16 de abril de 2013

Yo, el perro filibustero


Jorge Eduardo Arellano

A Lizandro
No diré mi nombre. James Carson Jamison lo revela en sus memorias. También habla de mi deslumbramiento por la Falange Americana, cuyo cuartel era mi hogar. Al toque del clarín y del redoble del tambor, acudía a la Plaza de Armas. Siempre iba a la vanguardia de las marchas, con las orejas alertas y la cola estirada, dispuesto a combatir como el más osado de la tropa. Al retumbo del cañón, saltaba y corría detrás de las humaredas, hasta las fauces mismas de los enemigos de William Walker. Mi amo. Otros nicaragüenses también eran sus fieles esclavos: Mateo Pineda en León y el Cura Vijil en Granada, por ejemplo.
No contaré mis hazañas. Jamison lo hace. Afirma que estuve en San Jacinto. No es cierto. Fue en la expedición del cubano Goicuría a Chontales, en abril de 1856, cuando me ofrecí de voluntario. Yo marchaba al frente, alborozado por la perspectiva de la aventura. Y derrotamos a los legitimistas en Juigalpa. Siglo y medio después, un descendiente de ellos justificaría la causa de mi amo en un álbum de gobernantes. Excepto Jamison y un mestizo de cuyo nombre no quiero acordarme, todo el mundo se olvidó de mi lealtad a la Falange Americana. Ningún proyectil perforó mi pellejo. Y nunca volví a mi cuartel con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas.
Yo, el perro filibustero.

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