17 de mayo de 2012

El agua fiesta


Eduardo Zepeda-Henríquez

“-Con muy buen sentido, nuestro pueblo, ante la celebración del cumpleaños y la del santo, prefiere la última. -Ambas son aniversarios, porque tienen una periodicidad anual. Pero mientras el santo se refiere estrictamente al nombre, el cumpleaños está relacionado con el número. En aquél lo característico es la conmemoración bautismal; en éste, el hecho de vivir un año más, lo cual, en definitiva, significa contar con un año de vida menos. El primero es una devota repetición onomástica; el segundo, en cambio, una variación de años correlativos. En fin Dionisia, el uno contribuye a identificarnos, y el otro nos va haciendo distintos, al menos en el aspecto”.

Así,  rematando con volátil ironía,  reflexionaba  Don Eduardo Henríquez, al dirigirse a su cuñada, Doña Dionisia Robleto Duarte, arrebolada y doncellil, quien era una segunda madre para las hijas del matrimonio Henríquez Robleto, y a quien, por lo mismo, las cuatro jovencitas llamaban Mamá Nicha. Igual que todos los  años,  ese día, 13 de Octubre, el caballero festejaba su santo, rumbosamente, en compañía de la familia cercana, incluida una buena representación de sus 22 miembros arraigados en el humedal de Chontales.

Noventa años después, Don Eduardo se habría extrañado, sin llegar al asombro, de que en nuestro tiempo predomine  entre  los  nicaragüenses la celebración del  cumpleaños,  y, sin duda,  él hubiese achacado tal cambio al creciente laicismo en las costumbres. Sin embargo, el propio dueño de casa, paradójicamente, añadía entonces al significado litúrgico de aquella celebración en el día de San Eduardo, confesor, un elemento cívico: el recuerdo inoxidable y emotivo de cuando Nicaragua se vio felizmente libre de un usurpador, de un comandante guerrillero llamado William Walker, y liberándose de él hasta borrarle de la galería de Presidentes de la República; dignidad que el aventurero se había otorgado a sí mismo. El caso es que, exactamente un 13 de Octubre, y siendo aún muchacho Don Eduardo, aquel tiranuelo e invasor tomaba Granada, a la vez que el barrio en que residían los Henríquez.

En tal fecha, el señor Henríquez solía contar a sus invitados algunos milagros de su Santo Patrono, como el de que a éste se la había aparecido San Juan Evangelista en figura de pordiosero, y no llevando dinero consigo aquel santo rey (al igual que todos los reyes), a pesar de que ese dinero se acuñaba con su perfil o su sello, entregó al supuesto mendigo el anillo que era símbolo de la realeza. Pero, superada con creces  esa prueba de  amor al prójimo,  el Apóstol San Juan, por ministerio de unos peregrinos, devolvió el anillo a su dueño, el rey, con el recado o la gracia de anunciarle la fecha de su muerte.

Las lecturas de Don Eduardo no eran ordenadas, aunque sí habituales. No se quemaba las pestañas, pero casi. Una de sus materias predilectas era la hagiografía, así como la exégesis bíblica. Y tenía siempre a mano la Biblia de Torres Amat y la del Padre Scío, además de obras devotas como los Opúsculos de  San Buenaventura o las Epístolas de  Santa Catalina de  Siena. Pero sobre todo, consultaba el Año Cristiano del jesuita Jean Croisset,  en la versión del Padre Isla. Allí encontraba diamantes  como las visiones  que  había tenido San Eduardo,  con los ojos de  la carne,  del propio Dios  encarnado; lo mismo que  aquellas profecías del santo rey; sus raros vaticinios de lo distante, más que del futuro: unas predicciones en el espacio, y no en el tiempo.  

Cierta vez, refería el caballero, en su fiesta onomástica de aquel año, y ante la insistencia de las señoras y los muchachos, dispuestos a escucharle con no menos interés que atención, Eduardo III divisó en la calle a un inválido, que reptaba penosamente hacia la iglesia. Y el soberano piadoso, quien justamente iba a misa en ese instante, llevó a cuestas al pobre, que en el acto se puso “bueno y sano”, dando gracias al Cielo y proclamando también las virtudes heroicas del rey anglosajón. Don Eduardo igualmente cantó viejas  tonadas  al rasgueo de  la guitarra,  exhibiendo a un tiempo su habilidad con algunos sones punteados. Se hallaba tan contento, que podía decirse que “bailaba sin son” y, desde luego, sin apurar una sola copa: aunque allí se ofreciera champaña, vino moscatel, ponche de frutas, el cual empezaba a ser conocido popularmente como “bole” (quizá corruptela de “bowl”), y chicha de coyol, por supuesto para la muchachada. El festejado era abstemio, y apenas probó su copa a la hora del brindis. Eso sí, nunca rechazó a quien quiso beber con él, y, más de una vez, ante la insistencia machacona de alguien avispado o “a media asta” (dicho con acrobática metáfora nicaragüense), vació la copa, pero haciendo que el vino resbalara por la barbilla y por dentro del cuello duro, de pajarita.

Y llegó  la hora del baile, que  era especialmente la de los  cuerpos jóvenes. La hora de dar vueltas a la manivela del gramófono con bocina (aquella “victrola” de La voz de su amo); la de hacer girar el disco de ebonita, y la de seguir el compás de los valses, con sus movimientos astrales de rotación y traslación. Pero ese día se bailaron con preferencias aires más animados, como la polca y el pasodoble, acaso porque a la juventud “le va la marcha”, según se dice ahora. Al final, acabaron bailando todos con todos, trenzando los pasos y haciendo figuras de caracol, de cadena y de puente; a pesar de que ya comenzaba entonces a oler a naftalina cualquier reminiscencia de las danzas corteses.

Se bailaba, naturalmente, en la sala de una casa “colonial”, de sobria arquitectura y de una sola planta. Así, en la misma habitación principal, sus dos puertas (la de afuera y la que daba al interior), una frente a otra y con postigos altos, establecían una comunicación de aire entre la calle y el patio central de la casa, ajardinado. En aquel tiempo, todas las ciudades nicaragüenses “estaban” en el campo, porque vivían exclusivamente en función de este, y también por su aldeana pequeñez. Pero ese ruralismo se hallaba compensado por tener dichas ciudades, como la Granada de nuestra historia, jurisdicción propia (y hasta nostalgia de capitalidad estatal), minorías influyentes en toda la nación, tradicional urbanidad y peculiar decoro urbanístico. Y conviene repetir, para el caso, que las puertas del hogar de  los Henríquez  eran  verdaderas “puertas al campo”,  y  las  cuales,  como ciertas flores, se mantenían abiertas para dar paso a la brisa mañaniega o a la vesperal, cerrándose apenas a la luz solar más embravecida y, ya con plena clausura, a la hora en que la marea del sueño subía hasta los párpados de Don Eduardo y los suyos.

Pero,  en aquel momento preciso,  la onda  expansiva del  jolgorio se  propagaba todavía...., cuando, de pronto, un olor fétido y penetrante inundó la casa entera, haciendo que todos los presentes salieran a la calle impetuosamente, como en una estampida. Era la inconfundible seña de identidad de una mofeta (el zorrillo o zorro meón nicaragüense) lo que “aguaba” la fiesta, y precisamente por aquello de “hacer aguas”. En tanto que Don Eduardo Enríquez Gutiérrez, conservando su buen humor y valiéndose de una creencia de origen campesino, decía con voz alzada, pero con el tono característico de dar una broma a los jóvenes. –¡Todo el mundo, a respirar hondo, que es bueno para los pulmones!

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