21 de mayo de 2012

La miss


Rubén Darío

Al subir a la cubierta, lo primero que escuché fue un suave grito tembloroso, un tantico gutural: –¡Ohoou! ¡ Ohoou! –¿Qué le pasa a miss Mary? –pensé.

Miss Mary me hacía señas y movía la linda cabeza rubia, co­mo presa de una inmensa desolación. Me llegué a la borda, cer­ca de ella, y por la dirección de sus miradas comprendí la causa de sus extrañas agitaciones. En un bote, cerca de uno de los grandes lanchones carboneros, como hasta seis negrillos armaban una chillona algazara, desnudos, completamente desnudos, rien­do, moviéndose, gesteando como micos. Brillaba opaco por la bruma gris el sol de África. Se alzaban entoldadas de nubes os­curas las áridas islas. San Antonio, a lo lejos, casi esfumada sobre el fondo del cielo, la roca del faro con su torre y su bandera; San Vicente, rocallosa, ingrata, con la curva de su bahía; sus costas de tierra volcánica, y sus alturas infecundas, llenas de jorobas y de picos, del color del hierro viejo. La población de triste as­pecto con sus techos de madera y de tejas rojas. Una cañonera portuguesa, cerca de nuestro barco, se balanceaba levemente al amor del aire marino, y un vapor de la Veloce echaba el ancla no lejos, un vapor de casco blanco sobre el que hormigueaban cabezas de emigrantes italianos.

¡Míster, musiú, señó! –Los negrillos desnudos estiraban los brazos hacia los pasajeros, mostraban los dientes, hablaban con modos bárbaros, palabras en inglés, en español, en portugués; y uno de ellos, casi ya en la pubertad, un verdadero macaco, era el que más llamaba la atención por sus contorsiones y gritos de­lante de mi amiga la espantada miss. Aquellos animalitos pedían peniques, los peniques que les arrojan siempre los viajeros y que ellos atrapan en el agua, nadando con la agilidad de las anguilas; pero los pedían en el traje adámico de sus hermanos los monos, y el pudor inglés, vibrando conmovido, hacía sus trémulas explo­siones, por boca de aquella tierna hija de la ciudad de Southamp-ton. Tantas fueron las manifestaciones de su extraña pena, que yo, con la mirada, tan solamente con la mirada, le dije todas estas cosas: "Ofelia, vete a un convento. Get thee to a nunnery".

No es el santo, el divino pudor ese tuyo, tan quisquilloso. El pudor tiembla en silencio, o protesta con las rosas de las castas mejillas. Jamás ha pronunciado la palabra shocking. En sus manos lleva al altar de la Virtud blancos lirios, gemelos de aque­llos que llevó Gabriel el Arcángel a la inmaculada -esposa del viejo carpintero José, cuando la saludó: –"Llena eres de gra­cia".

Las almas pudorosas no sienten ofensa alguna delante de las obras naturales y a la vista de la desnudez inocente.

Eva, nuestra inmemorial abuela, no advirtió la vergüenza de su cuerpo sino después de haber escuchado a Lucifer.

Esos escrúpulos tuyos, señorita de Inglaterra, hacen pensar en que miras el misterio del mundo a través de los cristales del pecado.

Para que el pudor sienta las flechas que se le lanzan, es pre­ciso que por algún lado esté ya hendida su coraza de celeste nieve.

Preciso es también que el espectáculo que contemplan los ojos tengan en sí germen de culpa o fondo de maldad. ¿Quién es el inmundo fauno que puede sentir otra cosa que la emoción sa­grada de la belleza al mirar la armoniosa y soberana desnudez de la Venus de Milo? ¿Acaso pensó el admirable San Buena­ventura en emponzoñar de concupiscencia las almas, al reco­mendar la lectura de los poetas paganos? ¿Quién se atreve a colocar la hoja de parra a los querubines de los cuadros o a los niños dioses de los nacimientos? Los libros primitivos y santos nombran cosas y hechos con palabras que hoy son tenidas por impuras y pecaminosas. Y Ester y Ruth han visto, como tú, coros de niños desnudos, seguramente no tan negros ni tan feos como estos africanitos, y no han gritado, linda rubia: ¡Ohoou! Lo que hiere el pudor son las invenciones infernalmente hermosas del incansable príncipe Satán, son aquellos bailes, aquellas desnu­deces, aquellas exhibiciones incendiarias, maldecidas por Agustín, condenadas por Pablo, anatematizadas por Jerónimo, por las homilías de los escritores justos y por la palabra de la Santa Ma­dre Iglesia. El desnudo condenado por la castidad no es el de la virginal Diana, ni el de Sebastián lleno de flechas; es el desnudo de Salomé la danzarina, o el de la señorita Niní Paite en-l'air, profesora de coreografía y de otras cosas.

Por lo demás, arroja unos cuantos peniques a esos pobres si­mios, que tienen tan rojas y blancas risas, y deja de leer ese libro de Catulle Mendés, que he visto en tus manos ayer por la tarde...

Fuimos tres pasajeros a tierra, y miss Mary con nosotros. Re­corrimos juntos el pueblo, rodeados de negritas finas y risueñas, que pregonaban sus collares de conchas y sus corales nuevos. Vimos el perfil lejano de la cabeza de la gigantesca estatua la­brada en un monte a golpes de siglo por la naturaleza. Y en todo este tiempo no volví a escuchar la voz de la inglesa en su onomatopeya conocida: –¡Ohoou!–, que había quedado fija en mi memoria.

Era un tipo gentil de sajona. Tenía fresco y rosado el rostro, seda dorada en el cabello, sangre viva y dulce en los labios, cue­llo de paloma, busto rico, caderas con las curvas de una lira, y coronada la euritmia de su bello edificio con una picara gorra de jockey. En su conversación tenía inocencias de novicia y ocurrencias de colegiala. Contóme –¿por qué tanta franqueza en tan poco tiempo de amistad?– contóme una rara historia de noviazgo, en las poéticas islas de Wight; pintóme al novio, ga­llardo y principal, un poco millonario, y otro poco noble. Díjome que acababa de salir de un colegio de religiosas. Hablábame blandamente, mirándome con sus húmedos ojos azules, y como un pájaro encantador del país británico, cantaba con rítmicas inflexiones, en lengua inglesa.

A tal punto había femenil atracción en la miss, que fui sin­tiendo por ella cierto naciente cariño, deseo de pronunciarle con la boca otro discurso que el que le había enderezado con los ojos. En medio del mar, ya cuando habíamos dejado la región de África, más de una vez, al claro de la luna, que argentaba las olas y envolvía en alba luz el barco, nos recitamos versos arrulladores y musicales, de enamorados poetas favoritos. Ella tam­bién, en voz baja, daba al aire de la noche sollozos de romanza, quejas de Schubert y alguna amable risa de Xanrof. Deliciosa viajera, ángel que iba de duelo, según me decía, para Río de Janeiro, a casa de un señor, su tío, pastor protestante.

Allá iba, ya lejos, en la rada de Río, sobre un vaporcito, la hechicera y cándida Mary, y se despedía de mí agitando, como un ala columbina, su pañuelo, el pañuelito blanco de los adioses.

–¡Gracias a Dios! –rugió cerca de mí un viejo y calvo pa­sajero inglés–, gracias a Dios, que ya deja el barco esa plaga.

–¿Esa qué? –exclamé asustado.

–Pues no ha sabido usted –repuso– que desde el capitán abajo, durante toda la travesía...
No le dejé concluir. ¡Mi dulce Ofelia!

Y recordando sus húmedos ojos azules, sus sonrisas y el libro de Catulle Mendés, no hallé palabra mejor para expresar mi asombro, que la onomatopeya gutural de su pudor inglés ante los desnudos negrillos africanos:
–¡Ohoou!

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