26 de enero de 2016

La mica


Fernando Silva

Bien contento se puso Chema Pomares cuando me vio.
-Te acordás de la Mica -fue lo primero que le dije.
-¡Je, ¡Je! -se rió a mi lodo una mujercita.
-¡Ehé! Adiós Matilde, si no te había conocido -Le dije alegre de verla.
La mujercita me abrazó duro y me fijé que había envejecido bastante.
-¡Si sos la misma Matilde! -le dije riéndome.
-¡Je!, ¡Je! -se rió ella- Pero qué grande que se ha guelto usté -me dijo
-¿Deme razón de la familia? -me preguntó Pomares
-Están todos bien, muchas gracias.
-Que me alegro, y la Nia Lolíta?
-También
-Y don Chico?
-Todos están bien -le dije.
Yo me senté en una banquita. Había allí otros hombres que estaban comiendo, con los cuales me hice amigo muy pronto y después estuvimos platicando hasta ya noche.
-Es que yo estuve de cuidador en la finca de don Chico, el papá dél -les explicó Pomares a los otros.
-¡Ajá! -le dijo un viejo que estaba sentado a mí lado y que se llamaba Miguel.
-Bueno -siguió Pomares, entre cerrando sus ojos como tratando de recordar- casi no había luna.
-Y nosotros habíamos llegado esa tarde –le agregué yo.
-¡Ah, sí Ya me acuerdo! -afirmó Pomares.
-Bueno pues -siguió- yo me había recostado en la hamaca y como el perro comenzó a neciar, ve a ver qués, le grité a la Matilde.
-Es que le ha cogido tema al gato -me contestó la Matilde.
Así fue que ya no me volví a preocupar más. Al rato, el perro sigue, entonces lo chiflé y ya se quedó echado bajo la hamaca. Pasó un buen rato, ya me estaba acomodando cuando en eso oigo que de un palo de mamón que está en mitad del patio, la cantadera de los gallinas que se volaban asustadas y el perro en un solo aullido.
-¿Qués eso? -grité otra vez.
-Ha de ser zorro -me contestó la mujer que también se había despertado.
Entonces corro a traer la escopeta y me salgo afuera a ver.
Así que yo que veía para arriba del palo, cuando en eso oigo
-¡Cuas! ¡Cuas!
Ni más ni menos como una Mica. Me vuelvo a un lado y lo veo clarito a la animala que me bailaba.
Ni sé que se me vino a la imaginación. Vengo, le apunto pues y fuá! le dejo ir el tiro amigo, y se capea el animal, da un brinco y con las manos subidas me vuelve a hacer
-¡Cuas! ¡Cuas!
Quiebro la escopeta entonces y le meto el otro cartucho y lo busco.
Se me había perdido en lo oscuro, yo quedito la estaba buscando por unos troncos, cuando me llora a mi espalda.
-¡Cuas! ¡Cuas!
Me lo voltello y entonces ya estaba otra vuelta atrás de mí
-¡Cuas! ¡Cuas!
Amigo ya me puse incómodo, le jocho el perro y lo noto que estaba en un solo temblido.
-No hay como en esa hora -dijo el viejo Miguel- que decir tres veces "Que la sangre de Cristo me valga" vella eso es ya.
-Bueno que me lo haiga dicho -cabeceó Pomares- Pues, entonces y como le iba diciendo, cuando diviso de nuevo al animal le dejo ir el otro.
-Y le distes? -le volvió a preguntar el viejo Miguel.
-Qué va! Si no ve que era cosa mala? A mí me entró helazón en el cuerpo y todo me gedía a comején. Pues bueno amigo, al fogonazo el animal se agacha y ni lo quema y sale encarrera para una hortaliza.
-Sí, es cierto -me rnetí yo en la conversación- me acuerdo cuando se echó al suelo paro pasar el cerco de alambre que hasta dejó el rastrillazo.
-Y es verdad que así fue.

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