14 de abril de 2010

Los caminos del Señor

Cuento de Juan Centeno

Pablo despertó aquella mañana de diciembre con el mismo ruido que hacía la gente del mercado. Se sentó al borde de la cama y le pidió a Dios que lo cuidara ese día. El no era un hombre religioso, pero desde pequeño su madre lo llevaba a la iglesia bautista donde aprendió a no arrodillarse ante las imágenes ni a creer en los santos. Por eso se enojaba y profería insultos contra el alcalde cuando se enteraba que de los impuestos se compraba la pólvora para las festividades de los católicos o cuando a la medianoche era despertado por el sonido incesante de una sirena, entonces se agarraba los cabellos y gritaba:

-Va entrando la virgen ¡ Va entrando la virgen !

Ya no se diga cuando saltaba de la cama a las cuatro de la madrugada asustado por las veinti-tantas detonaciones en honor a la virgen, que hacían caer en su rostro puños de arena del cerro negro que aún quedaban en el techo de su casa. Cuando terminó la oración se metió al baño. Llevaba siempre su pequeño radio para oír las noticias de la mañana.

Aquel hombre llamado Pablo tenía 40 años y una especial relación con Dios. Se dirigía a él como a un viejo amigo y le pedía ayuda para todo lo que debía hacer cada día, desde encontrar un taxi al salir a la puerta hasta rogar encarecidamente que al bajar no estuviera lloviendo. En más de una ocasión, cuando Pablo tenía una cita de amor, le pedía a Dios no desbordarse al primer intento o encontrar los puntos más excitantes en su pareja y dejar a su amante complacida tras los estertores de la pasión. Así era Pablo de amigo con Dios y Dios le entendía y le ayudaba a cumplir sus deseos, total era por una buena causa.

Esa mañana, Pablo salió de la ducha con la plena confianza que contaba con la protección del altísimo. Se marchó al trabajo. A la hora del café como era la costumbre, los empleados conversaron sigilosamente sobre el último escándalo de corrupción del gobierno, luego todo transcurrió con la normalidad de siempre. Al llegar las cinco de la tarde, el viejo reloj anunció el final de la jornada de trabajo. Los amigos de Pablo hacían planes pues era viernes y había que empezar temprano el fin de semana. Pablo se unió al grupo, no sin antes pedir a Dios que le fuera bien en aquella jornada de tragos y diversión. Más tarde la noche se fue haciendo vieja y casi al amanecer los amigos dejaron a Pablo cerca de su casa. Con paso tambaleante fue buscando las referencias necesarias para orientarse y poder llegar. Cuando estaba a una cuadra de su destino, un grupo de maleantes lo interceptó; lo despojaron de su cartera, el reloj, los zapatos... y como los borrachos son valientes se quiso defender de tal agresión. Un helado cuchillo se hundió varias veces en su abdomen, al final quedó tirado en la calle sintiendo que la vida se le escapaba poco a poco y peor aún, abandonado por Dios.

Un mes después, Pablo aún no se acostumbraba a defecar por aquel orificio que conectaba a una bolsa plástica, pero no le importaba, a fin de cuentas seguía vivo. Además, al momento de la operación los cirujanos extirparon de su intestino una masa que resultó ser un tumor maligno, descubierto a tiempo gracias a la puñalada que recibió aquella noche. Cuando le dieron la noticia, miró al techo, guiñó un ojo agradeciéndole a Dios – su cómplice – y acarició suavemente el cabello de Maria Eugenia, la más bella enfermera del hospital de León, mientras sonreía y pensaba: ¡Qué maravillosa es la vida y que sorprendentes son los caminos del señor!

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