1 de febrero de 2012

A las orillas del Rhin

Rubén Darío.

A las orillas del Rhin, bajo el brumoso cielo de Alemania, existen aún las ruinas de un viejo castillo feudal. Unas cuantas paredes grietosas han quedado de los macizos torreones; ahí está el foso también cerrado, y aún se advierten vestigios de la ventana por donde salió la linda Marta de los ojos azules.  

¡Ah!, ésta es una historia muy bonita. Estáme atenta, Adela, tú que eres tan amiga de los cuentos preciosos; sobre todo de aquellos en que resplandece el amor y refrescan el espíritu con la dulzura de sus encantos.

El blasón del caballero Armando luce una mano de hierro y un castillo en campo de azur; la razón de esto es que, andando de caza el rey Othón cabalgando en un briosísimo potro, desbocósele la caballería y en carrera veloz llevólo hasta la orilla de un precipicio, y habría seguramente perecido el monarca si el brazo nervudo del caballero Armando, que a buena sazón cercano se encontraba, no le da apoyo dominando al bruto y sacando al poderoso señor del peligro de una muerte segura.

Es, pues, el caballero Armando la flor de los valientes y la nata de los nobles mancebos de su país. Joven aún, se ha ajustado la armadura y ha empuñado la lanza y se ha arrojado a reñidísimos combates.

Bello es su rostro delicado al par que varonil; y a esa envidiable gallardía reúne un corazón de fuego y una inteligencia singular. Que es de verle, sobre los lomos de su caballo, fuerte como un roble y airoso y elegante con la lanza en la cuja y al escudo en el brazo siniestro, mientras que el corcel, crespando las espesas crines, caracolea como orgulloso de la carga que lleva, que tan preciada es.

Presea de la corte de Othón es la garrida Marta, ante cuya belleza rinden tributos de admiración todos los que llegan a mirarla. En su cabellera, rubia como la aurora, dejan los amorcillos exquisitas gracias prendidas de los bucles; en sus azules ojos chispean llamas misteriosas que denuncian la hoguera de un corazón ardiente; en sus mejillas hicieron consorcio las rosas y los jazmines, y de su boca, clavel entreabierto, manan deliciosos aromas y palabras de miel.

Su padre, viejo de setenta años, es uno de los que componen el Consejo de doce ancianos que deliberan en el palacio de Othón. Grande es la influencia que este antiguo ejerce en el ánimo del rey; y siempre su palabra fue oída con respecto por todos, que al par de su experiencia se levantaba su sabiduría. Había dado muerte en tiempos pasados, y en duelo terrible, a un noble germano con quien rivalidades especiales le pusieron en discordia. Este noble germano que sucumbió en lucha con el padre de Marta, éralo del caballero Armando.

La linda Marta vio una vez en la corte al caballero Armando y quedó prendada de su gallardía. El mancebo por su parte, al contemplar las singulares gracias de la hermosa, adamado quedó de la altiva rica fembra.

Cayóse del pecho de la dama una flor que prendida llevaba, y, viéndola el caballero, corre, toma la flor, y en un arrebato y locura incomprensibles la besa antes de ponerla en manos de su elevada dueña. Toda ruborosa y confundida, Marta no se dio cuenta de aquel percance y, bajando los ojos, las tintas de la flor de granada tiñeron su faz. Arrugo el entrecejo el anciano padre de la doncella y lanzó al joven una mirada terrible. Al día siguiente Marta había desaparecido de la corte. El viejo se la había llevado a un castillo que tenía en un feudo de las riberas del Rhin.

Desesperado el caballero Armando no se daba un punto de descanso y por todas partes inquiría el paradero de su dulce amor. Llegóse a las gradas del trono del soberano y le dijo así:

–Señor, vos sois poderoso y conocéis mi afecto para vos; he defendido vuestros reinos, os he servido como bueno y creo merecer vuestras gracias y tener derecho a demandaros favores . Habéis de saber, señor, que yo amo a la hija del matador de mi padre, ella me ama también, porque, aunque sus labios no me lo han dicho, sus ojos no me han mentido. Pero su padre se opone a esta pasión; y con la más ligera muestra que de mi amor he dado a la doncella, y que él ha visto, hásela llevado no se sabe adónde para que a mis miradas esté escondida. Haced, señor, que el duro acero de la voluntad del anciano se doble al peso de vuestra palabra; y si lograseis darme la posesión de mi amada, imaginaros cómo sería para vos mi gratitud; que soy, no lo dudéis, el más fiel de todos vuestros numerosísimos vasallos.

–Larga pieza estuvo el rey silencioso y pensativo, después de escuchar el discurso de Armando; pero, rompiendo la valla de su silencio, respondió al joven de esta manera:

–Yo os aseguro ¡oh valiente y noble caballero! que es empresa difícil el domeñar los sentimientos de ese anciano funesto para vos. Yo propio le hablaré, y si mi poderío no alcanza a doblegar su firmeza, abandonad el seguimiento de vuestro propósito. Mil mujeres hermosas son gala de mi corte; escoged entre todas una que os haga olvidar a la que os ha tomado esclavo de sus bellezas; pues juzgo inquebrantable la resolución del primer anciano de mi Consejo.

Desconsolado se retiró el caballero Armando, y el rey meditabundo quedóse en su trono.

Al siguiente día volvió el joven donde Othón; y éste, pesaroso, le dijo que la voluntad inquebrantable del viejo era impedir de todos modos el amor de Armando y de su hija. Armando aparejó su caballería, y sin rumbo lanzó su corcel a todo escape, hiriéndole los ijares con las agudas espuelas.

En un castillo que en su barbacana ostenta el blasón del dueño cuyo es, hay una ventana que da al río caudaloso, y a la que se asoma la linda Marta, cautiva de su padre, a llorar todas las tardes su perdido amor, cuando el sol pinta de vivos colores la nieve que corona las altas montañas, y refleja sus opacas luces en la corriente ancha del Rhin. Apoyada en el alféizar, brota lágrimas la dolorida enamorada y piensa en el caballero que le robó el corazón, interrumpida sólo por el ruido de las barcas de los pescadores que al son del remo echan sus redes a la luz de la tarde. En una muy apacible, estaba la doncella triste mirando las aguas y derramando lloro, cuando dióle un vuelco el corazón al ver aparecer entre los árboles de la opuesta orilla un caballero armado de todas armas, al parecer errante y a la ventura, que al mirar en la ventana a la bella joven dio muestras del más vivo gusto, y alzándose la visera que le cubría el rostro, lanzó un grito de intenso placer. Poco faltó para que presa de un desmayo se viese Marta, pues reconoció en aquel caballero al gentil y valeroso Armando. Fuese éste a la choza cercana de un pescador y pidióle hospedaje, que le fue concedido; y a los últimos rayos del sol, escribió con la punta de un puñal en la corteza de un árbol ciertas palabras. Ajustó a una flecha la corteza en que había escrito, y poniendo en comba el arco, lanzó el hierro, que fue a clavarse en la madera de la ventana. Una mano blanca y delicada tomó la flecha, y unos ojos azules y húmedos leyeron en la corteza algo que era un anuncio de libertad.

Más de la medianoche sería cuando de la choza del pescador en que estaba el caballero Armando salieron dos personas; se dirigieron a una barca, y ya en ella, moviendo los remos silenciosamente, surcaron las aguas del río y llegaron hasta tocar el grueso y mojado paredón de la fortaleza feudal. Irguióse uno de los que iban en la barca y dio un silbido que imitó el de un pájaro. Inmediatamente se abrió la ventana del castillo, y a lo largo del muro se extendió una escala de seda; por ella subió el que había silbado y después bajó con una carga preciosa que depositó en la embarcación.

–¡Armando!

–¡Marta!

Se oyó el ruido de un beso; y, siguiendo la corriente del caudaloso Rhin, se deslizó la barca ligera y silenciosa.

Ya comprenderás, Adela, que los tres que van a merced de las aguas no son otros que el caballero Armando, la linda Marta y el pescador.

Poco después de la fuga de los amantes, turbó el silencio del castillo una algazara espantosa; los halconeros enanos y rechonchos gritaban; los siervos de la mesnada corrían de un lugar a otro, y el guardián del recinto, viejo escudero del padre de Marta, buscando por todas partes a la doncella, repartía a todos ellos sendos golpes.

Viendo que no se hallaba en el castillo, y habiendo advertido en la ventana la escala de seda, mandó echar embarcaciones al río; y él y todos los guardas de las torres se lanzaron en persecución del raptor y de la dama.

La aurora rubicunda empezaba a abrir sus párpados sonrosados y a enseñar el encanto de su lindo rostro, y a vestir de luz la copa de los altos pinos de los bosques. ¡Allá va el esquife de los amantes! Boga, boga, remero, que a los lejos se distinguen unas barcas, y quizá son perseguidores de los enamorados.

En dulce coloquio embriagador y radiantes de pasión iban Marta y Armando el caballero, cuando se miraron de pronto rodeados de las gentes del castillo que en su busca iban.

–¡Tenéos! –gritó el celoso guardián alzando un venablo y apuntando al caballero.

–¡Boga! ¡Boga, remero! –decía aquél apretando contra su pecho a la hermosa joven, que, toda asustada, temblaba como una hoja al soplo del viento.

Lanzó el hierro el guardián furioso contra el valiente joven, con gran fuerza; mas resbalando por la fina coraza del armado caballero, fue a clavarse en el blanco seno de la linda Marta.

Un grito de horror salió de todos los pechos.

De la roja herida brotó un chorro purpúreo; y pálida y moribunda, abrazándose al mancebo, sólo pudo decir la desgraciada doncella:

–¡Amor mío!...

Ciego, loco y arrebatado, el joven Armando la estrechó fuertemente, le dio un beso en la boca y dijole así:

–Ya que nuestro amor no pudo ser en la tierra, yo te seguiré para que sea en el cielo.

Después la alzó en sus brazos y se precipitó con ella en el río. Las aguas tranquilas recibieron a los amantes, se tiñeron de sangre, luego... no se vio nada más.

Algún tiempo después murió el anciano padre de Marta encerrado en su castillo; y los trovadores hallaron buen asunto en el suceso para cantar baladas a las lindas mujeres.

Sólo quedan ruinosos vestigios de la feudal mansión; y el recuerdo de aquellos hechos corre de boca en boca entre los habitantes de la brumosa Germania.

Este es, graciosa Adela, el cuento que te había ofrecido; vago y nebuloso como las orillas del Rhin.

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