29 de abril de 2010

El Sisimique

Recopilado por: Francis Orozco.
(Publicado por La Prensa,  el sábado 18 de mayo del 2002)

Contaban que siempre que comenzaba a oscurecer se aparecían dos enormes animales con cara de hombre, tenían los ojos rojos como llamas, una cola bien larga y se llamaban el Sisimique y el Sisimicón.

Decían que estos animales se les aparecían a las muchachas solteras y que si les gustaban se las llevaban enrolladas con la cola.

Donde primero se aparecían era en el río y después seguían el camino para la casa y que en camino iban llamando a las muchachas a las que les gustaba hacerle ojitos a los hombres, y se oían unos gritos y gruñidos que nadie podía imitar.

Decían que para que el Sisimique y el Sisimicón no entraran a las casas no había que hacer ruido, muchos menos reírse, ya que las risas de las mujeres era lo que más les gustaba.

A varias muchachas se las habían robado, porque ellas eran bien bandidas y ellos sabían dónde había mujeres que les coqueteaban a los hombres.

14 de abril de 2010

Los caminos del Señor

Cuento de Juan Centeno

Pablo despertó aquella mañana de diciembre con el mismo ruido que hacía la gente del mercado. Se sentó al borde de la cama y le pidió a Dios que lo cuidara ese día. El no era un hombre religioso, pero desde pequeño su madre lo llevaba a la iglesia bautista donde aprendió a no arrodillarse ante las imágenes ni a creer en los santos. Por eso se enojaba y profería insultos contra el alcalde cuando se enteraba que de los impuestos se compraba la pólvora para las festividades de los católicos o cuando a la medianoche era despertado por el sonido incesante de una sirena, entonces se agarraba los cabellos y gritaba:

-Va entrando la virgen ¡ Va entrando la virgen !

Ya no se diga cuando saltaba de la cama a las cuatro de la madrugada asustado por las veinti-tantas detonaciones en honor a la virgen, que hacían caer en su rostro puños de arena del cerro negro que aún quedaban en el techo de su casa. Cuando terminó la oración se metió al baño. Llevaba siempre su pequeño radio para oír las noticias de la mañana.

Aquel hombre llamado Pablo tenía 40 años y una especial relación con Dios. Se dirigía a él como a un viejo amigo y le pedía ayuda para todo lo que debía hacer cada día, desde encontrar un taxi al salir a la puerta hasta rogar encarecidamente que al bajar no estuviera lloviendo. En más de una ocasión, cuando Pablo tenía una cita de amor, le pedía a Dios no desbordarse al primer intento o encontrar los puntos más excitantes en su pareja y dejar a su amante complacida tras los estertores de la pasión. Así era Pablo de amigo con Dios y Dios le entendía y le ayudaba a cumplir sus deseos, total era por una buena causa.

Esa mañana, Pablo salió de la ducha con la plena confianza que contaba con la protección del altísimo. Se marchó al trabajo. A la hora del café como era la costumbre, los empleados conversaron sigilosamente sobre el último escándalo de corrupción del gobierno, luego todo transcurrió con la normalidad de siempre. Al llegar las cinco de la tarde, el viejo reloj anunció el final de la jornada de trabajo. Los amigos de Pablo hacían planes pues era viernes y había que empezar temprano el fin de semana. Pablo se unió al grupo, no sin antes pedir a Dios que le fuera bien en aquella jornada de tragos y diversión. Más tarde la noche se fue haciendo vieja y casi al amanecer los amigos dejaron a Pablo cerca de su casa. Con paso tambaleante fue buscando las referencias necesarias para orientarse y poder llegar. Cuando estaba a una cuadra de su destino, un grupo de maleantes lo interceptó; lo despojaron de su cartera, el reloj, los zapatos... y como los borrachos son valientes se quiso defender de tal agresión. Un helado cuchillo se hundió varias veces en su abdomen, al final quedó tirado en la calle sintiendo que la vida se le escapaba poco a poco y peor aún, abandonado por Dios.

Un mes después, Pablo aún no se acostumbraba a defecar por aquel orificio que conectaba a una bolsa plástica, pero no le importaba, a fin de cuentas seguía vivo. Además, al momento de la operación los cirujanos extirparon de su intestino una masa que resultó ser un tumor maligno, descubierto a tiempo gracias a la puñalada que recibió aquella noche. Cuando le dieron la noticia, miró al techo, guiñó un ojo agradeciéndole a Dios – su cómplice – y acarició suavemente el cabello de Maria Eugenia, la más bella enfermera del hospital de León, mientras sonreía y pensaba: ¡Qué maravillosa es la vida y que sorprendentes son los caminos del señor!

4 de abril de 2010

Las gallinas de la difunta

Por Adolfo Calero Orozco

Como tirado a la buena de Dios, a media cuestecita, quedaba el rancho de los Garmendia. Si se subía un poco por detrás, podía contemplarse un extenso valle, todo verde y apenas arbolado, que se dilataba hasta el pie de la cordillera; si se bajaba unos pasos por delante, lueguito estaba uno sobre el riachuelo, que venía de muy lejos serpenteando entre la verdura chontaleña que por las tardes es casi azul. Sobre el nivel de la planicie se alcanzaba a ver la cresta de una robusta arboleda densa y verdeoscura, que seguía la line ondulada del curso del río, aunque sin lograr destacarse toda entera sobre el horizonte, como que fincaba sus raíces en la negra tierra de la hondonada.

Ahí mismo, junto al chagüite que se nutría en la humedad del bajo, había estado por años y años el viejo rancho, miserable y aislado. En la comarca seguía llamándolo de los Garmendia, por más que solo un Garmendia quedaba, que era Secundino. El más viejo, primitivo había acabado matoneado una noche que volvía de la fiestas de San Blas y José Juan, el otro Garmendia, se fue una vez para la guerra, reclutado, y nunca volvió. Había habido también dos mujeres, pero de ellas “sepa el Diablo”, como decía Secundino, ambas buscaron hombres apenas alcanzada la pubertad y se fueron de la comarca, donde unos creían que estaban sirviendo en Granada y otros que se había hecho malas en Managua.

A Secundino le tocó, pues, enterrar a la vieja el día que le llego su sábado a la pobre.

Fue un viernes, al filo de medio día, que la señora se estiro de veras después de una enfermedad de 15 días. Don Marcial el curandero que la estuvo viendo, dijo “que había sido el hígado”; toda la gente que llegó a la novedad de la agonía y del final repetía “que había sido del hígado”.

Apenas volvía a entrar al rancho Secundino, que había salido a dejar en el sol el cuero de res, que sirviera de último lecho a su progenitora, cuando se le acercó don Marcial y ambos estuvieron hablando en voz baja por unos momentos estaban arreglando las cuentas de la asistencia, eso podía colegirse, porque Secundino se llevaba las manos a los bolsillos y luego se encogía de hombros, con la cabeza ladeada. Los presentes callaban siguiendo atentamente con la vista los gestos que acompañaban al diálogo. Secundino le estaba diciendo al curandero que no tenía ni un centavo para pagarle, pero finalmente llegaron a un arreglo: Don Marcial se cobraría quedándose con las gallinas de la difunta, volvería al anochecer para cogerlas de los palos, mientras los animales durmieran. Y así se despidieron, satisfecho él y Secundino conforme.

Las dos o tres comadres que se habían encargado de los detalles domésticos en el rancho, con motivo de la muerte, contaron a los presentes, que eran todavía pocos, y tras un viaje al chagüite, y una recogida de huevos (que esos no entraban en el trato con Don Marcial) le dieron un “ bocado” a todos, que estaban “pasados” pues ya eran casi las tres. Después del “puntalito” algunos se marcharon a invitar gente para la vela y buscar entre los conocidos, macanas, palas y una guitarra. En cuanto al aguardiente, Secundino mismo tendría que arreglárselas de algún modo para proveerlo, pues era de rigor que a él le tocara.

A medida que la tarde caía iban llegando donde los Garmendia otros vecinos y amigos, unos a caballos, los más a pie. Volvieron los de la macana y empezaron a cavar las 7 cuartas de ley en un planito inmediato; volvió el de la guitarra y muy discretamente la dejo colgando de un gancho del lado de afuera del envarillado, sin templarla siquiera con toda la aprobación de los circunstantes que estaban acordes en que “era muy temprano para darle comienzo ya”.

Cuando Secundino vio que la concurrencia se nutria y que ya podían ser mas de las cuatro, le pidió a una vecina “que le viera un ratito el cuerpo” y en la compañía de los buenos amigos salió a caballo. Sus alforjas de mecates iban vacías.

No fue larga la ausencia del doliente ya cuando volvió, los tapones de olotes de las botellas litreras asomaban de las alforjas, a ambos lados de la albarda moviéndose al compás del paso de la bestia -“como que ya viene el blanquito”-“Como que ya viene”.

Era mucho pedir que se esperara hasta la noche para empezar con las botellas. Por una parte los excavadores estaban sudando a mares y expuestos a resfriarse, por otra la gente podía pensar que la dilación obedeciera a tacañería del doliente, y así lo mejor era descabezar el primer litro.

El campesino gusta de darle cierta formalidad a la toma de su primera copa del día: alza el cristal hasta la altura de sus ojos, contempla el cordoncillo de burbujas que se forma contra el vidrio, carraspea, escupe, se pasa por los labios –como si se los limpiara- la manga de la camisa que lleva puesta, o el brazo mismo desnudo, y luego dice: “salú” a los que esperan su turno… Uno de estos le cambia por jocote la copa vacía. Con los tragos siguientes la ceremonia es harto más breve.

A medida que el nivel del aguardiente bajaba en las botellas el de la animación subía en los circunstantes; aún entre los muy contados que todavía no habían empezado; aún entre las mujeres.

Junto a una de las entradas del rancho, las comadres que habían arreglado el “puntalito” estaban discutiendo cómo se las arreglarían para dar a la gente algo de comer “a la hora llegada”. En la casa no había otra cosa más que gallinas y los plátanos, y con las gallinas no había que contar, porque era la paga de don Marcial; en cuanto Secundino, ya lo había dicho “que como tener reales no tenía ni medio”. Había vecinas que seguramente contribuirían con café negro, con frijoles, con huevos… Ah, pero que fácil sería todo si se pudiera disponer de las gallinas.

El problema parecía sin solución inmediata cuando llegó al rancho la señora Paya, tan “curiosa” y tan autorizada como don Marcial en eso de asistir enfermos y de verlos sanar o verlos morir, según lo quisiera Dios. De una vez pasó ella al lado del cadáver, que descansaba sobre un tapesco; le quitó de la cara el trapo que se la cubría y se puso a contemplarlo con mucha atención, en silencio. Una de la mujeres que se había ido a situar cerca de ella, impaciente ya de no oír a doña Paya su cesuda opinión o decir una palabra por lo menos, se atrevió a insinuar: “fue el hígado…” la curandera la oyó sin darse por avisada, y todavía guardó silencio unos instantes más, en seguida alzó a ver a la que dijo “fue el hígado”, y cabeceando su parecer negativo, declaró con un aplomo que no dejaba campo para la duda: -“fue el bazo”.

Los que alcanzaron a oírla se miraron unos a otros con sorpresa y sin mas pasaron las voz al resto de veladores:

“Doña Paya dice que fue el bazo”. “Fue el bazo”. Pronto le llegó la nueva a Secundino.

-“Ya viste? No fue el hígado. Doña Paya dice que fue el bazo”.

-“Que sabe don Marcial!”

-“Las gallinas era lo que él quería”.

-“Mejor hubieras llamado a doña Paya, no que fuiste trayendo a don Marcial…”

Muy bien, pero si había sido el hígado o el bazo la botella seguía circulando y la copita única acompañándola en la órbita que describía como el lucero haragán sigue a la Luna. Ya el de la guitarra había empezado a ponerla con un rasgue timorato primero, mas subido después y un apretar y aflojar de clavijas. La Zoila Rosa segura de que algo le tocaría cantar a ella dada la fama de voz, estaba calladita, pensando cual debía de ser su primera tonada de la noche; Marco Antonio, el mejor zapateador en dos leguas a la redonda había observado el piso del patio que le pareció más duro y más parejo por detrás de la casa que por el frente y las comadres de la comida seguían preocupadas con aquello de que no habría gallinas disponibles para dar de cenar a los veladores.

Ah, pero los tragos aguzan el ingenio y con el ardorcito del último quemón todavía jugándolo en el cielo de la boca el viejo Simón en voz bien alta se dirigió a un grupo que le quedaba cerca:

-Yo digo que si fue el bazo, Secundino no tiene porqué deberle nada a don Marcial que le dio a la difunta cochinadas contra el hígado.

Aquella sabía observación cayó como una luz en las tinieblas para las comadres de la comida, una de las cuales inmediatamente argulló:

-Pues claro! Y si no fue el hígado más bien debía de tener vergüenza y no andar cobrando gallinas. Las gallinas son de la difunta y nosotras podemos retorcerlas para su vela.

Nunca su gestión alguna fue más unánimemente aprobada y acogida. Todo mundo estuvo de acuerdo, primero: en que “había sido el bazo” y no el hígado; segundo: en que don Marcial no tenía derecho a ningún cobro por haber estado dándole a la difunta cochinadas contra el hígado, y tercero... bueno, las pobres gallinas no tuvieron tiempo para saber si fue antes o después de cogerlas que ya le estaban retorciendo el pescuezo, porque todas fueron ejecutadas en cuestión de segundos y mas bien faltaron animales para tanta mano exterminadora.

***
Una sonrisa de triunfo iluminaba los rostros de las comadres mientras se aplicaban con singular diligencia a la preparación de las gallinas de la difunta entre chismes y bromas.

-Niñá, aunque sea unos tomatitos le debíamos de guardar a don Marcial.

-O unas plumas…

-El viejo bruto! Decir que había sido el hígado…


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13 de octubre de 2008

El ave que cambió su nombre

Por Eduardo Acevedo Parrales.
Tercer Lugar Concurso Cuentos de Patria, (2008).

Eran casi las cinco de la mañana cuando sentí la presencia sutil y precavida de este plumífero encantador. Encantador no sólo por sus colores sino por el canto enternecedor de su melodía.

Soy Carlos, viajero empedernido y trovador de todo el mundo. Me encantan los paisajes, especialmente los de Centroamérica. He recorrido el istmo de sur a norte cautivándome con la belleza exuberante y espesa que aún conservan ciertas selvas vírgenes llenas de serenidad y grandiosa belleza. Soy amante principalmente de las aves, hipnotizado por su variado colorido, especies y cantos. A lo largo de mi recorrido he admirado al quetzal, su verde predominante y su pecho amarillo lo hacen misterioso, su copete rojizo y su cola prolongada que es el símbolo de la realeza y su principal belleza. Es un ave soberbia pero sobre todo glamorosa, tanto, que le fascina posar para las cámaras, por esa cualidad es que logré fotografiarla en varios ángulos y en gran variedad de escenarios naturales.

Me propuse conocer a todas las aves representantes de cada nación y de esta forma fotografié a la guacamaya de Honduras, el torogoz de El Salvador, la lapa de Costa Rica, el quetzal de Guatemala y con esto mi recorrido estaba llegando a su fin cuando me encontraba en Nicaragua, país de grandes contrates, pero de gran belleza natural. Al llegar me indicaron en dónde podría encontrar mi objetivo. Personalmente no la conocía, ni me la imaginaba, ni había visto fotografía, sin embargo su nombre llamó mi atención. Dispuesto a encontrarla me desplacé hasta los humedales del río San Juan, justo sobre la ruta que conduce a la fortaleza del Castillo de la Inmaculada Concepción, en donde aseguraron estaría aguardándome. Estaba lloviendo fuertemente, pero aún así decidido a encontrarla me fui caminando por un sendero algo resbaloso, cuando de repente me deslicé sobre un barranco de considerable altura, sin poderme sostener de ninguna rama, fui cayendo junto con el lodo, golpeándome con cada vuelta que daba en mi accidentado recorrido, hasta que caí a la vera del río, sobre un pedregal y casualmente a las faldas del mismo barranco que fue testigo de mi fatal caída. Estaba lleno de heridas y raspones por todo mi cuerpo, por fortuna con ninguna fractura que pudiese impedirme seguir con mi objetivo de encontrar a aquella ave cuyo nombre se me había olvidado, pues a mí también me resultaba dificultoso el recordarlo sobre todo porque me lo dijeron en náhuatl.

Me dispuse a revisar mi cámara minuciosamente para ver si su lente no se había roto, en esos menesteres me encontraba, cuando de repente volteé para ver hacia mi derecha y observé un hueco; un hueco dentro del barranco. Mi mirada se adentró hacia esa diminuta cueva y con una pequeña linterna que aún conservaba de aquella tremenda caída, le alumbré. Mis ojos no podían creerlo, dentro de aquel agujero se encontraba anidando esa esplendorosa, pequeña y colorida ave, con sus colores tan vivos que hipnotizaban a cualquier espectador. Con la luz de mi linterna logró asustarse y salir de su morada para posar sobre una pequeña rama que yacía a la vera del río. El ave del barranco salió para mostrarme su belleza, sus espléndidos colores y su bella melodía, pero algo que nunca me explicaron los lugareños y que hasta ese momento pude percibir, fue la soberbia de la fisonomía de su cola; dos delicadas pero esplendorosas plumas, terminadas en saetas como en forma de banderitas, siempre conservando los tres colores predominantes a lo largo de su cuerpo. Posó para mi lente como aquellos modelos que desean dar al mundo hasta la última gota de aliento. El ave del barranco posó para mí hasta que la cámara agotó su memoria. En esa ave encontré belleza, soberbia y armonía, pero más aún, encontré la libertad y la nobleza que representa ese pedazo de región centroamericana. Logré terminar el propósito de mi viaje y al regresar a mi país, deseoso de compilar el resultado de mi trabajo decidí conformar un álbum de memorias centroamericanas.

En mi álbum, al desplegar las fotos, siempre tengo que indicar con una leyenda lo que representa cada fotografía. Al pie del ave de Nicaragua cursaba el siguiente texto: “El ave que se guarda en los Barrancos“; esto lo puse en vista de que nunca recordé su nombre original en náhuatl; años más tarde llegaron a declararla como el Guardabarranco, el ave nacional.

El oscuro pecho del zanate

Por William Grigsby Vergara
Segundo Lugar, Concurso Cuentos de Patria (2008).

El zanate tenía los ojos tristes y llorosos, estaba al fondo de un árbol madroño, cubierto por el verde follaje de aquel coloso natural. El árbol sintió que las lágrimas del pájaro resbalaban por su corteza oscura, y entonces le preguntó en su tono ronco y profundo: ¿qué te pasa, pequeño zanate?

El zanate hizo un largo silencio y cerró su pico, hasta que decidió responderle al árbol que lo increpaba: “Sucede que nadie me quiere como ave nacional, todos prefieren al guardabarranco”. Ante la respuesta del pajarillo, el árbol madroño acomodó sus hojas, meció sus ramas para estirarse mejor, y dijo en un tono despreocupado y sabio: “Amigo zanate, debés aceptar las decisiones de nuestros antiguos héroes nacionales, quienes eligieron al guardabarranco como ave nacional”.

Sin embargo, el zanate continuó con la voz casi apagada, musitando su dolor: “Madroño, vos que sos grande y hermoso, nadie te hace competencia entre los demás árboles, ni el roble, ni el eucalipto, ni el chilamate. Sos el indiscutible árbol nacional. Yo, en cambio, no soy tomado en cuenta como un ave digna de representar a la Nación”, concluyó el zanate, cabizbajo y herido.

Entonces el madroño decidió desprenderse del suelo con sus enormes raíces, y le dijo al zanate: “Te llevaré ante la estatua de Andrés Castro para consultarle a quién prefiere como el ave nacional, ¿qué te parece?” Entonces el zanate aceptó —con cierto temor— ser llevado por el árbol madroño ante la estatua de Andrés Castro, en la Hacienda San Jacinto.

Luego de varias horas de caminar y caminar, el árbol madroño llegó con el zanate en sus hombros hasta la estatua del famoso héroe nacional. Entonces el madroño le habló a su compatriota histórico: “Amigo Andrés, el zanate de plumas negras desea saber si preferís al guardabarranco como ave nacional, o si lo preferís a él”. Entonces Andrés Castro abrió sus ojos de cemento, soltó la piedra que tenía en la mano y reflexionó en voz alta: “Amigo madroño, yo creo que el zanate y el guardabarranco merecen ser respetados por todos los nicaragüenses, pero el guardabarranco es un ave más colorida, y tiene más oportunidades de ser el ave nacional”.

Entonces el árbol madroño agradeció la respuesta de Andrés Castro y se despidió del héroe con sus hojas amontonadas. Luego subieron a la loma de Tiscapa para hacerle la misma pregunta a la Bandera Nacional: “Amiga bandera azul y blanco, ¿a quién preferís como ave nacional, al zanate popular y simpático, o al guardabarranco multicolor y tímido?” Entonces la Bandera Nacional hizo gestos abstractos con su tela de algodón, y se bajó a media asta para decir: “Yo creo que el zanate es un ave extrovertida e inteligente, pero el guardabarranco tiene muchos años de ser el ave nacional, y debe mantener su puesto representativo en los billetes y monedas del país”.

El árbol madroño agradeció su respuesta y se fue con el zanate hacia la reina de los símbolos patrios: la flor sacuanjoche.

La hermosa flor yacía en el cabello de una bailarina de folklore, y el árbol madroño le preguntó: “Amiga y reina entre todas las flores, vos que sos la más bella entre todos los símbolos patrios de Nicaragua, ¿a quién preferís como ave nacional, al zanate o al guardabarranco?”

Entonces la flor sacuanjoche respondió con el tono blanquecino de sus pétalos y sus labios amarillos: “Creo que el guardabarranco tiene una cola larga y preciosa como el pincel de un pintor primitivista, el color verde de sus plumas recuerda las hojas húmedas de invierno, y sus tonos amarillos y rojos le dan un aire principesco. Sin embargo, admito que el zanate es un ave muy hermosa y abundante, y merece ser tomada en cuenta con justicia. Sugiero que de ahora en adelante, el zanate sea incluido en la letra del Himno Nacional”.

Cuando escuchó estas palabras, el zanate se sintió profundamente agradecido con la flor sacuanjoche, le besó los pétalos suaves y delgados, y se fue con el rostro feliz en los hombros del gigante madroño. Desde entonces, cada vez que suena el Himno Nacional, el zanate siente en su pecho oscuro la inspiración del canto a la patria.

Sol de Septiembre

Por Ulises Juárez Polanco
Primer Lugar Concurso Cuentos de patria (2008)

¡Qué extraño es el país de las lágrimas!
Antoine de Saint-Exupéry

La casa era humilde y no ayudaba que fuéramos catorce chigüines. Mamá vendía pan en el pueblo y nunca conocimos a papá; escuchábamos esa palabra y no la identificábamos con nadie ni nada, quizás con las papas que rara vez comíamos.

El mayor de nosotros, Primero, nos cuidaba. Ya no lo recuerdo, se fue a esta guerra apenas inició y nunca regresó. Un día le dijo a mamá, “Me voy al ejército, la Patria me reclama”. Me pareció extraño, su novia era Teresa, así que por días indagué sin éxito por esa tal Patria. Los más compasivos me preguntaban si el nombre no era Patricia o Priscila; yo llegué a pensar que en el mundo sólo había una Patria, aquélla que raptó a mi hermano y que sería hermosa y tranquila, a diferencia de Teresa, quien me caía mal. Pobre de mí, tenía diez años.

Luego fueron marchándose, uno a uno, mis otros hermanos. Cuatro de ellos se fueron en pareja, con un par de días de diferencia y a bandos contrarios. Así se fueron Segundo y Quinto, Tercero y Séptimo. Un mes después, Cuarto, Sexto, Octavo, Noveno y Doceavo (él dos años menor que yo) se sentaron en los tablones del patio, llamaron a mamá y la abrazaron: “Es por la Patria, vamos a luchar por ella”.

La guerra continuó en el país; cumplió ocho años de fuego y acero y en casa sólo quedamos cuatro hermanos. Mamá ya no vendía pan, el maíz costaba demasiado y de todos modos la gente del pueblo no tenía cómo comprar los bollos, así que entre todos le compramos una Singer centenaria que supuestamente fue de Blanquita Aráuz, la mujer de Sandino.

Una tarde mamá recibió un telegrama donde le pedían bajar al pueblo. Todos querían acompañarla, pero se los prohibí. Como hermano mayor, les ordené quedarse y no salir bajo ninguna circunstancia. “Alimenten al chancho, el pobre parece perro”, fue lo último que les comenté cuando salí hacia mi destino. “Mamá, vos también te quedás. Ahora iré yo”. Jamás olvidaba la entereza con que mi madre, vestida triste de negro, había caminado nueve veces rumbo al pueblo a recibir la noticia de muerte en combate de alguno de sus hijos.

Llegué a la oficina y elogiaron mi valor de aparecer. Me arrastraron al cuarto contiguo mientras me resistía bajo una fachada. No era ningún baboso, ya tenía edad para el servicio militar y sabía que si no me enlistaba “voluntariamente” irían a la comarca a buscarme, y tal vez a Onceavo, Treceavo y Catorceavo, ¡ninguno de ellos tenía trece años! Por eso fui, por ellos. Odiaba esta guerra que mataba con balas a los involucrados y de hambre a los civiles, mientras los culpables felices en sus fincas y mansiones.

“Aquí dice que tenés edad suficiente para luchar por la Patria”, dijo el sargento. Ya lo ven, nuevamente ella. Para alguien a quien “la Patria” le había arrebatado diez hermanos, tal explicación era la peor forma de reclutamiento. Hice lo planeado. Me escapé nomás tuve la oportunidad y me uní a la guerrilla para sí luchar por la Patria.

Los años pasaron y de no ser este mundo incomprensible, hubiera sido feliz con esta guerra que pronto ganaremos.

Pero no lo seré.
Sé que hoy cuando liberemos al pueblo, me encontraré a Onceavo y Treceavo repeliendo la toma, leales al tirano. Ordenaré a mis hombres un alto al fuego. Les gritaré qué diablos están haciendo ahí, y mis hermanos dirán, “luchamos por la Patria”. Suspiraré bajo el sol de septiembre, mis lágrimas lamentarán que nadie nos enseñara que la Patria es una y que luchar “por la Patria” es luchar contra ella.

Las ráfagas siempre tiñen la tierra con sangre de hermanos.

Si lo hubiésemos aprendido antes, si alguien nos hubiera domesticado en la paz, y no en la guerra, mamá nos tendría en la comarca, a nosotros catorce, viéndola coser con su Singer centenaria. En cambio, mamá sólo tendrá aquellos telegramas fúnebres y en vos, Treceavo, hermano mío, al último de nosotros.

Todo porque en este país de las lágrimas nadie aprende que el hogar es la Patria y la Patria, el hogar.

9 de octubre de 2008

La hormiguita

Autor(a): Anzuna46
(En memoria de Mario Zúniga, muerto por la guardia Somocista)

El podría ser descendiente de una de ellas; caminando y caminando por el mismo camino, llevando siempre sobre sus hombros el sufrimiento y la miseria de su pueblo. No era de esos que luchan un día y se sienten buenos; él luchaba todos los días, era una de esas hormiguitas indispensables, que hacen camino al andar.

Y es que Bruno es así; silencioso, trabajador, (como una de ellas), pero con cabeza de hombre sabio. Bruno no piensa de un solo golpe, pues eso a él le da mucho dolor de cabeza; pero sí asimila las cosas de una forma suave y lenta, muchas veces él pensaba contando y cuando llegaba a cien, él ya sabía que hacer; Y es que no le gusta despertar bruscamente.

Llega la noche - tragándose la angustia del día – Sale una luz invisible, iluminando la mente de Bruno, le dice que para él no hay sueño; habrá que despertar la realidad en aquel pueblo que se durmió hace más de cuatrocientos años.

Bruno solo tiene sus manos como herramientas de lucha y su mente, claro está, como impulsora de sus emociones reprimidas. – El desea cambiar las cosas, no de lugar, sino de fondo. Sabe que la historia está a su favor. Que todo movimiento es avance.

Bruno piensa como mecánico .Sabe que la cosa en general está descompuesta, pero también existen elementos recuperables. El se siente como una batería solitaria, pero llena de energía.

Hacía dos semanas, que habían planeado tomarse el comando del pueblo; él, Mario, Renato, Salvador, Horacio, y otros más, de esos que se quitan el nombre por seguridad y se ponen las pilas por convicción. Ya uno de ellos había dicho:

¡Aquí necesitamos Hombres, no Nombres!, nuestros nombres algún día serán desenterrados por la historia y tendremos la gloria de formar parte de la nueva sociedad.Bruno casi no ha leído a Marx; pero sabe que Marx está con él.

La pobreza, la miseria y la explotación son términos reales de su pueblo. Sabe también, que el trabajo todo lo cambia; pero no el trabajo que da sustento y poder a la burguesía, si no el trabajo social y compartido; organizado de tal forma, que llene las necesidades más importantes de nuestra sociedad.

El reloj de la fábrica, bostezó las doce horas –Habían quedado en reunirse en el patio trasero de la iglesia, que dista a dos cuadras del comando.

En el patio trasero de la iglesia; debajo de tablas, zinc y otros desechos, depositaron las escasas armas que tenían.

Abrió la puerta con sigilo – Divisó la noche y estudió sus sombras -¡Cuántas veces había tenido de amante a la noche¡-Sombras de olvido - cobija de aquél pueblo dormido, pero también sombras en donde el peligro acecha.

Vio el cielo estrellado. Le dio la sensación de que mil ojos sueltos estaban al tanto de sus movimientos; y muy quedo les dijo:...Duerman estrellas.

- Esta noche es mía –Ya vendrán noches de calma, en donde el cantor de la nueva sociedad, traspase el azul con su canto de vida.

- Llegó al punto - como llegan los corredores que quieren alcanzar la victoria.
Divisó a los demás y miró en ellos su mismo rostro reflejado; expresiones que dan la idea de volcanes a punto de explotar, pero de serena belleza.

¡Es el alma de la patria a punto de saltar en mil pedazos!
Cada uno acarició su fusil; viejo pero fiel compañero-silencioso en la paz-escritor de historias, cuando surge su lengua de fuego.

¡Yo te amo fusil del pueblo; que te acostaste con tantos guerrilleros y jamás te prostituiste!

¡Yo te amo fusil, arrebatado de manos criminales que vendieron tu uso al imperialismo!

¡Yo te amo, porque de ti salen luces de liberación, que apagan la vida de los opresores¡

Bruno se encontraba en estas meditaciones , cuando las cosas empezaron a retroceder.

En la segunda planta, por la ventana de la sacristía, el ojo del sacristán se parecía al ojo de Judas y pensó que treinta monedas no le vendrían mal para comer un día.

El sacristán despertó al cura. El cura llamó al comando y pensó que sesenta monedas no le vendrían mal para comer dos días.El cabo del comando llamó al capitán Departamental, y pensó que noventa monedas no le vendrían mal para comer tres días.

Las llamadas se alargaron en la distancia; las respuestas se acortaron en el tiempo.

Todos pensaron que el Capital estaba en peligro.

Se mandaron hombres, pertrechos, tanques, aviones. Demasiadas cosas para despertar a aquel pueblo dormido.

-La lucha se dio desigual –tronó lo que tenía que tronar –murieron los que tenían que morir – despertaron los que tenía que despertar.

-La tumba de Bruno tiene un hoyito; por él sale una hormiguita con cabeza de hombre sabio, a picar a la gente.......y es que Bruno es así: !Pica donde más duele!