16 de agosto de 2012

Dolor profundo


Ulises Juárez Polanco 
1.
¿Qué recomienda el manual de instrucciones cuando nuestro rostro se asoma al espejo y uno no se reconoce? Soy un fugitivo, Gregorio Samsa después de la metamorfosis, no soy el de hace unas semanas. He cambiado. Bruscamente. Debo hacerlo, no hay marcha atrás, es lo mejor para mí y mi pareja. Alguien me apura, por la espalda me fastidia y apura. Agua en mi rostro para limpiarme, las palmas de mis manos uso como vaso y bebo, me limpio la cara y me asomo con temor a ese rostro que, macabro, me mira desde el interior del espejo. Alguien que no soy yo.
2.
Es sábado por la mañana y el Mercado Oriental está a reventar. El corazón del comercio capitalino es una gran mancha que desde arriba, cuando los aviones pasan rumbo al Aeropuerto Internacional, parece una orbe en miniatura dentro de Managua, muñecas rusas urbanas. Aquí se promete desde un alfiler hasta mansiones completas, y si las leyendas son ciertas, misiles SAM-7, submarinos rusos y hasta una avioneta cuyo descubrimiento, sin aparecer en los noticieros de nota roja, se trató de aquella bautizada como Narcojet. Todo aquí tiene precio. Todo.

El joven Julio Cortés salió de la letrina improvisada y pagó los dos pesos a la señora. Preguntó dónde quedaba el área de las verduras y dio un nombre. La señora obesa que llevaba las cuentas, le dijo, «por allá, ¡sinvergüenza hijueputa!». La reacción no tuvo relación con la tardanza en el lavamanos, menos, con la ubicación del área de verduras. Era el nombre por quien había preguntado.
3.
«Cuando me busqués el sábado, preguntá por el Señor de las cunas, ahí en el área de las verduras. En el mercado todos me conocen, no te me vas a perder. Llevá todo el dinero que no tengo tiempo para regalar; si me regateás, olvidáte de mí. Soy directo, a mi modo, o ni modo. Si sentís que estás cambiando de opinión, decíte a vos mismo: ‘Debo hacerlo, no hay marcha atrás, es lo mejor para mí y mi pareja’. Te me vas de camisa roja, gorra negra y lentes oscuros, para reconocerte. No te preocupés, una vez que llegués, yo sabré que estás aquí».

No podía sacarse de la cabeza la conversación telefónica. ­Pensando iba, cuando una niña le salió al paso:

– ¿Qué anda buscando, señor? ¿Seguro que no quiere que le venda algo? Quizá para su muchacha…

– Nada, nada. Ando buscando unas cosas para la casa. Dame lugar…

– Tengo unas cunas bien bonitas para usté.

La línea se hizo materia y espada cruenta le rompió su costado. Ni el calor infernal del mercado con todo su genterío evitó que dos gotas heladas le perlaran la sien. De su frente para dentro había una gran masa derritiéndose paralizaba por completo. «No se preocupe, ni tiene que decir nada, sólo sígame», le pareció escuchar antes que la niña le tomara la mano y lo condujera por los laberínticos trechos del Mercado Oriental. Julio Cortés era un autómata ambulante.
4.
– Así que vos sos el famoso Julio. Te imaginaba diferente – escuchó el autómata. La mesa estaba al fondo de un tramo que publicitaba objetos, libros y revistas religiosas. Antes, durante la caminata con la mujer, sintió la angustia de los hombres que entraban al laberinto del Minotauro. Ahora, sólo atinó a balbucear un par de palabras incompletas, evitando mirar a los ojos del Señor de las cunas.

– El asunto es el siguiente. Como te tardaste en actuar, hay que entrar y sacar. Eso lo hago yo, rápido, en unos minutos. Después, yo desaparezco, me hago humo, pero te ofrezco asesoría y acompañamiento a distancia después del procedimiento. Soy médico, o lo fui, es lo mismo. Todo esto es 100% seguro, pero por si acaso, en caso de irregularidad posterior, llamás a este número, avisás, y te me vas al Velez Paíz, ahí vas a emergencias, preguntás por Carlita o Martita que ellas te atienden sin hacer preguntas. Por todo este servicio, son mil verdes. ¿Hay trato?

Julio Cortés, 26, administrador de empresa y gerente de ventas de una lujosa tienda de ropa de la familia, sacó diez billetes de cien dólares; contándolos, recordó que a un trabajador suyo le habían cobrado menos de 100 dólares. Tuvo intensiones de reclamar, mas le venció el miedo, ese monstruo de mil cabezas que inventó Poseidón. Nadie tenía idea lo que estaba haciendo. Ninguno de los dos estaba listo para lo que estaba sucediendo y menos lo que sucedería en pocos meses si no se detenía. Era una pesadilla de la que, desde hace un mes, no podían despertarse. Una espaciosa oscuridad.

– Estamos listos, y cuando vayás a hacerlo, me llamás el día temprano, llego, entro, saco y vuelo. Aquí somos dedicados y honestos en nuestro pegue, y cumplimos lo que prometemos. Preguntále a Ricardo, que te puede dar las buenas referencias.

– Ya le pregunté. Estoy claro de todo. Sólo le pido discrecionalidad en este asunto.

– Claro, claro, ¿y vos qué creés? ¿Que yo soy 22-22 o Canal 10 para meterme donde no debo? Noooo, por algo me dicen el Señor de las cunas, porque soy tan fino en mi negocio que hasta las madres me confían sus bebés, nadie se dará cuenta bróder… Para cerrar el bistec, dame un abrazo.

Era el abrazo de un caníbal listo a devorar su almuerzo, pensó el autómata.
5.
Julio Cortés comienza a recuperar el control de su cuerpo, lucha por salir del Mercado Oriental lo más pronto posible. Quiere desvanecer su cuerpo, hacerlo arena y cabalgar el viento sin que nadie lo vea. La intensidad paranoica de ser vigilado le punza en la cabeza. Siente que los escasos policías y vigilantes del mercado lo siguen, la multitud le sigue, recuerda los sucesos del francotirador gringo que mata desde quien sabe donde, y Julio, solo, sólo se siente en la mira del rifle. Hace lo que un hombre normal haría en la misma situación: correr desesperadamente hasta un supuesto lugar seguro, esto es, subirse a un taxi, cerca de la Carretera Norte. Lléveme a Metrocentro, le dice desde el asiento trasero, y se sumerge en un sueño de ojos abiertos.

Al bajarse en Metrocentro frente a Radio Shack, entra directo a su oficina. Son las 3 de la tarde. Pide que nadie le moleste y llama al celular de Rossana, para encontrar que similar a las últimas semanas, está apagado e invita a dejar un mensaje. «Amor, ya lo tengo.­­­ Voy mañana por la mañana, ¿está bien?», dice a la contestadota y corta. Repasa todo lo del día e inexplicablemente, la tranquilidad le mira desde la esquina, por primera vez en buen rato.

«Esto hay que celebrarlo­­­­ a lo grande». Toma otro celular guardado bajo llave en una gaveta y le dice a la persona al otro lado de la llamada que llegará en un rato. «Te tengo buenas noticias. Hoy hay fiesta».
Le había bajado el volumen a la angustia de la mañana.

Se asoma a la puerta de su oficina y desde ahí llama a Ricardo Santana. Le actualiza lo sucedido durante la mañana y le pide que se encargue de cerrar la tienda. «Acordáte que ya este mes te subo el sueldo, ¿ok? Voy a salir ahorita. Vos mandás el resto del día. Ah, y si llama la Rossana, decile que tuve que salir de emergencia a desaduanar unos productos­­.­­ Ahí ve que inventar si se pone a preguntar.»
6.
Aparcó su Toyota Yaris frente a un apartamento de la Colonia Centroamérica. De su bolsillo extrajo el celular verde y volvió a llamar al mismo número. Una voz femenina le contestó. Bastó un “estoy afuera” para que la puerta del apartamento se abriera. Ábrete Sésamo, pensó a las cinco de la tarde.

Sabemos lo que ocurrió en las siguientes dos horas: Julio Cortés entró al apartamento, besó en la boca a Luisa Ventura, apretó sus nalgas de ébano y acarició sus pechos bebiendo en el sendero de una lujuria animal, devorándose él a ella y ella a él y terminar fundidos en un cuerpo único. Sudaron tanto que el efecto del licor se desvaneció inmediato, dejando la cama completamente humedecida. Rito ya frecuente, tuvieron que exprimir las sábanas para luchar contra el exceso de líquidos y fluidos. Disfrutaban esta rutina placerosa, especialmente los últimos días cuando Julio urgía un vientre amigo.

Se vistió mientras la muchacha tomaba un baño. Ella en la ducha y él en el dormitorio, platicaron sobre los últimos acontecimientos. Callada, Luisa escuchó la historia. Había algo que no estaba bien. No tenía relación con saber que el hombre al que acababa de entregarse estaba comprometido, eso era información ya procesada. Tampoco los planes del mismo hombre, pues durante los últimos días fue ella quien lo consoló con sexo astronauta. Era una mera sensación, sexto sentido femenino cuya realidad, posteriormente, descubriría desabrigada de todo coraje.

– Ya me voy a ir, que la Rossana me llama a la casa siempre a las 10 antes de dormirse.

Él estaba mejor. Ella, cada vez menos. Se despidieron.

A las 9 de la noche con 10 minutos, el joven Cortés estaba de regreso en su casa, ubicada en Altamira, cenando con su madre y dos hermanas. A las 9 con 59, el teléfono de su casa sonó.
7.
Luisa Ventura, 25, amiga de infancia de Julio Cortés, poseía una belleza exuberante. Su madre era una costeña descendiente de garífunas y su padre un chele británico que trabajó para BBC a inicios de la década sandinista. La historia que unió a sus padres es la siguiente:

Mr. John Ventura trabajaba un reportaje in situ sobre el territorio que alguna vez fuese protectorado británico, conocido como la Mosquitia, hace más de siglo y medio, pero que duró poco, pues pasó a llamarse Departamento de Zelaya cuando, en 1894, Nicaragua reincorporó el territorio guiada por Rigoberto Cabezas. Actualmente, en los tiempos de Luisa Ventura, pasaron a conocerse como Regiones Autónomas Atlántico Norte y Atlántico Sur.

Emilia Sambola trabajaba de mucama en una mansión blanca de madera caribe construida sobre una loma, una de las más grandes de la ciudad de los campos azules. No ganaba mucho dinero, pero disfrutaba de la seguridad de un techo y comida diaria. Por esas cosas del destino, Mr. Ventura llegó a parar a la casa de Mrs. Sambola. Se enamoraron inmediatamente y a los 8 meses Emilia Sambola pariría a Luisa Ventura, mientras el desesperado padre tomaba el último vuelo del día Managua-Bluefields, después de un vuelo en avioneta desde Londres. Antes que Emilia quedase dormida con Luisa, llegó Mr. Ventura, justo para dar la primera buenas noches a su primogénita. Era 1983.
8.
   «Y entonces, Ross, ¿qué vas a hacer?», pensaba para sí Rossana Ortegaray, 23, tercer hija de un militar de alto rango. «Si ya te metiste en esto, ahora hay que terminarlo, ¿no? Mañana será un día largo.­­» Se acomodó en su cama, y ahí, presa del temor, cayó en los brazos de Morfeo.
9. 
– ¿Y ya te hiciste la prueba de embarazo?

– Sí, la de orina, sí… dos veces. Siempre el resultado es negativo.

– ¿Y entonces porqué me salís con que estás embarazada?

– ¡Porque ya tengo más de seis semanas de retraso! ¡Seis! En dos días serán ¡siete! 

– ¿Y es mío?

– ¡Y DE QUIEN MÁS, IMBÉCIL!

– Ya, ya, ya, no grités, que tu papá va a venir a vernos… ¿y de sangre?, ¿Por qué no te hacés un examen de sangre? Así salís de la duda…

–Mi papá se daría cuenta si voy a una clínica, vos sabés que soy su hija, su bebé, su tierna, y por su trabajo, sus informantes me delatarían antes que yo misma decida si voy o no voy…

 – ¿Y qué hacemos?

 – Nos quedamos dos: vos y yo. 

 – ¿Ah? No entiendo.

 – No seremos tres.

 – No seremos tres.      

 – Sí, no seremos tres.

 – Nos quedamos dos: vos y yo.

Domingo. Dos semanas después. Julio Cortés recordó la conversación al despertarse. Se levantó y marcó el número entregado por el Señor de las cunas, avisándole que «la pizza va en camino». Saludando a su madre, doña Julia, desayunó huevos revueltos con jamón, una rodaja de pan, una taza de café bastante cargada. Sin darse cuenta, al terminar su desayuno había explicado a su madre que saldría a pasear con su novia fuera de Managua, y que lo más probable es que regresarán hasta el martes. Le recordó que su hermana Carmen se haría cargo del negocio, que ya todo estaba arreglado con el joven Santana. Doña Julia sólo le miró, bendiciéndole la frente con un beso y un «te me vas con cuidado, mi angelito».

Una vez arreglado, dispuso todas las herramientas extendidas sobre su cama. Su celular particular, las llaves de su carro, la factura anticipada de un cuarto en un hotelito sobre Carretera Sur, una mochila con toallas, ropa de cama, dos camisetas y un botiquín de emergencia con pastillas para el dolor y relajantes, entre otros detalles. Agregó un condón, «no vaya a ser y me entran las ganas».

A las 9 y cinco minutos de la mañana, estaba en camino a la casa de los Ortegaray.
10.
¿Quién en su sano juicio se haría llamar El señor de las cunas? ¿Y quién, aún más insensato, confiaría en alguien con tremendo apodo?
11.
Mientras Julio manejaba su vehículo plateado, se sentía divagar en una nube densa de contradicciones y temores. Al doblar en la Suburbana, justo frente a la Embajada brasileña, encendió la radio y puso un disco de reguetón para animar el ambiente de aquel carro fúnebre.

Al pasar por el retén policial de Carretera Sur, el oficial de tránsito José Gutiérrez apenas escuchó un fragmento de ♪¡Castígala! ¡Dale un latigazo! Y coge un latigazo... ¡Perréala! ¡Coge un latigazo! ♫ El reloj marcaba las 11 y 53 minutos de la mañana.

Estate tranquila amor, que todo va a salir bien, dijo Julio, pero en su interior la culpaba por quedar embarazada antes de “lo planeado”. Segundos después de pasar el Calasanz, entraron a un camino de tierra que les llevó al hotelito.
12.
Cuando Mr. Ventura intentó por todos los medios posibles llevar a su nueva familia a Londres, para residir y disfrutar the civilized style of life, en la sangre de Emilia Sambola retumbó su sangre garífuna.

– No, nos quedamos aquí. Aquí vinieron mis padres y los padres de mis padres, en esta tierra nací yo y nació mi hija, aquí viviremos. 

– No, nos iremos a Londres. En Londres tenemos todo. Es mucho mejor para la niña…

Doscientos años antes, los británicos expulsaron de San Vicente y Granadinas, lágrimas de tierra en el Caribe, a todos los garífunas, después de luchas sangrientas por territorio. Antes de ser esclavos, prefirieron emigrar a las costas caribeñas de los países centroamericanos…

 – ¡Jamás! ¡Yo no me voy allá! ¡Yo muero aquí! You bastard, I knew it all the time… ¡Esta niña no será esclava, no lo será, por mis ancestros que ya no están que no lo será!

– ¿Pero de qué estás hablando?

– Ahorita mismo nos vamos, nos vamos… You know the history of my people!

(La historia de los garífunas es compleja y trágica. Descienden de indígenas y negros que llegaron a las islitas del Caribe cuando hace cuatro siglos un barco británico en donde viajaban como mercancía, esclavos, maquinaria de carne, naufragó sin causa aparente. Los esclavos venían cantando, y así murieron…)

Los Ventura no abandonaron la Costa, pero sin explicación aparente, a los pocos días murió Mr. John, víctima de una indigestión que ningún médico ni curandero supo explicar. Emilia algo sabía.
13.
– Amor, me he sentido mal. No estoy segura si esto es lo mejor.
– No te preocupés, esto es lo mejor. Vos lo dijiste, lo mejor es quedarnos dos. Vos y yo…

–  …sí, pero no me siento bien. Creo que es mejor esperar que…

– Son los nervios, mi amor. Tomate estas pastillas para relajarte. 

– Pero es que de verdad no me siento bien, y no sé si sea buena idea. ¿Por qué mejor no esperamos hasta mañana? Es que creo que voy a…

– No, niña, ya lo platicamos esto varias veces. Es lo mejor, acordate...

En el cuartucho, un aire rancio llenaba los pulmones. Al procurar encender el aire acondicionado, un ruido seco aconsejó abrir las ventanas. No. Las ventanas no se podían abrir, por precaución. Julio Cortés y Rossana Ortegaray oyeron llegar un carro. Los nudillos del Señor de las cunas tocaron la puerta. “La pizza está aquí”. Entró. Rossana lo observó atrapada entre los barrotes de la angustia.
14.
Dos piernas abiertas. Un hilito de sangre. Un puño ardiente que abriéndose, desgarra el interior de Rossana. Luego, mucha sangre. Sudor. Nerviosismo. Calentura. Dolor en todo el cuerpo. Me duele todo. Ayyyyy. Negritud. Sangre. Choques eléctricos. Relajación. Menstruación. Un grito. Más menstruación.

– ¡Esta mujer no está embarazada!

– Es que, no me sentía que…

– …amor, ¿y esa sangre?

– No sé, no sé, supongo que… no sé-, contesta ella, perpleja pero sin esconder su júbilo. Creo que el estrés del trabajo… o no sé…

El joven Cortés no sabe qué hacer. Alegría o enojo. Alivio o rencor.

– Bueno, supongo que esto significa que puede regresarme el dinero…

El Señor de las cunas se fue antes, como un pájaro que vuela libremente.
15.
Suena el teléfono.

– Corazoncito, ¿estás en tu casa? Hay algo bueno que quiero contarte…

– Yo también, pero no estoy segura si decírtelo… ¿Vas a venir?

– Lo que sea, ¡ahorita me resulta lindo! Llego en una hora…
16.
Garífuna significa dolor profundo. Algunos concuerdan en que ese nombre viene por la desocupación perpetua que ha sufrido este pueblo, generación tras generación. Otros, más atrevidos, afirman que existe un toque divino que castiga a quienes se burlen de sus últimos descendientes. Nadie lo sabe con seguridad.
17.
– Amor, ¿cómo estás?

– Mal, no sé qué hacer…

– ¿Pasó algo malo?

Luisa Ventura rompe a llorar. En su mano, un papel de un laboratorio tiene algunos datos que no alcanzamos a leer con claridad. Que nosotros no veamos, no impide imaginar el desenlace de este cuento.

Que lo diga Luisa, garífuna, soltera y quien pronto regresará a la Costa. Con dos meses de embarazo.

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