3 de enero de 2008

Un güegüe me contó

Por María López Vigil
Cuento infantil Nicaragüense

En el principio, al comienzo de todo, Nicaragua estaba vacía. Vacía de gente, pues. Había tierra y había lagos, lagunas y ríos. Y muchos ojos de agua. Pero no había ni mujeres ni hombres para mirarlos. Las mojarras y los guapotes, también los cangrejos, eran dueños de las aguas y vivían en ellas y hacían en ellas lo que les salía...

También estaban los cenzontles y los colibríes volando alrededor de las flores y los zanates instalados en los árboles. Y estaban los árboles: el jocote, el granadillo, el jícaro, el malinche, el chilamate, el cedro real y un poco de árboles más. Los perros zompopos corrían entre las piedras y los garrobos salían a tomar el sol sin que nadie los molestara. Coyotes, leones y dantos andaban de vagos por el monte y se hartaban tranquilos.Ya estaban los volcanes cocinando lava y botando humo, pero todavía no había nadie en Nicaragua. Nuestra tierra estaba vacía. Vacía de gente, pues.

En el principio, al comienzo de todo, dicen que ya estaban los dioses. Los dioses vivían allá, por donde sale el sol. Nadie se asomó nunca por el rumbo de los dioses. El dios Tamagostat era varón y guardaba la luz del día. De sus manos venías todas las cosas buenas y también todas las cosas buenísimas. La diosa Cipaltonal era mujercita y guardaba la noche. O más que todo: guardaba el momento de la noche en que llega la luz y empieza a ser de día. Era la guardiana de la aurora. Cipaltonal era linda, tenía la cara pintada con los colores del amanecer.

Tamagostat se enamoró de ella, se volvió dundito por ella.Para encontrarla recorrió el cielo a toda hora. Pero no la halló.Tanto y tanto caminó Tamagostat que todas las nubes se dieron cuenta de que era un dios enamorado. Un día, una de ellas se apiadó de él y le reveló el secreto:

- Mirá, hombre, a la linda Cipaltomatl sólo podrás hallarla si te alistás para cuando el sol abra su ojo y deje escapar su primer rayo de luz. Sólo entonces.

Tamagostat hizo posta en las misma nalgas del sol, se desveló, estuvo de vigilancia, hasta que un día, por fin, cuando el sol abría su ojo izquierdo, logró mirar a su amor. y su amor lo miró a él.

- ¡¿Ideay?!

- Cipaltonal, te quiero tanto, tanto, tanto...

Entoces, la cara pintada de amanecer de Ciapltonal se puso roja, roja, roja.

Estaba más linda que nunca. Tan linda que Tamagostat dio un brinco por encima del primer rayo de luz y la besó en la boca.

- ¡Jodidoooo! -se oyó gritar al sol-. Así fue. Aquel día el amanecer no fue igual al de otras mañanas. Tuvo tres mil colores nuevos. Colores tan bonitos como nunca se había visto antes y como nunca más se volverán a ver. De aquel beso de nuestro padres nacimos todos nosotros los nicaragüenses.

Un poquito después del principio empezaron a llegar hombres, mujeres y chavalos.

Por aquellos tiempos lejanos, que ya nadie recuerda, ni doña Tula, las tierras de América, desde más al norte de lo que hoy son los Estados Unidos hastala mera Patagonia, al sur más al sur, estaban vacías de gente pero repletas de animales.

Nuestros abuelos abuelísimos vinieron a cazarlos. Hicieron viaje de muy largo:del Asia, de oriente, de donde nace el sol.

Un día que no está escrito en ningún calendario agarraron sus calaches y vinieron para aquí.

- Unos a la bulla y otros a la cabuya.

Legaron en molote, llenando de a poco todas las tierras de América. También en molote llegaron hasta Nicaragua. Y al mirarla, decían los abuelos chinos:

- ¡Chocho, qué tierra más pijuda!

Se instalaron aquí. Eran tendaladas de animales las que había: bisontes,elefantes peludos llamados mamuts (de esos que sólo pueden mirarse en los museos), tigres dientudos y caballos con colochos y venados y chanchos de montes...

Todos eran animales buenos para hacer carne asada.

De a poco, los abuelos chinos ya fueron teniendo la piel del color del contil.

- Ya éramos indios, pues.

Aquellos primeros nicaragüenses se fueron instalando por todas nuestras tierras.Unos por los bosques del norte, desde Teocacinte buscando al este, otros porlas orillas del Coco buscando el Atlántico.

Unos en las montañas del centro y otros junto a los lagos.

Unos al occidente y otros al oriente.

- Cada lora a su guanacaste.

Donde más gente se arrejuntó fue a lo largo de la costa del Pacífico.Aquellos primeros nicaragüenses no tocaban aún la marimba ni bailabanpalo de mayo, no comían ni rondón ni gallo pinto.

Eran tiempos demasiadísimo antiguos. Los nicas aquellos eran arrechos a cazar.Cazaban y pescaban. Y como sabían hacer el fuego se preparaban un almuerzo soñadito con carnita de monte o con un guapote frito. También bailaban, jugaban,reían y contaban cuentos. Eran felices y eran parejos. Porque eran parejos eran felices.

Mujeres, hombres, niños y viejitos: todos parejos.

- Es correcto: a nadie le falta nada y a nadie le sobra nada.

Pero la historia siempre tiene sus bandidencias. Cuentan que algunos de aquellos cazadores hicieron sus casas en Managua, junto al lago, y que un día, a saber por qué vaina, el abuelo Chepe-Nepej amaneció gritando:

- ¡Quiero pinol!

Para aquel entonces nuestros abuelos no conocían ni la siembra ni la tapisca.Ni idea tenían del maiz y mucho menos sabían qué fueran el pinol.Por cuenta fue grande el asombro por la necedad del señor,que gritaba y gritaba:

- ¡Quiero pinol!

Y dicen que tanto gritó aquel jodido que Managua entera se alborotó.

Y todo mundo se preguntaba:

- ¿Qué chunche será ese pinol?

Y era una sola infanzón por donde la casa de Chepe-Nepej, una cuadra al lago media al sur.
- ¡Quiero pinol! ¡Quiero pinoooool!!!!

Y después de una hora, de tres horas, como nadie le daba pinol, Chepe-Nepej,de malcriado, agarró una hacha de piedras bastante filudita y, zacaplás, la levantópor encima de las cabezas de todos. Al verlos así tan bravo, los managuas, y hasta los venados y los bisontes, salieron en carrera hacia el lago.

_¡Quiero pinol! -gritaba Chepe-Nepej-, ¡Quiero pinol!! -gritaban todos-. Y todos corrían.

Y cuentan algunos que aquel mentado día del pinol, el molote que se armó fue tantremendo que el lago y los volcanes también se alborotaron. Y cuentan más: que los tres volcanes de Managua, el Asososca, el Nejapa y el Tiscapa se les removieron las tripas como que tuvieran currutaca y cocinaron ligero una lava calientísima que llevaba piedras, cenizas, fuego y toda chochada y burumbumbún, estallaron. El río de lava y la lluvia de cenizas alcanzaron a los managuas mientras unos corrían de allá para acá y otros de acá para allá.Aquel ayote terminó ahumado: el fuego ardiente les quemó el fundillo a todos.

- ¡Por este baboso que quería beber pinol, terminamos desmambichados!

Y le echaba verbos al mañoso de Chepe-Nepej. La huellas de los que corrieron en aquel molote quedaron marcada para siempre en el lodo que vomitóel volcán por el rumbo de Acahualinca. Y hasta el día de hoy se pueden mirar.

Hay otras muchas historias sobre esas huellas.

Esta del pinol es una no más, por cuenta no la más cierta.

Dicen que sólo iban cazando un bisonte o que salieron de paseo o que hacían viaje con sus maritates o que. A saber.

La Hormiguita y La Liebre

Por Bayardo Quinto Núñez

A Hirela Ortega

Un día la hormiguita y la liebre se encontraron y se hicieron amigos en el momento que más lo necesitaban, fue una obra espléndida y prodigiosa del destino, pero el mismo destino del tiempo se encargó de dejar inconclusa esa amistad, fue todo un misterio, pero por algo fue así ese tiempo.

Pasó aproximadamente un cuarto de siglo —23 años— y la amistad entre la hormiguita y la liebre, se había confundido, escondido en el tiempo. Ninguno de los dos amigos sabían si esa amistad había sido verdadera o pasajera, incluso, no tenían conocimiento si en sus mentes por lo menos merodeaba algún ápice de recuerdo de que había existido esa amistad. El destino se había encargado de esa tremenda obra que un día de la ausencia fugaz volvió la amistad y sonó como un estruendo de una erupción de un volcán. Entonces, los buenos amigos, la hormiguita y la liebre se asombraron que de nuevo se habían encontrado, ahora con más experiencia, más edad, cada quien con sus logros obtenidos debido al sacrificio y entrega.

La única salvedad era que conforme el factor tiempo de ausencia de casi un cuarto de siglo, todo parecía mentira, pero el transcurrir del tiempo y las correspondencias que iban y venían, la hormiguita y la liebre se dieron cuenta que la amistad siempre existió, la única diferencia era la distancia a que se encontraban el uno del otro, al igual sus experiencias y formas y modos de trabajos.

Pero un día la liebre le preguntó a su amiga, la hormiguita: “Sabes, me siento que yo no merezco tu amistad”. La hormiga respondió: “Mira, tu tamaño, eres grande y muy ágil y yo en cambio soy pequeña y lenta”. No sabes, el tamaño no lo es todo, lo importante es tu inmenso corazón, y además sos más grande que la jirafa por tu trabajo, tu empeño en proponerte y lograr lo que te has propuesto ser, por eso yo te admiro y respeto mucho, y siempre vas a ser más grande que cualquiera”, le contestó su amiga la liebre a la hormiguita. Y así continuaron siendo amigos hasta los confines de este mundo.

Asesina en serie

Por Blanca Castellón

Aún no entiendo cómo fui capaz de cometer tal vileza en toda mi vida anterior, ni siquiera me había atrevido a destripar el diminuto retoño de una cucaracha. La idea del crimen se me ocurrió un sábado. Una foto de Gioconda apareció en una importante revista literaria junto a su cachorro cocker spaniel al lado del poema más hermoso que jamás hubiera leído.

Hablaba sobre el arte de desnudar el alma para compartir su misterio con todos los hombres y mujeres de la tierra. Invitaba a experimentar ese acto y a convertir el planeta en un inmenso campo de almas nudistas para alcanzar la paz y realizar de una vez por todas la más noble utopía: la comunión de las almas.

Mis propias limitaciones me impiden transcribir con exactitud la belleza del texto, el mimo emocional que provocaba en el lector, pero era como si un gran vuelo de mariposas blancas nos acariciara la médula del ser.

Comprendí de una vez por todas que nunca llegaría a escribir algo semejante. Desde hace un tiempo me molestaba su capacidad de fotografiar con palabras lo que está bajo la piel, su capacidad de rescatar con versos las eternas costillas de Eva, "me di cuenta como si me hubiera partido un rayo, de que estaba y estaría para siempre sola en mi propio cuerpo... Sentiría, escucharía mis pensamientos más recónditos". Así empezó todo.

Escuché mis pensamientos enfermizos y los obedecí con la misma intensidad con que solía obedecer todas las leyes de los hombres. Quedé como hipnotizada contemplando la fotografía. No la veía a ella, veía la sonrisa de su perro confirmando su fidelidad y la estrecha relación con su dueña y señora. Yo siempre había querido tener un perro, pero los metros cuadrados de construcción de mi habitación alquilada me lo impedían. Yo siempre quise escribir un libro que diera la vuelta al mundo, que yo no había podido conocer... Es cierto que sin pena ni gloria yo había publicado algunas páginas en prosa y verso, es cierto que hasta ese sábado fatal siempre había tenido la esperanza de alcanzar algún día la dimensión literaria del paradigma que yo misma me había impuesto, pero no tenía disciplina y -para que negarlo ahora- los dioses no me habían elegido para el oficio de expresar lo inexpresable, ni de atrapar lo imposible.

En esas divagaciones estaba, cuando movida por los ojos del perro fotografiado y una extraña fuerza, me levanté de un brinco de la cama revuelta. Busqué una revista donde yo había publicado algún poema , un plaqué con narraciones breves que por obra y gracia de un amigo, más interesado en mi cuerpo físico que en el cuerpo de mis textos, había arriesgado su prestigio y su dinero publicándome y hasta comentando mi "obra". Su ganancia fue perderme de vista apenas concluyó su bondadosa misión.

Tomé un sobre de papel kraft introduje los textos y escribí Gioconda, por si acaso era mi día de suerte, uno nunca sabe y me recibía ese mismo día, me fui al Cibercafé que quedaba a unas cuadras de mi habitación y como la dirección electrónica aparecía al final de la publicación de la revista literaria le escribí: 'Gioconda, he saboreado con deleite supremo tu último poema, quisiera pedirte una fracción de tiempo para enseñarte algunos trabajos míos, a ver qué día podés recibirme, no cuento con una computadora personal, si pudieras contestarme a vuelta de red, te lo agradecería; yo estaré aquí varias horas, espero tu respuesta'.

Mi mensaje llegó en el momento más favorable a los planes secretos del destino y en media hora recibí la repuesta: '¿Podría ser hoy mismo?, salgo para dictar una conferencia en Madrid mañana y además estoy de buen humor, me han anunciado un premio que tendré que recoger luego de mi viaje a España'.

Ni corta ni perezosa, me informé dónde podría comprar esas pastillas famosas para curar frijoles, pastillas del amor han llegado a nombrarlas, ¡vaya ironía! Pasé por el supermercado, compré 4 onzas de posta de pierna, envolví 3 pastillas de esas en medio de la carne y tomé la ruta que me llevaría a casa de Gioconda, toqué el timbre, para mi sorpresa ella misma salió a recibirme, junto con su perro, que, por cierto, me pareció amistoso. No hay tales que los perros presienten, que sus instintos animales detectan al enemigo, 'Dante' (supe al fin su nombre cuando ella lo quiso apartar de las suelas de mis zapatos), 'Dante' no sospechó mis crueles intenciones, más bien fue un dechado de demostraciones de afecto. Apenas me senté en un mullido sofá forrado con imitación de piel de tigre se acostó panza arriba obligándome a acariciar su estómago peludo.

Gioconda estaba buscando en su enorme biblioteca uno de sus libros para obsequiármelo. No lo encontraba. 'Dante' había saltado a mi lado en el sofá y con su pata tocaba mi hombro tembloroso como pidiéndome algo, ¿la muerte?

Llegó la hora me dije. Saqué del bolso el obsequio que con esmero le había preparado. Lo tragó casi sin masticarlo, cuando Gioconda llegó, 'Dante' parecía estar contento. Ella escribió algo en la primera página del libro que se disponía a entregarme. Justo en ese momento 'Dante' empezó a temblar, de su hocico salía tanta espuma como de las olas del mar.

Gioconda gritaba: "¡Dante!, ¡Dante qué pasa! ¡Margarita llama al veterinario!, ¡Margaritaaaaaaa!, ¡llama al Dr. Velásquez!, ¡Dante se muere!".

Lógicamente tuve que levantarme por cortesía, creo que ni siquiera fui capaz de ocultar mi satisfacción por el deber cumplido, regresé a mis tres paredes (una era ventanal donde se divisaba las huellas de Acahualinca).

Empecé a convulsionar... de risa. Me sentía realizada. Hay misiones de misiones en esta vida pensaba, la mía será de ahora en adelante maltratar a los escritores, a los artistas. Habrá qué ver lo que crearán con el maltrato (ya ven cuánto bien le hizo a la literatura francesa el dolor de Proust). Hay que castigarlos, más cuando han escalado la cumbre de su día.

Comprendí en ese momento el verdadero sentido de mi paso por la tierra.

Esta sería mi gran contribución a la literatura, no había otra opción.

Hice una lista de escritores de los que se sabía amaban a sus perros. Hasta incluí a Saramago. Lanzarote es posible, todo es posible, el mundo es pequeño. La lista abarcaba desde los grandes (Carlos Fuentes, Elena Poniatowska) a los insignificantes. Como esa Castellón que con fatua insistencia publicaba mes a mes en suplementos, y tenía en su haber un par de libros que nadie compraba. Se decía que mientras escribía sólo soporta la compañía de su perro 'Cafu'. Ya la visitaría. Empezaría de abajo.

Al fin me sometía a alguna disciplina: ¡Asesina en serie! Seguiría la serie con la seriedad que el trabajo demanda.

Dos meses después de la muerte del 'Dante' me encuentro en un suplemento cultural, un poema en su memoria junto con una entrevista a su ama: "Desde que murió no he parado de escribir. Ya son muchas las editoriales interesadas en esta dramática historia".

Hoy murió 'Cafu' por mis buenos oficios. La Castellón no había olvidado el cuento del 'Dante'. Ha hecho un alboroto que la ha favorecido. Hasta los diarios más prestigiosos la han entrevistado. Sin embargo, debo tener cuidado. Ya han empezado a sospechar de mano criminal. Ella se ha venido en lagrimas y en tinta, ha escrito y escrito y escrito, tanto, que algo bueno saldrá.

Al final de cuentas, no puedo sentir culpa, ¡asesina en serie! Ya van cuatro. Mi meta es Saramago (hay que imponerse la cima como meta, es posible alcanzar el imposible

Me olvidaba contarles el contenido de la dedicatoria que Gioconda dejó en el libro que me dio aquel sábado: "Ejecuta sin piedad las órdenes de tus pensamientos más recónditos. Como un perro sé fiel a los dictados de la palabra".

Aquella amiga extranjera

Por Blanca Castellón

Constantemente recuerdo la misteriosa vida de aquella amiga que llegó de un país lejano a la escuela, su imagen es difícil de borrar. Tenía unos ojos inmensos, rasgados hasta la crueldad por la manera en que se recogía el cabello.

Su madre siempre estaba enferma, en su casa se hablaba en secreto, se caminaba en puntas de ballet, no se comía en la mesa sino en bandejas individuales cubiertas con exquisitos tapetes de lino perfectamente almidonados, que llevaban las empleadas domésticas ataviadas con impecables uniformes, hasta las muchas habitaciones grises, decoradas con el símbolo del escape hacia el asilo del sueño.

No puedo olvidar el día en que murió su perra Milú, es decir su mejor amiga, su única hermana, su madre sana, el ser viviente más cercano a ella, en movimiento y en permanente estado de proveer afecto; faltó a las clases por muchos días, yo envidié sus días de descanso escolar, dichosa me decía sin sospechar que ella, mi amiga repentina, estaba rozando con sus lagrimales las llamas del infierno.

Cuando la volví a ver, tenía esa expresión amarga que se dibuja en el rostro de las vacas condenadas a ser alimento de la especie humana, las ojeras profundamente oscuras no tenían relación con sus tiernos años, caminaba con la resignación de mi abuela cuando enviudó, hablaba siempre como pidiendo perdón por su pupila mate.

Yo que siempre estaba en un juego de cartas con la risa, con el libertinaje de las flores salvajes, con los nobles rayos del sol, yo que tenía acuerdos secretos con la felicidad de las estrellas que visitaban mi firmamento particular, me asusté, me fui alejando de su atmósfera densa, no se me ocurrió pensar, que para ella mi amistad disipada, tendría la misma intensidad de la sombra que llevaba marcada en sus párpados.

Para ser franca, siempre pensé más en Milú, que en su madre -nunca llegué a conocerla- no me siento culpable, ella no la mencionó más que para decir: "Habla en voz baja, mi madre está mal".

Ahora después de tantos años he sabido de buena fuente, que su madre nunca la quiso, que lo único que amó con locura fue la muerte y mi amiga heredó las patológicas inclinaciones de su madre y ahora que yo me paso la vida ejerciendo como jurista, ella, mi extraña amiga, se encuentra bajo un reglamento injusto en la casa de los que pierden el juicio, un juicio, que tal vez yo pude ganar.

9 de noviembre de 2007

El ideal

Rubén Dario

Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien enamorar... Pasó, la vi como quien viera un alba, huyente, rápida, implacable.

Era una estatua antigua como un alma que se asomaba a los ojos, ojos angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.

Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su belleza, y me vio como una reina y como una paloma. Pero pasó arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre pintor de la Naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos aéreos, vi el vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema y pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Mas de aquel rayo supremo y fatal sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de mujer, un sueño azul.

El fardo

Rubén Dario

Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus rayos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.

Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
-Eh, tío Lucas, ¿se descansa?

-Sí, pues, patroncito.

Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.

Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones, así, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casad, y tuvo un hijo, y...

Y aquí el tío Lucas:

-Sí, patrón; !hace dos años que se me murió!

Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises peludas, se humedecieron entonces:
-¿Que cómo se me murió? En el oficio, por darnos de comer a todos; a mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.

Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él en la piedra que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.

El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho.

El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.

Su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar que comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey. Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo, y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como condenados. ¡Sí!, entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas, el chico vivió y pronto estuvo sano y en pie.

Luego, llegaron después sus quince años.

El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se hizo pescador.

Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz alguna triste canción, y enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.

Si había buena venta, otra salida por la tarde.

Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y pensó en librar el pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios!, como decia el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.

¡Sí!, lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro del macizo pescante que semeja una horea; remando de pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando: ¡hiiooeep!, cuando se empujaban los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo; ¡sí, lancheros!, el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.

Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban, al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la lancha. Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso: -¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que vas a perder una canilla! Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de roto viejo y de padre encariñado.

Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.

¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso sí.

-Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.

Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.

Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del hierro; tranqueteos por doquiera; y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos en grupo.

Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfío, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un badajo, en el vacío.

La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación colmada de fardos. Estos formaban una a modo de pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la lancha. Un hombre de pie sobre él era pequeña figura para el grueso zócalo.

Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de triángulos negros, había letras que miraban como ojos. Letras "en diamante", decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, limones y percalas.

Sólo él faltaba.

-¡Se va el bruto!- dijo uno de los lancheros.

-¡El barrigón!- agregó otro.

Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y a desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al pescuezo.

Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien seguro, y se gritó ¡Iza!, mientras la cadena tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.

Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto, quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.

Aquel día, no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado al que se abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver a Playa Ancha.

Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza de un poeta, en tanto que una brisa glacial que venía de mar afuera pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.

Acuarela 1


Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas que rosas. Un bello y pequeño jardín, con jarrones, pero sin estatuas; con una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha para un cuento dulce y feliz.

En la pila, un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas de un blancor de nieve, enarcando el cuello en la forma del brazo de una lira o del asa de un ánfora, y moviendo el pico húmedo y con tal lustre como si fuese labrado en un ágata de color de rosa.

En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia encintada, los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las mejillas arrugadas, mas con color de manzana madura y salud rica. Sobre la saya obscura, el delantal.

Llamaba:

-¡Mary!

El poeta vió llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal, sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que son adorables los cabellos dorados, cuando flotan sobre las nucas marmóreas, y en que hay rostros que valen bien por un alba.

Luego, todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas -quince años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo que dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne;- aquellos rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes, aquellos durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al paso las mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de alas cristalinas e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjando el alabastro de sus plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas, con voluptuosidad, en la transparencia del agua; la casita limpia, pintada, apacible, de donde emergía como una onda de felicidad; y en la puerta la anciana, un invierno, en medio de toda aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.

Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí, con la satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.

Y la anciana y la joven:

-¿Qué traes?

-Flores.

Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía con una de sus manos gráciles de ninfa, mientras, sonriendo su linda boca purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de lapislázuli y una humedad radiosa.

El poeta siguió adelante.