21 de febrero de 2016

El banquete

Horacio Peña

En aquel tiempo se reunieron en el Palacio de los Congresos, delegados de los países más ricos del mundo para discutir el problema del hambre. Afuera del enorme palacio se agolpaba la miseria. Hubo pequeños obstáculos que retrasaron el congreso: se discutió si se usaba papel blanco o celeste, si las mesas serían cuadradas, redondas o semicirculares. Y todas estas discusiones en medio de enormes viandas llevadas por presurosos camareros y presurosas camareras, que entraban y salían por las veinte puertas que daban a la sala del congreso.

En realidad, los delegados estaban hambrientos aun antes de comenzar el debate. Pero después de estas pequeñas diferencias que amargaron el estado de ánimo de algunos representantes, aunque no su apetito, al contrario, éste parecía volverse más insaciable con las contrariedades y discusiones, se llegó a un acuerdo. Afuera, el ojo vidrioso, la boca reseca. El amarillo de la muerte.

Durante horas y horas, días y días, la palabra encendida y elocuente de los oradores trazó brillantes planes para acabar con el hambre, mientras en las gigantescas cocinas palaciegas expertos mayordomos traídos especialmente para esta ocasión, preparaban el banquete que a diario, tres veces al día, se servía a los hambrientos representantes.

El olor de las extrañas especies y exóticas comidas salía de las cocinas invadiendo la sala del congreso para descender a las plazas en donde se agolpaba la miseria, el hombre con el ojo vidrioso y el estómago vacío. El amarillo de la muerte.

En la cocina real, el mayordomo jefe tenía enormes problemas para satisfacer el gusto de los exigentes delegados. Era imprescindible la medida exacta, la correcta proporción. La carne que salía de los humeantes hornos no debía estar ni muy asada ni muy suave, y debía conservar cierto sabor y olor sanguinolento, ya que todos los delegados estaban de acuerdo en que esa era la mejor carne, de lo contrario podía estropearse el estómago, perderse el apetito para la próxima comida. El vino, ni muy frío ni muy caliente, sino que conservara ese ambiente fresco que reinaba en el palacio. Esa fue la recomendación que el nervioso mayordomo dio a sus camareros. Afuera el cuerpo se desplomaba, caía como hoja de otoño.

Durante horas y horas, días y días, la humanidad hambrienta permaneció bajo las ventanas esperando una resolución. Sin moverse, porque el movimiento era perder energías. No mover ni un brazo, ni una mano, ni un dedo. No mover nada.

Salía el olor de la comida, del pan tierno recién horneado, del vino que acababa de abrirse, de la fruta que momentos antes se había cortado y mezclado con leche y miel.

Ahora el cuerpo quemaba su propio cuerpo, quemaba sus nervios, células, quemaba sus tejidos, un cuerpo hambriento devorándose a sí mismo por el hambre.

En los corredores del palacio las bellas pinturas enmarcadas, el deslumbrante colorido de los banquetes, de los señores ricamente ataviados con sus damas de honor, de los pajes llevando sobre sus cabezas las preciosas canastillas llenas de los dones, de los milagros de la tierra, de la abundancia que gozaba el señor. Y las largas interminables mesas que parecían salirse de los cuadros. Y los vestidos del rey y de la reina cubiertos de oro y las fiestas y la música que llenaban los numerosos cuadros del palacio. Y allá lejos, en la pintura, en las luces y sombras de la pintura, observando la fiesta, el banquete, el pueblo trabajando, llenando las bodegas y los graneros del rey y de los reyes, el pueblo que se veía también bajo la ventana de Epulón, agolpado a lo lejos, mirando los frutos que él, el pueblo, había sacado de la tierra, pero que eran del rey y de los reyes. El rostro hambriento que se agrandaba, que se acercaba más y más, que se aproximaba a las mesas del banquete, que era incontenible, que invadía los patios y los pasillos del palacio sin que nadie pudiera detenerlo, que invadía los cuartos y la sala principal donde se veía al rey y a los cortesanos, el pueblo que arrancaba al rey, y a los reyes, a los cortesanos, lo que el rey y los cortesanos habían arrancado al pueblo, del pueblo, el pueblo que salía del cuadro, de la pintura y de las pinturas, y devoraba el banquete y devoraba también a los que estaban sentados en el banquete. El pueblo saciando su hambre, el pueblo, al fin, sentado al banquete, el pueblo hambriento que no terminaba de subir por los pasillos, las escaleras, que no estaba más bajo la ventana, sino que se había sentado al banquete.


Noviembre 15 de 1974

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