28 de mayo de 2012

Chayito


Alejandro Bravo

Los golpes no son nada míster la capucha es lo peor de todo, a los golpes se acostumbra uno, pero tener aquel trapo hediondo en la cara todo el tiempo, sofocante aquello no se distingue el día de la noche el tiempo se vuelve un enorme hoyo negro con olor a mierda  Se acuerda míster lo alegre que venía para Nicaragua. Le enseñé Managua desde la ventanilla del avión y le conté todas las peripecias que nos ocurrieron en el terremoto, las horas que se pasó mi hermano prensado debajo de una viga tragado polvo, mi mamita sepultada por una pared y nadie que nos ayudaba hasta que se apareció un teniente con un camión de la Guardia y después que desenterraron mi gente se nos llevaron la consola y el televisor que mi papá me había  regalado para mis quince años. Toda Managua en  el suelo y las grandes llamaradas de los incendios que me recordaron los dibujos del infierno que aparecían en el catecismo que estudié en primaria donde las monjas y que me daban miedo. Fue a los días de ese relajo que con la ayuda de la embajada americana me localizó mi tía Joaquinita, se acuerda míster que le conté que ella vive en Los Ángeles, me mandó el pasaje y me fui para los Estados, allá me orientó, me puso a estudiar el inglés y a los meses cuando ya lo machacaba me metió a trabajar de cajera en un supermercado, ocho dólares la hora me volaba.

Bella gente mi tía Joaquinita, lo primero que me dijo cuando llegué fue: «Ve hija, aquí no me digas Joaquinita, aquí me llamo Mary». Tres años me pasé en los Estados trabajando, vivía donde mi tía, no tenía novio, sólo en mi ropa y mis cositas gastaba, así que fui ahorrando, entonces decidí venir para llevarme a Alberto. Tanto vago que hay en ese barrio donde vive y a él que no le gusta estudiar se va a joder el muchacho, en cambio aquí -dije yo- aprende el inglés, algún oficio y a lo mejor hasta nos casamos como lo planeamos cuando éramos chavalos. Agarré mis ahorros y me vine para Nicaragua. En el avión de LANICA fue que me lo encontré a usted míster y le platiqué todo lo del terremoto y cuando volábamos sobre Managua le enseñé el lago, las ruinas, el Palacio Nacional por la ventanilla se acuerda míster. Ya en Managua fui a visitar a mi hermana Marcia que está casada, le di las cositas que le traía y unas que le mandaba mi tía Joaquinita, ella fue la que me dijo que no buscara a Alberto, que andaba metido en vainas y había estado preso varias veces, que la cosa estaba arrecha por la jodedera de los sandinistas que querían meter aquí el comunismo. Yo no sé nada de política -le dije- pero desde que yo nací sólo Somoza oigo mentar y más antes desde los tiempos de mi mamacita también y ya es hora de que se pare la robadera, que no te acordás Marcia quién se cogió toda la comida y los ríales que mandaron para el terremoto, no fue Somoza y ese hijo suyo que ya se perfila como ladronazo.

Calláte niña -me dijo- por menos que eso te pueden echar presa acusada de sandinista, ándate con cuidado, no hablés nada en los buses y los taxis, esto está plagado de orejas. No me quiso dar la dirección de Alberto pero preguntando, preguntando averigüé que estaba viviendo en el barrio La Fuente por donde estuvo el Ministerio de Educación, viera que polvasal míster. Por fin di con la dirección, una casuchita de tablas, toda malmatada. Está jodido este Alberto -pensé- por andar metido en política debe de estar comiendo mierda y como es tan testarudo me va a costar convencerlo para que se vaya a los Estados conmigo. Me apié del taxi, siete pesos me cobró el gran ladrón del taxero y golpié, me abrió una muchacha morena, delgada. A lo mejor está viviendo con Alberto -me dije- ya me jodí. Me preguntó que qué quería, yo le dije que era prima de Alberto que nos habíamos criado juntos desde chavalos y nos queríamos como hermanos, que venía de los Estados y lo quería saludar. Me hizo pasar, casi no habían muebles, el zinc del techo sobre la cabeza le pegaba un calor infernal a aquella casuchita. La chávala me ofreció asiento y se fue al patio a tender una ropa, Alberto no estaba. Tenía como media hora de estar esperando cuando golpiaron duro la puerta «abran hijueputas es la Guardia Nacional». Pún me hace el corazón y veo que la chávala sale disparada perdiéndose entre la ropa que se secaba al sol colgada de alambres, se rompe la puerta y entran como tromba los guardias apuntando para todos lados con sus garands «dónde está el hijueputa ése, vos sos subversiva también, vas a ver lo que te espera jodidita», Registraban todo, le daban vuelta a los dos catres que había, revolvían la ropa, escurcaban en el techo, en el baño, yo no atinaba a contestar nada, estaba helada helada y sentía como de plomo las piernas, viera qué horrible.

Un chiquitín que era el que daba las órdenes mandó a esconder los dos jeeps en que llegaron. «Vamos a esperar al hijueputilla ése -dijo- el jefe lo quiere vivo o muerto». Allí empezó mi calvario míster. Para qué vine a  este jodido país -pensaba- bien estaba en los Estados con mi tía Joaquinita, por este bandido de Alberto me metí en este berenjenal, si lo agarran éstos no va a contar ni el  cuento ¡ay Albertito de mi alma no te aparezcas por aquí papito! Me acordaba del trajín del supermercado, las grandes letras luminosas que se encienden y se apagan, la chorrera de los carros en los free-way, mi tía Joaquinita friendo panquéis en el apartamento  pintado de verde  toda llena de rollos la cabeza hablando y gesticulando mientras el  olor de los panquéis llenaba todos  los rincones, con una bata de felpa rosada,  gesticulando y hablando, parecía señora rica de las de aquí.

Quería creer que todo lo que me pasaba era un mal sueño, que me despertaría mi tía para decirme que ya era tarde que se me estaban enfriando los panquéis y que no llegaría a tiempo a la parada para tomar el bus. Pero nada del mal sueño ni de nada, aquellos guardias mal encarados y sudorosos eran de verdad míster. «Te vamos a hacer cantar todo lo que sabes rejodida sandinista» me decía un achinadito. Por una rajadura de la puerta pude ver a Alberto que se acercaba silbandito, de bluyín con una camiseta rayada y de zapatos tenis. Pún me hizo otra vez el corazón y no sé de dónde  saqué valor y le grité «córrete Alberto, si te agarran te matan» y el  achinado me calló de un trompón, salieron rápido pero ya Alberto iba a toda carrera, le volaron varios balazos pero  el hombre iba lejos, entonces se desquitaron conmigo: trompadas, patadas, culatazos, el viaje en silencio a la Loma, la puesta de la capucha, el chuzo eléctrico aplicado por todas partes, horrible aquello, pero los golpes no son nada míster, se acostumbra uno, lo peor de todo es la tal capucha, una incertidumbre, un miedo queda no saberse dónde está uno, cuánto tiempo ha pasado allí, si sabrán sus familiares que lo tienen agarrado, los ayes de los torturados en las noches y la zozobra de a qué horas me vendrán a traer a mí, las horas que me volé desnuda en un cuartito chiquito con un aire acondicionado a todo full y la noche aquella que nunca se me va a olvidar cuando llegó bolo el teniente de la Seguridad que dirigía mis interrogatorios, llegó con otros tres y me arrancaron los pocos trapos que me quedaban encima y por esta santa cruz le juro míster que nunca había odiado a nadie hasta esa noche del desgarramiento de la virginidad que tanto tiempo le había guardado a Alberto.

Nunca supe cuántos días me pasé en aquella celda oscura hedionda a mierda  y a berrinche. Cuando me sacaron, salí otra, sólo en la venganza pensaba, había leído novelas de casos así y creía que no era posible que eso sucediera, pero a mí me pasó. ¿Qué casualidad míster que lo encontré a usted en el avión en que regresé a los Estados? Se acuerda que en el viaje iba toda callada, flaca, flaca me miraba, usted se portó bien amable conmigo y hasta me fue a dejar donde mi tía en el carro que lo esperaba en el aeropuerto. Puesta allá, ya no me interesó el trabajo en el supermercado, empecé a ver dunda a mi tía, que sólo pensaba en su apartamento y en el yanque viejo con que se casó, no me interesaban los paseos y las fiestas a las que me llevaban, pero en una de esas conocí a Jaime un muchacho de la colonia nica que andaba metido con el Comité de Solidaridad.

Me contactó con la gente del Comité y empecé a andar en mítines, en asambleas de obreros, a contar mi caso en periódicos y revistas, a leer más sobre mi país hasta que regresé  clandestina. Fíjese que en una calle de Managua, ya clandestina claro, me topé con uno de los que me violaron, no me reconoció y a mí me picaba el dedo por volármelo pero hubiera echado a perder la misión en que andaba. Sabía que mi venganza no tenía la importancia que al principio le di, que antes estaba la liberación  de  mi  pueblo.  Logré ver a Alberto varias veces, Pedro era su seudónimo, Chayito el mío.  En plena insurrección nos casamos por las armas, Aureliano nos casó, pero a él me lo mataron en el repliegue, un charnelazo, sabe. Dos años pasé clandestina organizando barrios, trabajando con los estudiantes, hice dos recuperaciones económicas, en la primera tuve miedo, a  la segunda ya era tigre.

Para la insurrección anduve con la móvil, en los  barrios orientales de Managua, me las sabía todas, el 19 de Julio estuve  en la tarima con la gente pesada. Ahora aquí me tiene cuidando el  aeropuerto, soy oficial de Seguridad, es chiva eso. ¿Cómo? ¿Qué  quiere que llegue a su hotel para  que le vuelva a platicar todo esto para un reportaje? No míster ya todo eso es cosa del pasado, mejor cuente toda la destrucción que nos dejó Somoza y pida ayuda para la reconstrucción.  Importa  más eso que lo que me pasó a mí. Eso se lo conté porque usted fue muy fino conmigo y me cae bien, pero ya le digo, eso no importa míster, lo que importa es el futuro.

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