26 de agosto de 2012

Alicia entre dos espejos

Francisco Javier Sancho Más

Le gusta posar así, la cabeza de lado y el resto del cuerpo contra el cielo. Siempre le extraña no reconocerse en la imagen de la otra semidesnuda, sobre una camilla y copiada entre dos espejos hasta el infinito.

Se desliza su camisón levemente hasta la cintura, e imagina una mariposa replegando las alas antes de alzarse en vuelo.

No sonríe, ni siquiera cuando se complace al mirarse. Traba con una mirada gélida cualquier aproximación de las otras, en el fondo de los espejos. Allí en medio, sobre la camilla, reina segura, inalterable, única mariposa de un día en que la vida no es más que el espacio entre dos soles.

Aún está algo cubierta, pero si aguardamos un poco, se quedará completamente desnuda. Flor contra cielo. Con la cabeza de lado, comprueba (en el espejo) que nada inmóvil es real. Encima de sí, diminutos y tímidos, crecen como hierba los pezones de sus pechos. Son los primeros anuncios de lo que está por llegar. Bajo una luz opaca, la imagen repetida muestra su pelo derramándose por la espalda, como queriendo escapar del cuerpo, desnudo ya, y atrapado entre los dos espejos.

Hace tiempo, la camilla yacía aquí, extravagante como los demás objetos que venían condenados a una muerte lenta, en esta especie de trastero del que ella se empeñó en hacer su cuarto. Era una camilla ginecológica, donada en los tiempos de la escasez, para la que no pudo hallarse un lugar más apropiado. A nadie le interesó, excepto a ella. Cuando era más pequeña solía venir a treparse y, estando arriba, jugaba a navegar sobre la cubierta de un barco altísimo desde donde miraba con temblores de vértigo el inmenso suelo mar. Si se descuidaba corría el riesgo de perecer, sin aire apenas para pedir auxilio, así que se traía al juego a un capitán de azul marino al que le imploraba que no la dejase caer.

En cuanto a los espejos, ambos son idénticos. Todavía brilla el barniz en la madera de los marcos. Ni una mota de polvo sobre las lunas. Originalmente, debieron de pertenecer a un juego de salón de elegantes proporciones. Tal vez, fueron espejos de esquina, y no como ahora, en esta caprichosa disposición, uno frente al otro, camilla en medio y multiplicándose hasta el fondo la silueta dibujada de ella. De un lado, su mirada fría; del otro, su cabello en fuga, como el de los ángeles barrocos: manantiales atrapados.

Se oye un ruido que proviene de otro lado de la casa, detrás de esa puerta parece que no puede haber nada. Cristales rotos y chirridos sobre madera. Ya viene. La mariposa al revés se alerta, y permanece ahí con la cabeza de lado y el resto del cuerpo contra el cielo. No se perderá ni una sola de las contracciones que el dolor elevará hasta sus ojos. Fruncirá los labios y la frente, pero el dolor le estirará por dentro como si el pitón de un toro le cercenara la vida; la alzará en el aire como en un sacrificio primitivo a un dios animal. Estará desarmada y desnuda, pero no cerrará los ojos. Navegará por las ondas infinitas del viaje nauseabundo que se refleja.

Ahora que ya lo sabe de memoria, y que ha tenido tiempo de rescatar una a una las imágenes guardadas en el fondo de los espejos, creyó que esta vez sería distinto. Probablemente, le dolería mucho más, porque ya no habría la magia del olvido con que restarle después un ápice de verdad a las huellas en su cuerpo y en su conciencia. Llegado el momento, sólo le quedaba conjurar a los espejos para que le enviasen ayuda.

Lo que más le disgustó fue haber tenido que salir a la fuerza de su habitación. Todo comenzó en el instante en que su padre advirtió circunspecto lo continuo del sangrado, una huella húmeda que iba dejando en cada lugar donde reposaba. El sofá, el retrete, la camilla. Así que un día, tuvo que someterse a la revisión de un médico que con la frialdad de sus pálidos guantes le hurgó por dentro, venciendo su resistencia. Sucedió sobre una camilla muy blanca que, aun siendo de iguales proporciones a la suya, se le antojaba grotesca. El ginecólogo hacía preguntas cortas y su padre las contestaba. Los dos se apartaron un momento para que se vistiera, y la dejaron allí, tendida en silencio, con la cabeza de lado y el resto del cuerpo contra el cielo. Una cortina blanca, tan blanca como la camilla, se cerró y agigantó la sensación de aislamiento.

El médico se ofreció para ayudar al padre a llegar hasta una silla, pues era visible la parálisis que le hacía caminar gobernando únicamente la mitad derecha de su cuerpo. El pelo le crecía solamente de ese lado, en mechones lacios y canosos. Aunque se asistía con un bastón y parecía acostumbrado a valerse por sí mismo, el médico descartó una oscura sospecha cuando vio sus movimientos precarios. Detrás de la cortina, donde estaba la niña, no había nada, y ella añoró sus espejos con los que jugaba a verse mariposa. Pasó un momento en que todo alrededor de ella se había vuelto sordo. Pero al final, alcanzó a oír algunas palabras que le llegaron fugitivas.

- Le aseguro que es un caso único en mi carrera - decía el médico sin salir de su asombro, y lo repetía acentuando la ú con el esfuerzo de quien descorcha una botella.

-¿Único?– repetía el padre, pero a éste casi no se le oía la voz.

- Sí. ¡Y además es una barbaridad!

- Perdón, no le comprendo – repuso el padre confundido. Le ruego que me explique con claridad.

Yo…no soy de muchas letras.

-¡Que es una barbaridad, señor mío! - insistió con más rotundidad. Creyó apropiado dejar unos segundos de silencio, y luego continuó -. ¿Quiere saber por qué? Bueno –y tosió sin ganas, llevándose cerca de la boca una mano enorme –; debe entender que esto es sólo el principio. -El padre pensó entonces que esa mano debía de dolerle mucho a una niña tan pequeña-. Todavía es necesario que se haga algunas pruebas para contrastar los datos. Pero, sin temor a equivocarme, me atrevería a decir que su hija posee un himen regenerativo. Se conocen un par de casos, tal vez tres en todo el mundo, y están documentados. Ninguno sigue con vida.

El padre se revolvió en la silla. Se rascó la cabeza y arrugó el entrecejo, a lo que el médico reaccionó elevando el tono de voz. Se olvidó de que la niña estaba detrás de la cortina, y podía escucharle.

- Es sencillo – le explicó como si creyese que realmente lo era -. Su hija nació con un himen que, al ser penetrado, sufre el consiguiente desgarro, lo que llamamos comúnmente perder la virginidad, ¿me entiende? Después, por una contradicción congénita, su himen se regenera como si nada hubiera sucedido, o sea que, en sentido fisiológico, podemos decir que recupera su virginidad. Ese proceso no dejará de padecerlo nunca – el doctor se incorporó apoyándose en el filo de la mesa y respiró profundamente -. Por lo menos, uno de los casos que recoge la literatura es el de una mujer que se fue a la tumba tan virgen como había venido al mundo, y eso después de que hubiera dado a luz en varias ocasiones. Pero, ¿sabe una cosa?, es como si se tratase de una condena que les impusieran al nacer.

-¿Por qué? – preguntó el padre con voz ahogada.

- Siempre lo harán con dolor, amigo mío. El coito, sí. Siempre con el dolor de la primera vez. Pasarán de un estado febril a un placer extraño y pegajoso. En cambio…Para un hombre - y bajo la voz por si la niña aparecía – Usted perdone la confianza. No ponga esa cara, amigo, yo me refería a… usted ya sabe, considerando esto una vez que su hija sea adulta y…- se retiró del filo de la mesa con apuro -. Fíjese que entre los casos que le mencionaba antes, está el de otra mujer que entró en un convento y se hizo monja, con votos de castidad y todo. Pero yo siempre me pregunté cómo demonios se supo que esa monja padecía de himen regenerativo, y ¡hasta el punto de registrarlo en un manual de Medicina! ¿No le parece sospechoso? – le dijo sonriendo.

Al ver la cara del padre lleno de estupor, adoptó entonces el tono moralista de algunos médicos acostumbrados a la gente que asiste a las consultas con el mismo afán con que en otro siglo iban al confesionario. Dirigió la mirada a las notas del historial que rellenaba a intervalos y prosiguió con ligereza:

- Lo que es una auténtica barbaridad es que esta niña…, déjeme ver – se ajustó las gafas para leer la edad que decía la ficha, y pensó que era un buen caso para publicarlo en una revista científica. Ahora, delante del padre de la paciente, debía alarmarse -. ¡Dios mío! ¡Tan sólo trece años, y ya está siendo…! Dígame: ¿sale a menudo de casa?, ¿ya fue usted a su colegio?, ¿conoce a sus amigos de juego?, ¿algún familiar cercano la visita?, ¿alguien del que usted ni siquiera sospecharía? Su dolor debe ser terrible, ¿se lo imagina? ¿La niña nunca ha tratado de decirle algo al respecto?, ¿no le ha contado de alguien que le haga regalos, prendas de vestir o cosas semejantes?, ¿qué hace cuando usted no está en casa?

El padre, desesperado, no podía creer que lo estuviera oyendo otra vez. Se tapó los oídos con las manos porque dentro de su cabeza retumbaban, no las preguntas del médico, sino otras palabras que iban y venían, ruidos que aumentaban los decibelios, como bolas chocando contra las paredes del cráneo. Esas palabras se agazapaban en su interior y le sorprendían en cualquier momento. Creía que iba a enloquecer. Se apretó fuertemente la sien, y por fin le vino un silencio nada tranquilizador. Era la amenaza de una vieja pesadilla.

-¿Qué le ocurre señor, no se encuentra bien?- le preguntó el doctor alarmado. Más cuando vio que se reponía, comenzó a bromear:

- ¡Qué imprudencia la suya! ¿No ha oído nunca que el lugar menos indicado para que a uno le dé un ataque es en la consulta del médico? Venga, no se asuste, enseguida le traen un café.

– Y llamó por el interfono a la enfermera, exhibiendo la tramoya de un pequeño teatro donde él era director y protagonista.

Todavía un poco consternado, el padre buscaba la forma de hacerle saber al médico la absoluta necesidad de su ayuda. Tenía que hallar la solución de un misterio que por sí solo no sabría resolver. El doctor ahora tenía los ojos puestos en la enfermera que traía el café y le obsequiaba un guiño. Él respondió con una sonrisa lasciva. Luego, se apoyó de nuevo sobre el filo de la mesa con la barbilla casi encima del padre. Miró hacia la cortina, donde se ocultaba la niña. Allí, nada se movía.

Al calor del café, el padre alcanzó a explicar con la respiración y las palabras entrecortadas, que él la veía a todas horas. La niña no salía casi nunca de su habitación. Se podía decir que no tenía amigas, al menos de esas que invitan a sus fiestas de cumpleaños. Y aunque la invitasen, él no consentía. A esa edad, ya se sabe, los peligros que acechan a las jovencitas en las calles son innumerables. No hacía falta más que ver los programas de televisión por la tarde, saturados de escenas atroces de niñas torturadas a manos de hombres desalmados, niñas abandonadas en la cuneta de una carretera comarcal, o en el lecho de un río. Cuántas veces no se había sentido él como uno de esos padres que mostraban su desconsuelo en un plató, sin poder contener las lágrimas ante el primer plano de una hija desaparecida al salir del colegio. No, la calle no era un lugar seguro. El único sitio donde no podía vigilarla era precisamente en el colegio.

- Espero que el problema no venga de ahí. La profesora es buena, yo la conozco desde hace mucho. Créame, es de fiar - y lo reafirmó con la cabeza, esperando que el médico imitara el gesto. Pero no lo hizo, tan sólo se quedó escuchándole.

Así que en el colegio no había riesgo, y en la casa, a ella le gustaba pasarse la tarde entera encerrada en su habitación. De vez en cuando, él se acercaba a su puerta para saber si todo iba bien, o si necesitaba algo.- Y supongo que hace lo mismo que las muchachas de su edad: imaginarse durante las horas muertas historias de príncipes o marineros, y seguro que hasta baila con ellos delante del espejo. A las niñas les gusta contemplarse cuando interpretan su papel de inocentes o malvadas. Todas hacen lo mismo, ¿no? Pues su hija también. El resto del tiempo, ella limpiaba, ordenaba un poco, se encargaba de las compras del día. Pero la mísera pensión de invalidez no les daba para mucho, así que la niña volvía rápidamente de la tienda.

Mientras tomaba un nuevo sorbo de café, ya frío, el padre miró un cuadro colgado en la pared. Era una foto vieja en la que aparecía un grupo de muchachos, el médico entre ellos: despeinados, la camisa por fuera, la sonrisa, el abrazo de los compañeros de juventud y detrás, borroso, el paisaje montaraz. Eran los recuerdos inconfundibles de la época dura de la escasez y los combates. Y a pesar de todo, el grupo posaba con aires insolentes de victoria junto a un retrato del héroe, colocado allí para la foto. El icono de todos. Se difuminaba un poco porque era una fotografía dentro de otra, pero aún se le podía adivinar el gesto torcido y la fuerza de su mirada clavada en el horizonte. Del héroe de esos tiempos no se conservaba más retrato que aquel, realizado poco antes de su muerte (como si la hubiese presentido), años antes de esos jóvenes que lo llevaban como insignia en medio de otra guerra donde muchos querían ser como él, y mucho antes aún de que se exhibiera en la consulta de uno de esos muchachos que se hizo médico.

El padre de la paciente señaló la foto con el dedo, y dijo:

- Así que usted también estuvo allí.

El médico asintió en silencio de un modo que se pareció más a una disculpa. El padre agachó la cabeza y siguió hablando de lo que tenían en común:

-Yo también guardo esa foto en casa. Me refiero a la del héroe, claro – y sin mirar la mano alzada del médico que no deseaba seguir con el asunto, le preguntó -: ¿Adónde los enviaron?

- No, no – se excusó retomando su papel de director de escena, y le quitó importancia –. A nosotros nadie nos mandaba. Íbamos por propia voluntad, como parte de la formación médica en tiempos de guerra, ¿sabe? Una ocasión única. Éramos tan jóvenes entonces que... – y a medida que terminaba la frase se asqueó de decirla, como si comiera pan manido.

- En cambio a mí me mandaron. Al frente Norte, y luego al Oeste – repuso con gravedad el padre de la paciente. Buscaba en el médico algún gesto de admiración. Y lo halló en sus ojos abiertos como platos.



Todo el mundo sabía lo que había ocurrido en el Oeste en aquella época, lo más sangriento y cruel de la guerra. Los pocos que pudieron volver sobrevivían en condiciones semejantes a las de él.

- Me explicaron mil veces que la perforación me había dañado no sé qué músculos y nervios. Querían que yo lograse entenderlo. Para qué me servía entenderlo. El caso es que ahora ando de medio lado, porque el izquierdo más bien lo arrastro, como si se me hubiera encaramado un muerto. Le juro que, a veces, me miro la mano o el pie para comprobar que siguen ahí. Por eso es que estoy casi todo el tiempo en la casa. Qué remedio. Usted sabe que una pensión de invalidez no da ni para llegar a la quincena, y, claro, mi lista de acreedores va en aumento. ¿Qué otra cosa podría pasarme, doctor?

El médico miró de reojo a la cortina. El padre pensó que estaría impaciente por saber más detalles sobre el caso de su hija, o bien pudiera ser que sólo estuviese espiándola, tratando de verla al trasluz mientras se vestía nuevamente. En fin, lo disculpó pensando que eran cosas que pasaban entre hombres de esa edad. Pero sin dejar que le hiciera más preguntas, le siguió contando que la niña había sido la consecuencia de uno de esos amores de trinchera que estuvieron en boga durante aquella otra época. Él debía acordarse de esa moda de ruptura con los núcleos de la familia y los viejos esquemas, y de tantas otras jerigonzas en las que se ponía el corazón en préstamo y luego se lo devolvían a uno hecho añicos, como un cristal barato. Debía acordarse de cómo eran aquellas cosas. Bueno, puede que no, ¿acaso no dice que a los estudiantes de su clase no les mandaba sino su propia voluntad? De todos modos, no debe resultarle ajeno. Seguro que recuerda.

Las mujeres en la frontera tenían un acento confuso. En aquella época, decían que eran de aquí o de allá, y se la pasaban violando las normas establecidas para el trasiego de personas entre un territorio y otro. Solía ocurrir que, a veces, dos hombres de bandos contrarios compartían los favores de una misma mujer, y en consecuencia, se producían más disparos a causa de amantes despechados que por asuntos de guerra propiamente. La niña se parece tanto a su madre, sobre todo cuando se queda así con la cabeza de lado.

Un par de noches estuvo con la mujer, sólo eso, suficiente para recordarla el resto de la noches que duró la contienda. Ella le había prometido volver. No llevó nunca la cuenta de los meses, la lucha se prolongó demasiado tiempo, y no fue posible el reencuentro. Cuando llegó el armisticio y menguaron las prohibiciones y los combates, él pidió un permiso y se fue en busca de la mujer. Ella le había hablado de un pueblo. Le había contado su vida. No estaba lejos. Ahora iba a saber si todo era verdad.



Pero las mujeres de la frontera no son iguales a las demás, y provocan desgracias. Fue antes de llegar al pueblo. Se alejó un poco de la ruta hasta encontrarse en un cruce de caminos despoblado. Por un instante perdió el sentido de la orientación. Entonces se abandonó a que las cosas sucediesen como tenían que suceder. O tal vez fuese lo contrario: que él mismo hubiera atraído la metralla sobre una orilla de su cuerpo. De cualquier modo, estalló en mil pedazos sobre su costado y lo dejó de este modo, medio vivo y medio muerto. Faltaba aún mucho tiempo para que con el alto al fuego se desenterrasen las minas. Lo extraño fue que no le cercenó ningún miembro de cuajo. Tal vez hubiera sido mejor, piensa, que verse arrastrando medio cuerpo. Las gentes del pueblo que buscaba, al oír la deflagración, acudieron a auxiliarle. Un enfermero le salvó las heridas de la infección. Lo dejaron reposar en la casa de una anciana hasta que se repusiera de unas heridas que en principio no parecían tan graves. Pensó que su inmovilidad parcial remitiría más tarde. Las heridas cicatrizaron, pero el daño peor estaba adentro. Un día, la mujer llegó a visitarle. Trajo envuelta en un paño a la criatura, y sin más preámbulos le dijo que ésa podía ser su hija. No importaba si era o no de él. Le dio a entender que la creía, pero le pidió que se fueran de allí, a la ciudad. Ella lo siguió, pero no pudo acostumbrarse. Un día, le dijo que tenía que volver a recoger algunas cosas, y dejó a la niña a su cuidado.

No ha vuelto desde entonces. Él la sigue esperando porque no ha perdido la esperanza de que la niña sea el motivo para que su instinto maternal la traiga de nuevo. Pero las mujeres de la frontera no son como las demás. Cuántas noches, en su casa, no ha velado a la niña, meciéndola entre un brazo y el pecho, con los ojos fijos en la puerta, como si en cualquier momento ella fuese a aparecer. Su desesperación y la niña han ido creciendo juntos.

-Y tener que hacer de todo con este revoltijo de ácido por dentro, no crea que es fácil.

Ahora, cuando ya no aguanta más soledad, sale de casa un rato y desaparece para que la niña no lo vea derrumbarse, porque de seguro, ella le quiere, le comprende, le perdona.

- Si supiera qué tierna se le siente a veces, a pesar de su silencio. Si esa niña tuviera más palabras en la boca....

Lo reconoce. Se emborracha de vez en cuando, pero antes de llegar arrastrándose del todo, espera que se le pasen las náuseas en alguna esquina por miedo a perderse otra vez en un cruce de caminos despoblado. Cuando alcanza la puerta de la casa, suele abrirla con estrépito. Sumergido en la humedad caliente del alcohol, está siempre dispuesto a encontrarse por fin a la mujer que, de vuelta de los años, le estaría esperando. Pero nunca hay nada más que el juego de sillones vacíos desdoblándose, y esa niña en un cuarto del fondo.

- Sin embargo, habrá un día en que suceda de verdad. De verdad, de verdad…

Mientras, ocurre lo mismo de siempre: cuando sus ojos no ven a la mujer ni a nada, se va a tumbar sobre la cama para evitar que la niña lo halle en ese estado. A pesar de todo, tal vez no lo crea, hay ocasiones en que ella viene y se queda a su lado mientras le acaricia el pelo y le repite una cantinela, “pobrecito, pobrecito, pobrecito”, hasta que él se duerme.

- No se escandalice. No es tan egoísta confesar que la cuida con esmero para que su madre aparezca, más que por el bien mismo de la niña. Ella, usted puede comprobarlo, no tendrá ninguna queja de él. Sólo le contará maravillas. Al fin y al cabo, le consiente casi todo. En casa no le priva de hacer lo que ella quiera, ni de encerrarse en su cuarto de silencios y de espejos. Cada cual es como es, y las manías se agarran tanto a uno que al final acaban siendo la única compañía cuando se llega solo a la muerte. Yo sé lo que me digo; estuve bastante cerca.

El doctor ensaya un nuevo gesto, tratando de ocultar su estupor y las ganas de orinar. Se desplaza hacia un lado y cambia de postura. Le angustia la sensación de estar aprisionado entre la foto de la pared y el padre de la paciente. Se excusa con urgencia y va al servicio. Allí, por fin, respira hondo y da rienda suelta a la orina contenida. Se sumerge por momentos en la ilusión de estar a mil años luz de aquella escena, arropado por el ruido del chorro. Una vez reconfortado, no puede evitar aparecer de nuevo con la arrogancia de un ganador. Contempla una vez más a aquel extraño ser atrapado y casi inmóvil por un pasado que lleva a cuestas. El tiempo estaba devorándolo sin piedad a fuerza de repeticiones. Su vida no era más que la inclemencia de una triste pensión de invalidez y el desconcierto de esa hija, fruto de unos amores de trinchera, que se hallaba en plena pubertad y no dejaba de sangrar. Desolador, pensó, y tuvo el impulso de apretarle el hombro, consolarlo, pero no lo hizo. Prefirió hablarle desde el otro lado de la mesa.

- Pues bien, querido amigo, quisiera expresarle mis disculpas. Le aseguro que desde el principio no tenía intención de alarmarle. Menos aún deseo que usted albergue sospechas sobre alguien de su entorno (¡pero si no hay absolutamente nadie en su entorno!)- recapacitó sorprendido de lo que acababa de decir -. Debe comprender mi sorpresa. Para mí es el primer caso que... Bueno – prosiguió con suficiencia-, ahora que nos hemos entendido, y no es por restarle importancia al asunto, la única conclusión posible es más que evidente.

El padre le interrogó con la mirada, delatando su propia sensación de estupidez por no adivinar con la misma facilidad la clave del asunto. El médico le hizo señas con el dedo para que se acercara un poco y comentó en voz baja:

- No hay duda de que se trata de acto autónomo de la paciente – y su voz se hizo aún menos audible -.

Quiero decir que ella parece tomárselo como una especie de juego, pero un juego en el que utiliza algo punzante, y doloroso. Lo importante es que usted no se asuste.

El padre volvió hacia atrás la espalda, estupefacto. De nuevo estuvo a punto de enloquecer por el ruido de las palabras intrusas que se alojaban en su cerebro. Ya no acertó a oír las otras explicaciones del médico: que a esa edad, a los niños y a las niñas les da por jugar a conocer su cuerpo y sus emociones; que era parte del proceso habitual de crecimiento, incluso si lo hacían de manera brusca y descontrolada; que a pesar de todo le iba a recomendar a una amiga psicóloga con mucha experiencia en adolescentes; que él mismo, claro, le recetaría antibióticos para evitar el riesgo de infección.

El padre se debatía oprimiéndose la sien con las manos para amortiguar los golpes de un eco atronador. Su único afán era no dejarse romper la cabeza desde adentro. Ya no se acordaba de lo que había pretendido al venir al médico con la niña.

Cuando pasó lo peor, se enderezó como pudo. Se arregló torpemente el pico de la camisa que se le había salido del pantalón por el lado del cuerpo que sufría la parálisis. Sin excusarse, fue decidido a buscar a la niña. Le extrañó hasta ese momento que no hubiese aparecido todavía. Por un instante, lo detuvo el ligero temor de un mal presentimiento. Con la mano buena, aunque temblorosa, empezó a descorrer lentamente la cortina blanca. Mientras lo hacía, le molestó una imagen que se le vino fugaz y caprichosa de la que intentó zafarse como de una mosca: la loca figuración de estar frente a un público que asistía inocente al final de un truco de magia: “y ahora, señoras y señores, detrás de la cortina, ¡tachán!, la niña ha desaparecido”. Aplausos del respetable. Pero no. Al contrario, la descubrió tan quieta y sola como siempre, sin notar apenas que se estaba ajustando el vestido por debajo. Le tomó del brazo sin mirarla, como si estuviera desnuda todavía, y cuidó de no dejarla caer de aquella camilla. La llevó, asida a su brazo, hasta la puerta. Al pasar, cogió sin agradecimientos la receta que el médico le alcanzaba y se alejó desatendiendo las llamadas de la enfermera que, al final del pasillo, le estaba dando otra cita para dentro de dos semanas.

El viejo soldado inválido se detuvo un momento. Una mitad de su cuerpo se resistía a avanzar, pero con la ayuda de la niña, reinició la marcha. Iban mirando el suelo, pero en realidad no era más que un vacío de agua inmenso lo que los dos iban mirando. Y salieron de la consulta, con el paso lento, como si fueran en pos de un largo viaje.

Ahora, han pasado varios días sin que el padre y la niña se hayan visto cara a cara. Ella cae en la cuenta de que, en realidad, lo peor no ha sido que la llevasen al médico, sacándole a la fuerza de su cuarto; ni tampoco los dedos fríos de goma hurgándole sobre una camilla extraña, sino esta tregua de tiempo en la que ha podido distinguir con claridad entre lo que es cierto y lo que no. Asistida por la memoria y su imaginación ha rehecho su historia. El padre no sabe que la niña había oído casi todo en la consulta.

Se rompen algunos cristales. Una punta de madera chirría hiriendo el suelo. Ahora no tiene más remedio que conjurar a los espejos para que, en mitad del trance, le brinden la ayuda perfecta, la magia de enviarle a quien le ha de salvar a última hora. A ella le gusta posar mirándose de un lado y del otro, entre los dos espejos que se copian y se cuentan sus secretos. Es la única manera de esperar: quedarse así, con la cabeza de lado y el resto del cuerpo contra cielo, y sus pezones creciendo diminutos como hierba sobre el pecho.

Si bien de cerca, es suave, sensual, casi de cera; vista de lejos y por entero, es una niña que se contempla con miedo, como si su desnudez no fuera suya. Y con los ojos, juega a vencer el miedo dejándose poseer por el demonio en todas las bocas del espejo. Se dobla, hace contorsiones imposibles. Se aprieta los pechos, tensa los muslos, echa espumarajos por la boca. Pero desde el fondo del laberinto de cristal no le devuelven otra imagen que la de una mariposa a punto de alzarse en vuelo.

El camisón se le cae hasta la cintura. Aguarda. Su camilla empieza a oscilar igual que un barco en mar revuelta. Y se aferra a ella como puede. La embestida es inhumana. Pero no es un semidios animal el que entra; no es un hombre exudando efluvios de alcohol en toda ella, sino el que ha venido al abordaje imaginario desde el fondo de los espejos: un capitán que, sin arrugarse el uniforme azul marino, le hace el amor sobre cubierta, a riesgo de perecer por éxtasis o dolor en aquel suelo mar que está debajo.

La niña no mira su sangre, ni atiende a su condena de dolor desde pequeña. Antes del fin, hay algo que interrumpe la violencia. No es la sangre ni el temblor de mariposa; son las palabras. Una sola vez, ella, temerosa del mar sin fondo en que se convirtió el suelo, volverá la vista en busca de auxilio. Y a pesar del daño por la punzada horrible, el que le aborda halla en sus ojos un rastro de dulzura insoportable. Y enloquece al no saber si las palabras que oye vienen de afuera o desde adentro. Es la voz de la niña que aún le alcanza para, antes del fin, pedirle sin remedio:

“No me hagas daño esta vez. ¡Por lo que más quieras

Managua, La Paz, Sevilla, Barcelona. 2006-2007

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