3 de febrero de 2012

¡A poblá!

Rubén Darío.

El hombre, fatigado, descuidado, con una indumentaria lamentable, está delante de mí. Se aflige, se exalta, maldice su suerte. Yo lo he conocido en Europa. Vivía la vida precaria de los intelectuales pobres y medianos. Hacía, mal que bien, su periodismo. Esperaba su turno para colocar un artículo sin pretensiones o unos versos honestos en ilustraciones populares de homeopáticos emolumentos. Pero, en fin, vivía, más o menos a dieta, con su familia, porque el infeliz se había casado. Luego, le había dado por las ideas de renovación social, y por hablar mal de los prohombres de la prensa y el congreso. . .! Un desastre! Y un buen día, a fuerza de leer que Buenos Aires es una Jauja, en donde las calles están empedradas con libras esterlinas, y que la gente se hacía millonaria dando conferencias, y que se necesitaban europeos para poblar -¡gobernar es poblar!-; nuestro sujeto dejó a su mujer y a sus hijos y se lanzó a los desconocido prometedor, sin más bagaje que su disposición para hacer artículos sin pretensiones y versos honestos. Y así desembarcó un día en la gran urbe argentina, inmigrante intelectual, como él decía. Traía algunas vagas recomendaciones, y ellas le hicieron pensar en l'assiette au beurre, en el empleo público; pero se encontró con que todas las reparticiones le estaban cerradas las puertas.

Y ahora quiero volverme a Europa. Llevo ya un año de luchas. No he podido hacer nada. En los diarios no se me acepta de ninguna manera y ésa era mi principal esperanza.

¡Con decirle que estaba mejor allá!

Señor le dijo, ¿conoce usted el caso del marqués de Apezteguía? El marqués de Apezteguía era un gran señor español que fue a Cuba en tiempos de la dominación peninsular, hace largos años. Era poseedor de una gran fortuna y procuraba el bien y el mejoramiento de la isla bella a donde fuera a establecer su residencia. Por aquel tiempo se empezaba a escribir mucho sobre asuntos de inmigración. Se decía que para el progreso de la agricultura y de la riqueza cubana en general, lo primero que había que hacer era poblar. Y sobre la necesidad de poblar se escribían sendos editoriales y artículos de colaboración en todos los periódicos habaneros. La propaganda fue firme, y se insistió de manera que el marqués de Apezteguía se contagió del entusiasmo general, y, con sus propios medios de fortuna, hizo llegar de España un buen número de familias andaluzas; pues entonces todo era lo mismo y no se habían probado las excelencias de la inmigración vasca, asturiana, gallega, etcétera. Llegaron a la Habana las referidas familias, y el marqués para alojarlas, hizo poner carpas, a lo largo de la costa, frente al espléndido y agitado mar de las Antillas.

Los primeros días pasaron en el descanso del viaje. El noble señor hizo distribuir vituallas, y ellas se consumían, regadas por animadores vinillos de la patria. Las guitarras se hacían oír, y el viento marino llevaba en sus soplos ecos de peteneras, de soleares, de malagueñas, y de todo repertorio de la tierra asoleada y vibrante de Andalucía. Y aquello era alegría perenne y juerga continua. Pasados algunos días, el marqués se dijo que ya habían descansado y se habían divertido lo suficiente sus bulliciosos colonos. Así es que se dirigió a una de las carpas, para hablar con uno de los que hacían cabeza en el grupo inmigrante. 

Fulano le dijo, me parece que ya es tiempo de que vayan ustedes a hacerse cargo de sus tareas. Tengo dispuesta ya la partida de todos para el campo. A trabajar, pues, a trabajar.

¿A qué? dijo asombrado el andaluz. Pues nosotros no vamos, porque no hemos venido para eso.

¿Y a qué entonces, hombres de Dios?

¡Pues a poblá!

No dice la historia lo que resolvería el marqués con aquellas buenas gentes que habían ido simplemente a poblar. Mas la moraleja del sucedido está clara. Usted, mi excelente señor, ha creído que a la Argentina se viene "a poblá"... Y el caso es que lo que se necesita y se desea son hombres que vengan, no solamente a poblar, sino a trabajar. Y a trabajar no en el sentido intelectual, que ya ha producido en la gran capital su considerable proletario, sino a trabajar las tierras, a hacer producir a la pampa alfalfa y trigo. Jauja existe, pero allá adentro, y hay que contar con el esfuerzo constante, y como en todas las cosas, sobre todo, con la buena suerte. Sí, ya sé que usted me señalará casos de artistas, de escritores, de periodistas y aun de algún poeta, que se han sacado el gordo, que han hallado terreno propicio en esta pródiga república; pero éstas son excepciones y han contado o con talentos singulares o bien con apoyos valiosos que les han abierto el camino del bienestar y aun de la relativa fortuna. Y ésos han tenido y tienen que laborar con toda su voluntad y sus potencias, pues la competencia se impone y hay que estar siempre alerta y despierto sobre los laureles conquistados y el puesto conseguido. Las profesiones liberales... Recuerdo que, cuando yo era secretario de un caballero que dirigía una repartición en Buenos Aires, llegaban abogados y doctores en letras ¡inmigración intelectual! a solicitar, muy bien recomendados, aunque fuese un simple empleo de cartero... De éstos ha habido que no han creído absolutamente preciso quedarse en la capital para aumentar la población, poder ir a los teatros y diversiones y ejercer la esgrima financiera. Se han ido a la provincias, a la campaña, han laborado con actividad, echando a un lado diplomas y títulos; se han hecho arados y sembradoras, y Jauja ha venido a su encuentro... Después han cumplido con el deseo de los andaluces del marqués de Apezteguía, se han dedicado a poblar... A fabricar argentinos para mañana, argentinos que harán nuevos pueblos y nuevas ciudades. Fíjese usted cómo se creyó por largo tiempo que los judíos -a pesar de lo que dicen ciertos pasajes del Talmud- eran incapaces de cultivar la tierra y dedicarse al pastoreo; y gracias al barón Hirsch, se ha demostrado lo contrario en las colonias que ha revelado con tan admirable pluma el talento de Alberto Gerchunoff. ¿Por qué no se va usted a probar fortuna, a hacer lo que han hecho los judíos? ¿Por qué no se hace usted colonizar por el señor Blasco Ibáñez, ese ilustre almogávar que enseña con el ejemplo la energía y que pospone las letras a más prácticas empresas?... Usted debe tener aspiraciones, puesto que abandonó el nacional cocido y siguió la senda de los conquistadores... Usted ha oído hablar o ha conocido a los bravos indianos que después de venir en tercera clase y de pasar, como dice usted mismo, las de Caín, han vuelto a su tierra , llenos de millones, y han regalado hospitales, o escuelas, a sus pueblos. Y aunque sean vistos de una manera especial, tienen consigo la bella leyenda del hombre que salió pobre de su terruño y volvió rico de las ciudades fabulosas del otro lado del mar... ¿No le tienta a usted llegar a ser indiano, y cambiar por pingües acciones y títulos las prosas sin pretensiones y los honestos versos? Yo le aseguro que si Dios no me hubiera llevado por otras vías, y si no fuese ya un poco tarde para empezar... ¿Ha visto usted los últimos versos de Eduardo Talero? Eduardo Talero es un gentil poeta lleno de cordura. ¿Usted cree que no los hay? Los hay, sí señor. Talero dejó los bullicios y las agitaciones de esta gran capital, que va para muy más allá que todas las Babilonias, y se dedicó a la sana y tranquila existencial rural.

¿Quiere usted oír bellas cosas? Oiga:

...Al bullicio y las pompas renuncié desde entonces en busca de esta vida, sin fanfarrias ni bronces, que llevo en el desierto, donde ya demagogo no soy, ni por patrañas jurídicas abogo.

Mi corazón ¡el pobre! Averiado del mundo buscó es este remanso del silencio profundo ritmo que modelara la escoria de mis ruinas en los arcos triunfales de estas bellas colinas; o al menos, en la curva de una tumba rural que es ¿por qué no decirlo? postrer arco triunfal.

Aquí soy de mis perros y caballos bienquisto y, aunque huyo de los hombres, me allego a Jesucristo por este humilde trato con sedientas espinas y con la cruz joyante de las noches fueguinas.

Aquí, por obra y gracia de la melancolía me admite en su reinado de luz la fantasía, y en las hialinas torres del cielo patagón, miro los signos que hace nuestro azul pabellón; en los barbechos grises labro mi pan y vino, o filtro de los vientos del jugo cristalino para que el sentimiento sus élitros eleve hasta las soledades piadosas de la nieve...

Y la hermosura lírica continúa siendo al propio tiempo lección y ejemplo de verdadera sabiduría. Dígame usted, señor si no es tentador ir a formar el hogar como esa poeta, como ese filósofo, que es al mismo tiempo un comprendedor de la vida, ir a formar el hogar en recónditos parajes, en donde la naturaleza es la colaboradora del trabajo, en la producción del bienestar, de la comodidad, de la riqueza. Pero para ello hay que tener voluntad y decisión y olvidar un poco y aun mucho la tinta de la imprenta, los halagos de la ciudad, las orillas del Río de la Plata en donde no caben las carpas andaluzas del marqués de Apezteguía... Y así, o se vuelve usted a su tierra vieja, a seguir con las sabidas prosas y los consabidos versos, o se mete, con alma y corazón, tierra adentro, convencido de que ha venido a trabajar, y no "a poblá"...

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