26 de agosto de 2012

Monte de Piedad


Fernando Silva

- ¡Doña Evangelina, doña Evangelina! -la llamó el muchacho.

La mujer se dio vuelta dejando su cara junto a la pared y se estiró un poco sobre la vieja cama.

El muchacho le puso la mano en la frente- ¡’Ta caliente!- dijo.

Ella parpadeó quedándose ahí de lado.

El viejo don Carmen, que estaba adentro sentado en un banco comiendo, se levantó y se vino a donde estaba la mujer acostada. La quedó viendo afligido y en seguida le tocó la frente.

- ¡’Ta que arde!- dijo, y volviendo a ver al muchacho. -Ve, Chico… traele agua, -le pidió; y rascándose la cabeza preocupado le dijo a Chico -Aquí me vas a esperar vos, que yo voy ir hablar con don Emilio, y se fue a sacar la bicicleta para irse.

Chico se acomodó en un cajoncito que tenía cerca mientras esperaba que volviera don Carmen.

Se fijó que en la comodita del cuarto, pegada a la pared, ahí atrás donde guardan en vela a los santos se notaba una cajita cuadrada de madera. Chico se alzó para ver y en seguida se vino a la comodita y agarró la cajita. La mujer enferma lo sintió- No estés tocando nada ahí -le dijo con la voz apagada.

Chico se hizo el que no oyó y abrió la cajita. Adentro halló una cadena de oro, larga, que le llamó la atención.

En eso estaba cuando oyó el ruido de la puerta que ya venía de vuelta don Carmen, entonces sacó la cadena de la cajita y se la guardó en la bolsa.

- Es que don Emilio me dijo que era mejor llamar la ambulancia. Buscame aunque sea una sábana- le dijo al muchacho.

El muchacho se fue al cofre que estaba al fondo del cuarto y sacó la sábana.

-Lo peor es que estoy sin nada- le dijo don Carmen a Chico.

- Pero la ambulancia arregla eso.

- De todas maneras -dijo don Carmen, acercándose a la comidita- no queda más que echar mano de la cadena -pero cuando abrió la cajita no la halló. ¿No has visto vos aquí esa cadena?

- No, no sé -dijo Chico.

La ambulancia estaba llegando y don Carmen dijo que iba a acompañar a doña Evangelina al hospital.

- Quedate aquí, por favor, para mientras vuelvo -le dijo don Carmen a Chico.

Don Carmen volvió hasta el otro día en la madrugada.

- Nada se pudo hacer -le dijo a Chico llorando. Chico no le dijo nada.

- Tengo además la preocupación de la cadena que desapareció, y que ahora me sirviera, por lo menos para los gastos; además de que tu tía Evangelina le tenía mucho apego. Y es que Rito Muñoz, el abuelo de ella, se la dejó; y le dijo que esa era la cadena de su vida. Todo el tiempo se habló en la casa de eso de que la cadena que era la cadena de vida de Muñoz; raro,-¡quién sabe!

Después de unos meses una sobrina de don Carmen se vino a vivir a la casa con don Carmen. Tenía dos muchachitos y se acomodaron bien.

-Gracias a Dios -decía don Carmen- así no quedo solo, porque Chico se fue a Chontales y allá trabaja.

Don Carmen era CPF de la Ferretería “El Clavo”, de don Emilio López, y ahí él la pasaba más o menos.

Chico volvió tiempo después de Chontales y se le apareció en la casa una tarde. Estuvo platicando con don Carmen, como que le llegó a prestar unos reales, pero don Carmen no le resolvió nada.

- Hasta ahora se apareció- le contó don Carmen a la Luisa, la sobrina que vivía con él ahí en la casa -… y a mí no me la hace, porque, ¿qué se hizo, pues, la cadena de la Evangelina?; ¡es raro eso!

Chico estaba viviendo en el barrio de las Américas 2, allí más bien estaba posando donde un amigo, mientras conseguía trabajo.

Todo iba bien hasta una noche que pasó algo de lo que todavía la gente no deja de hablar.

Armando el “Cacho”, que así le llamaban al amigo donde vivía Chico, cuenta que Chico era muy fregado, y que además se tiraba sus churros, por eso tal vez siempre andaba en aprietos. Que prestame diez pesos; que prestame veinte; que mañana te los devuelvo: así era.

Un día, buscándose algo en la bolsa, se le cayó al suelo una cadena de oro.

- ¿De quién es eso?- le pregunté.


- Sí es mía, creelo -me aseguró-, lo que pasa es que no puedo ni venderla.

- ¿Y por qué?

- ¡Ah!, es que como no tengo ningún papel, pueden creer que me la caché, ¿ves?

- Sí, pero estás tan fregado que por lo menos la podés ir a empeñar al “Monte de Piedad”.

- Es buena idea -dijo Chico-, ahora voy ir.

Dice Armando el “Cacho” que Chico ha de haber empeñado la cadena que andaba porque le pagó a él los reales que le había prestado, pero que le contó algo que el “Cacho” no le hizo caso.

- Vieras que desde que empeñé la cadena me están pasando cosas.

- ¿Qué cosas? -le preguntó el “Cacho.

- Como que alguien me está saliendo.

- Saliendo, ¿cómo?

- No sé; que me están asustando.

- ¡Asustando! -y Armando el “Cacho” se le puso a reír.

- Sí, es verdad. Anoche no me dejó dormir un quejido que oía de largo.

- Tal vez algún vecino enfermo sería.

- …y más tarde, alguien que se me sentaba también en mi tijera… y después que yo sentí una mano helada que me pasó por la nuca.

- Dejá de pensar cosas- le dijo Armando el “Cacho” -vos estás volviendo a fumar hierba.

- No, hom…; creelo que no.

- …pues has de estar enfermo tal vez.

- Ve -le dijo Chico agarrándole la manga de la camisa-, aquí ando la boleta del empeño de la cadena en el Monte de Piedad, guardámela por cualquier cosa.

Armando el “Cacho” cogió la boleta, la leyó, y después que la dobló se la guardó en la bolsa.

Eso fue como el martes, el sábado fue todo el asunto.

Que ya sería casi la madrugada cuando ahí en el cuarto donde dormía Chico se empezaron a oír gritos, que la gente hasta se salió la calle a ver, en lo que adentro vieron como un fuego, relámpagos más bien, y Chico salió de adentro ahogándose, con los brazos para arriba, y en seguida se desgajó sobre el suelo con la cara morada.

Llamaron a la Policía y todo, después dijeron que había sido un ataque de asma que le vino dormido.

-¡Quién sabe..!- decía Armando el “Cacho”; aquí ha de haber algo.

- ¿Qués lo que ha de haber?- preguntó una vieja.

Armando el “Cacho” no se quedó tan tranquilo y habló con algunos otros vecinos.

- De todas maneras -le dijo uno- dicen que el hombre tenía asma.

- No- dijo Armando el “Cacho”, si vivía adonde yo vivo. Que era cierto que se volaba sus churros, ¿para qué te lo voy a negar?, pero que tenía asma no.

- De todas maneras -dijo una de las mujeres que estaban ahí- de algo se debe morir uno, ¿verdad?

Armando el “Cacho” no le hizo caso y se vino. Cuando venía en la calle se le ocurrió ir al Monte de Piedad.

Se paró detrás de la barandita del estante y enseñó la boleta de empeño de la tal cadena. El hombre la cogió, la leyó, después se vino a revisar un libro grande, deshojado y café que estaba encima de la mesa; buscó entre las hojas y después se volvió adonde estaba esperando Armando el “Cacho”.

- Ya vinieron a sacar esta prenda -le dijo el empleado.

Extrañado, Armando el “Cacho le preguntó -¿Y me pudiera decir, por favor, cuándo fue que vinieron?

El hombre le señaló la misma boleta que le había devuelto antes.

- Aquí mismo dice que fue ayer en la tarde -le dijo.

- ¿Y quién la vino a sacar?

El hombre alzó la mirada pensando.

- Pues no pudiera decirle -le contestó.
6/dic/06

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