21 de mayo de 2012

Preludio de primavera


Rubén Darío

La otra noche, cuando concluimos de comer era en una noble y amable morada, las damas se dirigieron al salón. En el comedor se encendieron los cigarros. Un elocuente diputado parafraseaba una peregrina ocurrencia de Tolstoi; un poeta silencioso meditaba, apretado en su ulster. La política atizó sus fuegos. En tanto, yo entablé conversación con una rosa pálida que entre las flores de la mesa mostraba sus hojas anémicas, brotadas en la aristocracia de las estufas.

–Rosa Argentina– le dije–, ¿acaso no están contenta con la llegada de la primavera?

–Ah –exclamó–, no sabéis que apenas viviré algunas horas más una vida que ha sido alentada con calores artificiales? ¡Oh erudición! –me interrumpió la rosa conmovida. 

Después, continuó con la melodía delicada de su voz floral–: En verdad que, como dijo un rimador de Italia, la primavera es la juventud del año...

–¡Oh, erudición! –interrumpí, en desquite–. Y la juventud es la primavera de la vida. Es la fiesta del campo, la sinfonía primaveral celebra las caricias de los pájaros; en los jardines hace la niña sus ramos, y su rostro es la mejor rosa de los parterres floridos; el trino vuela alegre por el aire azul, y Mab, muy de mañana, hace un paseo entre los claveles y las azucenas diciendo con su lindo acento: ¡Buenos días, señoritas! ¡Muy buenos días, caballeros! Ya veréis a las porteñas, cuando, dejando sus vestidos de invierno, sus pieles y sus manguitos, vayan con sus trajes claros y alegres, a hacer reinar sus ojos, en la dulce agonía de la tarde, al desfile lujoso de Palermo. Los gorriones, parlanchines y petulantes, narran en los árboles, a voz en cuello, mil historias famosas. Por las noches, en más de un palacio elegante habrá luces, sonrisas y danzas.

La rosa hacía ondular su blanda vocecita, conociéndose innegablemente su deseo de imitar a Sarah Bernhardt.

–Y bien –prorrumpí–, y tu diminuta alma aromal –puesto que yo sé como tú la inmortalidad del alma de las flores–, ¿en dónde estará la primavera próxima?

–Dios nos deja la elección del paraíso. Yo he elegido el mío; unos labios rojos que quizá hayas contemplado algunas vez con inefable deleite. ¡Oh –concluyó–, felices las rosas humanas!

–Por qué?

–Porque pueden gozar un sol eterno: el amor. Para los corazones que aman, la primavera dura todo el año!

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