8 de febrero de 2012

Gerifaltes de Israel

Rubén Darío

I

En el parlor hay cuatro pequeños escritorios. Todos ellos están ocupados, desde por la mañana, por cuatro pasajeros, en cuyas faces se distingue un signo de raza: se pensaría que son extraídos de la menagerie de Drumont.

Cerca, unos cuantos conversamos.

Todas las cuatro cabezas de los hombres que escribían, se alzaron, y miraron hacia nuestro grupo. La prueba estaba hecha. Eran cuatro cabezas llenas de salud fuerte, de un rosado subido; aspectos de aves de rapiña, con las narices curvas y los ojos de persecución. Esos comerciantes, esos exploradores de presa, se velan que estaban poseídos por su demonio ancestral, y que antes que en la sinagoga, tenían su culto en la banca, en las casas áureas de Francfort, de Viena, de Berlín, de París, de Londres. Eran cuatro gerifaltes enviados por los grandes aguiluchos y gavilanes de Europa a buscar caza en América.

Y cada cual, en la conversación, expresó su reflexión, o contó su anécdota, o dijo su cuento humorístico.

II

–Hay uno muy conocido –dijo alguien–. Una vez iban en un pequeño barco que llevaba una carga de naranjas, como pasajeros, un negrito y un judío. Sobrevino una fuerte y amenazadora tempestad. Y fue preciso, después de mucho bregar con el tiempo, aligerar la carga. El patrón echó al agua las naranjas. Luego un banquito de madera. Luego al negrito. Luego al israelita. Y sucedió que una vez pasada la tempestad, fue pescada, en la costa, una gran bestia marina. Y al abrirle el vientre, se encontró al judío, sentado en el banquito, y vendiendo las naranjas al negro.

–A la verdad, estas gentes fueron obligadas por la necesidad a hacer que se cumpliesen las profecías y que Israel fuese dueño del mundo, con todo y ser abominado y perseguido. Se les miró peor que a los leprosos, se les abominó, se les echó de todas partes, se les condenó al gheto, a la esclavitud y aun a la hoguera. Se les prohibió la tierra. Ellos encontraron entonces su campo en el dinero; fueron avaros y hábiles, y Shylock afiló su indestructible cuchillo. Y a medida que la civilización ha ido avanzando, el poderío de esa raza maldecida, pero activa y temible, se ha ido aumentando, a medida que ha ido en crecimiento la rebusca del oro, la omnipotencia del capital y la creación de una aristocracia cosmopolita, de universal influencia, cuyos, pergaminos son cheques y cuya supremacía ha invadido todas las alturas, halagando todos los apetitos.

He ahí la obra de los halcones de Manmón, de los gerifaltes de Israel.

III

Los cuatro israelitas se habían levantado y habían dejado, en signo de posesión, sus cartapacios sobre las mesas de escribir. Se paseaban fumando gruesos cigarros, hablando en voz alta, haciendo grandes gestos y ademanes y caminando a zancadas, con sus largos y anchos pies. Y hablan en ellos una animalidad maligna.

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