21 de mayo de 2012

En la batalla de las flores


Rubén Darío

Anteayer por la tarde vi salir de lo de Odette a un apuesto y rubio caballero que a primera vista se me antojó un príncipe sajón de incógnito; pero al verle andar, yo no tuve ninguna duda: incessu patiut..., y como iba a subir a una preciosa victoria, dirigíme a él más que de prisa: Señor ..., ¿seréis vos acaso?... (Cerca, ya pude reconocer su cabellera luminosa, bajo el sombrero de verano; los ojos celestes, el olímpico talante.)

–Sí –me dijo sonriendo–. Soy yo. He entrado a buscar un clavel blanco, de una especie exquisita para el ojal; pues según sé, es la flor prisa. Si gustáis acompañarme, iremos a Subimos al elegante vehículo, arrastrado por dos preciosos potros, y regido por un cochero rubicundo, todos tres ingleses.

Apolo –pues no era el caballero rubio– me ofreció un rico cigarrillo, y empezó a hablarme de esta manera:

–Desde hace mucho tiempo dicen por allí que los dioses nos hemos ido para siempre. ¡Qué mentira! Cieto es que el Cristo nos hizo padecer un gran descalabro. El judío Enrique Heine, que tanto nos conocía, contó una vez nuestra derrota; y un amigo suyo, millonario de rimas, aseguró que nos habíamos declarado en huelga. La verdad es que si dejamos el Olimpo, no hemos abandonado la Tierra. ¡Tiene tantos encantos, para los mismos dioses! Unos hemos tenido buena suerte; otros muy mala: no he sido yo de los más afortunados. Con la lira debajo del brazo he recorrido casi todo el mundo. Cuando no pude vivir en Atenas me fui a Paris; allí he luchado mucho tiempo, sin poder hacer gran cosa. ¡Con deciros que he sido, en la misma capital del arte, fámulo y mandadero de un bibliopola decadente! Me decidí a venir a América, a probar fortuna, y un buen día desembarqué en la Ensenada, en calidad de inmigrante. Me resolví a no hacer un solo verso, y en efecto: soy ya rico, y estanciero;

–Primeramente se han olvidado de mí casi todos. Las antiguas musas se quejan porque han sido sustituidas por otras modernas y terribles. La artificialidad sustituye a lo que antes se llamaba la inspiración. Erato se nombra ahora Morfina. Y en una incomprensible Babel, se hablan todas las lenguas, menos la que yo enseñé antaños a mis favorecidos. Por otra parte, cuando yo no tengo un solo templo, Mercurio y Clito impera. Los que vos llamáis poetas se ocupan ya demasiado de la vida práctica. Sé de quien ha dejado un soneto sin el terceto último, por ir a averiguar en la Bolsa un asunto de tanto por ciento.

–Pero: ¿a vos no os hace falta –le dije-, la tiranía dulce de la rima?

–Aquí internos –respondióme–, he de confesar que no he dejado de ocuparme en mi viejo oficio. En ciertas horas, cuando el bullicio de los negocios se calma y mis cuentas quedan en orden, dejo este disfraz de hombre moderno, y voy a hacer algunas estrofas en compañía de los silfos de la noche y de los cisnes de los estanques. Paso por la casa de Guido Spano, y me complazco en dejar mi divino soplo en su hermosa cabeza argentada de viejo león jovial. Visito a Oyuela y le reprendo porque ha muchos días no labra el alabastro de sus versos; y en la casa de Obligado renuevo en el alma del poeta el fuego de la hoguera lírica. Después, otras visitas. Y por último, la que más quiero; las que hago a los cartuchos destartalados de los poetas pobres, a las miserables covachas de los infelices inspirados, de los desconocidos, de los que no han sentido nunca una sola caricia de la fama. Aquellos cuyo nombre no resuena, ni resonará jamás en la bocina de oro de la alada divinidad; pero que me llaman, y me son fieles, envueltos en el velo azul de los ensueños.

En cuanto a mí lira, la tengo guardada en un espléndido estuche; y de cuando en cuando me doy el placer de acariciar sus cuerdas.

–¿Os habréis vuelto acaso dilettante?

–Suelo, en mi calidad de sportsman, recitar en los salones, y aparentar que soy un elegante aficionado a la poesía; más de un álbum u más de dos abanicos conservan algunas rimas que he procurado hacer resonar de la manera más decadente que me ha sido posible; porque, según parece, ello está de moda. Ahora, con la fiesta de la primavera he sentido en mí la necesidad del canto, y me ha sido preciso anda con los ojos bajos para que la gente no se fije en la llamada sagrada que debe iluminar mi faz. ¿No comprendéis que si se supiese quién soy, vendría muy a menos?

-En verdad tenéis razón en sentiros inspirado con la victoria de las flores ilustres: Palermo es hoy el campo pagano y bello donde se celebra, como en los buenos días antiguos, la pomposa beldad de Flora:

Die, quibus in terris inscripti nomina regum Nascantur flores...

Habíamos llegado a Palermo al eco del latín de Virgilio. La fiesta había comenzado. Banderas y flores; trofeos perfumados; derroche de pétalos y de aromas. El amor y la galantería se hacían la guerra amable del corso floral.

¿Apolo había comenzado a recitar? No lo sé; pero al pasar entre los carruajes de donde esa rosa que se llama la porteña, encarnaba la más dulce de las primaveras, en medio del ir y venir de los ramilletes, oí una voz que decía así:

–El poeta ha cantado el génesis de las flores. Cómo nació la gladiola, el laurel divino, el jacinto, el mirto amoroso, y semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel, Herodías en flor del claro jardín...; y la blancura sollozante del lirio, que rodando sobre mares de suspiros, que ella despierta a travéz del incienso azul de los horizontes pálidos, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora.

Luego, tras una pausa:

–La rosa, como una emperatriz, arrastró su manto de púrpura. La aurora, el día de sus bodas, regaló un collar de diamantes a la flor porfirogénita. El lirio es Parsifal. Pasa, con su vestido blanco, el cándido caballero de la castidad. Los pensamientos son doctores que llevan con dignidad su traje episcopal; y cuando el amor o el recuerdo los consagran, tal como los metropolitanos y los abades en las basílicas y monasterios, hallan ellos su tumba en los libros de horas y en los eucologios. El tulipán, esplendoroso como un Buckingham, se pavonea con la aureola de su lujo. Las violetas conventuales, como un coro de novicias, rezan un padre nuestro por el alma de Ofelia. Sobre un palanquín y bajo un parasol de seda viene la crisantema, medio dormida en un vapor de opio, soñando con su país nippón: en tanto que el loto azul se alza hieráticamente, como buscando la mano de los dioses. Los asfódelos feudales y las alegres lilas, consultan su horóscopo con el astrólogo heliotropo; y las blancas bohemias llamadas margaritas dicen la buena aventura a los enamorados.

Las campánulas, desde sus campanarios verdes, tocan a vísperas o anuncian bodas o funerales, mientras las camelias cantan entre pétalos un aire de la Traviata. ¿Quién se acerca al eco de la voz de Mignón? El azahar epitalámico y adorable...

Se interrumpió el monólogo.

En un elegantísimo carruaje se erguía una dama joven y gallarda, que por su hermosura mereciera ser coronada reina del corso. Apolo se arrancó el clavel de la solapa y lo arrojó a la beldad. Esto sucedía frente al palco de la prensa, donde la batalla estaba en su mayor agitación.

Después seguí escuchando:

–La batalla de las flores ¿qué es junto a la batalla de las miradas?

Los suspiros no luchan porque son los enviados de las mutuas súplicas.

En un corso como éste, las flores suelen llevar malos mensajes, y suelen ser mentirosas. He visto a un caballero enviar un ramillete al cual había confiado esta frase: «Yo te amo», cuando en su corazón todo el fuego amoroso es ya pura ceniza. Una niña gentil y vivaz ha encargado a cuatro azahares la misma respuesta... Y una rosa se ha puesto más roja de lo que era al llevar tan extraña declaración.

¡Tiempo feliz de los trajes claros, de los tules y de los sombreros de paja! ¡Horas amables sobre los terrazos, y en los claros de luna; horas en que en los parques y jardines celebran las flores sus walpurgis y agua mía azules! En tanto que la primavera traiga siempre la eterna carta de amor; en tanto que las mejillas de las mujeres sean tan frescas como los centifolias; en tanto que la gran naturaleza junte su soplo fecundo en el ardiente efluvio de los corazones, los dioses no nos iremos; permaneceremos siempre en la tierra y habrá besos y versos, y un Olimpo ideal levantará su cima coronada de luz incomparable sobre los edificios que el culto de la materia haga alzar a la mano del hombre.

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