28 de marzo de 2007

Los Duendes o espíritus burlones

I

El Duende de la Piedra de Cuapa

(Fuente: Recogido por Gladys Miranda).

En el valle de Cuapa hay una gran piedra que dicen que cayó del cielo y a una legua de ella se encontraba la hacienda La Flor. Allí vivía un matrimonio que tenia una hija muy hermosa, de la cual se habían enamorado los duendes que habitaban en la casa.

Todas las noches llegaban y le ponían flores en la cama y cuando iba a traer agua, le enfloraban el camino. Los duendes no querían a la mamá de la muchacha y en lugar de flores le ponían espinas; Si iba a lavar, le escondían el jabón; si iba a zurcir, le escondían el hilo y en fin, que ya nadie los aguantaba. La muchacha estaba asustada y tenia miedo de salir sola porque los duendes las seguían a todas partes.

El papá de la joven tenía un burro que jalaba agua y cargaba zacate y un día de tantos no lo encontró, se puso furioso y comenzó a buscar el burro acompañado por los vecinos.

Después de varios días, lo encontró arriba de la piedra rebuznando afligido porque no podía bajarse. Comprendiendo que era una zanganada de los duendes, el señor le ordenó a su hija que les fingiera cariño, correspondiendo con palabras amorosas a los regalos que le hacían. Lo que el señor quería era que los duendes bajaran al burro.

La joven hizo caso y temblando de miedo les pidió que le bajaran el burro a su papá. Por quedar bien con ella, los duendes bajaron el burro y lo llevaron a la caballeriza.

Durante algunos días no aparecieron y el señor creyó que ya no iban a seguir molestando pero se equivocó. Su esposa tenía dos tazas y ellos le quebraron una porque sabían lo mucho que le dolería aquella maldad. A mediodía, cuando ella estaba tomado sopa, exclamo “Qué lastima que se quebró mi taza, tan bonita la pareja”; diciendo esto le dejaron caer real y medio en la sopa, entonces ella dijo: “Con esto se paga la taza”.

Cuando se levantó para contar el dinero que tenía guardado en un cofre, vio que le hacían falta real y medio, murmuró: “De mis mismos reales me están pagando; que malos que son esos duendes, y le jalaron el cabello”.
Como ya no los soportaban, decidieron hacerles la guerra. Después de inventar miles de cosas, los dueños de la hacienda y los vecinos, se pusieron a tocar música de cuerda. Esto desagrada a los duendes porque les producía dolor de cabeza. Día y noche pasaron los señores tocando hasta que los traviesos no tuvieron más remedio que abandonar la casa.

Dicen que los chontaleños cuando ven una persona sobre la piedra gritan: “Allá está el burro de Cuapa” y el que está arriba, en venganza contesta: “Allá están los duendes”.

II

Tomado de “Los duendes o espíritus burlones”, en Enrique Peña Hernández: folklore de nicaragua. Editorial Union, Masaya,1968.

Los duendes son seres pequeñitos, traviesos, astutos, de agilidad prodigiosa, de inteligencia superior y en extremo burlones. Aparentemente, con sus actos y hechos sencillos son inofensivos. Pero una cosa es oír relatar las travesuras y jugarretas de los duendes, y reírse a carcajadas con el relato; y otra, ser victima o blanco de su puntería, tema o tirria.

Por lo general no se dan a ver de la gente. Hacen sus torerias como seres invisibles; y la persona o personas perjudicadas, solamente escuchan los ruidos o palpan los daños.

Algunos han oído las risitas de los duendecillos, después que acaban de hacer estos el entuerto.
Como se expreso estos seres burlones ejecutan actos sencillos, pero pertinaces y hostigadores.
La mayoría de las veces les da por dejar caer “lluvias” de piedras, terrones, trozos de ladrillos, etc., durante horas enteras y con frecuencia durante varios días consecutivos sobre los patios y corredores de las casas. Sus habitantes, al sentirse así acosados se desasosiegan y atemorizan; y al cabo de cierto tiempo, optan por abandonarlas. Pero algunas veces los duendes siguen al los hullones.

Se cuenta de una señora, que sintiéndose hostigada por los duendes decidió abandonar su casita en Monimbó y trasladarse a otra en el barrio de San Jerónimo. Contrato algunos mozos y mando con ellos su cama, su cofre, su tinajón, etc, etc, y espero la nochecita para irse ya con su motete de ropa y algunas pertenencias livianas. Se encamino la buena señora para la otra casa; y no había caminado dos cuadras cuando se percato que había olvidado su bacinilla y entonces exclamo preocupada: “¡ay, dios mío olvide mi bacinilla tendré: que volverme...!”
-aquí la llevo yo le contesto una vocecita. En efecto un muchachito de cotoncito rojo iba ala par de ella, con la bacinica en la mano.

Eso basto para que la referida señora, decidiera volverse a su primitiva casa; porque considero que adonde quieran que fuesen, ahí la seguirían los duendes.

***

Los duendes efectúan sus burlas y asustamientos preferentemente de noche. Aunque no pocas veces han “trabajado” de día.

Arrastran los muebles, dejan caer los floreros y maceteras, apagan las luces, encienden otras, tosen gargajean, dan portazos, dan pisadas fuertes, cambian los objetos de lugar, tocan a las personas, las tirandel pelo, les arrebatan objetos de las manos, les quitan algo que tienen ala vista, abren las llaves de las pajas, cierran las que están abiertas, etc, etc...

Naturalmente, con todas estas acciones siembran el pánico entre la gente, la desconciertan y descontrolan, y hasta la enloquecen.

***

Rarísimas son las personas que han visto a los duendes.
Un joven de Monimbó me contó, que viniendo él como a las cuatro de la tarde, un día de tantos, de bañarse en la playa (la laguna de Masaya); por el Bajadero del Cailagua oyó que lo siteaban con insistencia. El volvió la cabeza para todas parte y no pudo ver a nadie. Creyó entonces que eran algunos amigos que venían también de la playa; que lo llamaban y que luego se escondían. Prosiguió su camino de regreso a Masaya. Más adelante volvió a oír de nuevo el mismo siteadito:
-siiit...
-siiit...
-siiit..

Él entonces se paró, y se puso a buscar de dónde provenían esos llamados. Y no vio a nadie otra vez.

Nuevamente lo volvieron a llamar:
-Siiit..., siiit..., siiit...

Aquí perdió la paciencia, y montando en cólera dijo en altas voces, dirigiéndose a los que imaginaba que eran y que se les escondían:
“Coman m..., muy rejodidos, vayan a sitearle a la que los parió...”

Iba a continuar ensartando insultos, cuado de pronto vio muy cerda de él, colgado de la rama de un arbusto, a un hombrecito chiquitito, vestido con un cotón colorado y con un gorrito puntiagudo en la cabeza, que le hacían señas de que se acercase.

Al principio tuvo miedo el joven de Monimbó; pero armándose de un palo, decidió acercarse, pensando en meterle un riatazo en la cabeza al hombrecito. Este se descolgó y empezó a caminar con rapidez asombrosa. Repentinamente se detuvo y se puso a reír con muchas ganas. Un coro de risas de todo tono lo secundó. Y, con gran maravilla y perplejidad de mi amigo, vio debajo de un árbol frondoso como a dieciocho hombrecitos...

Los había barbudos y de cejas pobladas; los había lampiños; los había de bigotes solamente.

Todos vestía de rojo y calzaban una especie de sandalia.

Medía como una jeme o como una cuarta, de estatura.

Cuando mi amigo vio las risas burlescas de los hombrecitos se sintió picado en su amor propio y como aturdido y asareado, y le dio por perseguir con el palo a los burlones, dando palos a diestra y siniestra, sin poder hacer blanco en ninguno de ellos.

Mientras tanto, los burlones parecían que estaban en su charco, encantados de la vida; gritando y riendo con gran alboroto, se pusieron a tirar piedras y frutas al de Monimbó, sin que le diera tiempo de reposo.

Cesó el ataque de los hombrecitos repentinamente. Mi amigo, con mas miedo que otra cosa, se quitó los brazos de la cabeza – pues ahí se los había puesto para que no se la rajaran-, y se puso a ver a hurtadillas para todos lados.

Nadie había ya. La tarde había declinado. Eran como las seis y media. Buscó el camino y no lo encontró. Entonces le entro pánico y trató de rezar. Estaba como perdido en el monte.

En eso oyó el ruido de una carreta; pensó que podían ser los hombrecitos que regresaban.

La carreta se acercaba. Oía bien las voces del carretero azuzando los bueyes. Pero no lo veía.

Recuperó la confianza y la calma, y se puso a gritar.

-¡Oye, amigó, me lleva en su carreta! ¿Va para Masaya?
La carreta se detuvo. El carretero se desmontó y alumbró con su candil. Mi amigo vio la luz y se acercó. Subiose a la carreta; y el carretero le dijo:

-Toma el chuzo, ayúdame con los bueyes, que yo voy a guiar a pie.

Durante el camino, mi amigo le refirió al carretero todo lo ocurrido; y este le dijo:

-Esos son los duendes, los espíritus burlones. En el hueco de la peña del Bajadero del Cailagua tienen sus guarida. Yo creo que son hijos del diablo.

III

Tomado de “Los Duendes” (fragmentos), en Milagros Palma: Senderos míticos de Nicaragua. Editorial Nueva América, Bogotá, 1987.

En los pueblos campesino se comenta mucho que los duendes, unos hombrecitos, se llevan a los niños sin bautizar, en un abrir y cerrar de ojos. Cuando menos piensa uno, el niño ha desaparecido. La gente dice que esos malos espíritus tienen la planta del pie al revés, y caminan en fila india, todos vestidos con unas cotoncitas rojas. Los duendes viven en los montes, en las cuevas y hacen sus incursiones por la mañana. Sólo los pequeños y los mudos ven a esos espíritus y entonces lloran de una manera extraña.

En Monimbó se dice que nunca hay que dejar a un niño solo, porque los duendes se lo llevan ala montaña para volverlos como ellos si no ha sido bautizado. En muchos lugares se oye decir que los duende pierden en las montañas a los niños sin bautizar.

En Chontales entre las fincas ganaderas los campesinos le temen mucho a los duendes. De aquella es Bricelda que paso toda su infancia en uno de esos grandes dominios. Ellas conoce anécdotas de verdaderos encuentros que su papá y su madrina tuvieron con los duendes. Estas son sus propias palabras:

“...cuando yo estaba tierna mi abuela me cuidaba por que decían que los niños sin bautizar se los llevan los duendes. Ellos se los sacaban de su propia casa en el menor descuido de la mamá. A los duendes le gustan los tiernos recién nacidos.

En una hacienda que se llamaba “La Garita”, allá en Chontales que era de mi bisabuela, había una casa bien grande y cuando se estaban echando las tortillas a mediodía se oían que los duendes llegaban a voltearlas mientras estaban en el comal. Cuando había visita platicando en la sala, dejaban caer piedras en el mero centro de la mesa pero no golpeaban a nadie, solo caían las piedras y la gente asustada se ponían a rezar.

A los duendes le gustan las muchachas. En una finca que se llamaba “La Perolera” cerca de “La Garita” había una señora, Doña Laura que en ese tiempo era chavala. Una vez arriando la vacas con mi papá pasaron por un lugar cerca de una cueva en donde vivían los duendes. Ellos pasaron por allí y los llamaron. Los duendes querían dejar a la muchacha. Ellos la perseguían y hasta le regalaron molenillitos. Ellos tenían en sus cuevas trastos chiquitos, jicaritos, de todo. Parece que ellos eran de tiempo de antigua pero por fin la dejaron ir pero querían que se quedara.

Ahí mismo en Chontales hay una piedra que se llama El Pedernal y al lado hay otra más grande, la “Piedra del Toro”. Allí los duendes subieron un toro para hacer la maldad porque así son ellos. Les gusta hacer la maldad. El toro no se pudo bajar y se murió. Allí quedó pintado en esa piedra.

Esos duendes son como niños de cinco años. Ellos son viejos pero chiquitos de tamaño. Los duendes tienen los pies volteados al revés, para el monte. Son morenos, aindiaditos como del tipo de gente de Masaya. Tienen el pelo liso aindiado y llevan unos cotoncitos rojos de manta, sin botones sólo amarrados con unos lasitos, como los chavalitos. Ellos hacían piedritas de moler chiquitas, piedritas de moler maíz bien finas. También hacían molenillos, cumbitas, jicaritas guacalitos, calabacitos de monte. Eso lo mantenían en sus cuevas y cuando llegaban personas que le agradaban les regalaban de eso. La casa de ellos era de piedra, una cueva , que ellos hacían. A ellos le gustaban los niños sin bautizar y las muchachas jóvenes sin casarse. Los duendes invitan a las muchachas para que se queden a vivir con ellos.

6 comentarios:

  1. muy bonito me ayudo en la escuela en mi antoligia

    ResponderEliminar
  2. Gracias por tu visita. Te espero para que leas el resto de cuentos y leyendas.

    ResponderEliminar
  3. hola ests muy buena la paginac web y muy interesante con las leyendas

    ResponderEliminar
  4. hola esta muy buena la pagina web y muy interesante en las leyendas y terrorificas

    ResponderEliminar
  5. a mi tambiem me ayudo mucho en una tarea de convivencia y civismo

    ResponderEliminar
  6. Trabajo contra espiritus burlones y energias negativas.
    Seriedad.
    Informacion; tonimarti64@hotmail.com

    ResponderEliminar