3 de febrero de 2012

El Cazador de Ceguas y El Tesoro de La Mocuana (I)

Mauricio Valdez Rivas.
Basado en Los cuentos de mi abuela

Cuentan los ancianos del Norte, que muy cerca de un pueblecito que está entre Estelí y Matagalpa, vivió, hace muchos años ya, un cazador de animales feroces, arrecho el hombre, no le tenía miedo a nada. Cazaba en un bosque cerca de dónde él vivía, había grandes árboles muy altos y frondosos, lo atravesaban barios ríos pequeños y la fauna era abundante.

Dicen que un día, como de costumbre, el cazador se fue al bosque, pero esa vez, todo estaba en absoluto silencio, los pájaros no se oían cantar, el viento no soplaba, los árboles inmóviles parecían tenebrosos, las quebradas estaban secas y los peces habían desaparecido, no se veía ningún animal. La gente del poblado comenzó a murmurar que tres malvadas brujas se habían despertado de un largo sueño y que por ellas el bosque estaba maldito.

Por las noches, muchos campesinos eran víctimas de las Ceguas, Micos Brujos y Chanchas Brujas. No son Chanchas Brujas, decía el cazador, son brujas chanchas.

El cazador estaba enojado y ya que no había más animales para cazar, decidió cazar a las Ceguas.

Una noche, a eso de las once, se escucharon unos alaridos que provenían del bosque, el cazador creyendo que se trataba de una víctima de las brujas, fue a rescatarla, se puso su cotona al revés, se amarró los pantalones con su cordón bendito de San Francisco y agarró su alforja que contenía granos de mostaza, y salió como quien se lo llevaba el diablo, siguió el sendero por donde se escuchaban los gritos, cuando llegó al lugar todo estaba en silencio, luego se oyeron tremendas carcajadas a su alrededor, el cazador sintió una palmada en su espalda, voltea y se ve frente a frente con una Cegua, su corazón palpitaba a todo mamón como tambor, era lo único que se escuchaba, por primera vez el cazador sintió miedo.

La Luna estaba llena, sus rayos de luz se filtraban entre las ramas secas de los tenebrosos árboles, el cazador pudo ver con claridad al espanto que vestía hojas de Chagüite, su cuerpo deformado, parecido al de una mujer era de cepa y su pelo de cabuya, de su boca salían grandes dientes de cáscaras de guineos. La Cegua ya estaba por atraparlo cuando éste sacó su cordón bendito y se lo tiró en su cara, la Cegua quedó paralizada, con gran rapidez el valiente cazador le amarró los brazos con unos bejucos, al rato la estaba halando, como si tratara a una mula. De pronto aparecieron dos Ceguas más y comenzaron a seguirlos. El cazador sacó de su alforja, los granos de mostaza y los lanzó al suelo, frente a las dos Ceguas, estas se detuvieron a recogerlos y así se escapó con su prisionera hasta llegar al poblado, allí en la plaza la amarró en una palmera de pijibai y le dijo:

—Cuando amanezca, todo el pueblo sabrá quién eres, y de seguro te darán una tremenda paliza.

— ¡Aaay! Dejame ir —dijo la Cegua adolorida con una voz cavernosa—, si me dejas libre te diré donde están tres tesoros, serás el hombre más rico del mundo.

Al cazador le pareció muy tentadora tal propuesta y después de pensar por un instante le dijo:

—Primero dime tal secreto y luego te suelto.

— ¿Eres a caso un hombre de palabra? —le preguntó la Cegua— ¿De verdad me vas a soltar?

—La palabra de un cazador vale por un millón que la de cualquier bruja. Vamos, habla ya —le dijo y la Cegua comenzó a hablar.

—El primer tesoro está en una gran cueva pasando el bosque maldito, el segundo; en la vieja ciudad de León y el tercero en una isla de dos volcanes que está en medio del Gran Lago.

El cazador la desató de la palmera, pero no de los brazos y le dijo:

—A medias te libero porque a medias me has dado la información.

—Yo te puedo decir cómo llegar al primer tesoro —dijo la Cegua— pero para llegar a los otros, les tendrás que preguntar a mis hermanas.

Se fue el cazador de regreso con la Cegua amarrada hacia donde estaban las otras, éstas permanecían recogiendo los granos de mostaza.

— ¿Cómo puedo llegar a esos tesoros ocultos de los que su hermana me ha hablado? —les preguntó el cazador con voz fuerte, pero no obtuvo respuestas.

Entonces volvió a sacar más granos de mostaza de su alforja y empuñándolos con el brazo extendido les hizo de nuevo la pregunta, y las Ceguas gritaron:

— ¡No por favor, no lo hagas! — y le dijeron todo lo que él debía saber para obtener los tesoros.

El cazador les arrojó unos cuantos granos, lo suficiente para poder escapar una vez más y se fue.

Las tres Ceguas le habían dicho cómo llegar a esos tesoros, y también cómo defenderse de los fantasmas que los custodiaban. El espíritu de la Mocuana era el primero en que se enfrentaría el valiente cazador.

Así, al día siguiente con su caballo llamado Cholenco, y se fue rumbo a encontrar el primer tesoro, llevaba en su alforja frascos de agua bendita, su inseparable cordón de San Francisco, y no olvidó llevar también una gran alforja vacía para traerla llena de oro.

Tomó como sendero el riachuelo seco que le habían indicado una de las Ceguas, llegó a un gran montículo de piedras cubiertas con vegetación, siguió hacia donde el Sol se oculta y al salir del bosque pudo notar a lo lejos una gran cueva. Ya estaba por llegar cuando escuchó una dulce voz que le preguntó:

— ¿Hacia dónde se dirige valiente señor?

Era una joven de apariencia indígena que estaba sentada en una gran piedra a orillas del camino. El cazador no le distinguía bien el rostro, pero podía verle su piel canela y su hermosa cabellera negra que le llegaba hasta sus bien formadas caderas, su vestimenta era escasa, lucía unos brazaletes y pendientes que brillaban bajo el resplandeciente Sol. La joven caminó hacia donde él estaba y por más que intentaba el cazador de verle el rostro, no podía, se bajó de Cholenco, y se restregaba los ojos como no dando crédito a lo que veía, o mejor dicho a lo que no podía ver. La indita lo abrazó y le dijo:

—Ven conmigo te llevaré a mi cueva.

El cazador se quedó mudo, la indita que era la Mocuana, todavía abrazándolo le preguntó:

— ¿Has visto a mi amado? ¿Por qué no ha regresado?

Con mucho esfuerzo el cazador se desató su cordón y lo puso alrededor de la indita, se escuchó un triste lamento y ésta desapareció ante la mirada perpleja del pálido hombre, que siendo un valiente cazador de Ceguas estaba más asustado por no poder hablar que por haberse topado con el fantasma de la princesa india, la Mocuana.

¡Eh! Que chiche me salió —dijo sacando pecho el cazador una vez que pudo hablar. Siguió caminando hasta llegar a la cueva, cuando entró no vio ningún tesoro, encendió una antorcha y buscó más adentro, pero sólo encontró un par de bolitas de oro, seguramente de algún collar y extrañamente un par de lentes empañados.

—Malvadas Ceguas –dijo enojado, y se fue con sus dos bolitas de oro y sus lentes en busca de los otros tesoros.

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