13 de marzo de 2012

Paz y paciencia


Rubén Darío

Como hubiese caminado por varios días entre valles y florestas en donde vi maravillosas visiones, advertí de pronto que la tierra que hollaban mis pies era ya blanca como la sal o la nieve pura, ya rosada, de un rosa suavísimo que encantaba con su color. Como he leído en el Cavalca de una tierra semejante, comprendí que había llegado a los alrededores del Paraíso terrenal; el cual, como es sabido, existe sobre este mundo, tan lleno de delicias como cuando lo creó la palabra del Señor antes de la locura de Adán. Y más se afirmó mi creencia, al ver una ancha puerta de oro adornada con flores rarísima y de dulces olores, las cuales tenían tal vida como si estuviesen habitadas por espíritus humanos.

Mas no viendo la figura terrible del querubín armado, habría vacilado en mi creencia, si no escuchara la voz con que me hablara una de aquellas flores hechiceras, la cual volando de su tallo, como una mariposa o un pájaro de encanto, vino a posarse en mi hombro.

Oí la suave voz:

Este que ves aquí es por cierto el lugar que te imaginas, aunque no haya percibido al querub armado de espada coruscante y fulminante. Es el jardín que creó el Señor en los comienzos del mundo, y en el cual habitaron el Hombre y la Mujer hasta el día que dijo su secreto la Serpiente. El querub partió después de que el trueno de Dios habló a los culpables y a la espada celeste les desterró.

Dije: ¿quién habita, hoy, pues, este lugar; y por qué he logrado penetrar hasta el sagrado recinto?

Y la voz de la viva flor:

Has logrado llegar, porque en un instante de tu existencia has vuelto a la inculpada naturaleza y has unido tu alma inocente de los animales y de las cosas, retornando así a la vida primitiva y adámica, antes de la desobediencia. En cuanto a quienes habitan y reinarán –hasta cierto día en que aparecerá de nuevo sobre la tierra el juez , en divinidad y en cuerpo purificado ya el ser humano–, son dos seres puros y extraordinarios elevados por la voluntad del Todopoderoso. Ellos dos habitan fraternalmente en el Paraíso, y reinan en la maravilla de su virtud.

¿Podré saber –interrumpí– cómo se llaman¡

Y la voz de la flor: 

Paz y Paciencia.

Pasé por la puerta de oro ornada de las flores paradisíacas. Y clamé:

¡Paz en el nombre de Dios!

Y de un boscaje misterioso brotó una figura que me maravilló.

Dos ojos dulces y grandes, llenos de una desconocida luz de bondad y de amor; como una media luna de oro sobre la gran testa; como una piel de seda y oro sus fuertes formas que descansaban sobre cuatro pilares de vida.

¡Hermana Paz –dijo–, yo te saludo en el nombre de Dios!

Hermano –respondió en una lengua más sublime que la lengua humana–, sé bien venido a este lugar porque has tenido en un instante de la existencia la suerte de unirte con la inculpada naturaleza y juntar tu alma de hombre, contaminada desde antiguo, con el alma de los animales y las cosas.

Me llamo Paz, y soy aquel buey que en el establo de Judea calentó con su aliento la carne de un niño que juntó la miseria con la Divinidad y la corona con el martirio. ¡Oh, cómo temblaba de frío el cuerpo del Príncipe entre la paja y el estiércol! El anciano viajero había traído a la bella y pálida parturienta sobre las espaldas de mi hermano...

¡Hermana Paciencia –dije–, yo te saludo en nombre del Señor!

Al lado de Paz, surgió la más hermosa figura. ¡Oh, cuán profundas miradas, bajo las orejas que bañaban desde el abismo celeste dos chorros de luz que jamás contemplados por ojos de pecador! La figura despedía de sí un misterioso encanto y hablaba también con un idioma que debía regocijar a los arcángeles.

Yo te saludo –contestóme– en nombre de Dios. Sé el bienvenido, pues no has podido llegar hasta nosotros sino por la ciencia de la Fe y por la gracia del Amor.

Y ambas lenguas narraron a mi espíritu embelesado la historia prodigiosa del Nacimiento del Niño Dios; cómo calentaron son sus fauces al recién nacido; cómo el milagro estelar condujo a los reyes magos, y cómo alegraron el campo vecino, en la noche azulada y armoniosa, los cantos de los pastores.

Ya comprendo –dije después de escuchar el hermoso misterio– cómo por tal servicio hecho al Rey de los humildes habéis venido vosotros dos a morar realmente en el Paraíso creado por los hombres.

Y Paz y Paciencia desaparecieron de mi vista y habló de nuevo la voz de la flor viviente:

En verdad te digo que éste es el verdadero misterio. ¿Cuál ha sido el premio del buey bueno sobre el haz de la tierra? Sangre y martirio.

El yugo es suyo; su dulzura natural parece que atrajera la crueldad humana; suyas son la castración, la fatiga de arar los campos, los aguzados púas, y por último la degollación para servir de carne al contaminado. ¿Cuál ha sido el premio del buen asno sobre el haz de la tierra?

Él, cuyos ojos y cuyo silencio encierran todas las filosofías de los sabios, es el emblema de la estupidez; sobre sus espaldas amontonaron los hombres las cargas y el ridículo; y el mismo Satán busca su forma al presentarse en los aquelarres y en las tentaciones a los santos y hombres de virtud. Ambos han sido ludibrio y risa, y el palo y el cuchillo sus galardones.

Por tanto, he ahí que viene el Mesías que anuncia la libertad de los seres inocentes y esclavizados por el Hijo de la Culpa, y mientras sufren en la tierra sus hermanos, Paz y Paciencia habitarán el Paraíso de Jesucristo!

Y la flor viva volvió a su tallo, y yo sentí como si en mi corazón hubiese caído una gota de un perfume divino.

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