7 de mayo de 2010

La dama del horóscopo

Eduardo Estrada Montenegro

(Esta es la historia de una mujer que toma decisiones de su vida con base a una especie de horóscopo menstrual, que heredó de su abuela, método utilizado por generaciones, y que un amigo suyo logra finalmente descubrir. La última predicción había sido su muerte y estaba tan convencida de ello que regresó al viejo pueblo donde había nacido.)

Hace muchos años conocí a una bella y linda mujer de piel acanelada, de tratos suaves y de ojos negros, como su cabello, con rayos plateados al natural, diríase canas, pero como tenía un poco más de 25 años, no eran de vejez, sino de herencia. Y le venían en mucha gracia y se combinaban con su sonrisa de puro corazón y sus manos hermosas y suaves.

Helena había regresado a su antigua provincia, debido al hastío que le producía el bullicio de la ciudad moderna, la continua fiesta, el licor y las drogas. Quería paz. Y alquiló una hermosa casa colonial, con amplios corredores, y un jardín con plantas diversas, entre las que se destacaban hermosos helechos que colgaban de los aleros del corredor de la vieja casa de paredes de adobe y techos de tejas con sabor a barro.

Vivía con sus dos hijos, pues se había separado, recién llegaba a la ciudad, pues su esposo no soportó la monotonía de aquella provincia, con sus muchas iglesias coloniales, su vetusta y musgosa catedral, y especialmente en Semana Santa, con sus múltiples procesiones y santos de tamaño natural que sacaban por las principales calles de la ciudad.

Una vez que pasaba por su casa, vi a su hermoso perro negro con sus orejas gachas, peludo, galante y una vez visto el perro, miré hacia dentro de la casa y ahí estaba ella, con su hermosa cabellera negra y hebras plateadas, sus ojos también negros, pero iluminados y su cuerpo esbelto, vestido con una blusa negra y un pantalón crema.

-Hola, hermosa, señora --le dije, tal como la había tratado siempre.

-Hola, caballero --me respondía--. Pase adelante....

Y desde luego que me agradaba estar con ella, compartir un rato de la mañana calurosa, en la sala principal de su hogar.

Siempre me interrogué por las causas de su traslado de una ciudad floreciente a un pueblo viejo y tradicional como éste --del cual no diré su nombre para no ofender a sus habitantes.

Y entonces me aventuré a interrogarla a fondo.

-Sé que te viniste por el hastío de la ciudad, que querías paz en tu corazón y encontrarla en tu pueblo natal, donde naciste y no en el extranjero.

-Ya veo que no te das por vencido --me dijo sonriendo.

-Sí, a decir, verdad, no me doy por vencido.

Luego hubo un largo silencio, yo temía que se hubiera disgustado, pero su silencio era una lucha entre decirme su secreto o seguirlo ocultando.

-Por mi parte, te prometo guardar el secreto --dije, interrumpiendo el silencio profundo que se había formado en aquella hermosa casa colonial.

-Ah, como creerte, apenas hace unos meses nos conocemos…

-Mi bella señora --le contesté muy serio mirando a sus ojos--, dígame usted cuando he fallado a mi palabra. Mi amistad y cariño hacia usted ha sido firme.

-Guardar un secreto vas más allá de la amistad, pues siempre hay tentación de contárselo a otra persona…

-Puedo arrodillarme, si quiere…

-No, no es necesario…

-Entonces, por favor, dígamelo que desespero…

-Bueno, hace muchos años hago uso de una especie de horóscopo menstrual.....

-¿Horóscopo menstrual? –-exclamé perplejo.

-Sabía que te iba a extrañar y sorprender… y hasta te ibas a burlar de mí.

-No, no…para nada, estoy abierto a toda experiencia -–le repliqué con amabilidad.

-Bueno, eso espero…porque esto no se lo he contado a nadie.

Mientras me advertía sobre su secreto, yo seguía con la interrogante de qué jodido era ese tal horóscopo sexual o menstrual, y cómo una mujer como ella, culta, inteligente y de buenas maneras, podía guiar su vida con base a supersticiones. ¿Pero a caso la humanidad no ha vivido siempre así?, me dije a mí mismo, y en eso estaba cuando al punto esencial de esencial del tan difícil secreto que había arrancado casi con súplicas.

-La vida no es fácil, Ernesto. Y cuando tus tradiciones religiosas no te dan respuestas, a veces se recurre a otras opciones, y mas cuando este recurso, es heredado de tus abuelos. Y sus predicciones se cumplen.

En verdad seguía atónito, pues desde mi adolescencia creí haber superado mis creencias religiosas y supersticiones, de hecho había sido hasta ateo militante, y aunque había superado esa actitud recalcitrante, seguía firme en mi visión científica del origen del universo y del hombre….Todo estos pensamientos se me venían a la mente mientras la escuchaba, pero cuando sentí que finalmente iba a darme detalles de secreto, fui todo oído.

-Cada vez que menstruo, consulto mi horóscopo menstrual.…

-¡Helenaaaa…! –exclamé--. En verdad no lo puedo creer…

Después de disculparme por mi exabrupto –no podría calificarse de otra manera-- e insistir para que continuara con su relato, me narró que cuando era una adolescente su abuela, una viejecita de unos 80 años, la llamó a su cuarto y le dijo:

“Me querida Helenita: Quiero compartir con vos un viejo secreto que heredé de mi madre que está en el cielo y que me ha servido en toda mi vida, en las buenas y en las malas, y gracias a lo cual pude sacar adelante a la familia. Sé, mi hija querida, que ya estás preparada para tener hijos y por eso quiero darte un regalo que se ha transmitido de generación e generación.

“Tomá este papel que contiene lo que te puede suceder según el día en que te toque menstruar, consúltalo con paciencia y sabiduría y verás que podrás enfrentarte a los males de este mundo y las acechanzas del demonio.

“Hija, el mundo está lleno de maldades. Gracias a estas reglas, podrás saber si te vendrá buena o mala fortuna, si serás feliz en el amor, si tu esposo te es infiel, si tendrás buena o mala salud, si alguien quiere hechizarte o embrujarte.”

Poco a poco Helena me fue contando su historia, estaba como en un trance, erguida, con los ojos ligeramente cerrados, y sus manos cruzadas. De repente abrió sus ojos y como atónita, me dijo que le apenaba mucho haberme contado su historia, que ella misma no se explicaba como podría practicar algo tan irracional, pero que casi siempre le daba resultados.

Una vez que menstruó el 7 de mayo de 1975, el papelito arrugado y sepia de su abuela le advirtió que su pareja le sería infiel. Y la predicción fue efectiva, tanto así, que se divorció. Otra vez se le anunció fortuna y se casó con un hombre próspero con quien recorrió medio Mundo, y después le predijo que una enfermedad terrible visitaría su hogar y quedó viuda con dos hijos.

Cuando me contó rápidamente todo esto, de inmediato me rasqué la cabeza y busqué alguna teoría que me permitiera rebatir sus afirmaciones.

-Es pura coincidencia –enfaticé--, deben ser predicciones muy abiertas vos lo interpretás a tu manera.

-No, Ernesto, mi madre murió después de una predicción que tuve el 25 de Mayo de 1978.

Y así me contó uno que otro suceso que estaba relacionado con el famoso horóscopo menstrual. Dándome por vencido, al final le interrogué:

-¿Y por qué has regresado a esta ciudad provinciana?

Hizo una leve pausa y con sus ojos lagrimosos, me dijo:

-Ahora me ha anunciado la muerte y quiero morir en mi pueblo.

Me quedé viendo sus grandes ojos fijos, su boca pequeña y graciosa, pintados de rosa. Tomé sus manos y le dije que contara conmigo que yo siempre iba a estar ahí, como amigo, apoyándola. Para combatir sus supersticiones, quise mas de una vez tener acceso a su horóscopo menstrual, pero nunca quiso mostrármelo ni decirme las 31 predicciones que contenía.

Cuando me la encontraba, al menos una vez por mes, siempre le preguntaba:

-¿Y ahora qué?

-Me viene un nuevo amor.

-¿Y la muerte qué?

-Se ha dejado de repetir, y a Dios gracias, todo me predice un nuevo amor.

-¿Y el papelito?

-Lo he roto, quiero vivir el presente y me he conformado con el amor que me anuncia.
Muchos meses después volví a visitarla, y ahí estaba su perro negro en el umbral de la casa de puertas altas con sus orejas gachas y en la sala ella, con su eterna sonrisa y, a su lado, un caballero que me miró con recelo.

Paisaje

Rubén Darío

A poco andar se detuvo.

El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea y perlada un recodo de camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus cabelleras hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes como vidrios. Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas filosóficas - ¡oh, gran maestro Hugo! - unos asnos; y, cerca de ellos, un buey gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde ruedan miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos, mascaba despacioso y con cierta pereza la pastura. Sobre todo, flotaba un vaho cálido, y el grato olor campestre de las yerbas pisadas. Veíase en lo profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes campesinos, toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto en lo más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto cielo. Las piernas, todas músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos traía una cuerda gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de nutria, sus cabellos enmarañados, tupidos, salvajes.

Llegosé al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él, un perro con la lengua afuera, acezando, movía el rabo y daba brincos.

-¡Bien!- dijo Ricardo.

Y pasó...

El chanchito de San Antonio

Adolfo Calero Orozco


La devoción principal de Pancho Pilarte, finquero de la Ñoca sobre el Rio San Juan, nunca fue, como pudiera creerse, San Francisco el Seráfico de Asís. Sería tal ves, porque para el 4 de octubre lo menos que tiene en el San Juan es un cordonazo que parecen dos o sería cosa de familia, quizás; pero la verdad en que el santo que Pancho ha festejado es el de Padua. Cuando Pancho habla de él todavía, lo llama san Antoñito, y se le ve la devoción en el rostro sonriente; una devoción mezclada con lo que bien podría ser la grata añoranza de grandes fiestas en el pasado o la confiada esperanza de fiestas no menos sonadas para el futuro; porque la manera en que Pancho Pilarte le muestra el cariño a su santo predilecto es haciéndole un 13 de junio que empieza desde el 12 y no acaba hasta muy entrado el 14. Lo que se llama una señora parranda.

Además, san Antoñito es como persona de la familia, en esa finca de la Ñoca. Se le cuentan las cosas que pasan, se le reza a diario, se le quiere con todo el corazón, se le piden cotidianas mercedes y hasta ocurren sus disgustillos con él cuando no se porta lo bastante generosos en los favores o milagros que se le piden, y ocasiones ha habido en que la esposa de Pancho Pilarte le haya hechado en cara a su querido santo los boyos gastados anualmente en su fiesta; esto –repito- cuando alguna vez el santo debía haberse portado mejor… como, por ejemplo, cuando el novio e la Payita se fue a la revolución y no volvió nunca. Pobre Goyo, a quien un riflero lo blanqueó en las lomas de Colorado.

Y esto otro que pasó, comienza temprano un días de mayo de mil novecientos veintitanto: muy con tiempo el devoto y precavido Pancho tomó su bote y se vino rio abajo hasta el medio-queso, y en seguida, medio-queso arriba, se fue subiendo a canaletazos vigorosos, hasta llegar a la finca del general Candela, contra los mojones de Costa Rica; allí vivía una familia que además de ser amiga de nuestro hombre era también devota de San Antonio y criaba chanchos, detalle este que era lo que principalmente había hecho a Pancho emprender tal viaje que en redondo le cogería el día entero. En llegando, se fue de una vez al grano; apenas un “ideay” muy cordial y la respuesta de rigor a las preguntas cajoneras por la Paya, la payita, Toñito, Panchito, la Inesita y Tatín, que en escrupulosa sucesión representan la esposa y la prole de Pancho. Y a continuación…

-Pues yo vengo por un chanchito para San Antonio, y ya saben que los espero el 13, a todos: desde el general, si ya subió hasta al Milor… pero me le quitan unas pulguitas para ese día.

-Te equivocás con el Milor no se consigue una pulga ni para remedio, si me dijeras garrapatas…

-Bueno, que me dicen del chanchito?

-Ajáh… Te gustó el del año pasado!

-Malo no estaba, pero me costó mucho sebarlo.

-Ahora tenemos uno de media ceba, caponcito y que si lo ves te lo llevás.

-¿Y cuanto llora?
-Eso eso es lo de menos. Viendo a la dama se enamora el pretendiente.

-Bueno y decime que hubo del sancarleño que le salió a la Payita para semana santa? Se entendieron?

- Si el tata es el último que sabe las cosas…

-Bueno, hablemos lo del chancho. Me gustaría mas grandecito que el del año pasado.

- Pues vos decís, pero aquel que te llevaste no parecía moto.
-No digo yo que no, pero les diré que hizo falta chancho… Como ni un solo de los invitados se quedó sin llegar, pues hizo falta chancho.

-¿Lo querés mas grandecito ahora, pues?

-Francamente, me gustaría más grandecito. Es que este año pienso invitar al policía de Costa Rica, a don Valentín, a doña María, a don José de doña María... esa gente come!

-Pues vamos al chiquero y vos escoges. Tenemos una chanchita que si la vez te enamorás; pero si pensás invitar a tanta gente, el remedio es que te lleves dos chanchos.

-¿Acaso sólo va haber chancho?

-Es verdad que no solo chancho das vos, y entonces con uno más grande podes tener, vamos al chiquero.
Y el trato quedó ajustado sin mucho palabreo, aunque, claro! Mediaron las observaciones de la vendedora, ponderando lo aseado del animal y las réplicas de pancho calculando las cabezas de guineo que costaría hacerlo crecer, y añadiendo lo justo que era escoger lo mejor para san Antoñito, un santo a quien no podían gustarle las mezquindades… total, que empezaron en 25 córdobas y regateando, regateando acabaron por cerrar en dieciocho.

Pancho permaneció todavía un rato mas después de cerrado el trato en la finquita del general Candela; lo justo para dar un bocado y, aliviado del propósito que lo había traído, platicar un rato de las cosechas, del temblorcito del otro día y del mal paso de la Eudomilia, una sobrinita de su mujer que había volado… -“tiempos estos, en que a los hijos no se les da todo el palo que debía ser”.

Ya era oscurito cuando Pancho arrimo de vuelta a su finca de la Ñoca. La familia entera formaba una guardia llena de curioso interés, esperando al chanchito –“¡pero que aseado el animalito!” –“¡Que lindo!” –“¡vele las nalguitas!”

Los chicos todos querían tocarlo, palparlo, chinearlo. Tatín preguntaba de qué color eran los ojos del marrano. La Paya también quería saber el precio:

-Ya te he dicho que si yo se una cosa es comprar: treinta tabules! Te parece caro?

-Treinta? Pues, como caro, a como están ahora las cosas…

-Bueno, andate de espalda: sabés en cuanto lo rematá? En cuanto decís vos: pues lo rematé en dieciocho?

La Paya no pudo menos que exclamar: -“¡Regalado!”

Señor, y a partir de aquel día la vida en la finca de la Ñoca giró prácticamente alrededor del chanchito, que, desde luego, fue al instante designado como el chanchito de San Antonio, o también más simplemente, el chanchito. Los muchachos madrugaban para ir por cabezas de guineo y rivalizaban en cuanto a quien se las traía mas hermosa; de la masa de las tortillas la Payita le apartaba su racioncita diaria al mimado cochino; los mas chicos se pasaban largas horas contemplándolo, acodado sobre las varas del chiquero, y mas de una vez, Pancho mismo, viendo al animal y como si hubiera de ser el mismo San Antonio quien se lo comería, pensaba en vos alta:

-“Tiene que gustarle”.
Aprovechando sus viajes rio arriba o rio abajo, el amigo Pilarte arrimaba el bote a las riveras del rio junto a los ranchos de sus amigos y les pasaba la invitación de rigor: -“Bueno, para el 13 lo espero”.
Y los invitados respondían con razones de elogioso cumplimiento. Ya sabían ellos como eran de rumbosos los san Antonio de la Ñoca. Otros hacían referencia a la alegre fiesta del año pasado. –“que fiestón aquel!”

Y todos prometían no faltar.

Con sus invitados de honor como el policía tico de la frontera, don Valentín, doña María y don José de doña María, las invitaciones las hacía Pancho sombrero en mano, y previos buenos días y como han estado, y salía gozoso de la buena acogida de tales señores que también sabían cumplimentarlo y agregaban saludos para la mujer y los hijos.

Ya la fiesta estaba boquera. Apretándose la barriga todos en cas, menos el chanchito, los Pilarte habían economizado lo bastante para alistar una fiesta como a ellos les gustaba: con bombas y cohetes, música, comilona y tragos. Tampoco faltaron algunos allegados que con solicitud y oportunidad de verdaderos amigos, se aparecían en la Ñoca, y diciéndole a Pancho: -“Hombre, para San Antonio”, presentaban su contribución para la celebración, que podía ser desde un litro de aguardiente o una gallina hasta un cortecito para los estrenos. La Paya, en el último viaje de Pancho a San Carlos, le encargó una botella de Vermú, para las señoras.

De ordinario, Pancho viajaba solo en su bote, apostando con el río cuando plácidamente se deslizaba aguas abajo; canaleteando bravamente cuando le tocaba ir corriente arriba. Su gozo era grande durante toda aquella temporada de preparativos y como todos los viajero del San Juan, el amigo Pilarte se allanaba al deseo que se le viene a uno de platicar con el río: -“Dejame llegar temprano, viejó”, -le decía puesta la vista sobre las cambiantes aguas cuando el caudal de estas parecía oponerse a su paso. O monologaba con base de que el río lo estaba oyendo: -“Vas a ver… Vas a ver gentío, y vas a oír cohetes… y va a faltar campo en el atracadero de La Ñoca para tanto bote”. Y una tardecita, cuando un cardumen de tiburones iba escoltando su bote, cosa usual en las aguas profundas del San Juan, Pancho, sin alarma, sin rencor por las aviesas intenciones de las fieras, mas bien entre guasón y burlesco, se dirigió a ellos categóricamente: -“A ustedes no los invito, bien pueden largarse a la bocana”.

                                                                                * * *

Cayó otra vez la noche en la vega del rio San Juan, este día de Junio. Una quietud inmensa como la que peas de continuo sobre aquellas regiones, pareciera que con la oscuridad se pusiese todavía mas densa. Y como la fauna nocturna del rio es tan callada (el paso de la víbora ni entre las hojas secas deja de ser cauto y silencioso, el vuelo de las cocorocas más se siente que se oye, el perro–de-agua cuando sale se sumerge con clavados que de tan cortantes no producen chasquidos y el pesado manatí se mueve como si sus ochocientas libras estuvieran fuera de la gravedad) hasta el discreto silbido de las tobobas mas bien semeja el cambio de llamadas de los centinelas avizores de nuestros cuarteles de antes, y en realidad ellos lo son, peligrosos vigías perdidos entre la fronda de los árboles que inclinan sus ramas hasta tocar las aguas el río.

Aquella misma noche, en tierra firme, sobre cúspide desnuda de una lomita próxima a los ranchos de La Ñoca, acaba de para su despaciosa marcha un tigre frontereño, gallardo y coludo, de señoriales bigotes y ojos aviesos de espía, un tigre que es medio-tico y medio-pinolero, con depredaciones en ambas repúblicas como los bandoleros de antaño.

Sobre las patas delanteras se yergue hermosa la bestia; hace como que bosteza, la roja lengua asoma y desde antes de acabar el bostezo ya está lamiéndose el hocico. Pero en contraste con la reposada dignidad de su porte, agita impaciente su felpuda cola y se golpea los ijares combados hacia adentro, señal inequívoca de que “el gato tiene hambre”.

Luego se queda quieto, como quien ya sabe adonde ir, baja la testa y emprende el pausado paso caminando contra el viento, rumbo a las casitas de La Ñoca. Rumbo al chiquero de La Ñoca!.

La tragedia debe haber ocurrido en cosa de instantes. Un angustioso aullido; unos entrecortados ladridos de perros; un sobresalto tremendo en el corazón de Pancho Pilarte; y cuando él salió todavía desnudo, echándose en la cara su lafuché montada y vengadora, los ladridos perseguidores perdiéndose en la distancia, un olor a sangre tibia y un chiquero vacio!

Ahí nadie mas durmió, aquella triste noche, oscura y fea. Hubo lagrimas de sentimiento y lagrimas de rabia; jotas, amenazas, juramentos, y, quien lo creyera! Hasta el humilde y manso San Antonio tuvo su parte en las recriminaciones. Que le hubiera costado a él despertar a Pancho un momento antes?

Cuando ya pasó un poco el estupor causado por la desgracia, hubo un ir y venir de lámparas localizando huellas y sangrientas señales del nefando crimen, y todavía con toda la indignación hirviéndole en las venas a Pancho Pilarte, calladamente y con el seño fruncido, comenzó a formular los planes para la venganza que se imponía.

-“Hay que matara ese hijo de tal”, dijo a señora Paya, Ninguna propuesta fue jamás mejor acogida. Los chicos tenían los ojos llorosos, pero los puños los tenían apretados. Claro que había que matar al criminal, vengar al chanchito, hacer algo!

Solo Pancho no contestó una palabra. El estaba esperando el regreso de los perros, que de tres que eran solamente volvieran dos, uno de ellos con sangre en el hocico y una oreja lastimada. El tercero se quedó en el monte, en el lugar donde el tigre se había sentado en él.

Todavía no había acabado de amanecer cuando Pilarte ya iba sobre el río, canaleteando con furia, en busca de ayuda para expedición de venganza.

Regresó temprano, con sus amigos y vecino Polito y Chumaría y dos perros extra. El resto del día se lo pasaron en cálculos, suposiciones, planes y cuentos de cazadores. Se limpiaron las escopetas y se le pusieron baterías nuevas al flaj-lai. A los perros se les dio una alimentación razonable.

Todos estaban claros, por las marcas de las cebollas que dejó el tigre pintadas en el suelo, que era “animal grande”. Tal vez el mismo tigre que había estado terminando con la ternerada de San Pancho, tal vez la hembra.

Muy bien atendido los cazadores con generosas raciones de comida y frecuentes jícaras de pinol, correspondían a las bondades de la familia con promesas de una muerte segura para el odiado animal y así se acababa el día.

Como a las seis de la tarde la expedición punitiva cogió el monte, guiada por los perros de La Ñoca, los mismos que la noche anterior habían perseguido solos al felino traidor. Había huellas claras y rastros de sangre a cada paso. Cuánta sangre derramada, desperdiciada! Pancho Pilarte no podía menos que calcular in-mente la mucha moronga que hubiera rendido semejante cantidad de sirope.

Los cazadores se felicitaban de que el chancho hubiera sido tan gordo y que el tigre hubiera estado tan hambriento como su audacia lo indicaba, pues seguramente el hartazgo tuvo que ser tremendo, y un tigre “jipe” ni salta ni se defiende ni ataca como un tigre que lleva los ijares combados por la morigeración. –“A este jota hay que agarrarlo todavía erutando” decía Polito, y agregaba: -“Así lo cogemos con el costal lleno, y que sepa el hijo de tal que ese chanchito le costó el cuero”. Esto le hizo recordar a Pancho que él le había ofrecido el cuero a San Antoñito, si la aventura acababa bien, con lo cual, sobre asegurarse la protección del santo, se lograba que el cuero quedara en la finca.

A poco andar dieron con el perro muerto la noche anterior, cuyo cadáver, maltratado ya por los zopes y hormigas, los otros perros rodearon dejando ir junto a él, por breves minutos solamente, lastimeros aullidos. Los inteligentes animales sabían que la ocasión no era para duelos prolongados y que bastaba cumplir con una corta formalidad para llenar un deber de compañerismo. Polito, el más experto, como que ya tenía varios tigres a su crédito, examinó el cadáver del perro, y comprobó las lesiones que la garra del tigre le causó en el pescuezo cuando lo alcanzó y se lo hachó bajo las posaderas para sentarse en él y seguir enfrentándose a sus otros dos enemigos, y por los estragos causados en los huesos del muerto confirmó la tesis de que se trataba de “animal grande”.

El flaj-lai que había sido encendido por primera vez al encuentro del perro difunto echo su cono luminoso en derredor. Que de chispas y brasas reveló, al volver fosforescente los ojos de todos los bichos y alimañas del bosque, a quienes la oscuridad de la noche sepulta en un cuasi-caos.

Hasta las arañitas del suelo mostraban rubíes refulgente en vez de ojos; en los añosos troncos, nuevos seres se revelaban por el fulgor ígneo de sus pupilas; de par en par, otros ojos hechos bolitas de fuego cruzaban delante de la zona luminosa, o cuando el cono de profusa luz giraba en derredor, surgían de la oscuridad como por un conjunto, y volvía luego a la tiniebla conforme la cabeza del cazador, donde el foco estaba fijo, seguía girando. Las otras cosas que la luz alcanzaba no se destacaban mucho, más bien la intrusa incandescencia del cono parecía desfigurarlas proyectando sombras absurdas sobre el fondo verdinegro del boscaje, tan apto para absorber rayos luminosos que aun a corta distancia el cuadro apenas enseñaba un circulo penumbroso.

Los vengadores apagaron su lámpara y continuaron en busca el tigre. Los perros estaban claros en cuanto a que lo único que importaba era dar con el tigre. Hubo zorrillos y canchuchos a la vista más de una vez durante la parada, pero ellos no le prestaron, sino una atención muy secundaria; mas bien les ladraron incomodados y como despreciativos y al desencandilarse la alimaña y buscar el refugio de lo oscuro la dejaban ir sin seguirla, contra lo que hubiera sido en circunstancias menos solemnes.

Los dos perros de la primera experiencia eran evidentemente los guías, guías seguros de su misión, de olfato sabio, inteligentes y leales hasta la muerte. Iban y volvían en círculos, en incursiones a línea recta, por los lados o hacia adelante y sus manifestaciones al recobrar contacto con los hombres fueron siempre de certeza. Con emisiones guturales que tenía de paciencia y de queja, parecían decir: adelante! Por aquí!

No pasó mucho tiempo cuando los perros dieron especiales muestras de inquietud; sobre las patitas traseras se incorporaban tocando con las de adelante las caderas de los cazadores, cada uno con su amo. En un momento dado se desprendieron todos juntos del grupo en la misma dirección y simultáneamente comenzó una reacción de ladridos incesantes, agresivos.

Polito dijo –“ahora si!” Luego ni una palabra mas. Se juntaron los tres hombres hasta tocarse uno con otro. Un ruido de hojarasca y rama que cedían el paso a alguna masa grande se dejó oír. Los ladridos seguían y alguna vez se mezclaba con ellos el aullido de dolor de un perro. Los ladridos se alejaban –“sigámoslo”, murmuró Polito. Luego los ladridos se quedaron estacionarios.

-“El flaj”, suplicó Pancho con vos a penas perceptible. Y Polito replicó con el mismo tono: -“Aguantate! Mas cerca” Los tres hombres avanzaron cogidas unas con otras las frías manos, jadeando al mismo compás, brincándoles de emoción sus corazones. Polito, tras exclamar: -“Ya lo plantaron”, apretó el botón de su lámpara y allá saltó el cono luminoso, radiante, rasgando la tiniebla un ligero movimiento de cabeza y quedó enfocado en el centro del círculo un bello tigre, medio echado sobre las patas traseras rectas y abiertas las delanteras, erguida la gran cabeza, en alto la cola. Pero en cosa de segundo el animal brinco fuera de la zona de luz y se alejó a saltos que fueran envidia de un campeón olímpico. –“Es mañoso” -, dijo Chumaría, o más bien quiso decirlo porque a medio hablar se le ahogó la voz de tan reseca que tenía la garganta.

Pero también los perros saltaron, sin agruparse, cada uno buscando un flanco distinto de la fiera. –“Cuidado me enfocas un perro!” – advirtió Pancho. El ruido del tropel cesó pero no los ladridos. Polito dijo –“Ya está”, - y alzó hasta iluminar las primeras ramas de un genízaro, ahí estaba el tigre, en una actitud que no era la de un fugitivo, erguida la cabeza, sereno mas bien, como que no hubieran perros ladrando abajo, ni un foco deslumbrante lo estuviera encandilando. Sus ojos brillaban como dos ascuas al rojo de fragua.

Pancho Pilarte ya se había echado su lacuché a la cara y apuntaba –“esperate!” – le advirtió Polito, “estas respirando muy recio”. Y cogiéndole la escopeta, apuntó calmosamente, tan calmosamente como el tigre esperaba lo que iba a suceder. Un disparo tremendo sonó y el eco irreverente en oleadas de trueno se fue escandalizando todos los rincones del bosque. El tigre ladeó violentamente su testa y se desplomó sobre la izquierda y al dar en la tierra hizo el estruendo de una tonelada. Los perros volvieron con sus ladridos ululantes, intermitentes y los hombres permanecieron unos instantes inmóviles.

Chumaría fue el primero en hablar: -“crees vos…?” Polito contestó: -“ya está quieto”, y avanzó hacia la masa inerte de lustrosa piel manchada de negro y crema y manchada de rojo por la sangre que él manaba de un agujero feo sobre la paletilla.

Estaba muerto, totalmente muerto, el tigre. Polito le puso un pie sobre la cabeza y se la sacudió varias veces.
Pancho pilarte le puso el pie sobre la barriga y se lo hundió cuanto pudo. –“aquí lo anda”- dijo.
-“¿Qué cosa preguntó Chumaría?”

-¿Mi chancho, hermano! El chanchito de San Antonio, y sonrió satisfecho como un gladiador victorioso.

El vientecito

Mercedes Gordillo

Durante las noches, acostada en mi cama, no podía dormir, tenía mucho miedo a la oscuridad. Si tenía sed prefería aguantarme. Si quería ir al baño mejor no iba. Si veía pasar una sombra, llamaba asustada a mi mamá, ella me decía suavemente:

– Todos los niños tienen un angelito que los cuida.

– ¿Y cómo es?, le preguntaba yo

– Chiquito como vos, anda desnudito, parece acabado de nacer, está en todas partes y no se ve.

– ¿Y camina?, pregunté curiosa.

– No, me contestó, porque él puede volar con sus alas abiertas.

Y me dormí con un vientecito delicioso, mirando una pluma que entró por la ventana.

Compañero de cama

Adolfo Calero Orozco

Pedro Montes estaba de mandador en “El Dulce Nombre”, una hacienda situada cerca de Nandayosi, por la costa sur. Como en aquel tiempo los caminos eran más largos que ahora, él nunca hacía el viaje a Managua de un solo tirón, sino que salía de “El Dulce Nombre” con la fresca de la tarde, prefiriendo las noches de luna para sus viajes. A la caída de la media noche llegaba a “La Plancha”, una fincucha de café; allí echaba un buen “peloncito” y muy al alba se ponía otra vez en marcha, con la bestia descansada y él fresco, y lograban entrar a Managua entre nueve y diez. El regreso lo hacía Pedro en la misma forma, pues “La Plancha” estaba más o menos a la mitad del camino y era de Fulgencio Roque, un compañero antiguo, tismeño como él, que dormía en un tabanco libre de puertas y con acceso al corredor de la casita, hasta donde podía subirse sin molestar ni pedir permiso a nadie con sólo que los perros lo conocieran a uno.

Muchas veces hizo Pedro Montes el viaje aquel y generalmente Fulgencio lo sentía llegar y echaban su platicadita. A la partida, Pedro tenía siempre buen cuidado de hacerla muy calladita para no despertar al amigo.

La vez del cuento era en febrero. Ya habían “cortado”, pero todavía hacía un frío que parecían dos. Pedro llegó a “La Plancha” a la hora de costumbre; la luna ya se había puesto y estaba muy oscuro. Lo único de particular que había notado Pedro en el camino era que hubo muchas exhalaciones en el cielo después que se fue la luna y que cuando entró a la finca los perros no le ladraron ni se le acercaron, como otras veces, para olfatearlo primero y colearle después, sino que más bien dieron su aulladita, y eso sin acercársele mucho. El desensilló y a tientas, como que conocía muy bien la casa, dio con el poste picado en escalones que conducía al tabanco. Subió y llamó a media voz:

¡Fulgencio!... ¡Full!... ¿Estás sorneado?

Fulgencio no le contestó. Pedro pensó: “Andará mujereando esta carajo… o tal vez en Managua…”.

Pero mientras se acomodaba, tentando dio con Fulgencio, que estaba acostado, medio envuelto en su “tigra”…, y dio también con una botella y un vasito, que por cierto hasta por poco los bota. Pedro murmuró: “Ah…!”, comprendiendo lo que había pasado, y aún pensó en tomarse él mismo un traguito sueñero, pero estaba cansado y prefirió echarse a dormir. Se envolvió él también en su chamarra y se estiró tras una ligera persignada; más tarde el frío lo hizo arrimarse un poquito a Fulgencio, y luego se quedó profundamente dormido.

A los primeros cantos del gallo Pedro se levantó. Pensó otra vez en el trago, pero tampoco lo tomó. Bajó cuidándose de no hacer ruido, aguó al caballo, se enjuagó él, ensilló y se puso en marcha pensando en una taza de café negro caliente donde la Chila López, por donde siempre le tocaba pasar a eso de las seis de la mañana.

No habría andado ni media legua cuando se encontró con un montado y dos hombres a pie; en la semioscuridad del amanecer no los conoció; pero cuando el montado dijo: “Adiós, amigo”, Pedro reconoció la voz:

¡Fulgencio! ¡Bandido! ¿Dónde pasastes la noche? ¿Dónde la Chila o dónde la Gregoria?

¿Sos vos? Idiay…!No te conocía!

-Yo, ¿y quién va a ser? Bueno, pero ¿de dónde te la traés? En mis cuentas yo acababa de dejarte en el tabanco de “La Plancha”…

-De buscar a éstos. Anoche se me murió Luis Ortega…, no tenía ni con quién enterrarlo… Entonces mejor me vine hasta donde la Chila López a pasar la noche y ahora me traje a éstos para ir haciendo el hoyo. Más tarde van a venir otros muchachos. ¿Por qué no nos volvemos y te quedás para luego?

-¡Luis Ortega!... Y ¿qué le pasó?

-Una culebra cascabel … Pero a vos, ¿qué te pasa?

-¿Dónde dejaste al muerto? ¡Contéstame!

-Pues en el tabanco…

-¡Chocho! Allí dormí yo…!y creía que eras vos…!Hasta te hablé…!Hasta creí que estabas tragueado!

-¡Bárbaro! ¡Dormiste con un muerto!

Pedro Montes estaba temblando. Sudaba helado. Tuvo una basca seca y un calenturón que casi se muere.

6 de mayo de 2010

Juro que él no es él

Chrisnel Sánchez Argüello

Nadie lo sabe, pero yo dejé de existir hace mucho tiempo. Sí, me refiero a mi muerte, a ese secreto que mantengo guardado hace ya muchos años. Mi realidad es irreal, yo no vivo, alguien vive por mí. Cuando dejé de existir, pude observarme a mi mismo desde allá, desde afuera. Es paradójico verse a sí mismo desde afuera. Es paradójico estar y no estar.

Mi muerte.

Recuerdo que ese día estaba soleado. Sí, el día en que morí tenía 19 años y estábamos en el mes de septiembre del año 76. El resplandor mañanero del sol me levantó más temprano de lo normal, así que tuve tiempo suficiente para alistarme. Salí de la casa sin hacer ruido para que mis papás no se despertaran. Cogí el vehículo parqueado al lado del carro de papá y me fui a la universidad. Era una camioneta blanca modelo 50, con los cambios al lado del volante y la carrocería destartalada.

Ese día transcurrió como cualquier otro; las clases estuvieron aburridas, lo cual, al fin y al cabo, hacía parte de la normalidad. El día soleado de la mañana se había desvanecido y en su lugar, un fuerte aguacero caía. Se me hizo un poco extraño que lloviera en esta temporada, ya que estábamos en verano. Conduje la camioneta fuera del estacionamiento universitario, tomé la avenida sur en dirección a mi casa y prendí la radio. Todavía era de día, pero la visibilidad se veía reducida por el estruendoso aguacero.

Furgón, velocidad, frenos, golpe. En cuestión de segundos, todo se convirtió en un terrible caos, mi camioneta se estrelló contra un furgón que al parecer venía en contravía; mis frenos sobre el asfalto mojado no habían respondido. Mi cuerpo lleno de sangre yacía en el piso y no sé en qué momento mi espíritu se desprendió de mi cuerpo. Mis ojos no dejaban de verme ahí, inmóvil, sin un aliento de vida. La ambulancia llegó y con esta los paramédicos que inútilmente trataban de revivirme.

Cuando llegué al hospital tenía arritmia cardiaca, síntoma contra el cual los doctores no pudieron hacer nada: mi corazón dejó de latir. Pensé que este era el fin de mi existencia hasta que vi a los doctores resucitándome, cosa que lograron, pero yo seguía afuera. Podía ver mi cuerpo vivo, en la sala de cirugías, pero no era yo quien estaba ahí. Los doctores resucitaron el cuerpo, pero no a mí, todo esto era un fatal error de la naturaleza. En la sala de cuidados intensivos el cuerpo se siguió recuperando hasta que dos meses después lo dieron de alta.

Él se comportaba como yo, se vestía y caminaba como yo, con la diferencia de que él sí tenía cuerpo y yo no. Tuve que acostumbrarme a deambular por el mundo como alma en pena, observando a ese impostor que usurpó mi cuerpo. Han pasado 25 años y yo aún no pierdo la esperanza de que la naturaleza enmiende el error que cometió. Él no es él, juro que no.

Casamiento y Mortaja

Adolfo Calero Orozco

Managua lo era todo para la Tinita. Una vez le toco ir a pasar unos días en Granada, con su tía, pero regreso arrepentida de haber accedido a acompañarla: Granada era triste Granada era así, Granada era asá; y a demás, sobre no conocer a nadie, la gente le caía mal. “No hay como Managua” era su conclusión.

Efectivamente en su barrio, por mas señales el de Marcial, la Tinita era muchacha popular y bien vista; no le faltaban amigos que la visitan ni amigas con quien hablar mal de las otras amigas. En fin, se divertía razonablemente: que ahora un cumpleaños, que mañana una purísima, de vez en cuando procesiones, en verano las lunas de la playa, en agosto Santo Domingo –de-abajo. Siempre algo!.

Pero la muchacha crecía en años, y de sus amigos o presuntos enamorados, ninguno daba forma. La mamá, Doña Concha, no ocultaba su preocupación ante el hecho de que la soltería de Tinita mostraba tendencias a prolongase demasiado. “Yo ya estoy vieja- decía la señora- y mi mayor felicidad sería colocar bien a la Tinita”. Y concluía: - “Solo así moriría tranquila”.

Tinita no disentía del parecer de mamá en cuanto a lo deseable que sería para ella hacerse de un buen marido, y aun ponía de su parte lo que parecía indicado, pero con todo y su acuerdo y sus esfuerzos más o menos discretos, seguía y seguia soltera; y seguía también su misma vida que de tanto ser la misma ya comenzaba a fastidiarla un poco.

Así la conoció Don Rosendo, cuando se prendó de ella en una de sus venidas de León. Cierto que se la comía en años; cierto también que era muy serio el viejo, para el carácter de la Tinita, siempre tan dispuesta y tan amiga del paseo; pero él juraba que así le gustaba la muchacha; y que si se casaba con ella era para hacerla feliz. Por otra parte, Don Rosendo no solo se presentaba solamente son sus años y sus arrugas, que vá, el era hombre de bollos, con finca y buenas cargas que vender en Managua cada tantos meses; y si bien su indumentaria era harto modesta, ellos se debía más bien a las costumbres de su gente que a falta de medios para vestirse mejor. Por algo era Don Rosendo tan parco en hablar de sus haberes.

Doña Concha hubiera querido un yerno más joven y más vivo de carácter, un yerno con quien llevara seguro unos nietecitos traviesos y encantadores, pero tal vez era mejor este señor serio y recatado, que sabía lo que hacía y que no iba a darle dolores de cabeza a su niña por cosas con otras mujeres. En fin, ella dejaba a Tinita la determinación que había que tomarse, sin que por eso perdiera ninguna ocasión de hacer insinuaciones a favor de Don Rosendo, ni de repetir aquello de que ella estaba muy vieja y de sus anhelos de morir tranquila.

La Tinita se desvelaba pensando que le correspondía hacer a ella; Don Rosendo no se mostraba demasiado exigente en cuanto a su respuesta y más bien parecía dispuesto a darle todo el tiempo que quisiera para madurar su resolución, lo cual en el fondo no dejaba de molestar a la muchacha y hasta de provocarle cierta forma de impaciencia ante la paciencia del señor. Había sucedido que a los primeros disparos ellas fue presta en resolver, pero cuando empezó el exordio con que pretendía llegar a negarse al viejo, sin lastimar mucho a una persona que ella reconocía que era buena, pero con sus peros, el no la dejo terminar: - “Todavía no me diga ni que sí ni que no, las cosas hay que pensarlas, hay que consultarlas: para eso las niñas tienen a su mamá”. Y la Tinita, sonriendo compasivamente, se allano al deseo de Don Rosendo de aplazar su negativa por unos días más. Sin embargo el aplazamiento se fue prolongando y Doña Concha continúa acariciando sus esperanzas de morir tranquila….

Sus amigos de ella empezaron a frecuentar menos la casa y a tratarla de un modo nuevo, más comedido y menos jovial, como si parte del respeto que merecía don Rosendo la alcanzara también a ella.

Por fin un día de tantos estalló la noticia: La Tinita se casaría con don Rosendo la semana siguiente y, lo más gordo: se irían a vivir a León donde él tenía una propiedad.

¿Y no era esta Tinita la que solo en Managua se hallaba? Y no era ella la que juraba que prefería un rancho en Managua a un palacio en cualquier otra parte? Y esto que muchos no sabía lo que ella había dicho, recién presentado don Rosendo: que mejor se quedaba vistiendo santos que desvestir a un viejo, aunque fuese de la capital. Y el que se la llevaba era fuerano!

Pero la cosa era que la otra semana se casaban don Rosendo y la Tinita, y ya doña Concha podría morir tranquila.

La ceremonia tuvo que ser sencilla, por el modo de don Rosendo que no era hombre de desvelos ni de parrandas, ni creía en darle de beber a la gente, y así tras unas bodas a las cinco de la mañana y un cafecito de familia, tomaron el tren de las diez para León.

Debe haber sido verdad lo de la finca y los negocios, porque unos meses después cuando vino Tinita a visitar a su mamá se le veía gordita y bien argentada, aunque sus vestidos parecían escogidos por don Rosendo; además hay que ser justo y reconocer que la prosperidad había alcanzado un tanto a doña Concha; hasta decía la gente que la casita en que vivía se la pagaba el yerno.

Cuando las amigas y vecinas, más por curiosidad que por cortesía, vinieron a visitar a la Tinita, se dieron cuenta que la muchacha había tomado su estadía en León como un destierro temporal, y a una de las más preguntonas le confesó la recién casada: -“En cuanto don Rosendo se muera, vendo y me vengo para acá”. Cuestión de esperar un poco.

Ah, pero cómo es el mundo! Con aquello que don Rosendo no iba al cine no comía de noche, ni se rasuraba con catarro, ni se bañaba de tras purga, no daba trazas de morirse pronto. Antes por el contrario, parecía que de la juventud de la Tinita estaba tomando él su parte, porque la cara se le veía como recién masajeada, seguía siempre andando como antes, más bien pando que conchudo, subía las gradas como que tal cosa y cuando daba la mano apretaba la mano igual que si le dieran un córdoba.

Tal vez no faltó ni quien pensara que aquel matrimonio hasta hijo iba a tener. Pero lo que digo: cómo es el mundo!

Fue como a los diez meses de la boda se va apareciendo el viejo en Managua con unas cargas de dulce, por tierra como usualmente lo hacía y con una enorme cinta negra que le tapaba toda la copa del sombrero y todavía una banda negra también a jeme, en el brazo izquierdo.

Me lo encontré por el mesón. “No me diga, don Rosendo… “Cierto temor de que lo que presentí entonces fuera lo cierto que hizo dejar en suspenso la pregunta.

Pero él me comprendió, y su repuesta me pareció empapada en un sincero aunque resignado sentimiento:

“Que le parece amigó… mi pobre Tinita!”

En verdad, yo había sido su amigo y la sentí, pero cuando instantes después me acordé de lo que ella decía: “En cuanto don Rosendo se muera… “, francamente: me dio risa!