21 de mayo de 2012

Luz de luna


Rubén Darío
I
Una de las tristes noches de mi vida –aquella en que más me martirizaba el recuerdo de la más pérfida de las mujeres–, dirigí mis pasos fuera de la gran ciudad, en donde las gentes hacen sus negocios y se divierten en la sociedad y en el sport.

En el tranquilo cielo estaba, como en una pálida bruma de ensueño, misteriosamente fatal, la Luna. Su resplandor descendía a bañar de plata las grandes planicies y a enredar en los árboles, negros de noche, temblorosos hilos de luz.

¿Por qué será? –dije con una voz tan secreta que solamente la escuchó mi alma–; ¿por qué será que hay almas solitarias con las cuales se encarniza el dolor? Y recordé que el poeta de los Poemas saturninos encuentra el origen de ciertas amargas existencias en el astro extraño, Saturno.

II
Por el camino que al claro de Luna se extendía, ancho y blanquecino vi venir una carreta desvencijada, tirada por dos escuálidos jamelgos viejos. Seguramente era una compañía de saltimbanquis, pues alcancé a ver un negro oso, trajes de farsa, panderos y baúles viejos. Mas cerca, no tuve duda alguna; reconocí al doctor Casandra, a la señorita Colombina, a Arlequín...
Una súbita inquietud se apoderó de mí. Entre toda aquella comparsa faltaba un rostro caro a la pálida y melancólica Selene.

Colombina sonrió maliciosamente, hizo un pícaro guiño y después se inclinó en una bella reverencia. Arlequín dio tres saltos. El doctor se contoneó. El oso pareció decirme, con una mirada: «Estás convidado a la cacería de Atta–Troll.» Y cuando busqué en mis bolsillos alguna moneda de cobre, ya los dos jamelgos viejos y escuálidos iban lejos, con un brote inusitado, al argentado brillo de la Luna.

III
Largo rato quedé sumido en mis acostumbradas meditaciones. De repente vi llegar, en carrera azorada y loca, por el camino blanquecino y ancho la figura cándida de Pierrot. ¡Debía de haber corrido mucho! Su cara expresaba la angustia; sus gestos, la desolación. Con su conocida mímica explicaba de qué modo se había quedado atrás; cómo sus compañeros le habían abandonado mientras él contemplaba, en un celestial éxtasis, el rostro de la Luna.

Yo le indiqué la senda que seguía la carreta. Le manifesté cómo yo era un lírico amigo suyo, que vagaba esa noche,. al amor de Selene, martirizado por el recuerdo de la más pérfida de las mujeres. Y él sinceró en su máscara de harina la más profunda manifestación de condolencia.

Después siguió, en carrera precipitada, en busca de la alegre compañía. Y mi alma sintió una inmensa amargura, sin saber por qué, al contemplar cómo se perdía, en la extensión del camino, aquella pobre figura del hombre blanco, de Pierrot, el silencioso enamorado de la Luna.

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