19 de marzo de 2013

La jirafa embarazada



Sergio Ramírez Mercado

Para Carlos, Alejandro, Luciana, y Andrés.

El circo entró en dificultades después que un ciclón se llevó la carpa que se fue volando sobre el lago, y las funciones tuvieron que hacerse a partir de entonces a la luz de la luna. Además, la gente estaba pobre, y aunque se rebajó el precio de las entradas no muchos asistían, y los gastos eran considerables. Había que pagar sus sueldos a los músicos, trapecistas, malabaristas, payasos y bailarinas, darles de comer, y dar de comer a los animales.

Sólo la mujer más gorda del mundo se comía una arroba de carne al día, y a falta de carne se puso flaca como un fideo. Otro tanto se comía el león, rey de la selva; pero como lo tenían racionado, el león empezó a perder su cara fiera y ya no asustaba a los niños. Los monos acróbatas sufrían sino tenían sus bananos para el desayuno y al final del día aullaban de hambre, y sacaban la mano por entre los barrotes de sus jaulas pidiendo al que pasaba que les diera algo de comer, con cara de limosneros.

Los tigres de Bengala daban lástima de tan flacos, y las barrigas les rugían de necesidad. Ya no se diga los payasos, a los que les sonaban las tripas en media función, y la gente se reía creyendo que eran gracias suyas, pero eran más bien sus barrigas que reclamaban comida, igual que las barrigas de los tigres.

El fakir, a pesar de que los fakires no comen mucho, se quería comer hasta los clavos de su cama. Y una noche que el domador se desmayó de hambre mientras tenía metida la cabeza entre las fauces del león, el león, de tan débil que se hallaba, no se animó a darle ningún mordisco. Todo aquello era una calamidad.

Entonces llegó el día en que el circo quebró por fin. Los artistas cogieron cada uno su camino, y no fue fácil hallar quien se hiciera cargo de los animales. La cabra matemática, que sabía contar hasta veinte, no tuvo problema en hallar un hogar sustituto, lo mismo que los monos, que eran graciosos y se comportaban con respeto y educación. Los leones y los tigres fueron llevados al zoológico, y lo mismo ofrecieron hacer con la jirafa. Porque el circo tenía una jirafa, que era la principal atracción.

Por qué era la principal atracción no se sabe, pues la jirafa no sabía hacer nada más que estarse parada en su corral, estirando el pescuezo, y mirando al mundo desde muy arriba. De manera que nunca entraba a la pista del circo a la hora de la función, como los demás animales, que hacía cada uno su número: el tigre de Bengala saltaba por un aro de fuego, el león rey de la selva se subía de un salto a un taburete, los monos hacían piruetas en el trapecio, y la cabra matemática, ya se sabe, contaba hasta veinte.

Pero la jirafa no fue a parar al zoológico, como se va a ver. Había una señora muy buena llamada doña Laura, que hacía tortillas, y fue la única que quedó fiándole tortillas a los artistas del circo, ya cuando nadie les daba nada al fiado porque no tenían con qué pagar, y así por lo menos comían tortilla con sal. Y a la hora de quebrar el circo el dueño tenía pendiente una gran cuenta con doña Laura.

Y ocurre que doña Laura tenía un niño llamado Juancho, que era el encargado de repartir las tortillas, y le dijo el dueño del circo: “Sé que le debo mucho por las tortillas a tu mamá, y como no hay dinero con que pagarle, decile por favor que escoja del circo lo que más le guste: una jaula, un trapecio, una cuerda de equilibrista, un vestido de payaso. O un animal”.

Y Juancho, que cada vez que llegaba al circo a dejar las tortillas se quedaba frente al corral de la jirafa, que era su preferida, y la jirafa también se sentía a gusto con él, de manera que se trataba de una gran amistad entre los dos, le dijo al dueño del circo:

“Mi mamá escoge la jirafa”.

“¿Estás seguro de eso, sin haberle consultado?”, preguntó el dueño del circo.

“Ella misma me lo dijo antes de salir para acá, que si estaban repartiendo los animales en pago por las deudas, ella escogía la jirafa”, contestó Juancho.

No era cierto, la mamá de Juancho nada sabía de reparto de animales, ni de jirafa. Pero el dueño del circo, que así hallaba un alivio, porque le pesaban las deudas y sólo quería volverse pronto a su país, dijo:

“Así sea entonces”, y abrió la puerta del corral, y entregó a Juancho el cordel que colgaba del cuello de la jirafa.

Cuando Juancho cogió calle jalando a la jirafa por el cordel, ella se veía muy contenta de irse con su amigo, y consideraba una gran aventura salir del corral donde pasaba aburrida.

Pero quien no iba tan contento era Juancho, que hasta ahora se hacía cargo de su mentira. Y mientras una gran pandilla de muchachos curiosos se ponía detrás de la procesión que formaba con la jirafa, iba creciendo su aflicción. ¿Qué diría a su mamá, doña Laura, a la hora de aparecer en la casa con la jirafa? La casa era muy pequeña y muy humilde, y no iba a alcanzar allí jirafa ni nada. ¿Dónde iba a meterla? El único sitio era el patio, que era un patio chiquito, donde había sembrados un palo de mango y un papayo.

Y doña Laura, que vivía pendiente de Juancho, había salido a media calle a esperarlo, y cuando lo divisó venir jalando la cuerda que traía amarrada al pescuezo la jirafa, y detrás el muchachero, se asustó, y corrió a su encuentro.

“¿De donde has sacado ese animal?”, le preguntó, secándose las manos en el delantal.

“Me lo saqué en una rifa” contestó Juancho.

Qué mentiroso Juancho. Primero iba a decir que el dueño del circo se la había dado en pago de las tortillas, lo que no dejaba de ser verdad, pero luego se arrepintió, porque entonces doña Laura iba a devolver la jirafa, diciendo que no quería ningún pago en forma de aquel animal desconocido y tan extraño.

Como si se diera cuenta del problema que se presentaba, y del riesgo que corría de que la devolvieran a su antiguo dueño, la jirafa bajó la cabeza desde la altura donde la tenía, y muy cariñosa le dio un lenguetazo en el cachete a doña Laura. Y consiguió lo que quería, porque doña Laura se rió.

“¿Y qué come ella?”, preguntó.

A la jirafa le gustó que aquella señora la llamara esta vez “ella”, y no dijera “¿qué come este animal”?

“Come zacate fresco, hojas de papayo, y hojas de mango, porque es una especie herbívora”, contestó Juancho, dándoselas de sabio según lo aprendido en la escuela, y fijándose que eran ésos los palos que había en el patio de su casa.

“¿Y cómo se llama?”, preguntó doña Laura.

“Me parece que no tiene nombre”, dijo Juancho.

“Vamos a ponerle entonces Managua”, dijo doña Laura, “para que así tenga el nombre de nuestra ciudad capital”.

Mientras tanto la multitud de muchachos que había acompañado a la jirafa desde el circo aumentaba ahora con más muchachos del barrio, y los vecinos salían a la calle y preguntaban a doña Laura por aquella adquisición, y ella respondía a todos, orgullosa, que como Juancho era suertero, se la había sacado en una rifa de animales del circo, pues no tenía idea ella si aquel circo había quebrado o no había quebrado debido a la pobreza.

Y mientras doña Laura recibía las felicitaciones, Juancho hizo pasar al patio a la jirafa, atravesando con ella la tranquera, y pronto se vio desde cualquier parte del barrio su gran pescuezo asomar por encima de los techos, y la cara de felicidad con que desde las alturas ella contemplaba todo, mientras los vecinos se acercaban a llevarle zacate picado, hojas de toda clase, tallos frescos, y hasta flores para que comiera.

Nunca en su vida se sintió mejor la jirafa, mimada y admirada, y dándose a cada rato banquetes de alta categoría con todas aquellas hojas.

Y llegaron las vecinas de doña Laura a visitar a la jirafa, y una de ellas, que era comadrona de oficio, dijo palpándole la panza:

“Se me hace que esta señorita está embarazada”. “¿Cómo puede ser semejante cosa si no tiene compañero?” dijo doña Laura.

Y preguntó entonces a Juancho, muy alarmada:

“¿Quedó en el circo una jirafa macho?”

Juancho respondió que no, que en el circo no había ningún otro animal que fuera jirafa macho, más que los monos acrobáticos, el tigre de Bengala, el león africano rey de la selva, y la cabra matemática. Y doña Laura le ordenó que fuera de inmediato al circo a averiguar aquel misterio. Y todos quedaron muy intrigados esperando su regreso.

Fue, y averiguó, y dio el correspondiente informe: el dueño del circo, que ya se subía en un bus que lo llevaba a la frontera con Honduras, le confesó que era cierto, que en el circo había existido, hasta su anterior parada en Costa Rica, una jirafa macho, pareja de la ahora llamada jirafa Managua; pero que por las mismas dificultades de todos sabidas, se había visto en la necesidad de vender al compañero.

Y así fue que vino al mundo en Managua, la ciudad capital, bajo los cuidados de la comadrona, la jirafa Managüita, hija de la jirafa Managua, que Juancho no se sacó en una rifa, sino que recibió en pago por la deuda que ya sabemos.

Y desde entonces Managüita lo acompañaba a entregar las tortillas de casa en casa, muy alegre y retozona, y también a la escuela, donde Juancho se lucía poniéndola de ejemplo a la hora de responder a las preguntas del profesor sobre los animales herbívoros.

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