8 de febrero de 2012

Enriqueta

Rubén Darío

(Página oscura)

I

Está agonizando la pobre niña, no lejos de mí. Ayer no más, la he visto en el Colegio de Sión; morena entre las blancas, humilde entre las orgullosas, pequeña entre las opulentas. Pero tenía suavidad natural, inteligencia vivaz, y una de las buenas religiosas me habló con amor y sentimiento de aquella tierna esperanza.

Está agonizando. La fiebre la quema y la martiriza, y, en tanto que le emblanquece el rostro, le pone las manos convulsas. Vengo de verla. ¡Qué dolor da al alma ese cuerpecito que padece! Cuerpo de doce años, que acaba de recibir el primer halago de la pubertad; alma de doce años que acaba de sentir dos cosas divinamente incomparables: ¡la ilusión y la fe!

II

En medio del paraíso del ensueño, la sorprendió el pálido espíritu del sepulcro. ¿Se la lleva Dios porque la prefiere? El verso pagano y la creencia católica se juntan en mi mente. ¡La muerte es tan terrible cuando llega delante del sagrado candor de la florida juventud! La edad de doce años la conoce Céfiro, la conoce Psiquis. Es la edad en que florece el primer botón del limonero. La paloma que vuela por primera vez es hermana de la niña que cumple doce años.

III

¡La niña se muere! La madre está llorando. Dice:

–¡Ay mi hijita! –Y se le desgarra el corazón. No puedo poner artificiosas frases en este capítulo.

No puedo hacer prosa que no me salga de lo hondo del corazón.

Lo que escribo ahora es lo que miro y lo que siento. Sufro con la desgraciada mujer que ve a su niña lívida y agonizante; sufro con los que la ven morir; sufro por ese capricho de la muerte, que corta una flor nueva para echarla al negro río que no sabe adónde va.

IV

Pero todo poeta –si no la tiene, debe robarla– posee la fe sublime y admirable. Y yo, el último de todos, pongo, cuando muere esta inocente, en su tumba, las flores de la Esperanza, que brotaron por primera vez en el paraje donde se plantó la Cruz de Cristo.

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