7 de mayo de 2010

El Gatillo

Adolfo Calero Orozco

Eran tiempos de excepcional actividad en casa presidencial. Los conservadores que se había quedado rodeando a don Bartolo después de su divorcio con el General Chamorro, pretendían y proclamaban que “estaban salvando al partido”. Sostenían que con gran sentimiento veían ellos la creciente influencia del liberalismo alrededor del presidente y del gobierno y que su única esperanza era que don Bartolo hablara antes que acabará de malearse.

“Que don Bartolo hablará: significaba que dijera quien era su candidato para oponerlo al General Chamorro en las elecciones que venían, y los conservadores bartolístas aspiraban a que tal designación no recayera sobre un liberal; los liberales parecían conforme con cualquier resultado que no favoreciera a Chamorro ni a ninguno de sus reconocidos amigos.

Desde luego, esto ocurría después que los políticos de Casa Presidencial- auxiliados por la legación de un país amigo- habían acabado de convencerse de que la reelección de don Bartolo era un imposible, debido a la barrera que le imponía la Constitución con su artículo 105, que la gente dio en llamar “el artículo siento mucho”.

Se especulaba en grandes, aventurando posibilidades: que don Zutano, que el Gral. Tal, que el Dr. Mengano… Nadie discutía entonces (eso nunca se había discutido en Nicaragua) que el candidato del Presidente tenía la victoria asegurada y como en su bolsillo, por muy bulliciosa y libre que fueran las elecciones; de ahí que el visto bueno de don Bartolo equivaliera prácticamente a la presidencia.

El presidente don Bartolo Martínez era un hombre de costumbres y modales excesivamente sencillos y muy poco amigo de hacerse sentir, cuando los políticos que los rodeaba trataban de estrecharlo, forzando su criterio a favor de tal o cual personaje, buscando como don Bartolo le echara su bendición candidatural, el recurso del presidente era hacerse como que no oía y seguía imperturbable su carita de ídolo, limitándose a parpadear ocasionalmente, sin dar señal alguna que aprobara o rechazará lo que estaban diciendo.

Aparentemente los liberales que se mantenían cerca de don Bartolo ya habían llegado a convencerse que ni el Dr. Román y Reyes, ni ningún otro de ellos tenían la menor oportunidad de ganarse la consagración candidatural, y limitaban sus actividades a intensificar y ahondar más las diferencias entre el Presidente y su antiguo jefe, el General Chamorro. Su mejor día fue cuando el propio don Bartolo mandó llamar al General y le dijo, sin parpadear: “Queda ud. con la ciudad por cárcel”.

Los días, sin embargo, seguían pasando sin que la incógnita se aclarase.

Ya era tiempo que el oráculo hablara, pronunciándose decididamente a favor de alguien; y de donde menos se esperaba salto la liebre. Una mañana, muy temprano, alguien le hablo a don Bartolo de don Carlos Solórzano.

-“El hijo de don Federico?” pregunto él con manifiesto interés.

Ante la respuesta afirmativa y la evidente actitud favorable del presidente, el tópico tomo fuerza y claro.

Don Carlos no sabía una palabra, tranquilo en su hermosa casa frente al parque central.

Como el tiempo apremiaba y entonces don Bartolo no había llegado a inclinarse por ningún nombre propio los interesados se apresuraron en llevar el asunto de una vez hasta el fin.

En nombre de su partido el Dr. Román y Reyes acepto a don Carlos Solórzano la misma mañana. Ya podía pensarse en los arreglos que darían por resultado un vicepresidente liberal y un grupo de congresales liberales a cambio del apoyo de este partido.

Pero eso es político y el cuento es otro.

Pronto llego la ocasión de la primera entrevista entre don Carlos y el generoso Presidente que le daría su apoyo todo poderoso.

Cuando don Carlos entró al despacho presidencial, los ojillos de don Bartolo se fijaron en él, lleno de sorpresa. Aquel caballero entrado en años, de atildada presencia y digno porte no era “el hijo de don Federico” que el tenia in-mente cuando lo acepto como sucesor suyo para la Primera Magistratura!

Pero todo estaba ya muy encaminado… Además el nuevo señor le cayó bien a don Bartolo. Él mismo desembuchó la verdad al marcharse, don Carlos, consagrado ya como futuro presidente de Nicaragua: -“bueno, a lo hecho pecho. Pero este no es el gallo que yo creía… Don Federico tenía otro hijo, verdad?”

-“Si señor. Los Solórzano de don Federico son varios”.

-“Claro! Y el que yo creía era otro: el gatillo!”

Y así fue, como don Federiquito, ojos verdes, rubio, gordito y bajo hermano de don Carlos no fue presidente de Nicaragua como hubiera podido serlo si don Bartolo hubiera sabido su nombre de pila antes de aceptar a don Carlos.

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