21 de mayo de 2012

Cátedra y Tribuna


Rubén Darío

Cátedra.–Entro con Dios y enseño. Va mi aliento sobre las multitudes.

Tribuna.–Mi aliento viene del hombre y se agita sobre los pueblos.

Cátedra.–¡Oh cedro!

Tribuna.–¡Oh palma, oh lauro!

Cátedra.–Soy la lengua del Santo Espíritu, soy el fuego par­lante, soy el verbo combustivo, soy el único intermedio entre la inmensidad divina y la espiritualidad humana.

Tribuna.–Yo tengo de divina lo que tú me has dado, ¡oh Libertad! El trueno tribunicio atraviesa las nubes populares y su eco profundo y vencedor es el clarín que anuncia el carro de los victoriosos que sojuzgan las Naciones.

Cátedra.–Yo soy la voz que brota bajo las tiaras. Yo soy la infalibilidad pontificia; yo soy Pedro el divino pescador y León delante de Atila. Yo broto de una altura que está sobre todas las alturas humanas. Mi soberanía teológica empieza en el fuego blanco de la custodia invisible que jamás podrá contemplar ojo de hombre sin caer quien la mire como cae el cuerpo muerto.

Tribuna.–¡Oh águila!

Cátedra.–¡ Oh paloma!

Tribuna.–¿Y Cicerón?

Cátedra.–¿Y Ambrosio y Crisóstomo y Agustín?

Tribuna.–A la púrpura de los soles orientales se esperezan los tigres de los imperios y los reales leones.

Cátedra.–Sobre los blancos manteles eucarísticos están los corderos en cuyo balido suena la armonía de David.

Tribuna.–¡ Fanfarria, vibra!

Cátedra.–¡ Salterio, canta!

Tribuna.¡Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nom­bre!

Cátedra.¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!

Tribuna.–Diré la verdad. Desde el principio del mundo, yo soy el órgano de la colectividad humana. Míos son los gobiernos, míos los triunfos cívicos, míos desde los antiguos himnos con que se celebabran las degollaciones de los ejércitos enemigos, hasta ese monstruoso y sonoro estruendo que se llama la Marsellesa. Esdras hizo brillar mi relámpago delante de Saúl; Moisés, de­lante del faraón memorable. Víctor Hugo profetizó cuando yo, bajo sus plantas, fui una isla. Antes Pablo fue mío.

Cátedra.–Mío fue Juan, que tuvo también su isla. En su vuelo aquilino sobrepujó todas las tempestades, y su lenguaje fue un celeste y profundo lenguaje de visión. La divinidad, cuando concede el don de la palabra dominadora y ese especial don crisostómico que junta la miel con la fuerza, hace que mis manos lancen esos rayos.

Tribuna.–¡Alma inmensa del mundo! Yo soy la que predica la victoria del derecho, la sagrada fuerza de la ley. Yo soy quien hace llevar a tu altar los trofeos pomposos y los estandartes lle­nos de la sangre de las batallas. Yo hago mover a un mismo tiempo y por un mismo impulso la espada del César y la guillo­tina de la revolución. Y quemo y purifico la boca del poeta con las brasas que quedan de los tronos incendiados.

Cátedra.–Yo con los carbones de Ezequiel.

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