26 de agosto de 2012

Retrato de abuelo con plomada

Sergio Ramírez

(Este texto narrativo pertenece al libro de memorias RETRATO DE FAMILIA CON VOLCÁN de Sergio Ramírez, aún inédito, en el que cuenta su infancia y adolescencia en Masatepe.)

Pocas semanas después del triunfo revolucionario, recibí en la Casa de Gobierno una carta firmada por el Doctor David Sánchez, un abogado nacido en Masatepe y que para entonces vivía en Boaco. Era hijo del doctor Octaviano Sánchez, un boticario de calva encendida y escasas palabras, poco para salir a la calle salvo cuando había sesiones del Club de Leones en mi casa, del cual era tesorero y mi padre presidente. En su botica de estantes de frascos marrón oscuro y pomos de porcelana, también se vendían libros de cuentos infantiles y cromos de pegarse en los forros de los cuadernos de clase.

De regreso del Kindergarten en el colegio de las monjas de María Auxiliadora, yo entraba religiosamente a la botica a preguntar por el precio de los cromos, hacía que sacara los pliegos de la vitrina, y siempre me iba sin comprarle nada; hasta que una vez, sonriente y quizás ya fastidiado por aquel cliente sin dinero que lo obligaba a dejar sus menesteres, decidió obsequiarme un pliego de cromos entero.

Tome, caballerito, le regalo me dijo.

Después, víctima de cáncer en la garganta, se dedicó a consumirse en la bebida, algo que resultaba patético en un hombre de vida tan sobria, y pasaba las horas sentado detrás de los cristales de su gabinete de preparar recetas, absorto frente a la botella de licor, aunque no dejaba de levantarse si era requerido por algún comprador.

En la carta, David Sánchez me pedía por un hijo suyo que se encontraba prisionero acusado de colaborador con la Oficina de Seguridad de Somoza, y no sé si logró llegar a ver a su hijo libre porque murió al poco tiempo. Su carta, bastante desordenada, porque también él se había entregado a la bebida, la leí varias veces, ya que entre sus alegatos dedicaba extensos párrafos a mi abuelo materno Teófilo Mercado.

Me hablaba la influencia que había ejercido sobre él en su juventud, de las tertulias a las que acudía sólo por escucharlo las veces que llegaba a Masatepe de vacaciones, cuando era estudiante de derecho en León. Mi abuelo disertaba con apasionamiento sobre la razón positiva, el progreso inevitable del género humano y el fin próximo de todo oscurantismo. Era el Teófilo Mercado que yo no había conocido.

Lo recordaba venir hacia la tienda atravesando el parque, todavía el paso seguro pero en su mano el bastón que yo le pedía prestado para jugar a los montados, y que tenía una cabeza de perro labrada en el pomo. Cuando corría a su encuentro y saltaba a sus brazos, me alzaba sonriente, y a mis narices llegaba su olor a jabón germicida. Gacho el párpado del ojo izquierdo por un defecto de nacimiento, llevaba el pelo rasurado a ras, y usaba pantalón y chaqueta de dril de cuatro bolsas abotonada hasta el cuello; y siempre en un bolsillo de la chaqueta, la plomada, amarrada a su cordel, parecida a un trompo.

El nieto de un hombre racional y justo, debía ser justo, alegaba David en la carta. Y yo hubiera querido preguntarle porqué mi abuelo se vestía a la usanza de los rusos blancos, como el conde Tolstoi, o tal como Stalin aparecía en las fotos, algo que muchos en el pueblo veían como extravagante. Pero ya no pude. Murió en 1950, cuando yo tenía ocho años. Mi madre, en sus últimos años, escribió a petición mía unos pliegos sobre él donde figura un detalle de su vestimenta que yo no recordaba, quizás por demasiado antiguo: el angosto alzacuello de baquelita, como el de los curas.

Nacido en 1870, fue hijo de un gamonal del pueblo, soltero eterno y algo músico, aficionado al violín, de nombre Serapio Mercado, Serapio igual que mi tatarabuelo, Serapio Ramírez. Mi bisabuela, Francisca Cerda, que iba camino de la laguna de Masaya adonde bajaba todas las madrugadas a lavar ropa por encargo, había sido raptada en ancas de una mula por aquel gamonal que no consentía en otorgar su apellido a ninguno de sus muchos hijos, pero que ellos terminaban tomando por asalto, como llegó a hacerlo ya en edad de casarse mi abuelo Teófilo.

Empujando de niño un carretón con cántaros de llevar agua se lo había encontrado el padre en la calle, y lo llamó para regalarle unas monedas. Se negó a recibirlas. Siguió insistiendo, y al fin, herido en su orgullo, se bajó de la mula para meterle a la fuerza las monedas en la bolsa de la camisa. El niño, encolerizado, se arrancó la bolsa y las monedas rodaron en el suelo.

Asentados originalmente a orillas de la Laguna de Masaya, al lado del volcán Santiago, los pobladores chorotegas de lo que luego sería Masatepe, se fueron desplazando por temor a las erupciones y fundaron Ñamborime, que en lengua mangue quiere decir cerca del agua; luego Jalata, agua arenosa, y Nimboja, camino hacia el agua. A su llegada, los colonizadores españoles dividieron el pueblo, que en lengua náhuatl se llamaba ya Mazaltepetl, tierra o lugar de venados, en la parte de arriba, y la parte de abajo, de acuerdo a la configuración del terreno, en declive hacia la laguna. Arriba quedaron ellos, los ladinos dueños de la tierra laborable, en lo que llamaron San Juan, y abajo los indígenas y luego los mestizos pobres, peones agrícolas artesanos del mimbre, la pita y la cabuya, a partir de lo que llamaron Veracruz, la frontera topográfica donde comenzaban los asientos originales.

Mi abuelo Teófilo nació y creció allá abajo, como aún suelen decir los de arriba, y una parienta de Veracruz, Ramona Téllez, se llevó a la madre y al niño a vivir a su lado. Aprendió oficios en los talleres de herrería, carpintería y zapatería, y aún muy niño se dedicó a fabricar moldes en corteza de jobo, florcitas y animalitos en alto relieve grabados a cuchillo que traspasados a la tela servían a las costureras de Masaya como patrones de bordados.

Aprendió a leer con el cura en las clases de catecismo, y tuvo después un maestro, el doctor Luis Felipe Corea, que años más tarde quiso presentarse como candidato a diputado de un partido fundado por él mismo, en la Nicaragua de Somoza. Mi abuelo Teófilo, que lo respaldó en su campaña, le buscó prosélitos y le ofreció una recepción de manteles largos en su casa, fue arrastrado en su fracaso.

Leía los libros de medicina, agronomía, y física que caían en su mano, sin ningún método, y como estudiaba por su cuenta matemáticas, dominaba la triangulación aplicada a la medida de terrenos, y el cálculo de volumen y peso del agua para construir cisternas. Guardaba en una vitrina una balanza para pesos sensibles, y mi madre recuerda también una guía de pesos y medidas, al lado de manuales de geometría plana y álgebra elemental, y del prontuario médico Cher-Novis, de un ejemplar la Biblia de Casiodoro de Reina, que ya leía antes de pasarse a la fe bautista, Las mil y una noches traducida del francés por Blasco Ibáñez, y números de la revista agrícola La Hacienda, a la que estaba suscrito. Para él, toda lectura debía ser didáctica, y despreciaba a los poetas que se dejaban largo el pelo y a los novelistas que se perdían en el relato de desgracias amorosas y no tenían nada que enseñar. ¿Qué hacía, entonces, Las mil y una noches en su vitrina de libros?

La mesa de cedro real sobre la que descansa la computadora en que escribo fue hecha por él, ebanista de primera, y también el baúl que mi madre llevó al internado de señoritas del Colegio Bautista de Managua en l925, que está en el corredor, a pocos pasos de esta mesa de trabajo.

Inventó una carreta de volquete para descargar el café directamente en las pilas del trillo, instaló el primer motor eléctrico que hubo en el pueblo para alumbrar su casa; construyó en el patio una pila que recogía el agua de lluvia, instaló una bomba hidráulica y un sistema de cañerías para las duchas, los inodoros y los grifos. Recuerdo aquella pila misteriosa, cubierta por una plataforma de madera bajo la que palpitaba en secreto el agua, y las casetas de los baños y retretes en galería, como los de un internado. En la cocina, honda como la de un convento, el filtro para purificar el agua ocupaba un lugar principal y la estufa enlozada relucía en su blancura; y había una refrigeradora de su invento, con un relleno de polvo de carbón entre el forro de zinc y el cajón de madera, con una trituradora de hielo atornillada en la mesa de al lado.

En su casa abrió una tienda de artículos surtidos, y al lado una botica con medicinas de patente, recetando él mismo a los pacientes de las comarcas con el auxilio de su Cher-Novis; y allí instaló la primera venta de gasolina en bidones de sifón para los pocos automóviles que había en el pueblo.

Fundó la Primera Iglesia Protestante de Masatepe cerca de 1920, cuando debió soportar durante noches las pedreas de los católicos sobre el techo de su casa, donde celebraba los cultos con unos pocos adeptos que se atrevían a desafiar las admoniciones que el Padre Mormeneo lanzaba desde el púlpito, acusándolos de ser acólitos del demonio.

Llegaron a decir que se había hecho protestante sólo para poder educar a sus hijos, varones y mujeres, en el Colegio Bautista, recién abierto en Managua con una planta de profesores norteamericanos. Es cierto que los envió a todos a ese colegio. Allí estudio la secundaria mi madre, en plena ocupación norteamericana, la primera mujer en el pueblo que obtuvo un título de bachiller. Pero aquella acusación no era sino una manera de criticar su empeño por romper con los moldes, porque igual lo tachaban de estrambótico debido a sus invenciones, su manera de vestirse, y su pasión por los artefactos y las máquinas; y lo tachaban de ateo desde antes, porque no creía en el celibato de los curas, si todos tenían familias secretas.

Debió sentirse satisfecho de poder enviar a sus hijos a un colegio moderno, que pertenecía a la misión bautista; pero también porque era un colegio yankee, admirador como era de la civilización que producía el jabón germicida, los fármacos de patente, los insecticidas, las herramientas, los mosquiteros, los motores de explosión, las bombas hidráulicas y los pozos artesianos.

Un retrato que le hicieron en el Estudio Lumington de Managua a la entrada del siglo XX, cuando tenía treinta años, muestra su sonrisa confiada, rasurado desde entonces a ras, y frondoso el bigote, vestido con una camisa sin cuello, cerrada por un botón de cobre. Y hay otra de muchos años después, el pelo a ras, de troncos ya blancos, vestido de saco de dril y camisa de finas rayas, con una corbata de pajarita de las que no era necesario anudarse porque ya venían hechas, atadas a un collar elástico, y suplidas en cartones de media docena, también invento yankee.

Sonríe apenas en esa última foto. Su humor, es el humor tristón y un tanto didáctico de los Mercado, sin mucha gracia en lo que contaban, porque para ellos el mundo era demasiado grave como para perderse en las extravagancias de la risa. Un humor de víctima, más que de victimario, como era, al contrario, el de los Ramírez; el humor pasivo de quien sabe reírse cuando es vencido, como la vez que puso por regla a sus mozos que la fajina de la tarde terminaba cuando pasaran volando en bandada los chocoyos sobre la finca. Cada vez que se nublaba el cielo, si había amagos de lluvia, los chocoyos pasaban volando más temprano y los mozos se apresuraban en irse, sin que él, sonriente al verse cogido en su propia regla, los atajara.

Un self-made-man de manual, consecuencia él mismo de su pensamiento positivista y su amor por la modernidad, de su ingenio y de su trabajo. La finca San Luis, a pocas leguas del pueblo, fue el fruto de su tesón, una extensión de más de cien manzanas enorme allí porque en toda la meseta la tierra se hallaba muy dividida que dedicó al café, los cítricos y el ganado lechero, con una represa levantada donde se encontraban las aguas de dos arroyos, cisternas, pilas para aguar el ganado, patios para beneficiar el café, y la casa de corredores en un altozano. Fracasó el embalse porque pese a su ciencia hizo despalar la propiedad para sembrar potreros, y los arroyos se secaron. Un emprendedor, pero al mismo tiempo, y a su turno, un gamonal de viejo talante, decidido a emplear el puño firme para manejar su casa y su hacienda; otro patriarca, sólo que partidario del progreso como fueron los caudillos liberales de su tiempo, y como lo reflejaron en el ejercicio del poder público.

Apresurado en sus tareas desde el amanecer, el ruido de las espuelas que siempre llevaba puestas denunciaba su paso nervioso por todos los rincones de la casa, del torno de carpintero a la farmacia, de la bodega de herramientas al corral donde él mismo maniataba a las vacas y las ordeñaba, de la cocina al establo para ensillar su caballo.

Y del sino de amores clandestinos de mi abuelo Lisandro, maestro de capilla de la iglesia católica, tampoco se libraba el fundador de la iglesia protestante. El mismo sino del artista tocando variaciones del Carnaval de Venecia en su violín, y el del filósofo práctico perorando sobre el triunfo de la razón; el del compositor signando el papel pautado, y el del inventor dibujando en el anverso del papel de lija. Y no puedo más que verlos quitándose furtivos la ropa en la penumbra, mi abuelo Lisandro sus botines, mi abuelo Teófilo su chaqueta rusa, y la sombra de una cabellera suelta, la silueta de un cuerpo desnudo que espera entre las sábanas ajenas.

Le llevó un día a mi abuela Luisa una niña, su hija, pretextando que era huérfana, y cuando ella descubrió el engaño, airada la devolvió al barrio de Jalata con su madre. Esa hija, la Petrona Pavón, a quien llamaban Petrona Jilinjoche, era la indiaza dicharachera y cordial, de caderas cuadradas y un diente de oro como una joya en su boca, que llenaba de alegría mi casa cuando nos visitaba, y cuyo hijo Zacarillón, enrolado como agente paramilitar con la Guardia Nacional, fue fusilado al triunfo de la revolución.

Adelina, era otra hija suya, que había tenido con doña Maura, a quien recuerdo como una anciana alta y delgada, de ojos gatos, siempre barriendo la puerta de su casa. Mi tía Adelina, la católica más devota del pueblo y abanderada de las Hijas de María, era el vivo retrato de mi abuelo Teófilo, y la única a quien mi padre confiaba la tienda cuando nos ausentábamos en los paseos veraniegos al mar. Fue velada en la casa de mis padres, y enterrada con la cinta celeste de la cofradía en demostración de su castidad.

No fue sino para el nacimiento de mi hermana mayor, Luisa, en 1940, que mi abuelo Teófilo visitó por primera vez a mi madre en su casa de casada. Se había opuesto rotundamente al noviazgo de mis padres, porque le parecía absurdo que una muchacha preparada en el mejor colegio de Nicaragua, en un tiempo en que las mujeres no estudiaban, fuera a casarse con el hijo de un músico, sin profesión ni fortuna. Todos los Mercado se aliaron en contra de mi padre.

Mi padre escogió para su petición de mano la circunstancia menos verosímil: el entierro de dos niños, hijos del doctor Octaviano Sánchez, el farmacéutico que me regaló el pliego de cromos, muertos cuando el automóvil en que subían desde la laguna de Masaya, en el fondo del cráter, se despeñó en el precipicio.

Se armó de valor y se aparejó a mi abuelo, cuando la procesión alcanzaba ya el cementerio, y como se lo habían advertido mis tíos Ramírez, lo que obtuvo fue una negativa cortante. Al día siguiente, mi abuelo Lisandro fue citado perentoriamente por mi abuelo Teófilo para que se presentara en su casa, ante la consternación de todos sus hijos, pues nada bueno podía esperarse de aquella entrevista. Sólo lo había buscado antes una vez: para hacerlo prosélito de la candidatura de su maestro, el doctor Luis Felipe Corea, de la que mi abuelo Lisandro se ausentó con desdén.

Se vistió con su traje de casimir, el de las funciones religiosas, y se fue a la cita. Lo recibió en compañía de dos de sus hijos, Eliécer, el mayor, y Gustavo, que llevó la voz cantante. Regresó humillado, después de escuchar toda suerte de amenazas. Pero aquel avatar tan amargo no abatió a los novios, que fueron a casarse en la clandestinidad en Managua, donde mi madre trabajaba para entonces como profesora de la Escuela Normal de Señoritas que dirigía doña Chepita Toledo de Aguerri.

Lo arreglaron todo para el sábado 8 de julio de 1939, pero la ceremonia se frustró porque Monseñor Lezcano y Ortega, que como arzobispo de Managua era el único que podía efectuar la boda de un católico y una protestante, se negó cuando mi madre, que no había tenido inconveniente en casarse bajo el rito católico, se resistió a renunciar a su fe bautista, como el arzobispo le exigía. Mi padre, andando con sus grandes trancos, se llevó a la novia del brazo. En la puerta se cruzaron con el padre Quico Salazar, un cura de León que había vivido en la misma pensión con mi padre en Diriamba, en sus tiempos de vigilante del depósito de tabaco, y con quien se disputaba los favores de la muchacha que les servía la comida. Enterado de lo sucedido, los hizo arrodillarse y les dio una furtiva bendición, y eso fue todo.

Este mismo arzobispo, académico de la lengua, y que goza de veneración entre la vieja población de Managua, al grado que un barrio populoso lleva su nombre, fue quien en esa misma década de los cuarenta coronó reina de la Academia Militar a Lilliam Somoza, en una fastuosa ceremonia celebrada con el acompañamiento de todo el cabildo eclesiástico, en el altar mayor de la catedral metropolitana.

Mi padre alquiló una casa a media cuadra del parque central, y allí abrió también su primera pulpería. Mi madre despachaba los granos sentada en un banquito, agobiada por el peso de su barriga, porque esperaba ya su primer hijo, mientras él se ausentaba a caballo por las comarcas, comprando cereales de futuro, igual que lo había hecho Sandino. Nació mi hermana Luisa en abril de 1940, y fue entonces que mi abuelo Teófilo, rompiendo su porfía, se presentó con mi abuela Luisa.

Tenés que construir tu propia casa le dijo a mi padre en son de reconciliación. Hasta los pájaros empiezan por hacer su propio nido.

Ya en sus últimos años, imposibilitado de montar a caballo o caminar distancias, se hacía llevar a San Luis en un taburete amarrado con correas al camastro de la carreta de bueyes, una lenta procesión por los caminos vecinales entre nubes de polvo; y una vez en la finca, hacía que bajaran el taburete, y desde allí dirigía los quehaceres. Antes de morir llamó a mi padre junto a su lecho para pedirle perdón por haberlo rechazado, y mi padre recibió aquella solicitud con más azoro que otra cosa.

Murió un miércoles, el 13 de septiembre de 1950, asistido por mi tío Francisco, su hijo médico que vino expresamente de México donde ya vivía. Recuerdo su cama de enfermo, llevada desde el hospital Bautista de Managua, y los tanques de oxígeno herrumbrados que era necesario traer por avión desde Panamá. Recuerdo el silencio que se imponía en toda la casa, y sólo se oía el palpitar del agua de la pila bajo el tablado de madera. Recuerdo a mi madre cerrando apresuradamente las puertas de la tienda cuando mi tío Ángel llegó por ella porque se acercaba el fin, mi padre de compras en Managua. Y recuerdo el vago orgullo de ir delante del ataúd de zepelín que crujía a cada paso, en mis manos un ramo que me empapaba la camisa de cuello duro. Lejos, volaba en el atardecer una bandada de chocoyos.

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