13 de marzo de 2012

Morbo et umbra


Rubén Darío

Un hombre alegre vende los ataúdes en el almacén de la calle cercana. Suele decir a los compradores unas bromas muy a tiempo que le han hecho el más popular de los fúnebres comerciantes.

Ya sabéis que la alfombrilla ha devastado en medio mes todo un mundo de niños en ciudad. ¡Oh, ha sido horrible! Imaginaos que la muerte, cruel y dura, ha pasado por los hogares arrancando las flores.

Ese día la lluvia amenazaba caer. Las nubazones plomizas se amontonaban en la enorme forma de las vastas humaredas. El aire húmedo soplaba dañino desparramando toses, y los pañuelos de seda o lana envolvían los pescuezos de las gentes higiénicas y ricas. ¡Bah! El pobre diablo tiene el pulmón ancho y sano. Se le da poco que una ráfaga helada le ataque, o que el cielo le apedree con sus granizos las espaldas desnudas y morenas por el sol de verano. ¡Bravo roto! Su pecho es roca para el mordisco de la brisa glacial, y su gran cabeza tosca tiene dos ojos siempre abiertos soberbiamente a la casualidad, y una nariz que así aspira el miasma como el viento marino oloroso a sal, que fortifica el pecho.

¿A dónde va ña Nicasia?

Hela ahí que pasa con la frente baja, arropada en su negro manto de merino basto. Tropieza a veces y casi se cae, así va andando ligero.

¿A dónde va ña Nicasia?

Camina, camina, camina, no saluda a los conocidos que la ven pasar, y parece que su barba arrugada, lo único que se advierte entre la negrura del tapado, tiembla.

Entró al despacho donde hace siempre sus compras, y salió con un paquete de velas en la mano, anudando la punta de un pañuelo a cuadros donde ha guardado el vuelto.

Llegó a la puerta del almacén de cosas mortuorias. El hombre alegre la saludó con un buen chiste:

–¡Eh! ¿Por qué con tanta prisa, ña Nicasia? ¡Se conoce que busca el dinero!

Entonces, como si le hubiesen dicho una dolorosa palabra de esas que llegan profundamente a conmover el alma, soltó el llanto, y franqueó la puerta.

Gimoteaba, y el vendedor con las manos por detrás se paseaba delante de ella.

Al fin pudo hablar. Le explicó lo que quería.

El niño ¡ay!, su niño, el hijo de su hija, ¡se había enfermado hacía pocos días de una fiebre tan grande!

Dos comadres había recetado y sus remedios no habían hecho efecto. El angelito había ido agravándose, agravándose, y por fin esta mañana se le quedó muerto en los brazos.

¡Cuánto sufría la abuelita!

–¡Ah!, señor, lo último que le quiero dar a mi muchachito: un cajón de aquellos; no tan caro; debe ser forrado en azul con cintas rosadas. Luego un ramillete de flores. Yo le pagaré al contado. Aquí está el dinero. ¿A ver?

Ya se había secado las lágrimas, y como llena de resolución súbita, se había dirigido a escoger el pequeño ataúd. El local era estrecho y largo, como una gran sepultura. Había aquí, allá, cajones de todos los tamaños, forrados en negro o en colores distintos, desde los que tenían chapas plateadas, para los parroquianos ricachones del barrio, hasta los sencillos y toscos, para los pobres.

La vieja buscaba, entre todo aquel triste agrupamiento de féretros, uno que fuese, para ella, digno del cadavercito amado, del nieto que estaba pálido y sin vida, en la casa, sobre una mesa, con la cabeza rodeada de rosas y con su vestido más bonito, uno que tenía en labor gruesa, pero vistosa, pájaros violeta, que llevaban en el pico una guirnalda roja.

Halló uno a su gusto.

–¿Cuánto vale?

El hombre alegre, paseándose siempre con su risa imborrable:

–Vamos, que no sea usted avara, abuelita; siete pesos.

–¿Siete pesos? ... No, no, es imposible. Vea usted: cinco traje, cinco tengo.

Y desanudaba la punta del pañuelo, donde sonaban con ruido falso las chauchas, (Moneda de veinte centavos) febles.

–Cinco, Imposible, mi señora. Dos pesos más y es suyo. ¡Bien quería usted al nieto! Yo lo conocí. Era vivo, travieso, diablazo. ¿No era el ruciecito?

Si, era el ruciecito, señor vendedor. Era el ruciecito, y usted le está partiendo el corazón a esta anciana flaca y dolorida. Era el vivo, el travieso, el que ella adoraba tanto, el que ella mimaba, lavaba y a quien le cantaba, haciéndole bailar sobre sus rodillas, de tibias salientes, canturrias del tiempo viejo, melopeas monótonas que hacen dormirse a los niños. ¡Era el ruciecito, señor vendedor.

–Seis.

–Siete, abuela.

–¡Y bien! Ahí le dejaba los cinco pesos que había traído. Después le pagaría los otros. Era ella mujer honrada. Aunque fura preciso ayunar, le pagaría. El la conocía bien, se lo llevó.

A trancos rápidos iba la vieja con el cajón a cuestas, agobiada, respirando grueso, el manto desarreglado, la cabeza canosa al viento frío. Así llegó a la casa. Todos encontraron que el cajón era muy bonito. Lo veían, lo examinaban; ¡qué precioso!, y en tanto la anciana estaba besando al muerto, rígido sobre sus flores, con el cabello alborotado en parte, y en parte pegado a la frente, y en los labios un vago y enigmático rictus, como algo de la misteriosa eternidad.

Velorio no quiso la abuela. Lo quisiera tener a su niño; pero, ¡no así, no, no, que se lo lleven!

Andaba de un lugar a otro. Las gentes del vecindario que habían llegado al duelo charlaban en voz baja. La madre del niño, con la cabeza envuelta en un pañuelo azul, hacía café en la cocina.

En tanto la lluvia cayó poco a poco, cernida, fina, molesta. El aire entraba por puertas y rendijas y hacía moverse el mantel blanco de la mesa en que el niño estaba; las flores a cada ráfaga temblaban.

El entierro debía de ser en la tarde, y ya la tarde caía. ¡Qué triste! Tarde de invierno, brumosa, húmeda y melancólica, de esas tardes en que los rotos acomodados se cubren los torsos gigantescos con las mantas ásperas y rayadas, y las viejas chupan el carrizo de su mate, sorbiendo la bebida caliente que suena con borborigmos.

En la casa vecina cantaban con voz chillona un aire de zamacueca; cerca del pequeño cadáver, un perro sacudía las moscas con las orejas, cerrando los ojos apaciblemente; y el ruido del agua que caía a chorros escasos por intervalos, de las tejas al suelo, se confundía con un ligero chasquido que hacía con los labios la abuela, que hablaba consigo misma sollozando.

Tras de las nubes de la tarde opaca bajaba el sol. Acercábase la hora del entierro.
Allá viene un coche bajo la lluvia, un coche casi inservible, arrastrado por dos caballos tambaleantes, hueso y pellejo. Chapoteando en el lodo de la calle llegaron a la puerta de la casa mortuoria.

–¿Ya? –dijo la abuela. Ella misma fue a poner el niño en el ataudecito; primero un colchón blanco de trapos, como se cuidase de no lastimar, de que estuviese el pobre muerto con comodidad en la negra tiniebla de la sepultura. Luego, el cuerpo; luego, las flores, entre las que se veía la cara del niño, como una gran rosa pálida desvanecida. Se tapó el ataúd.

Señor vendedor, el travieso, el ruciecito, ya va para el camposanto. Siete pesos costó el cajón; cinco se pagaron adelantados: ¡Señor vendedor, la abuela, aunque ayune, le pagará a usted los dos que le faltan!

Apretaba el agua; del charol del vehículo descascarado y antiguo caía en gotas sobre el fango espeso, y los caballos con los lomos empapados humeaban por las narices, y hacían sonar los bocados entre los dientes.

Dentro, las gentes concluían de beber café.

Tac, tac, tac, sonaba el martillo acabando de enterrar los clavos de la tapa. ¡Pobre viejecita!

La madre debía ir sola al cementerio a dejar al muerto; la abuela le alistaba el manto.

–Cuando lo vayan a echar al hoyo, dale un beso al cajón por mí, ¿oyes?

Ya se va, ya han metido al coche el ataúd, y ha entrado también la madre.

Más y más arrecia la lluvia. ¡Help!, sonó el huascazo (Latigazo) y se fueron calle arriba los animales arrastrando sobre la tierra su armatoste.

La vieja, entonces, ¡ella sola!, asomó, asomó la cabeza por una de las aberturas de la pared cascada y ruinosa; y viendo perderse a lo lejos el coche maltrecho que rengueaba de bache en bache, casi formidable en su profunda tristeza estiró al cielo opaco sus dos brazos secos y arrugados, y apretando los puños, con un gesto terrible ¿hablaría con alguna de vosotras, oh, Muerte, oh Providencia? –exclamó– con voz que tenía de gemido y de imprecación:

–¡Bandida! ¡Bandida!...

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