6 de mayo de 2010

Botón de Rosa

Mercedes Gordillo

Era el día de la madre, todos los hijos del mundo le llevaban una rosa roja a su mamá. Paquito Rodríguez era muy pobre para comprar una flor. Todos los días iba al basurero del supermercado, encontraba verduras y frutas pasaditas Paquito las recogía para llevarlas a su casa y su mamá hacía sopa.

Ese treinta de mayo, Paquito salió temprano, a buscar algo para la comida, en medio de una hoja de repollo encontró un pequeño chote con los pétalos bien cerrados, era un botón de rosa.

—No importa que sea chiquita—, dijo al verla. La envolvió en un papel y se fue corriendo hasta su casa. Le dijo a su mamá:

Aquí te traigo un regalito.

La mamá abrió el papel y se asustó, vio una rosa grande perfumada, con sus pétalos bien abiertos. La rosa más bella que había visto en su vida.

Leyenda de un gigante

Patricia Natalia Cuadra.

(Tomado de Literatura para niños en Nicaragua, Antología. Selección de Vidaluz Meneses y Jorge Eduardo Arellano. Managua. Editorial Distribuidora Cultural /Fondo Editorial ASDI-INC. 1995)

Varios siglos atrás, existió en algún lugar de América, un joven indio, cuya única ambición era la de poseer poder. El joven era orgulloso y presumido, siempre quería estar por encima de los demás. Los dioses al notar la presunción y orgullo que caracterizaban al mancebo, y su deseo de adquirir pode, pensaron en darle un buena y dura lección.

Y así aconteció que una mañana, al despertar, el joven indio se vio convertido en un enorme y robusto gigante. Todos en la tribu le temían y obedecían, nadie se atrevía a desacatar una orden o deseo del mancebo por temor a su fuerza y tamaño.

“Al fin”, pensó el indio, “he logrado obtener el poder que deseaba, todos me temen y obedecen, soy el hombre más grande y poderoso de la tierra”

Pero un día el amor enterneció por primera vez el corazón del indio, y fue entonces cuando su castigo empezó. Pues a causa de su gran tamaño nunca podría desposarse con la doncella que supo despertar el amor en su corazón. Hasta ese día, el mancebo comprendió que el poder no da la felicidad, sino el amor.

Entonces, triste y arrepentido, el indio realizó que los dioses no la habían transformado en un gigante para regalarle el poder que tanto anhelaba, sino para hacerle comprender que no es el poder lo que da la felicidad, sino el amor. E imploró el joven a los dioses su perdón por haber sido tan ambicioso e insensato.

Los dioses, al ver que el arrepentimiento del indio era sincero, le otorgaron su perdón diciendo: “Has comprendido ya en qué consiste la verdadera felicidad. Nuestro objetivo, pues, está logrado, y por tanto, nosotros te otorgamos nuestro perdón y esperamos que nunca olvides esta lección. Y ten siempre presente que solo el amor, y no el poder, puede brindar la felicidad”.

El joven dio gracias a los dioses por aquella lección y nunca más volvió a desea poder. Tan solo deseaba amar y ser amado por la doncella que depositando en su corazón la semilla del amor, le hizo comprender la dulce verdad que por tanto tiempo había ignorado.

El río de las verdades

(Recopilado por Monseñor José Antonio Lezcano y Ortega. Mangua. Tomado de Enrique Peña Hernández: Folklore de Nicaragua. Masaya. Editorial Unión, 1968

Ve el chapetón
(*) un ave y le pregunta al indio:

-Que ave es esa?

-Una paloma, señor.

-¡Paloma y tan chica! En España son del tamaño de un pavo o chompipe como decís vosotros.

Pasó una animalito delante de ellos, y el chapetón le preguntó:

-¿Qué animal cruzó allí?

-Un conejo, señor.

-¡Conejo! No puede ser, los de mi tierra son del tamaño de un carnero o chivo como vosotros los llamáis.

En un recodo del camino saltó un venado, y le preguntó el chapetón:

-¡Qué cosa saltó allí?

-Un venado señor.

-¿Cómo, un venado? Ciervo se llama en Europa y son mas grande que un caballo.

Y así, sucesivamente, el chapetón aseguraba al indio que en España los caballos eran como elefantes, los elefantes iguales a las ballenas y estas del tamaño de un cerro.

En esto se escuchó un ruido estrepitoso y terrorífico, y el chapetón inquirió la causa, preguntando al indio

-¿Qué ruido es ese tan espantoso?

-Es la chorrera del rio de “Las Verdades”, llamado así porque a todo mentiroso que le pasa sin haberse desmentido lo arrastra furiosamente y se ahoga sin remedio.

-¿Y no hay modo de evitar el paso?

-El único es echarnos atrás.

Mas como al chapetón le urgía ir adelante, se apresuró a llenar la condición salvadora, y dijo al indio: quiero que sepas, que en España, mi tierra, las palomas son como las de aquí, los conejos iguales al que pasó por el camino, lo mismo los venados, los caballos, elefantes y ballenas y no hay animal del tamaño de un cerro.

-¡Qué lástima! –dijo el indio- que se hayan vuelto chiquitos esos animales de Dios, pués ya tenía ganas de irme pallá para volverme del tamaño de la gigantona que baila en la fiesta de la Purísima.


(*) Chapetón: se les decía a los españoles durante la colonia.

El pollo de los tres

Fernando Silva

(De cuentos de Tierra y Agua, 1965. Tomada de Cuentos nicaragüenses. Selección, introducción y notas de Sergio Ramírez. Managua. Editorial Nueva Nicaragua.1993)

El sargento se acomodó en la silla y se quedó viendo al indio.

-¿Con que sos vos el que le roba los pollos al Padre Hilario –le dijo

El indio bajó la vista. El sargento apartó la silla y se levantó.

-Este indio no sabe que es pecado robarle al padre –dijo dirigiéndose al otro hombre que estaba allí con unos papeles en la mano. El hombre se rió.

-…¡No!; si no es cuestión de risa –dijo el sargento poniéndose serio.

Ahora vas a ver –dijo señalando al indio-, te voy a encerrar y vas a pagar cada uno de los pollos que le cogiste al padre.

El indio volvió al ver al sargento y arrugó la frente.

-Si los pollos no me los comí yo –dijo.

-¿Quién se los comió, entonces? –le preguntó el sargento.

-…Tal vez el zorro -dijo el indio.

El sargento se rió -¡Ja! ¡ja! ¡El zorro! –repitió- el zorro sos vos ¡Zorro cabeza negra, ah!

-Pues … si es cierto –dijo el indio.

-No me vengás con esos cuentos. ¿Qué acaso no te vieron a vos cargando con esos pollos?

-Esos no eran los pollos del Padre.

-…¿Y de quién eran los pollos, pués?

-Pués… si esos no eran pollos. ¡Eran solo las plumas!

-¿Cuáles plumas?

-Pues si es que yo solo venía ahí para el otro lado… ¿Ve?... y me hallé las plumas. ¡Ehé! –dije- tal vez me sirven para una almohadita… y las recogí; y entonces, el cura que andaba buscando, quizá sus pollos me vió, y bien y me dice: -¡Eih, Ramón… ya te ví! Te me estás llevando los pollos!... y así es sargento.

El sargento se salió a la puerta. Afuera estaba lloviendo.

“Este indio no es baboso” –pensó.

                                                 * **

El Padre Hilario estaba limpiando una lámpara de kerosine.

-Buenas tardes Padre –lo saludó el sargento.

-Buenas tardes, hijo –le contestó el padre.

-Ya agarré al indio ramón, el roba pollo.

-Hay que castigarlo, sargento. Es necesario, porque así comienzan. Primero es un pollo y después es un caballo. Así es el pecado: chiquito al principio… y después se engorda.

-Padré –dijo el sargento -¿está seguro usted que el indio se le cacho el pollo?

-¿Qué si estoy seguro? …¡Ah!... ¿Qué acaso no lo vi yo? …¡veas qué cosa!

-Pero dice Ramón que no era un pollo lo que él llevaba

-¿Qué no era el pollo? …¿y que era entonces?

-Pues yo no sé… como usted lo vio.

-Pues era mi pollo… ¡Yo lo vi!

-Bueno, lo que usted diga; pero ahí traje yo al indio para que se entienda usted con él.

El indio entró con el sombrero en la mano. El sargento se quedó medio sonriendo, apoyado en una mesa que estaba pegada a la pared. El Padre dejó a un lado la lámpara que tenía.

-¿Ahora te negas que te robaste los pollos? –le dijo el Padre.

-Yo no me estoy negando –dijo el indio, hablando bajo.

-¡Ya ve pues, sargento! –exclamó el Padre.

-…Es que yo le dije al sargento –siguió el indio- de que usted no me vio a mí con su pollo.

¡Aha! …¿Qué no te vi yo? …Que acaso no te grité: ¡Eih, Ramón, no te lleves mi pollo! …y entonces saliste corriendo.

-Sí, yo salí corriendo; pero salir corriendo no es que uno se robe un pollo, porque correr no es prhibido…

-¡Ah… no! –dijo el cura- vos te robaste el pollo.

-No padrecito… si solo eran las plumas…

-¡Plumas! …¡Ladrón! …y querés todavía enredarlo todo. ¡Dios te castigue por robarle a pobre Padre. El sargento se acomodó la gorrita de la G.N., le puso la mano en el hombro al indio y le dijo ¡Munós!... El padre los quedó viendo desde donde estaba.

-Que me pague mi pollo –gritó. El sargento salió con el indio.

-Ya vistes –le dijo- el cura tenía razón. Te el robaste el pollo y lo vas a pagar. El indio se quedó viendo al sargento.

-Si no era pollo –dijo.

-¿…Y que era, pues? –le preguntó el sargento.

-Tal vez araña –dijo el indio-. Si solo pluma era el desgraciado; si figúrese que a mí me ha costado engordarlo. Flaquito el animalito estaba… por eso es que le digo que no era pollo… si era solo plumas… y ahora… viera sargento, ya está bien gordito. El sargento volvió a ver al indio.

-Andá pues traele el pollo al padre y se lo devolvés.

-Bueno –dijo el indio- ¿pero no me había dicho usted que mañana que llegue a la dejada del Santo se iba a quedar a comer en mi casa? ¿Ah?...

-Ah, es mañana, verdad? –dijo el sargento, pensando, y se quedó un ratito allí donde estaba.

-Sí… es mañana, pues –le dijo el indio sonriendo- y mientras se iba ya caminando para el otro lado.

Entonces el sargento dio la vuelta y como estaba lloviendo se fue ligero.

El sombrero de tío Nacho

(Tomado de “Literatura para niños en Nicaragua”. Antología. Selección de Vida Luz Meneses y Jorge Eduardo Arellano. Managua Ediciones Distribuidora Cultural / Fondo Editorial ASDI-INC, 1995. Recogido en Cursimona, Granada, por Pablo Antonio Cuadra)


El tío Nacho tenía un sombrero roto que ya ni para soplarse le servía y dijo tío Nacho:

- Voy a cambiar este sombrero viejo –y lo aventó al basurero. En eso pasó su comadre Chola.

- ¡Eh! –dijo- ¡el sombrero de tío Nacho! –y lo recogió, lo envolvió en un papel y se lo llevó a su compadre:

-¡Se le cayó su sombrero, tío Nacho! Aquí se lo traigo.

- Dios se lo pague, comadre –dijo tío Nacho.

Cogió el sombrero roto y se fue a botarlo lejos, al arroyo. Cuando volvía comenzó a llover y viene la correntada y arrastra el sombrero.

-¡Ve! –gritó tío Chente- ¡allí se llevan las agua el sombrero de tío Nacho! ¡Corré, muchacho, andá recogelo!

-Tío Nacho, figúrese que ya se le arrastraban las aguas el sombrero. Aquí se lo tenemos.

-Gracias, muchachos, gracias. Y salúdenme a tío Chente –dijo tío Nacho.

“¡Ahora sí que jodió este sombrero! –pensó tío Nacho, y lo voló sobre un taburete. Al rato pasó un pobre pidiendo y tío Nacho le dice:

-Llevate ese sombrero, por lo menos re cubre el sol.

Y se fue el hombre; pero todo es que lo vieran los del barrio y comenzaron a gritar:

-¡Ladrón, ladrón, se lleva robado el sombrero de tío Nacho! Y lo agarran y lo sopapean y le quitan el sombrero y llegan todos corriendo:

-¡Figúrese tío Nacho que un ladrón se le llevaba el sombrero! ¡Aquí se lo traemos!

-¡Gracias, gracias! –decía tío Nacho; pero ya estaba que reventaba. Apenas se fueron los vecinos cogió su sombrero nuevo y lo voló al basurero y se puso el viejo.

Pero el sombrero nuevo nadie lo devolvió.

29 de abril de 2010

Historia de amor con final anunciado

Cuento de Bolivar González.

Llego al trópico vestido de negro. Al bajar de la lancha aquella tarde extremadamente calurosa y polvorienta, era imposible no fijar la atención en su figura lánguida, su tez del color de noches desveladas y de frío. Su belleza flamenca y deslucida en medio del tumulto de colores, gritos, y olvidados de Dios, resultaba una visión incongruente, absurda, divertida... Cargaba una mochila donde más tarde yo encontraría los libros que ahora llenan mis noches. Camino lentamente por la única calle asfaltada del pueblo; buscando con su mirada perdida un lugar donde encontrarse. Se instaló en la única pensión. Luego se duchó sin prisa, sintiendo el extraño olor metálico del agua, escuchando la bandada de chocoyos que volaban hacia el volcán vecino.

Sacó la poca ropa que tenía y la puso en el ropero. Luego se desnudó y se acostó en el viejo cobertor de extraños celestes. Respiró profundamente oliendo el polvo seco que lo cubría todo, estornudó. Sus enormes ojos amanecieron fijos en el viejo cielo raso agrietado por las lejanas lluvias. Sus ojos miraban el pasado, recordando otro mundo mas allá del calor y el polvo.

Todas las tardes caminaba al encuentro del lago, los campos secos le recordaban el otoño, las hojas resecas y doradas le hacían doler el alma. Contaba los pasos con su andar de muchacho despreocupado. Se sentaba en el viejo bote tirado bajo la sombra de un anciano árbol; mirando con fervor cómo el Sol quemaba el día y teñía de sangre el agua.

Le veía pasar todas las tardes, desde el primer momento que lo vi, supe que ese andariego marcaría mi vida. En el pueblo decían que el extranjero venido de tierras frías, estaba loco. Lo confirmaba el hecho de que no hablara con nadie, que se la pasara todo el día en la cama, que comía poco y hablaba con las urracas. Yo intuía su sufrimiento y me invadía el deseo de tenerlo conmigo; cada vez que lo miraba sentía una necesidad imperiosa de ayudarle con su carga. Lo veía cada día más lánguido, más solo, más triste, hasta que después de muchas tardes él me miró, y me sonrió.

Después nos veían conversar en la orilla del lago, vieron que reíamos y también vieron cómo nos tomamos de la mano. Esa mano que era mi sostén y que ahora tanto extraño. Por la noche regresábamos juntos al hostal; el pueblo nos miró extrañados. No podían entender nuestro amor, ni comprendían que pudiéramos caminar juntos siendo tan distintos. Me tomó de las manos muy dulcemente, sin temor y habló de su mundo. Me contó de calles enormes como ríos, de edificios tan altos como montañas y de gente bella y lejanas como dioses. Sentí miedo porque comprendí que lo amaba, y que yo no pertenecía ni a su mundo, ni a su gente, ni a su tiempo.

Hicimos el amor sobre el viejo cobertor, nos desnudamos con cariño, y sus manos y su boca recorrieron todo mi cuerpo como si me conociera desde siempre. Respondí a sus besos con toda la pasión de mis noches de soledad y con la avidez de mi cuerpo joven y marchito a la vez. Nos amamos intensamente, el viento traía olores de felicidad compartida, mientras cansados dormíamos tomados de la mano. Fuimos felices.

Los días habían adquirido sentido y la naturaleza renacía con las primeras lluvias del invierno. Caminábamos juntos hasta el lago, nos estremecía el atardecer y nos besábamos con sabor a tamarindo; la gente nos miraba con envidia puesto que nuestro amor era un agravio a sus míseras vidas. Regresábamos a la pensión donde nos amábamos con la ternura de los amores de antes. Poco a poco aprendí de memoria su cuerpo, encontré su alma, me fascinaba escucharlo hablar su lengua; adoré sus ojos tristes; entendía sus silencios y su melancolía; comprendí también que extrañaba su pasado y su futuro.
 
Cuando aquel día vino a verme con el telegrama en las manos, entendí que el ciclo había sido cumplido. Sus ojos azules no disimulaban su llanto; me tomó de las manos, me acarició la cara y besó mis lágrimas, dijo que se marchaba, que su amor de antes y de siempre lo esperaba. Me dio un último beso y se alejó, seguro de su destino. Ahora camino solo hacia el lago mientras el Sol enrojecido añora sus manos.

La Ciguacoatl

Recopilado por: Luis Castellón.
(Publicado por La Prensa, el sabado 18 de mayo del 2002)

Cuenta la leyenda que en un antiguo pueblo aborigen, asentado a orillas del Río Viejo, existía una hermosa mujer esposa del cacique principal. Se decía que esta mujer, de proceder extraño y misterioso, acostumbraba ir todos los viernes a un determinado lugar del río, llevando abundantes alimentos, aves ricamente preparadas y sabrosas bebidas.

Uno de los servidores del cacique, extrañado por el comportamiento de la mujer, determinó seguirla a prudente distancia. Lo que vio ese día lo aterró tanto que echando a correr fue a contárselo a su Señor. El cacique no dijo nada a su mujer fingiendo ignorancia. El siguiente viernes la sigió, y confirmó lo que le dijera su servidor.

Vio, según dice la leyenda, que sentada en una piedra junto al río golpeaba con su mano el agua, y al llamado emergía impetuosamente una inmensa serpiente que tenía su cueva en el mismo río. El terrible reptil, posaba su inmensa cabeza en las bellas piernas de la mujer, y una vez alimentada, serpiente y mujer se entregaban al placer sexual.

El indignado esposo mató a la infiel mujer. Entonces la enfurecida serpiente agitó las aguas del río y su corriente destruyó el milenario pueblo. Según la leyenda, los sobrevivientes reconstruyeron su pueblo, al cual dieron por llamar Ciguacoatl, que en lengua nahuatl significa mujer serpiente .