3 de agosto de 2007

El tallo de la rosa


Tres espinas en el tallo y una combinación de líneas rojas componían el diseño en su muslo. El tatuaje dibujado con trazo fino se escondía entre faldas de colegiala. En el cuello el crucifijo, el cuello de Lissette. Mantener las apariencias es importante dentro de un colegio de monjas. Con el tiempo se mejora en este arte. Los secretos jamás son revelados, pero el tenerlos coerce el acto vengativo. Son escudos, chantajes, medios de protección. Pero los secretos si no son usados se pudren y regresan hacia nosotros como veneno de nuestra propia naturaleza. La hermana Josefina por ejemplo, salía de su habitación todas las noches, bajaba las escaleras y cruzaba el patio hacia el pabellón de los varones. La imaginación puede adelantar la descripción de lo que pasaba en esos cuartos a tales horas, pero algunos detalles pueden ser enumerados para hacer más interesante la narración. La Hermana Josefina debía vigilar por el sigilo nocturno del pabellón de las mujeres. Cada hora salía de su cuarto y sus tacones de mediana altura iban y venían sobre los pasillos del segundo piso comprobando, según decía ella, la seguridad; comprobando, según se demostraba, que no le siguieran el sonido de sus tacones bajando al primer piso, dar 17 pasos sobre ladrillo y empezar a caminar sobre grama hasta el otro pabellón. Pero la historia en los dormitorios de varones estaba lejos de ser cualquier fantasía. Los 74 años de edad de la Hermana metidos entre las piernas del alumno favorito de cada noche generaban una gran cantidad de imágenes y sonidos que hemos de evitar en este momento por el beneficio de usted, apreciado lector. Lissette tenía buen oído, y cuando los tacones de la Hermana podían ser escuchados sobre el piso del pabellón contrario, abandonaba su cama y sin hacer ruido caminaba descalza hasta el cuarto de otra compañera, Virginia. Una botella de vino santificado hurtada de la capilla durante los turnos de limpieza sazonaban las horas que pasaban juntas. Horas intelectual y físicamente muy productivas sería una forma de ponerlo. Lecturas diversas, digamos, Sade, Lautreamont, Artaud, Rimbaud. Estudios varios, para decir algunos, de cábala, esoterismo de diversas fuentes, y por supuesto, erotismo, mil y una maneras de explotar los cuerpos de ambas. Pequeña comunidad radical, cercana a los aquelarres y bacanales, más o menos así se describían estas dos amigas. Hasta de un crucifijo lograron idear un temporal de pasiones. Era un crucifijo relativamente grande, de varias pulgadas de alto, sin imagen de Jesús Cristo, mandado a hacer especialmente. Sus partes eran cilíndricas y de puntas redondeadas para facilitar el uso. “El tallo de la rosa” tenía por nombre, y en honor al mismo Lissette se tatuó el muslo con una rosa. Mientras Virginia y Lissette cultivaban mutuos jardines, en el resto del instituto las cosas no iban de ningún modo hacia el bien, más bien hacia el mal.

El imperio de la imagen empezaba a gobernar apenas el sol diera primeros tientos por el horizonte. Virginia organizaba los grupos de oración en la capilla. Las rondas de limpieza quedaban a cargo de Lissete, pero en ningún momento cruzaban palabras entre si. La Hermana Josefina se retiraba durante la mañana a su cuarto. Por las tardes su ocupación eran las clases de latín, griego, y gramática castellana. Los varones, al otro lado del patio, tenían sus propios problemas.

Una noche “El tallo de la rosa” desapareció. Lissette revolvió todo su cuarto pero el tallo no estaba, parecía haber sido extraído del cajón en que le guardaba. No podía salir de su cuarto en ese momento. Espero a la madrugada por las tres rondas de la Hermana y apenas le oyó poner pies sobre la escalera se dirigió al cuarto de Virginia. Entro sin tocar pero no estaba Virginia. Regresó al pasillo y sobre la baranda pudo ver a la Hermana Josefina llevando la cruz. “¡Como quisiera crucificarla!”, pensó Lissette. A prudencial distancia empezó a seguirla. Esa noche no había luna y la figura negra del hábito monacal de la Hermana apenas se distinguía, silueta más oscura que la noche misma. Lissette le perdió de vista pero el rechinar de una puerta le aviso que había sido engañada. Buscó rápidamente con la vista y descubrió a la Hermana Josefina entrando a su cuarto, al cuarto de Lissette, en el otro lado del patio. De algún modo la había burlado. Regreso hasta su cuarto, se acerco a la puerta y tomo la cerradura, pero no abrió. Retrocedió y esperó, hasta que un sonido emergiese, el que sea, de adentro del cuarto. Los minutos que pasaron fueron eternos. Todo sonido que pasaba en el aire ajeno a su cuarto, el foco de su atención, era ignorado. Lissette dejo de respirar incluso, y comando a su corazón a dejar de latir para poder escuchar al silencio romperse desde dentro. La Hermana estaba ahí dentro, ella la había visto entrar, y con el pasar de los minutos Lissette aprendió a escuchar hasta la respiración de la misma, y logro encontrar el ritmo del corazón también, y se dio cuenta que ahí adentro estaban dos personas, dos ritmos cardíacos distintos. Afino más el oído, y encontró la manera en que la respiración de ambas personas cambiaba, pero Lissette no iba a entrar hasta que oyera algo claro. De pronto un leve suspiro, el más liviano sonó, seguido de un aterrador alarido que sacó de sus camas a varias de las alumnas del pabellón. La puerta de pronto desapareció arrancada por la fuerza de Lissette queriendo entrar y ver, y viendo se quedo como Virginia con “El tallo de la rosa” penetraba ferozmente a la Hermana moviendo en todas direcciones el artefacto y objeto de placer como si fuera a morir si no fuese de ese modo. Gritaba la Hermana, moviendo las piernas, recibiendo descargas eléctricas, con el tallo de líneas rojas dibujando pétalos y tres espinas rasgando por dentro.

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