21 de mayo de 2012

Sor Filomena


Rubén Darío

(Amor divino)

I
–¡Ya está hecho, por todos los diablos! –rugió el obeso empresario, dirigiéndose a la mesita de mármol en que el pobre tenorio ahogaba su amargura en la onda de ópalo de un vaso de ajenjo.

El empresario, ese famoso Krau –¿no conocéis la celebridad de su soberbia nariz, un verdadero dije de coral ornado de rubio alcohólico?–, el empresario pidió el suyo con poca agua. Luego secó el sudor de su frente, y dando un puñetazo, que hizo temblar la bandeja y los vasos, soltó la lengua:

–¿Sabes Barlet? Estuve en toda la ceremonia; lo he presenciado todo. Si te he de decir la verdad, fue una cosa conmovedora... No somos hechos de fierro...

Contóle lo que había visto. A la linda niña, la joya de su troupe, tomar el velo, sepultar su belleza en el monasterio, profesar, con su vestido oscuro de religiosa, la vela de cera en la mano blanca. Después, los comentarios de la gente:

–¡Una cómica monja!... A otro perro con ese hueso...

Barlet –el enamorado romántico– veía a lo alto y bebía a pequeños sorbos.

II
Eglantina Charmat, mimada del público parisiense, había sido contratada para una tournée por los países de América. Bella, suavemente bella, tenía una dulce voz de ruiseñor. Un cronista la bautizó en una ocasión con el firico nombre de Filomena. Tenía los cabellos un tanto oscuros, y cuando se desataban en las escenas agitadas, hacía con gracia propia, para recogérselos, el mismo encantador movimiento de la Reichemberg. Entró en el teatro por la pasión del arte. Hija de un comerciante bordelés que la adoraba y la mimaba, un buen día, el excelente señor, después del tiempo de Conservatorio, la condujo él mismo al estreno. Tímida y adorable, obtuvo una victoria espléndida. Quién no recuerda la locura que despertó en todos, cuando la vimos arrullar, incomparable Mignon:

Connais-tu le pays où fleurit l'oranger?...

Festejada por nababs y rastas pudo, raro temperamento, extraña alma, conservarse virtuosa, en medio de las ondas de escándalo y lujuria que a la continua pasan sobre todo eso que lleva la gráfica y casta designación de carne de tablas. Siguió una carrera de gloria y provecho. Su nombre se hizo popular. Las noches de representación, la aguardaba su madre para conducirla a la casa. Su reputación se conservaba intacta. Jamás Gil Blas se ocupó de ella con reticencias o alusiones que indicasen algo vedado; nadie sabía que la aplaudida Eglantina favoreciese a ningún feliz adorador siquiera con la tierna flor de una promesa, de una esperanza.

¡Almita angelical encerrada en la más tentadora estatua de rosado mármol!

III
Era ella una soñadora del divino país de la armonía. ¿Amor? Sí, sentía el impulso de amor. Su sangre virginal y ardiente la inundaba el rostro con su fuego. Pero el príncipe de sus sueños no había llegado, y en espera de él desdeñaba con impasibilidad las galanterías fútiles de bastidores y las misivas estúpidas de los cresos golosos. Allá, en el fondo de su alma, le cantaba un pájaro invisible una canción, vaga como un anhelo de juventud, delicada como un fresco ramillete de flores nuevas. Y cuando era ella la, que cantaba, ponía en su voz el trino del ave de su alma: y así era como una musa, como la encarnación de un ideal soñado y entrevisto, y de sus labios, diminutos y rojos, caían, a gotas armónicas, trémolos cristalinos, arpegios florecidos de melodía, las amables músicas de los grandes maestros, a los cuales ella agregaba la delicia de su íntimo tesoro. Juntaba también a sus delectaciones de artista profundos arrobamientos místicos. Era devota...

–Pero ¿no estáis escribiendo eso de una cómica?...

Era devota. No cantaba nunca sin encomendarse a la virgencita de la cabecera de su cama, una virgencita de primera comunión. Y con la misma voz con que conmovía a los públicos y ponía el estremecimiento de su fuerza mágica sobre los palcos y plateas, interpretando la variada sinfonía de los amores profanos, lanzaba, en los coros de ciertas iglesias, la sagrada lluvia sonora de las notas de la música religiosa, interpretando también los deliquios del infinito amor divino; y así su espíritu, que vagaba entre las rocas terrenales como una mariposa de virtud iba a cortar con las vírgenes del paraíso las margaritas celestes que perfumaban los senderos de luz por donde yerran, poseídas de la felicidad eterna, las inmortales almas de los bienaventurados. Ella cantaba entonces con todo su corazón, haciendo vibrar su voz de ruiseñor en medio de la tempestad gloriosa del órgano, y su lengua se regocijaba con las alabanzas a la Reina María Santísima y al dulce Príncipe Jesús.

Un día, empero, llegó el amado de su ensueño el cual era su primo, y se llamaba el capitán Pablo. Entonces comenzó el idilio. El viejo bordolés lo aprobaba todo, y el señor capitán pudo vanagloriarse de haber desflorado con un beso triunfante la casta frente de lis de la primaveral Eglantina. Ella fabricó inmediatamente dos castillos en el aire con el poder de su gentil cabecita. Primero: aceptaría la contrata que, desde hacía tiempo, le proponía el obeso y conocido Krau para una tournée en América; segundo: a su vuelta ya rica, se casaría.

Concertada la boda, Eglantina firmó la célebre contrata con gran contentamiento de Krau, que en el día del arreglo presentó más opulenta y encendida su formidable nariz... ¡Qué negocio! ¡Qué viaje triunfal! Y en la imaginación, veía caer el diluvio de oro de Río, de Buenos Aires, de Santiago, de Méjico, de Nueva York y de La Habana.

IV
También firmó contrato Barlet, ese tenorcito que, a pesar de su buena voz, tiene la desgracia de ser muy antipático por gastar en su persona demasiados cosméticos y brillantinas. Y Barlet, ¡por todos los diablos!, se enamoró de la diva. Ella a pesar de las insinuaciones de Krau en favor del tenor pagaba su pasión con las más crueles burlas. ¿Burlas en el amor? Mal hecho. En los buenos días de la Provenza del siglo XIII, habría merecido versos severos del poeta lírico Fabre d'Uzes, y la marquesa de Mallespines la habría condenado, por su crueldad, a dar por lo menos un beso, en público, al desventurado y malferido adorador. Eglantina llevaba en su corazón la imagen del capitán. Por la noche, al acostarse, rezaba por él, le encomendaba en sus oraciones, y a él enviaba su amor con el pensamiento.

El primer castillo aéreo empezaba a solidificarse. En Río de Janeiro ganó la diva crecidas sumas. El día de su beneficio recogió una cestilla de diamantes. El emperador don Pedro le envió un imperial solitario. En Montevideo, en Buenos Aires, en Lima, fue para la deliciosa Mignón la inacabable fiesta de las flores y del oro. Entretanto, Barlet desafinaba de amor; y más de una vez se inició en su contra la más estupenda silba. Pasaron meses. En víspera de regresar, Krau recibió propuestas excelentes de Santiago de Chile, y se encaminó para allá con su compañía. Eglantina estaba radiante de gozo. Pronto volvería a Francia, y entonces... Mas un día, después de leer una carta de Paris, al concluir la temporada del Municipal, la diva se quedó pálida, pálida... Allá, en la tierra de la porcelana y del opio, en el horrible Tonkín, había muerto el capitán. El segundo castillo aéreo se había venido al suelo, rompiendo en su fracaso la ilusión más amada de la triste almita angelical. Esa noche había que hacer Mignon, la querida obra favorita, que tenía que cantar Eglantina con su áurea voz arrebatadora:

¿Connais tu le pays où fleurit l'oranger?...

Y cantó, y nunca ¡ay!, con mayor encanto y ternura. En sus labios temblaba la balada lánguida de la despedida, el gemido de todas las tristezas, la cantiga doliente de todas las desesperanzas... Y en el fondo de su ser, ella, la rosa de París, sabía que no tenía ya amores e ilusiones de la Tierra y que solamente hallaría consuelo en la Reina María Santa y en el dulce Príncipe Jesús.

V
Santiago estaba asombrado. La prensa hacía comentarios. El viejo bordelés, que había acompañado a su hija, lloraba preparando sus baúles.

–¡Adiós, mi buena Eglantina!

Y en el coro del monasterio estaba de fiesta el órgano porque sus notas iban a acompañar la música argentina de la garganta de la monja... Un ruiseñor en el convento; una verdadera sor Filomena. Y ahora, caballeros, os pido que no sonriáis delante de la verdad.

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