigo de ellos. Estuvieron un ratito parados antes de llegar a la casa para dejar pasar a otros promesantes que iban de viaje a la ermita cruzando la calle.
En cuanto m rimaron a la casa la salieron de adentro unos perros y detrás don Chico Narvaiz que venía regañando a los animales.
-Buenas tardes don Chico -lo saludó el viejo Marco.
-Mi amigo don Marco, mucho gusto de verlo por aquí -le contestó don Chico, levantando los brazos- pasen adelante -les dijo dirigiéndose a todos- pasen adelante.
-Estamos adelante -dijo el viejo sonriendo y comenzó a desmontarse.
-Buenas don Chico -lo saludó la Chabela que había arrimado el caballo a la orilla de la acera.
-Buenas, mi hiiita apéllese diay que ha de venir rendida -Y le detuvo la rienda. Entonces la Chabela se desmontó y el viejo se llevó la bestia a amarrarla a un poste que estaba para allasito. El otro viejo Lupe García en cuanto se desmontó se fue a darle la mano a don Chico Narvaiz.
-Cómo le ha ido don Chico?
-Pues por ai, compadre, regularcito -le contestó.
El viejo Marco estaba a un lado aflojándole la cincha a la yegua y en voz baja le dijo a la Chabela Vaya ayudar adentro.
-Jesús! don Marco, cómo va crer eso -le dijo don Chico Narvaiz, que lo había oído- Si no ve que ella viene a pasear? Vella qué cosas!
-¡Ja! ¡Ja! -se rió el viejo Marco satisfecho.
Desde afuera se divisaban las mujeres que estaban atareadas en la cocina en un solo trajín, echando tortillas, otras meneando cazuelas, otras atizando el fuego, moliendo, rayando queso, amarrando nacatamales, lavando platos, picando carne, enrollando rosquillas, tostando café todo aquello hasta que huelía.
-Esto va estar de lo bueno -dijo el compadre Lupe.
-Dios quiera mi amigo Dios quiera –repitió don Chico dándole al compadre unas palmaditas en el hombro. Y bueno -dijo enseguida- no se me queden ai parados, munós adentro a echarnos un trago que Uds están arrimando.
El compadre Lupe García y el viejo Marco se rieron y ya se fueron siguiendo al viejo don Chico que se metió tuntunequeando al aposento. Don Chico sacó la botella de un cofre, se la dio a tener al compadre y se fue a sacar agua al tinajón.
-Sírvase pues mi amigo -le dijo pasándole agua al compadre Lupe.
-Ah! Bueno -dijo el compadre Lupe, levantando la botella para empinársela. Tragó y luego se enjuagó. Después bebió el viejo Marco y enseguida la cogió don Chico.
-Salud, pues -les dijo
-Salud -le contestó el compadre.
-Que le aproveche -le agregó el viejo Marco.
Don Chico se hizo a un ladito para escupir.
-Para comenzar está bueno, verdad don Marco?
-Ah! Sí -afirmó el viejo cabeceando.
-Ah! pues, va el otro! -les dijo.
-Bah! pues! -dijeron.
Así que le dio viaje el compadre, lo siguió el viejo Marco y también don Chico Narvaiz y así estuvieron su rato hasta que bajaron la botella a menos de mitad.
-Tenemos que ir a la ermita antes que nos agarre la noche -les dijo el viejo Marco, recordándoles.
-Chabelá!! -gritó a la mujer que andaba allá adentro- munós -le dijo.
-Ai voy -le contestó la mujer.
La casa de don Chico Narvaiz ya estaba llenándose de gente que llegaba a verlo. El viejo se fue a acompañarlos hasta la puerta.
-Entonces ai venimos pues -dijo don Marco.
-Lo espero -les contestó don Chico- no se vayan a tardar.
-Como no –dijeron.
La ermita quedaba al final de la calle, allá se divisaba entre unos caimitales. Bastante gente iba y venía. Todos llevaban sus presentes al Santo. El Santo era el Señor de Esquipulas, chiquito y negrito como un panecillo, metido entre grandes copos de madroños. A la entrada están los Mayordomos vendiendo los milagros. Allí uno escogía si lo quería de plata, de plomo o fierro. Si era una manita, una canilla, un pie, un chanchito, una casita, una carreta, un niño.
Abajo en el suel todos iban a depositar su carga que regalaban al Santo. Allí había gallinas maneadas, pollos, chompipes, piñas, pipianes grandes, calabazas sazonas, puños de frijoles, medios de maíz, botellas de miel, parejas de palomas, guacales de huevos, etc.
-Está bueno esto compadré -le dijo el viejo Marco.
-Mejor que el otro año -aseguró el compadre. En la ermita se estuvieron su rato hasta que ya oscureció y rezaron sus oraciones y prendieron sus candelas. Entonces hicieron viaje de vuelta a la casa de don Chico. Cuando llegaron donde don Chico ya les tenía lista la mesa que la había jalado allí afuera y estaba guindando un candil de un clavo de la puerta. Don Chico los convidó a sentarse a la mesa y llamó adentro para que fueran poniendo la cena. De donde estaban sentados comiendo veían pasar a la gente que iba para el baile que había donde los Cantillanos.
No había luna y la gente iba con sus candiles. De largo se divisaba una gran claridad, y era la lámpara de gasolina que habían guindado de la ceja de la puerta de donde los Cantillanos.
-No quiere nada más? -le preguntó don Chico a don Marco.
Don Marco cabeceó porque en ese momentito tenía la boca llena.
Y usted? -le preguntó don Chico al compadre.
Ya estamos llenos -le contestó el compadre- muchas gracias.
Un chavalo se le acercó al viejo para avisarle que ya habían llegado los marimberos donde los Cantillanos. Entonces se levantaron de la mesa y se fueron alistar para ir a echar la paseadita. Ya cuando llegaron había bastante gente. En cuanto no más entraron los salió a topar el viejo Cantillano que se abrazó con don Chico y después les dio la mano a los otros. Al ratito les posaron una mesita a los recién llegados y unos taburetes. Los marimberos comenzaron a darle duro o los reglas y yo habían salido sus parejas.
Una muchacha trajo a la mesa una botella de guaro y otra de chibola que se la pasó o la Chabela. El baile ya estaba en lo fino y los hombres en cada recordada se metían su trago. Muchos estaban bailando pero había otros que estaban viendo no más, allí arrimados en la puerta. Al rato uno de esos que por cierto andaba una camisa rayadita, se vino para donde estaban los hombres y le pidió una pieza a la Chabela. La mujer no lo quiso despreciar. Estuvieron bailando su rato y cuando terminó la música la Chabela se vino a sentar soplándose del calor que hacía.
Al ratito tocaron otra y el mismo hombre volvió a sacar a la Chabela. Ya casi todos estaban picados y comenzaron a gritar y bailar sueltos. El viejo Marco estaba matrero y no le quitaba el ojo a la Chabela. En una de esas, cuando estaban bailando, en uno vuelta del suelto, muy seguro que el hombre agarró a la mujer quien sabe cómo, la seña está que allí no más se vino ella. Detrás se dejó venir el de la camisa rayada y la quiso juerciar.
-Apartate diay! -le gritó el viejo, parándose.
-No te metás vos, viejo culeco -le dijo el hombre dándole un volón.
El viejo no esperó un tantito, sino que dejó irle un revés que ni cornada de novillo, que hizo al hombre caer patas arriba. La gente se arremolinó gritando y otros salieron en carrera. El hombrecito se paró a un lado y echando chispas por los ojos se le tiró encima al viejo de un brinco como gato, y en cuanto lo agarró le pegó los dientes en el pescuezo. El viejo Marco dio un berrido. El compadre Lupe se lo quiso quitar de encima dándole al otro en el sentido y la Chabela por detrás lo ajustaba en el lomo con una botella.
Otros que estaban a la orilla se metieron a desapartarlos cuando allí no más entró el Cabo Obando aventando a la gente de un lado a otro. El viejo le había echado zancadilla al hombre y ya lo estaba horcando. El Cabo Obando agarró al viejo de la nuca y le dejó ir un riatazo.
-¡Lo va a matar! -gritó la Chabela pegándosele de la mano al guardia. El Cabo le dio un codazo a la mujer que fue a parar a un lado.
De una oreja le chorreaba sangre al viejo Marco.
-Párese -le gritó el Cabo con el yatagán en la mano.
-Si aquí estoy -dijo el viejo Marco levantándose.
-¡Pasá! ¡Pasá! -le dijo dándole un rempujón.
-Y usted -le dijo al compadre Lupe.
-¡Y vos también! -le gritó a la Chabela con malacrianza jalándola del brazo que por nada la bota.
Los tres fueron saliendo seguidos del Cabo que los venía tratando. La noche estaba bien oscura. El guardia los llevó al cuartel que quedaba al dar la vuelta. Desde allá se oía la música y se veían los cohetes cuando se elevaban y los gritos de los muchachos que salían corriendo a recoger las varillas.

La culebra

Fernando Silva

-¡Mamá ¡Ah Ahaá
-¡Qués! ¿Ah? ¡Ai voy!
¡José José! -lo llamó sacudiéndole el brazo.
¿Estás soñando, hijó? ¡dabas gritos!
-¡Ah! No sé ¿Estaba gritando?
-Ha de ser que comistes y ai nomás te acostaste. Date vuelta al otro lado. El hombre se acomodó en su tabla. Se empujó con los talones y se estiró. La vieja volvió a su rincón, levantó el mosquitero y se metió. Afuera no se oía nada El viento hacía remolinos en el patio. La luna se divisaba pálida al otro lado de unos árboles secos. Pasó un rato. La vieja alzó la cabeza para ver al hombre, vio que se movió y entonces se quedó tranquila. Allá de repente se oía algún pocoyo que bajaba cerca y chillaba en el patio. La vieja se cobijó los pies y se sentó en la tijera.
-¡José! ¡José! -llamó otra vez al hombre- ¿Que te hiciste hijo?
-Aquí estoy -le contestó de afuera.
-Qué, te sentís mal?
-No. Es que salí a orinar.
-¡Ah, bueno ... !
El hambre estaba parada a la orilla del cerco. La vieja lo vio de espaldas, "Algo tiene éste" -pensó
El hombre volvió a entrar al rato. Se sentó en la tabla y se restregó los pies sacudiéndose el polvo, enseguida se echó boca arribo con los brazos debajo de la cabeza. Soplaba viento afuera. La vieja levantó el mosquitero y sacó la cabeza
-¡José! -le habló.
-Qués -respondió sin ganas el hombre.
-¿Qué tenés, Ah?
-Que voy a tener
-¿No sentís algo? Tal vez es calentura.
-No. No es nada -le dijo.
La vieja se levantó y se vino para afuera. Cogió un trapo que tenía guindado del clavo de la puerta, se lo puso encima y salió para la cocina. Escurcó en el cocinero y sopló varias veces. Algunas brasas se reavivaron. La mujer atizó el fuego con unas astillas, buscó un jarro y cogió agua de un tinajón que estaba al lado. Después volvió a soplar y entonces apareció una llama rojiza que hizo resplandor. El hombre también se había levantado y andaba sin camisa, dio una vuelta y después se acercó. La vieja se apartó y cogió un tarro que tenía en el banco y lo ladeó para ver adentro.
-¡Si ni hay café ! -le dijo.
-¡Ai déjelo -dijo el hambre. Se hizo a un lado y se sentó sobre un montón de leña.
-¿No querés que te haga un tibio, pues?
-Bueno -le contestó.
La vieja atizó el fuego con otras astillas y después se enderezó parándose enfrente del hombre.
-Te he visto medio tristón, hijó.
-No -cabeceó el hombre.
-¿Te venís a quedar ahora?
-No, mama me voy ir
-¡Otra vez pues!
La vieja se quedó pensando un momento.
-¿Que andás huyendo? ¡Decime Ah!
-¿Qué le voy a decir, mama ?
La vieja se dio vuelta y se agachó para ver el jarro
-¿Te persiguen?
-Sí -le contestó.
-¡Ay! -se quejó la vieja, enderezándose.
-¿Ve? Por eso no le digo nada
La vieja se voltió de frente.
-Ya ve pues, ahora empieza a llorar.
-No -le dijo la vieja secándose los ojos con el trapo.
Por la cabeza de la mujer pasó todo, como cuando pasa una ráfaga de viento y todo lo alborota. Se cae un traste al suelo y se derrama y al levantarlo todo se ha ensuciado. La vieja tartamudeó.
-¿Qué qué te ha pasado? ¡Decime!
¿Que no soy tu madre, pues?
-¡Ah si estoy fregado! -se lamentó el hombre.
La mujer se sentó a un lado con la cabeza inclinada como si se fuera a dormir o a morir. El hombre se levantó, se arrimó al pilar de la casa y levantando el brazo se agarró del poste.
-Tal vez ya me andan buscando -dijo y miró a lo largo del patio. Por allá se veía la luz de una casita de la orilla y un perro aulló por el arroyo.
-¿Alguien me vio venir? -le preguntó –Yo le mandé a decir que no le dijera a nadie que iba a venir ¿Que no le dio la razón el muchacho?
La mujer no le contestó. El hombre le puso la mano encima de la cabeza. La vieja sintió el calor y el peso de la mano, entonces levantó ella su mano y la pasó por encima de la mano del hijo.
-Si no es culpa mía -dijo el hombre- ¡Quien sabe! -y pensó. Si yo ya me iba a componer. Yo dije me voy ir onde mi mama y voy a trabajar otra vez ¿Me está oyendo, mamá?
-Sí -cabeceó la mujer.
-Pero allí nomás me viene entonces la vaina –le explicó.
Es como una culebra. ¡Sí, mama! ¡Como una culebra que me pasa por encima de los ojos. Como una tira que me tapa, una telaraña en la vista y entonces se me viene un salival a la boca y no se después. Figúrese que yo me había ido a Tisma –siguió hablando el hombre- a buscar trabajo onde un don Luis Mejía. Un amigo mío me dijo que pagaban bien. Allí empecé a ayudar en la composición de un Molino. Como a los días, un tal Manuel que era el soldador me llamó afuera, ¡yo ni sabía para qué! -Ve -me dijo- ¿Te querés meter con nosotros en un volado?- y en eso, yo vi en la cara del hombre la risita y la carita de la culebra. La vieja levantó la cabeza.
-¡Eso es el mal! –dijo.
-Bueno pues -siguió el hombre- entonces Manuel me dijo si no hay nada que hacer y me explicó que el día de pago nos volviéramos y nos lleváramos los reales que don Luis guarda adentro, que como los sábados él se picaba, ni cuenta se iba a dar y nosotros nos largábamos. Como yo era nuevo, ni conocía bien la casa, entonces me respondieron que yo solo iba a vigilar afuera. Yo les iba a decir que no, pera otra vuelta la culebra! Vi la culebra mama! y lucho a ver si les decía que no pero no quería que fueran a creer nada. La vieja suspiró, suspiró duro como si quisiera coger el aire que se le iba de ella misma y al coger aire, sentía que le hacía daño adentro como si tuviera el asma.
-y entonces -siguió el hombre hablando- nos fuimos ese sábado, yo estaba -y se interrumpió- Pero no se lo diga a nadie, mama -¡Acuérdese que Ud es mi mama! -y siguió- Hicimos así como le dije. Entramos de noche al cuarto que daba al otro lado de unos palos. El hombre, don Luis estaba levantado, lustrando unas botas estaba, sentado en un taburete allí a la orilla de la lámpara.
-¡Qués! Ay! -gritó don Luis cuando nos vio entrar a nosotros y asustado voló a un lado el zapato que tenía.
Ya no ví más mama. ¡Si yo me iba a quedar afuera pero la escopeta me la pasó Manuel a mí y yo le disparé al hombre en la cara cuando él se me voltió. Después -siguió contando el hombre con la voz que se le había puesto como hueca- yo solo veía ruedas y ruedas, como culebras que me andaban encima, como culebras! -repitió medio llorando, y se dio vuelta agarrado al poste y con la otra mano se sacudió las narices, sonando como hace un animal cuando resopla.
La noche estaba ya acabando y se veía apenas lo claro. Las casas más cercanas estaban repartidas en
todo el lugar. El arroyo seco lleno de basuras separaba la casa que quedaba como encaramada en unos matorrales El patio era pequeño y seguía un caminito hasta el arroyo y salía después a un camino más ancho hasta dar con la calle. Solo allí había un poste de luz. La demás estaba oscura. El fuego del cocinero ya se estaba apagando y el agua del jarro se consumió. Parecía que nada había pasado. La vieja sentada y el hombre parado a un lado. Entonces se oyó un ruido que venía del otro lado y por el poste de luz se vio aparecer un jeep con los focos encendidos.
-¡Esh! -gritó el hombre- ¡Son los guardias! -y salió corriendo para los matorrales.
La vieja alzó la cabeza para ver. Los faros del jeep alumbraban alto y vio venir unos guardias corriendo que bajaran el arroyo y otros hombres que salieron de la loma. Uno de los guardias que traía el rifle en la mano se le acercó.
-¿Onde está? -le preguntó
La vieja lo quedó viendo nada más. El guardia la apartó volándola a un lado y se metió al cuarto. Con la punta del rifle levantó el mosquitero.
-Allí no está -le dijo al otra guardia que lo esperaba afuera.
-Ha de haber cogido para atrás -le dijo el otro guardia. Entonces salieron los dos corriendo para el
lado de las matorrales.
-Aquí está la camisa -dijo uno de los hombres que se había quedada ahí, levantando la camisa del
suelo y volviendo a ver a la vieja.
-Por onde cogió? -le preguntó el hombre.
La vieja encogió los hombros y dejó caer los brazos sin fuerza buscando como mareada donde arrimarse cuando se oyó el tiro detrás de la casa y entonces los otros hombres se fueron corriendo para allá.


Publicado por cortesía de ESSO STANDARD OIL, S. A. LTD