8 de abril de 2013

Intercalación

Francisco Javier Sancho Más

(I)

Piezas de un cuento que leí en un libro de cuyo título ya no me acuerdo

Hubo una vez un hombre joven que dijo que se iba para siempre. Y en aquel pueblo, al principio, nadie le creyó del todo.

(II)

Porque nadie entendía cuál era el propósito de irse, y mucho menos de para siempre. Hasta entonces, que se supiera, no había ocurrido un hecho tan extraordinario. Aquel hombre joven tenía familia, responsabilidades. Y aún más, no hubo quien pudiera encontrarle, entre los propios y los ajenos, un solo rencor, un solo enemigo.

(III)

Al poco tiempo de marcharse, en el pueblo no se oyeron más comentarios sobre el acontecimiento, salvo el callado rumor de los que pensaban que aquel joven sufría un delirio, y esperaban que pronto se acabaría. Nadie se había marchado de ese modo, si no era con los pies por delante u obligado por las circunstancias del destino.

(IV)


“Volverá. Sin duda, volverá”, apostó un viejo en la taberna dos vasos de aguardiente. “Y traerá algo bueno para todos. Seguro. Será una sorpresa. Ha ido a buscarla por nosotros”.

(V)

El caso más parecido había sido el de una mujer que huyó del infortunio en los años de la escasez, pero volvió a los dos meses para rehacer su vida. Ahora había pasado más tiempo, casi un año, y como el joven no volvía, los rumores tejieron un misterio. De boca en boca se iban enzarzando las conjeturas. “¿De qué tuvo tanto miedo para huir así? Pero todo pasa, y seguro que volverá. Nadie aguanta ahí fuera mucho tiempo”.

(VI)

Y después pasaron más años sin que el delirio acabase. Seguían sin encontrar la razón que justificase aquella marcha. Tampoco se acordaban de qué podía buscarse tan lejos del pueblo. Nadie creía que el único afán de un hombre joven pudiera ser el de irse para siempre. El viejo de la apuesta concluyó que ése era el último remedio para quien se calienta la cabeza con demasiadas preguntas y sólo haya una respuesta: irse. “Eso no es lo mismo que dejarse ir”.

(VII)

Precisamente era a los viejos a los que les preocupaba especialmente aquella marcha del hombre joven. Les había costado tanto en otro tiempo, habían luchado en condiciones tan adversas para que las cosas estuvieran como ahora, que no iban a permitir que esa impostura alterase la convivencia del pueblo, y se contagiase una  epidemia general de sinsentido.

(VIII)

Y al cabo del tiempo, al no poder resistir una ausencia que se había hecho, por extraña, tan pesada, decidieron, con la normalidad de los días, que el hombre joven que se había ido para siempre dejara de ser el sin vivir del pueblo por consenso. Así que lo hicieron regresar hasta el tiempo anterior a su partida y se acomodaron a la idea de que nunca se hubiese ido. Y conversaban con él, dormían con él, soñaban con él, y se despertaban “como si él estuviera aquí, entre todos nosotros”.

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