7 de febrero de 2012

El cuento de Martín Guerre

Rubén Darío

–¿Es un cuento? –preguntó la señora de Pérez Sedano.

–Una historia –contestó el viejo M. Poirier. Una historia que parece inverosímil. ¿Cómo es posible que una mujer, por muchos años de ausencia que hayan pasado, pueda confundir a su marido con otro hombre?

–Pérez Sedano, recién casado, feliz, sano y jovial, miró a su mujer.

– Imposible! –exclamó ésta poniendo a su vez en él una mirada significativa.

–Yo no conozco el caso –dijo una señorita de la tertulia.

–Pues lo voy a referir una vez más – agregó Mr. Poirier–, tal como lo leí cuando era estudiante de derecho, en el trabajo de Jean de Coras, titulado “De L´arrét mémorable du parlament de Toulouse, contenant une histoire prodigieuse”. Os aseguro que es interesante como una novela. Allá por el año de 1539, se casaron, muy jóvenes y bien enamorados, los llamados Martín Guerre y Bertrande de Rols, en Artigat, diócesi de Rieux, en Gascogne. Vivieron diez años dichosos –fijaos bien, ¡diez había tomado. A lo ocho años se presentó en el lugar un hombre completamente igual a él, él mismo tamaño, las mismas facciones, “las mismas señas particulares”: una cicatriz en la frente, un defecto dental, una mancha en la oreja izquierda, etc. Gran alegría para la mujer abandonada, que le acoge en sus brazos y en su tálamo, y todo fue a maravilla. Pero pasados tres años se supo que este marido de pega se llamaba Arnoult du thil, alias Pansette, que había saido embaucar a toda la gente y principalmente a la esposa de Martín Guerre. El cual se presentó a reclamar sus derechos, y de ahí el proceso. “De veinticinco a treinta testigos, nueve o diez aseguran que el impostor es Martín Guerre, siete u ocho que es Du Thil, y el resto, vacila. Dos testigos afirman que un soldado de Rochefort, no hace mucho tiempo, al pasar por Artigat, asombrado de ver a Du Thil pasar por Martín Guerre, dijo bien alto que era un engañador, pues Martín Guerre, estaba en Flandes, con una pierna de palo, por haber sido mutilado por una bala delante de St. Quentin en la jornada de St. Laurens. Pero casi todos declaran que el acusado, cuando llegó a Artigat, saludaba por su nombre a todos los que encontraba, sin haberlos visto ni conocido nunca. Y a los que decían no conocerle, les recordaba: “¿No te acuerdas cuando estábamos en tal lugar, hace diez, quince o veinte años, que hacíamos tal cosa, en presencia de Fulano, o hablamos tal otra?” Y aun, la primera noche, dijo a su pretendida mujer: “Vete a buscar más calzas blancas, forradas de seda blanca, que dejé en tal cofre cuando partí.” Allí estaban las calzas.

“La corte estaba en perplejidad grande, pero el bueno y poderoso Dios, mostrando que quiere siempre asistir a la justicia y para que un tan prodigioso hecho no quedase oculto y sin castigo, hizo que como por un milagro apareciese el verdadero Martín Guerre, el cual, llegado consignado por el soldado, presentó queja de la impostura. Los comisarios le pidieron en secreto alguna cosa más oculta de aquellas que ni uno ni otro había sido interrogado. Una vez que hubo declarado, se hizo venir al prisionero a quien se le hace el mismo interrogatorio. Respondió del mismo modo que el otro, lo que asombró a la compañía e hizo creer que Du Thil sabía algo de magia. “Había, en verdad, gran razón de pensar –dice, en sus curiosas anotaciones sobre este proceso, Jean de Coras, hombre desde luego profundamente instruido– había gran razón de pensar que este prevenido tuviese algún espíritu familiar. No hay que dudar de que entre las prodigiosas y abominables tiranías que Satán, desde la creación del mundo, ha cruelmente ejercido contra los hombres para enlazarlos y atraerlos a su reino, no haya tenido un gran almacén de magia, abierto tienda a tal mercadería, y dado de ella a infinitos hombres tan largamente que se hay hecho reverenciar de muchos con grande maravilla, persuadiéndoles de que todo es factible por medio de la virtud mágica.”

“Los comisarios hicieron venir a Bertrande, la cual, de pronto, después de haber puesto los ojos en el recién llegado, desolada y trémula como la hoja agitada por el viento, con el rostro bañado en lágrimas, corrió a abrazarle, pidiéndole perdón de la falta que, por imprudencia y llevada de seducciones, imposturas y cautelas de Du Thil había cometido y acusó a las hermanas de Martín, sobre todo, que habían demasiado fácilmente creído y asegurado que el prisionero era su hermano.

“El recién venido, habiendo llorado al encontrarse con sus hermanos, a pesar de los llantos y gemidos extremos de Bertrande, no mostró un solo signo de dolor o tristeza, y, al contrario, una austera y huraña continencia. Y sin dignarse mirarla, dijole: “Dejad aparte esos lloros de los cuales ni puedo ni debo conmoverme, y no os excuséis con mis hermanas, pues ni padre, ni madre, hermanos y hermanas no deben conocer a su hijo, o hermano, como la esposa debe conocer al marido, y nadie tiene más culpa que vos”. Sobre lo cual los comisarios intentarion acusar a Bertrande; pero, en este primer encuentro, no pudieron nunca ablandar el corazón de Martín, ni quitarle su austeridad.

“El impostor Du Thil, una vez descubierto, sufrió la siguiente sentencia: “La corte... ha condenado a Du Thil a hacer confesión honorable ante la iglesia de Artigat; y allí, de rodillas y en camisa, cabeza y pies desnudos, con la cuerda al cuello y teniendo en sus manos una antorcha de cera ardiente, pedir pedón a Dios, al rey y a la justicia, a los dichos Martín Guerre y Bertrande. Y esto hecho, será Du Thil entregado en manos del ejecutor de la alta justicia, que le hará hacer las vueltas por las calles y lugares acostrumbrados del dicho lugar de Artigat; y, la cuerda, al cuello, lo llevará ante la casa de Martín Guerre, para allí, en una horca, ser colgado y estrangulado, y después quemado su cuerpo... Pronunciado el 12º. Día de septiembre de 1560.”

“El condenado, llevando de la conserjería al lugar de Artigat, fue oído por el juez de Rieux, delante el cual confesó largamente su culpa. Sin embargo, declaró que lo que le había dado la primera ocasión al proyectar su empresa, había sido que siete u ocho años antes, a su vuelta del campo de Picardía, algunos lo tomaban por Martín Guerre, del cual habían sido íntimos amigos y familiares, y considerando que así podrían equivocarse muchos otros, se le ocurrió inquirir e informarse, lo más cautamente que pudiera, de la profesión de Martín, de su mujer, de sus parientes, de lo que él solía decir y hacer antes de irse; negando siempre, sin embargo, ser nigromante, ni haber usado encantos, encantamientos o alguna especie de magia. Por lo demás, confesó haber sido fort mauvais garnement de todas maneras. Estando para subir a la horca, pidió perdón a Martín y a Bertrande, con grandes muestras de arrepentimiento y detestación de su hecho, pidiendo a gritos a Dios misericordia por su hijo Jesucristo. Y fue ejecutado, colgado su cuerpo y después quemado.

¡Interesantísimo! –exclamaron todos.

–Y pensar –dijo con cierto retintin la ácida Mme. Poirier– que tal vez habría congeniado mejor con el otro!

–Por lo que toca a mi mujercita –concluyó Pérez Sedano– creo que, por mucho que hiciera el impostor, jamás me confundiría con otro...

Y la señora de Pérez Sedano aprobó riendo lo que decía su marido; pero se puso toda ruborosa como una rosa... 

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