26 de agosto de 2012

La Perra

Fernando Silva

Salimos en la madrugada de la casa de Victoria, encaramada en un cucurucho de tierra, enfrente del San Juan abierto y a la orilla del Pocosol.

El caño de Pocosol, ondo y oscuro, se mete y se mete en la montaña. Hay lugares secos donde se ve el plan lleno de piedras y hojas muertas, y otros lugares son bien profundos, de azul cerrado donde se bañan los sábalos reluciendo la plata de sus escamas.

Nosostros nos íbamos para las pozas de adentro. Era la época de los laguneros y la luna estaba para eso. Despegamos oscuro todavía. Iban con notros nuestros inseparables perros, el Clavito y la Chula, que eran como marido y mujer. Eran unos perros que se querían mucho.

La perra era de raza cualquiera, pero tenía muy buen corazón, era de color café con una mancha en la frente. El clavito era ateperetado y nervioso, pero tenía buena cabeza. Olía a los chanchos de largo y no latía por tonteras, les habíamos enseñado a ladrar cuando fueran detrás, lo que hacían era llorar impacientes, pero bastaba un pujido de nosotros para que se quedaran quietos dándole a la cola nerviosamente.

Yo les tenía mucho cariño a mis perros, los perros también se encariñan con uno, entienden muy bien ciertas señas, gestos so gritos, tienen mejor olfato que nosotros y tal vez no hablan porque perderían el filo de sus dientes.

Bueno, estaba diciendo que salimos de madrugada. Mis otros compañeros, además de los perros, eran Ruperto y Chente Méndez. Ellos me conocían a mí desde chiquito, yo les había enseñado a ellos las letras y los números y ellos me habían enseñado a mí los canales del raudal del toro y el pegadero de Los Chingos, y a manejar la palanca en las chiflonadas.

Era temprano todavía. El cielo lleno de estrellas como si lo hubieran pringado con oro. El lucero hermoso de la mañana encima de los cedros oscuros, se abría como una flor de luz. Ibamos sobre el río metidos adentro de las sombreas, solo se oía el ruido del canalete y el golpedel agua. Llegamos anlas primeras pozas todavía temprano, apeamos nuestras cosas, después cortamos unas varas e hicimos nuestro ranchito con tapesco y cubierto con palmas de Yolito verde y brillante, cerquita del río, que nos daba el agua en las narices, entonces nos recostamos a dormir un rato.

El viaje es un poco largo, como a las once salimos de nuevo armados y listos para la pesca, cada uno iba por su lado, chepe cogió la orilla con el arpón, yo llevaba un chuzo e iba en el bote y Ruperto se quedó haciendo la comida, cuando regresamos era ya de tardecita.

Cogimos como cuarenta animales, es divertidísimo, los laguneros salen casi a flor de agua. otras veces van refundidos y como son tas oscuros de color y el agua es tan clara en las pozas, es fácil verlos, cuando va uno en bote hay que tener cuidado de que la sombra del cuerpo de uno no les caiga encima a ellos, porque entonces se las manda a jalar, cuando se ve unas popas de agua es casi seguro que allí no mas sale el animal y caza ¡chact! ¡cchiriíe! entonces se tira el chuzo sin ponerle mucha fuerza para no refundir los otros, algunas veces viene uno solo y se ve llegar el machito de agua.

Otras veces andan en pandillas y unos se van hasta allá al fondo, que vistos de arriba pareciera que están dormidos. Son de todo color, principalmente las mogas, otros son como pringaditos con los ojos rojos. En cuanto volvimos al rancho nos dimos una buena comida.

Hay que ver un buen lomo de lagunero como de tres dedos de grueso, bien asado, con unos bananos cocidos chachaltes y un poco de café negro caliente. Estuvimos temprano tocando guitarra y cantando. Se le sentía todo el peso a la sombra de la noche. La luna estaba a penas pequeñita, apenas se veía entre el monton de nubes. Al rato nos acostamos y nos dormimos. Yo no me acuerdo muy bien lo que pasó enseguida, de repente me desperté. Dormido había oído al peso de la noche unas voces, unos gritos, un gemido feo, yo que sé qué cosas eran.

Salí del rancho. Afuera estaba bien oscuro, abrí mis ojos hasta donde pude en semejante oscurana, y por fin me vine dando cuenta, aunque al principio nada de lo que veía lo entendía. Cuando nos serenamos todos, Ruperto me contó todo lo que había pasado y que era para mí como una pesadilla.

Lo que sucedió fue que yo me había acostado sin apagar el candil, al rato me dormía y como la luz le estorbaba en los ojos, Ruperto se levanto apagarla, en cuanto se puso de pie oyó un ¡charrás!, ¡charrás!, como de algunas pisadas, se fijó en los perros y notó que estaban todos herizos desde las orejas hasta el rabo.

- Chepé!, Chepé! –dijo llamando al hermano que estaba dormido- huele a tigre,hombré. Los indios cogieron sus arpones y se hicieron a aun ladito, ya Ruperto le había visto los bigotes al gato, les pujó a los perros y los perros se quedaron tensos como dos arcos. El animal dio media vuelta a la orilla de la casa, husmeó, husmeó y husmeó, pero en eso vio a la perra y le peló los dientes y se fue echando, echándose como para irse encima. Esa fue la vaina, el perro se dio cuenta de eso y no pudo más, salió chiflado encima del tigre. Claro que no se le fue de viaje de frente, reculó y le latió con furia, el tigre le lanzó un manotón, pero no lo consiguió porque el perro brincó para atrás. En eso Ruperto se le fue encima con el arpón, pero el tigre le arrebató la vara de un manotón, la perra le ladró de un lado y como son tan ligeros esos animales y la perra se había comprometido mucho, el tigre la alcanzó con la uña abriéndole la barriga, Chepe tiró el arpón al aire con toda su alma y se los refundió en los sesos al tigre que ni pujó, dio un solo volantín y quedó muerto como a dos varas de la perrita que boqueaba en un charco de sangre,

Eran como las dos de la madrugada, ya no nos dio ganas de dormir, estábamos todos sonsos, yo había recibido una impresión muy fea con todo aquello, aunque para Ruperto y Chepe Méndez eso del tigre no significaba nada, lo que les pesaba en el corazón era la muerte de la perra, murió al ratito. Nos dolió mucho, el perro estaba tristísimo y lloraba y lloraba.

Resolvimos echar la perra al agua y eso fue peor, el perro pasó la noche haciendo locuras, latiendo, aullando, metiendo las patas en el agua, olfateando, olfateando y olfateando por todos lados. Entonces nos venimos antes de que amaneciera. Volvimos bajo las mismas sombras, ahora ese ruido de la canaleta sonaba como una danza triste. Íbamos a medio río y el pensamiento de la profundidad del agua en lo oscuro nos llevaba azorosos. Llegamos al puerto en la mañanita, como no era nada bonito contar que a la perra la había matado el tigre tontamente, porque la gente de allí es muy fregada, entonces llegamos hablando mal de la perra y cuanto nos dolía aquello.

- Si no servía la animala, si era pura murriña y ahi la dejamos perdida. Pero lo decía con dolor, eran mentiras, le dolía, aunque dijera lo que dijera, yo sabía que ese indio quería a su perra como a una mano suya, como a un ojo, como a su alma.

Eva

Edwin Sánchez

Hembra. Era el término que mejor la describía. Elvira cabía a la perfección en toda la extensión de esa palabra. Podría también festejar su figura con el vocablo de varona. Mejor, Elvira era toda una Eva, critura del Paraíso, del orden del homo sapiens en línea directa de la costilla de Adán, sin pasar en las toscas afirmaciones del profesor Cro Magnon, surgido, sólo él sabe, de alguna caverna, colocado en cadena recta alguna vez interrumpida, de los fósiles encontrados en Francia, digno cazador de mamuts, y mientras percutía la obsidiana para su hacha de mano, poco podía hacer, salvo su presencia, para que nos tragáramos la teología de la evolución, si adelante, en primera fila, como prueba ardiente, categórica de la Creación, estaba ella: quizás nuestro primer pecado verdaderamente original.

Elvira era una moderna Eva que con su lúcido verbo y porte Evaporaba las lecciones del profesor Cro Magnon, que casi ya lo mirábamos pulir osamentas de brontosaurios para fabricar arpones y frotar madera para encender el fuego; pero Elvira calentaba a todos sin necesidad de recurrir a la tecnología de punta de pedernal más avanzada del paleolítico inferior del que hacía gala el teacher, sobre todo de perfil, porque de momento, ella llegaba a monumento; por eso se hacía imposible tener un jade de fe a la quijada no del profe, sino de un su pariente lejano que él se esmeraba en presentar como evidencia, cuando nosotros contábamos con la Evadencia perfecta de que ninguna selección, por muy natural que fuese, terminaría construyendo por sí sola un ser coronado de hermosura: ¿acaso es creíble que lo más delicado, inteligente y bello del ser humano resulte de una larguísima y salvaje competencia a muerte por conquistar los recursos necesarios para la sobrevivencia, en vez de los 41 elementos químicos del barro que ocupó Dios para modelar la vida del hombre a su imagen y semejanza?

El profesor Cro Magnon estaba convencidísimo de lo que decían los científicos, quienes a través del cráneo de cualquier mico podían ver a los primeros antropomorfos, peludos, encorvados, casi bajando de los árboles, con sonidos pedregosos como incipiente forma de dar órdenes, y señalaba con reverencia la mandíbula y un peroné como reliquias de la vetusta teología académica. Sí, eran de venerar, como los restos mortales de algún santo de los enterrados en Roma; persignarse si era posible, arrodillarse ya no digamos, porque las clases de prehistoria estaban forradas de estos artículos de fe: Adán es un mito, Eva peor, el Paraíso ya no digamos, y la Biblia un relato-nacional-hebreo-folclórico-sionista. Lo verdadero y moderno era Charles Darwin, profeta de los simios, su hijo Lord Tarzán y Jorge Luis Borges, santo profano de media docena de monos, que provistos de computadoras con las aplicaciones más avanzadas del Silicon Valley “producirán en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el British Museum”.

Pero Eva llegaba temprano a clases para no perderse los dogmas del profesor Cro Magnon, y era lo que no entendíamos; porque el maestro estaba más seguro de lo que murmuraba, para él, la desdentada mandíbula de su tío abuelo que ya no logró bajar del árbol… genealógico, que de la bárbara elocuencia de aquel espléndido género humano, pues era difícil para todos asumir la fe de monje alucinado del teacher: cómo de un torpe mamífero, peludo, gutural y salvaje -aun con todas las cuentas sacras del rosario de imágenes desde el Australopithecus hasta el Loropithecus, encargado del credo darwinceno-, enderezado a la fuerza en las academias decimonónicas, pudiera provenir una hembra como Elvira, Eva, viviente, varona, mujer, a la que perdimos de vista en el último semestre, sin seguirle la pista de su evolución y en qué quedarían sus bien formadas, no vayan a pensar mal, tesis de entonces, porque se fue y no supimos de ella sino tiempo después...

En la sala de la universidad, Elvira, rodeada de hombres de ciencias, llegaba a exponer su, para variar, monografía. Estaba invitado a su presentación, a la que asistí por el puro gusto de encontrarme de nuevo en el filo de la exquisita contradicción generada por ella misma en medio de los apologistas más pentecostales de la evolución. Pensé que al cabo de los años, nuestra tempranísima e irrefutable síntesis empírica contra el naturalista inglés llegaría decidida a asumir lo que en realidad le sobraba: ser la encantadora sentencia final contra la religión de nuestro homínido docente.

Ahí estaba la más solvente obra maestra de la Creación sobre la faz de la Tierra, que mostraba una por una, ¡oh, Dios mío!, ¿qué pasa?, las gráficas oportunas de aquel eslabón que podría explicar, sin recurrir mucho a la poesía científica, de dónde provenía la humanidad. Me asusté por sus afirmaciones, aunque hacía tiempo la gente prefería mejor las mentiras bien hechas que las verdades mal contadas. Mantenía su fresco semblante y seguía siendo hembra en todo lo que cupiera de imaginación en esa palabra. Eva, Elvira, varona, criatura viviente, razonaba sobre la relación íntima entre el medio y la necesidad del ser. Desempacó la teoría de Lamarck, la función crea el órgano y la herencia fija el cambio en los descendientes. En ese orden, el origen del hombre sería el pensamiento de los monos. Eva, Elvira, varona, escultura del Paraíso, criatura máxima de la primera página del Génesis, había mordido la manzana prohibida ofrecida con devota paciencia por el sapiente, que, demostrado quedaría, no se anduvo por las ramas.

Al terminar, en medio de ovaciones y cáscaras de banano del examen, vi, en primera fila, al viejo profesor Cro Magnon asintiendo con un ya familiar movimiento de quijada, lo que decía su prehistórica pupila. Al lado del teacher también tres monitos movían la jupa y aplaudían a mamá.

La adicción

Manuel Obregón S.

La adicción por los estupefacientes es un problema de salud pública. No es solamente de seguridad, sino que cae en la responsabilidad del Estado neutralizar sus efectos, que atacan, principalmente, a nuestra juventud. Esta amenaza no es la única: el juego de azar, la corrupción política, la trata de blancas, la pedofilia, la deificación de los conflictos, la dependencia de energías no renovables, la depredación del medio ambiente, y tantos otros apegos de la vida moderna, incluida la adicción a la televisión, al móvil y a la internet. Los humanos somos animales que siempre creamos dependencias, sea que vengan del medio que nos rodea o las que nosotros mismos inventamos.

No todas, afortunadamente, son negativas, aunque un buen amigo decía que era una desgracia que todas las cosas ricas, o engordan o son pecados.

La verdad que hay otras variantes que quedan en el limbo, la automedicación y la lectura, por ejemplo. La primera alivia si la sabemos aplicar y la segunda nos purifica, siempre que no exageremos la nota, como don Quijote, que enloqueció por abusar de la lectura de los libros de caballería. Esto último es un decir, nadie pierde la razón por leer novelas al menos que ya esté propenso a confundir la realidad con la ficción. Que en el fondo no es cosa fácil, basta mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que si el mundo está al revés, y que en muchos casos, no lo parece, sino que verdaderamente lo está, entonces los polos se nos invierten y en vez de que los trenes corran hacia el norte los trenes corren hacia el sur. Y que esto no es una simple metáfora.

Que eso de que somos seres de razón no está totalmente demostrado, si así fuese no habría conflictos en los cuales, no es una vida la cegada, sino millones. Que eso de que debe haber seguridad alimentaria está sólo en los libros, sino, quién alivia las muertes por hambre o la mortalidad infantil que año a año, suman, millones de víctimas. Ya no digamos que la democracia es el gobierno del, por y para el pueblo, que eso también sólo está en los libros. La verdad, como dice la canción, es para que te asombres.

Bueno, pero yo les quería hablar de ciertas adicciones por la lectura, que son, inevitables. Desde que leí El Quijote juré que no dejaría esa droga aun a riesgo de creer que los molinos son gigantes y que los carneros ejércitos. Y que me ha ayudado bastante a entender, seguro que sí, a través de la ficción, esa dura y cruda realidad en la que vivimos. A esa primera dosis que probé se le han sumado muchas.

Kafka me ha enseñado que un escarabajo aunque no pueda incorporarse y luche por voltearse [esfuerzo que puede tomar toda una vida] vale más que los falsos héroes de la vida castrense o del servicio civil, ya no digamos las mentiras institucionalizadas que se fraguan desde el púlpito o la tribuna. La alegría de vivir se la debo a un poeta: Walt Whitman, que se identifica con el hombre llano, sencillo, de la ciudad o del campo. La ironía, a un Bernard Shaw, a un Sinclair Lewis; el miedo a la muerte a un Faulkner.

A Ulises de J. Joyce el temple del carácter para sobrevivir en la extravagancia del mundo moderno. A Pedro Páramo de Juan Rulfo mi identificación con el mundo onírico que me lleva a mis antepasados. Los sigo viendo sentados a la mesa a la hora del almuerzo, ellos también nos acompañan, en la vida y en los sueños. A nuestro querido Rubén, el ejemplo de estoicismo de soportar una vida, que le dio más dolores que merecimientos, y la valiente determinación de desarrollar un talento autodidacta en un medio, tan pobre, como el nuestro.

Todo esto tiene una virtud, la lista es inagotable, y así puedo asegurarme que los libros, los que me gustan, afortunadamente, siempre estarán disponibles.

Retrato de abuelo con plomada

Sergio Ramírez

(Este texto narrativo pertenece al libro de memorias RETRATO DE FAMILIA CON VOLCÁN de Sergio Ramírez, aún inédito, en el que cuenta su infancia y adolescencia en Masatepe.)

Pocas semanas después del triunfo revolucionario, recibí en la Casa de Gobierno una carta firmada por el Doctor David Sánchez, un abogado nacido en Masatepe y que para entonces vivía en Boaco. Era hijo del doctor Octaviano Sánchez, un boticario de calva encendida y escasas palabras, poco para salir a la calle salvo cuando había sesiones del Club de Leones en mi casa, del cual era tesorero y mi padre presidente. En su botica de estantes de frascos marrón oscuro y pomos de porcelana, también se vendían libros de cuentos infantiles y cromos de pegarse en los forros de los cuadernos de clase.

De regreso del Kindergarten en el colegio de las monjas de María Auxiliadora, yo entraba religiosamente a la botica a preguntar por el precio de los cromos, hacía que sacara los pliegos de la vitrina, y siempre me iba sin comprarle nada; hasta que una vez, sonriente y quizás ya fastidiado por aquel cliente sin dinero que lo obligaba a dejar sus menesteres, decidió obsequiarme un pliego de cromos entero.

Tome, caballerito, le regalo me dijo.

Después, víctima de cáncer en la garganta, se dedicó a consumirse en la bebida, algo que resultaba patético en un hombre de vida tan sobria, y pasaba las horas sentado detrás de los cristales de su gabinete de preparar recetas, absorto frente a la botella de licor, aunque no dejaba de levantarse si era requerido por algún comprador.

En la carta, David Sánchez me pedía por un hijo suyo que se encontraba prisionero acusado de colaborador con la Oficina de Seguridad de Somoza, y no sé si logró llegar a ver a su hijo libre porque murió al poco tiempo. Su carta, bastante desordenada, porque también él se había entregado a la bebida, la leí varias veces, ya que entre sus alegatos dedicaba extensos párrafos a mi abuelo materno Teófilo Mercado.

Me hablaba la influencia que había ejercido sobre él en su juventud, de las tertulias a las que acudía sólo por escucharlo las veces que llegaba a Masatepe de vacaciones, cuando era estudiante de derecho en León. Mi abuelo disertaba con apasionamiento sobre la razón positiva, el progreso inevitable del género humano y el fin próximo de todo oscurantismo. Era el Teófilo Mercado que yo no había conocido.

Lo recordaba venir hacia la tienda atravesando el parque, todavía el paso seguro pero en su mano el bastón que yo le pedía prestado para jugar a los montados, y que tenía una cabeza de perro labrada en el pomo. Cuando corría a su encuentro y saltaba a sus brazos, me alzaba sonriente, y a mis narices llegaba su olor a jabón germicida. Gacho el párpado del ojo izquierdo por un defecto de nacimiento, llevaba el pelo rasurado a ras, y usaba pantalón y chaqueta de dril de cuatro bolsas abotonada hasta el cuello; y siempre en un bolsillo de la chaqueta, la plomada, amarrada a su cordel, parecida a un trompo.

El nieto de un hombre racional y justo, debía ser justo, alegaba David en la carta. Y yo hubiera querido preguntarle porqué mi abuelo se vestía a la usanza de los rusos blancos, como el conde Tolstoi, o tal como Stalin aparecía en las fotos, algo que muchos en el pueblo veían como extravagante. Pero ya no pude. Murió en 1950, cuando yo tenía ocho años. Mi madre, en sus últimos años, escribió a petición mía unos pliegos sobre él donde figura un detalle de su vestimenta que yo no recordaba, quizás por demasiado antiguo: el angosto alzacuello de baquelita, como el de los curas.

Nacido en 1870, fue hijo de un gamonal del pueblo, soltero eterno y algo músico, aficionado al violín, de nombre Serapio Mercado, Serapio igual que mi tatarabuelo, Serapio Ramírez. Mi bisabuela, Francisca Cerda, que iba camino de la laguna de Masaya adonde bajaba todas las madrugadas a lavar ropa por encargo, había sido raptada en ancas de una mula por aquel gamonal que no consentía en otorgar su apellido a ninguno de sus muchos hijos, pero que ellos terminaban tomando por asalto, como llegó a hacerlo ya en edad de casarse mi abuelo Teófilo.

Empujando de niño un carretón con cántaros de llevar agua se lo había encontrado el padre en la calle, y lo llamó para regalarle unas monedas. Se negó a recibirlas. Siguió insistiendo, y al fin, herido en su orgullo, se bajó de la mula para meterle a la fuerza las monedas en la bolsa de la camisa. El niño, encolerizado, se arrancó la bolsa y las monedas rodaron en el suelo.

Asentados originalmente a orillas de la Laguna de Masaya, al lado del volcán Santiago, los pobladores chorotegas de lo que luego sería Masatepe, se fueron desplazando por temor a las erupciones y fundaron Ñamborime, que en lengua mangue quiere decir cerca del agua; luego Jalata, agua arenosa, y Nimboja, camino hacia el agua. A su llegada, los colonizadores españoles dividieron el pueblo, que en lengua náhuatl se llamaba ya Mazaltepetl, tierra o lugar de venados, en la parte de arriba, y la parte de abajo, de acuerdo a la configuración del terreno, en declive hacia la laguna. Arriba quedaron ellos, los ladinos dueños de la tierra laborable, en lo que llamaron San Juan, y abajo los indígenas y luego los mestizos pobres, peones agrícolas artesanos del mimbre, la pita y la cabuya, a partir de lo que llamaron Veracruz, la frontera topográfica donde comenzaban los asientos originales.

Mi abuelo Teófilo nació y creció allá abajo, como aún suelen decir los de arriba, y una parienta de Veracruz, Ramona Téllez, se llevó a la madre y al niño a vivir a su lado. Aprendió oficios en los talleres de herrería, carpintería y zapatería, y aún muy niño se dedicó a fabricar moldes en corteza de jobo, florcitas y animalitos en alto relieve grabados a cuchillo que traspasados a la tela servían a las costureras de Masaya como patrones de bordados.

Aprendió a leer con el cura en las clases de catecismo, y tuvo después un maestro, el doctor Luis Felipe Corea, que años más tarde quiso presentarse como candidato a diputado de un partido fundado por él mismo, en la Nicaragua de Somoza. Mi abuelo Teófilo, que lo respaldó en su campaña, le buscó prosélitos y le ofreció una recepción de manteles largos en su casa, fue arrastrado en su fracaso.

Leía los libros de medicina, agronomía, y física que caían en su mano, sin ningún método, y como estudiaba por su cuenta matemáticas, dominaba la triangulación aplicada a la medida de terrenos, y el cálculo de volumen y peso del agua para construir cisternas. Guardaba en una vitrina una balanza para pesos sensibles, y mi madre recuerda también una guía de pesos y medidas, al lado de manuales de geometría plana y álgebra elemental, y del prontuario médico Cher-Novis, de un ejemplar la Biblia de Casiodoro de Reina, que ya leía antes de pasarse a la fe bautista, Las mil y una noches traducida del francés por Blasco Ibáñez, y números de la revista agrícola La Hacienda, a la que estaba suscrito. Para él, toda lectura debía ser didáctica, y despreciaba a los poetas que se dejaban largo el pelo y a los novelistas que se perdían en el relato de desgracias amorosas y no tenían nada que enseñar. ¿Qué hacía, entonces, Las mil y una noches en su vitrina de libros?

La mesa de cedro real sobre la que descansa la computadora en que escribo fue hecha por él, ebanista de primera, y también el baúl que mi madre llevó al internado de señoritas del Colegio Bautista de Managua en l925, que está en el corredor, a pocos pasos de esta mesa de trabajo.

Inventó una carreta de volquete para descargar el café directamente en las pilas del trillo, instaló el primer motor eléctrico que hubo en el pueblo para alumbrar su casa; construyó en el patio una pila que recogía el agua de lluvia, instaló una bomba hidráulica y un sistema de cañerías para las duchas, los inodoros y los grifos. Recuerdo aquella pila misteriosa, cubierta por una plataforma de madera bajo la que palpitaba en secreto el agua, y las casetas de los baños y retretes en galería, como los de un internado. En la cocina, honda como la de un convento, el filtro para purificar el agua ocupaba un lugar principal y la estufa enlozada relucía en su blancura; y había una refrigeradora de su invento, con un relleno de polvo de carbón entre el forro de zinc y el cajón de madera, con una trituradora de hielo atornillada en la mesa de al lado.

En su casa abrió una tienda de artículos surtidos, y al lado una botica con medicinas de patente, recetando él mismo a los pacientes de las comarcas con el auxilio de su Cher-Novis; y allí instaló la primera venta de gasolina en bidones de sifón para los pocos automóviles que había en el pueblo.

Fundó la Primera Iglesia Protestante de Masatepe cerca de 1920, cuando debió soportar durante noches las pedreas de los católicos sobre el techo de su casa, donde celebraba los cultos con unos pocos adeptos que se atrevían a desafiar las admoniciones que el Padre Mormeneo lanzaba desde el púlpito, acusándolos de ser acólitos del demonio.

Llegaron a decir que se había hecho protestante sólo para poder educar a sus hijos, varones y mujeres, en el Colegio Bautista, recién abierto en Managua con una planta de profesores norteamericanos. Es cierto que los envió a todos a ese colegio. Allí estudio la secundaria mi madre, en plena ocupación norteamericana, la primera mujer en el pueblo que obtuvo un título de bachiller. Pero aquella acusación no era sino una manera de criticar su empeño por romper con los moldes, porque igual lo tachaban de estrambótico debido a sus invenciones, su manera de vestirse, y su pasión por los artefactos y las máquinas; y lo tachaban de ateo desde antes, porque no creía en el celibato de los curas, si todos tenían familias secretas.

Debió sentirse satisfecho de poder enviar a sus hijos a un colegio moderno, que pertenecía a la misión bautista; pero también porque era un colegio yankee, admirador como era de la civilización que producía el jabón germicida, los fármacos de patente, los insecticidas, las herramientas, los mosquiteros, los motores de explosión, las bombas hidráulicas y los pozos artesianos.

Un retrato que le hicieron en el Estudio Lumington de Managua a la entrada del siglo XX, cuando tenía treinta años, muestra su sonrisa confiada, rasurado desde entonces a ras, y frondoso el bigote, vestido con una camisa sin cuello, cerrada por un botón de cobre. Y hay otra de muchos años después, el pelo a ras, de troncos ya blancos, vestido de saco de dril y camisa de finas rayas, con una corbata de pajarita de las que no era necesario anudarse porque ya venían hechas, atadas a un collar elástico, y suplidas en cartones de media docena, también invento yankee.

Sonríe apenas en esa última foto. Su humor, es el humor tristón y un tanto didáctico de los Mercado, sin mucha gracia en lo que contaban, porque para ellos el mundo era demasiado grave como para perderse en las extravagancias de la risa. Un humor de víctima, más que de victimario, como era, al contrario, el de los Ramírez; el humor pasivo de quien sabe reírse cuando es vencido, como la vez que puso por regla a sus mozos que la fajina de la tarde terminaba cuando pasaran volando en bandada los chocoyos sobre la finca. Cada vez que se nublaba el cielo, si había amagos de lluvia, los chocoyos pasaban volando más temprano y los mozos se apresuraban en irse, sin que él, sonriente al verse cogido en su propia regla, los atajara.

Un self-made-man de manual, consecuencia él mismo de su pensamiento positivista y su amor por la modernidad, de su ingenio y de su trabajo. La finca San Luis, a pocas leguas del pueblo, fue el fruto de su tesón, una extensión de más de cien manzanas enorme allí porque en toda la meseta la tierra se hallaba muy dividida que dedicó al café, los cítricos y el ganado lechero, con una represa levantada donde se encontraban las aguas de dos arroyos, cisternas, pilas para aguar el ganado, patios para beneficiar el café, y la casa de corredores en un altozano. Fracasó el embalse porque pese a su ciencia hizo despalar la propiedad para sembrar potreros, y los arroyos se secaron. Un emprendedor, pero al mismo tiempo, y a su turno, un gamonal de viejo talante, decidido a emplear el puño firme para manejar su casa y su hacienda; otro patriarca, sólo que partidario del progreso como fueron los caudillos liberales de su tiempo, y como lo reflejaron en el ejercicio del poder público.

Apresurado en sus tareas desde el amanecer, el ruido de las espuelas que siempre llevaba puestas denunciaba su paso nervioso por todos los rincones de la casa, del torno de carpintero a la farmacia, de la bodega de herramientas al corral donde él mismo maniataba a las vacas y las ordeñaba, de la cocina al establo para ensillar su caballo.

Y del sino de amores clandestinos de mi abuelo Lisandro, maestro de capilla de la iglesia católica, tampoco se libraba el fundador de la iglesia protestante. El mismo sino del artista tocando variaciones del Carnaval de Venecia en su violín, y el del filósofo práctico perorando sobre el triunfo de la razón; el del compositor signando el papel pautado, y el del inventor dibujando en el anverso del papel de lija. Y no puedo más que verlos quitándose furtivos la ropa en la penumbra, mi abuelo Lisandro sus botines, mi abuelo Teófilo su chaqueta rusa, y la sombra de una cabellera suelta, la silueta de un cuerpo desnudo que espera entre las sábanas ajenas.

Le llevó un día a mi abuela Luisa una niña, su hija, pretextando que era huérfana, y cuando ella descubrió el engaño, airada la devolvió al barrio de Jalata con su madre. Esa hija, la Petrona Pavón, a quien llamaban Petrona Jilinjoche, era la indiaza dicharachera y cordial, de caderas cuadradas y un diente de oro como una joya en su boca, que llenaba de alegría mi casa cuando nos visitaba, y cuyo hijo Zacarillón, enrolado como agente paramilitar con la Guardia Nacional, fue fusilado al triunfo de la revolución.

Adelina, era otra hija suya, que había tenido con doña Maura, a quien recuerdo como una anciana alta y delgada, de ojos gatos, siempre barriendo la puerta de su casa. Mi tía Adelina, la católica más devota del pueblo y abanderada de las Hijas de María, era el vivo retrato de mi abuelo Teófilo, y la única a quien mi padre confiaba la tienda cuando nos ausentábamos en los paseos veraniegos al mar. Fue velada en la casa de mis padres, y enterrada con la cinta celeste de la cofradía en demostración de su castidad.

No fue sino para el nacimiento de mi hermana mayor, Luisa, en 1940, que mi abuelo Teófilo visitó por primera vez a mi madre en su casa de casada. Se había opuesto rotundamente al noviazgo de mis padres, porque le parecía absurdo que una muchacha preparada en el mejor colegio de Nicaragua, en un tiempo en que las mujeres no estudiaban, fuera a casarse con el hijo de un músico, sin profesión ni fortuna. Todos los Mercado se aliaron en contra de mi padre.

Mi padre escogió para su petición de mano la circunstancia menos verosímil: el entierro de dos niños, hijos del doctor Octaviano Sánchez, el farmacéutico que me regaló el pliego de cromos, muertos cuando el automóvil en que subían desde la laguna de Masaya, en el fondo del cráter, se despeñó en el precipicio.

Se armó de valor y se aparejó a mi abuelo, cuando la procesión alcanzaba ya el cementerio, y como se lo habían advertido mis tíos Ramírez, lo que obtuvo fue una negativa cortante. Al día siguiente, mi abuelo Lisandro fue citado perentoriamente por mi abuelo Teófilo para que se presentara en su casa, ante la consternación de todos sus hijos, pues nada bueno podía esperarse de aquella entrevista. Sólo lo había buscado antes una vez: para hacerlo prosélito de la candidatura de su maestro, el doctor Luis Felipe Corea, de la que mi abuelo Lisandro se ausentó con desdén.

Se vistió con su traje de casimir, el de las funciones religiosas, y se fue a la cita. Lo recibió en compañía de dos de sus hijos, Eliécer, el mayor, y Gustavo, que llevó la voz cantante. Regresó humillado, después de escuchar toda suerte de amenazas. Pero aquel avatar tan amargo no abatió a los novios, que fueron a casarse en la clandestinidad en Managua, donde mi madre trabajaba para entonces como profesora de la Escuela Normal de Señoritas que dirigía doña Chepita Toledo de Aguerri.

Lo arreglaron todo para el sábado 8 de julio de 1939, pero la ceremonia se frustró porque Monseñor Lezcano y Ortega, que como arzobispo de Managua era el único que podía efectuar la boda de un católico y una protestante, se negó cuando mi madre, que no había tenido inconveniente en casarse bajo el rito católico, se resistió a renunciar a su fe bautista, como el arzobispo le exigía. Mi padre, andando con sus grandes trancos, se llevó a la novia del brazo. En la puerta se cruzaron con el padre Quico Salazar, un cura de León que había vivido en la misma pensión con mi padre en Diriamba, en sus tiempos de vigilante del depósito de tabaco, y con quien se disputaba los favores de la muchacha que les servía la comida. Enterado de lo sucedido, los hizo arrodillarse y les dio una furtiva bendición, y eso fue todo.

Este mismo arzobispo, académico de la lengua, y que goza de veneración entre la vieja población de Managua, al grado que un barrio populoso lleva su nombre, fue quien en esa misma década de los cuarenta coronó reina de la Academia Militar a Lilliam Somoza, en una fastuosa ceremonia celebrada con el acompañamiento de todo el cabildo eclesiástico, en el altar mayor de la catedral metropolitana.

Mi padre alquiló una casa a media cuadra del parque central, y allí abrió también su primera pulpería. Mi madre despachaba los granos sentada en un banquito, agobiada por el peso de su barriga, porque esperaba ya su primer hijo, mientras él se ausentaba a caballo por las comarcas, comprando cereales de futuro, igual que lo había hecho Sandino. Nació mi hermana Luisa en abril de 1940, y fue entonces que mi abuelo Teófilo, rompiendo su porfía, se presentó con mi abuela Luisa.

Tenés que construir tu propia casa le dijo a mi padre en son de reconciliación. Hasta los pájaros empiezan por hacer su propio nido.

Ya en sus últimos años, imposibilitado de montar a caballo o caminar distancias, se hacía llevar a San Luis en un taburete amarrado con correas al camastro de la carreta de bueyes, una lenta procesión por los caminos vecinales entre nubes de polvo; y una vez en la finca, hacía que bajaran el taburete, y desde allí dirigía los quehaceres. Antes de morir llamó a mi padre junto a su lecho para pedirle perdón por haberlo rechazado, y mi padre recibió aquella solicitud con más azoro que otra cosa.

Murió un miércoles, el 13 de septiembre de 1950, asistido por mi tío Francisco, su hijo médico que vino expresamente de México donde ya vivía. Recuerdo su cama de enfermo, llevada desde el hospital Bautista de Managua, y los tanques de oxígeno herrumbrados que era necesario traer por avión desde Panamá. Recuerdo el silencio que se imponía en toda la casa, y sólo se oía el palpitar del agua de la pila bajo el tablado de madera. Recuerdo a mi madre cerrando apresuradamente las puertas de la tienda cuando mi tío Ángel llegó por ella porque se acercaba el fin, mi padre de compras en Managua. Y recuerdo el vago orgullo de ir delante del ataúd de zepelín que crujía a cada paso, en mis manos un ramo que me empapaba la camisa de cuello duro. Lejos, volaba en el atardecer una bandada de chocoyos.

Fuego Invernal

Sergio Ramírez

(Del libro EL REINO ANIMAL)

Para Lucía Cunning, que me llevó hasta Topsy.

Como era pleno invierno se suponía que el parque de atracciones Luna Park debía hallarse desierto. Pero no era así. Uno de sus palacios de fantasía, donde solía representarse The war of the worlds (La Guerra de los Mundos), había abierto sus puertas ese día y se hallaba colmado por una multitud de adultos y niños que había hecho colas desde las primeras horas pese al intenso frío reinante; el termómetro marcaba 24 grados Fahrenheit (-4 Celsius). En el escenario destinado al aterrizaje de las naves marcianas se levantaba ahora un patíbulo.

La bombilla incandescente con un filamento de hilo de coser carbonizado inventada por Thomas Alba Edison había visto su triunfo en Luna Park, abierto en Coney Island en 1895. Un cuarto de millón de esas bombillas adornaban el perfil de los palacios de fantasía, y derramaban su resplandor formando figuras de jardines, pérgolas, torres, cascadas y molinetes. Todo aún más sensacional, si se piensa que las bondades de la iluminación eléctrica sólo alcanzaban entonces pequeñas porciones del territorio de los Estados Unidos.

La entrada por el lado de Surf Avenue se hallaba flanqueada por dos torres de cúpulas bizantinas con medias lunas de latón en la cúspide, mientras en sus bases se abrían las taquillas atendidas en temporada por mexican señoritas (señoritas mexicanas) ataviadas con sombreros de charro, chalecos rojos bordados de lentejuelas, y sarapes. Aquella entrada era la única que se había abierto este día.

No lejos de allí, hacia la West 12th street, en una calleja lateral, se encontraba el establo de los elefantes, todo un rebaño utilizado para pasear por las calles del parque a los visitantes que se acomodaban en monturas de seis asientos cada una, uncidas al lomo de los animales. Cada elefante acarreaba un promedio de 9000 personas a la semana, y el paseo costaba diez centavos para los adultos y cinco centavos para los niños.

Cerca del establo de los elefantes se encontraba The White Palace (El Palacio Blanco), donde se ofrecía la exhibición de niños prematuros del doctor Courney. Para entrar a ese lugar de la feria se debía pagar un tiquete de veinticinco centavos. La guerra de los mundos, The rocket to the moon (El viaje en cohete a la luna), The sinking of the Maine in Havana harbor (El hundimiento del Maine en el puerto de La Habana), The Midnight Orient Express (El Expreso de Oriente de Medianoche), que llevaba a los viajeros desde París a Constantinopla en un suspiro, navegar en los botes Babling Brooks a través de un río artificial para ver desde la borda praderas irlandesas con vacas mecánicas que pastaban silenciosas, aldeas alemanas con tabernas desbordadas de bebedores de cerveza, y tribus de esquimales cazando focas en los hielos del ártico, todo costaba diez centavos.

También se pagaba diez centavos por entrar al Desfiladero de los Dragones, a la Ciudad de los Enanos Dichosos, a los Jardines Colgantes de Babilonia, al Monkey Music Hall ( el salón musical de los simios) donde podía admirarse una orquesta completa de monos de Borneo, o al Paraíso de los Cormoranes Amaestrados que cogían los peces del agua y los entregaban palpitantes en la mano a los espectadores. Por el mismo precio se podía recorrer las calles de Bagdad y entrar al zoco a lomo de un manso camello para mezclarse con una multitud de vendedores callejeros, alfareros, plateros, aguadores, mendigos, prostitutas, faquires, encantadores de cobras, tragadores de fuego, derviches voladores, danzarinas del vientre, y acróbatas.

En un teatro vecino a la ciudad de Bagdad se representaba El Ciclón del Siglo, que destruía un pueblo de Kansas. Era un día de sol. Los comercios se hallaban abiertos y la gente andaba tranquila por las calles, cuando de pronto el cielo se ennegrecía y soplaban los vientos con silbido infernal. La ropa era arrebatada de los tendederos, y a medida que la tromba se acercaba, los árboles y los techos iban siendo arrancados de cuajo, y las carretas y los caballos de tiro volaban por los aires lo mismo que los habitantes. Todo era destrucción y caos.

En el espectáculo llamado The Crack of Doom (La grieta fatal), un torrente de montaña caía sobre un apacible pueblo minero. Hombres, mujeres y niños, caballos y ganado, eran arrastrados en medio de los restos de las casas destruidas por la fuerza del agua, un millón de galones derramados y luego reciclados en un tanque subterráneo de 250 mil pies cúbicos.

En The battle of the century (La batalla del siglo) se podía ser testigo de la caída de la ciudad otomana de Adrianápolis, representada con sus cúpulas, mezquitas, y minaretes, y una fortaleza armada con veinte cañones de 12 pulgadas. Un ejército de invasores búlgaros, servios, montenegrinos y griegos bombardeaba la ciudad y asaltaba la fortaleza hasta que la guarnición turca se rendía. En el espectáculo llamado The house that Jack Built (La casita que el gato construyó), una jaula se alzaba en el tope de un gran poste pintado de listones, y allá arriba la mujer barbuda rasuraba a los espectadores que querían subir, por solo diez centavos.

También estaba el espectáculo bíblico llamado Light and Shadows (Luces y Sombras). Se admitía para cada sesión a una audiencia de 125 personas que pasaban por la experiencia de vagar por la laguna Estigia en la barca conducida por Caronte, como si estuvieran muertas; podían asomarse al fuego del infierno que ardía dentro de las cavernas en las tétricas riberas, y escuchar los alaridos de los condenados sujetos al tormento eterno, hasta que la barca salía a plena luz y los viajeros recibían a través de magnavoces el aviso de que habían resucitado en la gloria de Dios. Una atracción singular era The Man Hunt (La cacería humana). Trescientos jinetes, hombres y mujeres, aparecían al galope por la pradera persiguiendo entre disparos de armas de fuego y gritos de muerte a un greaser (mexicano), que huía desesperado por delante de la cabalgata, dando traspiés. Por fin le daban caza lazándolo, lo arrastraban hasta una pila de leña, lo amarraban a un poste, y lo hacían arder en la hoguera.

Aquella mañana de enero, al acercarse la hora señalada, una puerta lateral del teatro de La Guerra de los Mundos se abrió, y un murmullo vino a alzarse entre la multitud a la vista del cortejo de guardas que entraba conduciendo a Topsy, la elefanta de Bihar de seis toneladas de peso, diez pies de altura, y veinte pies de largo.

Topsy había llegado a Estados Unidos tres décadas atrás con el Adam Forepaugh Circus (el circo Adam), y su número de entonces consistía en girar por la pista, montada sobre patines de ruedas, a los compases del vals el Danubio Azul. Luego le tocó trabajar con el Incomparable Albini, el maestro ilusionista, que la hacía pasar al otro lado de la luna de un espejo donde quedaba prisionera, en la apariencia de haber sido congelada en un témpano de hielo.

Ahora , además de pasear en su lomo por las calles cubiertas de gravilla a los visitantes de Luna Park, era parte de la cuadrilla de “elefantes acuáticos” que ejecutaban caídas en el tobogán de agua, deslizándose hasta la piscina desde una altura de cincuenta metros. Muchos de los que habían llegado desde temprano para buscar lugar en el palacio de La Guerra de los Mundos la conocían por su nombre, y tanto adultos como menores de edad le habían dado de comer maní y otras golosinas de sus propias manos.

Para esos días se libraba una enconada lucha entre Edinson, inventor de la corriente eléctrica directa, y George Westinghouse, inventor de la corriente alterna, ambos empeñados en demostrar que una era más segura y eficaz que la otra. Edinson, en alarde de mofa, había recomendado al estado de Nueva York utilizar el sistema de corriente alterna para la silla eléctrica; él iluminaría los lugares públicos, los parques de atracciones, las calles y los hogares, y dejaría a Westinghouse el encargo de la ejecución de los delincuentes.

A este propósito, Edison había realizado en su laboratorio de Menlo Park una demostración acerca de la eficacia del invento de Westinghouse para matar, electrocutando con una descarga de corriente alterna a una docena de animales, entre ellos un gato y un gallo, colocados sobre una plancha de metal conectada a electrodos. Luego, para demostrar lo contrario, otros animales recibieron corriente directa, la suya, y aunque quedaron chamuscados, no murieron.

Un año antes Topsy se había visto envuelta en un incidente con la policía de Coney Island. Uno de sus conductores, un tal Frederick “Whitey” Ault, montó sobre ella en estado de ebriedad para dar un borrascoso paseo a lo largo de Surf Avenue. El paseo terminó cuando el espantado animal se desbocó hacia el cuartel de policía en medio de aterradores bramidos, haciendo que los oficiales corrieran a encerrarse en las celdas en busca de refugio.

Pero luego ocurrió algo peor. Otro de sus conductores, llamado Mack “ Scooby ” Murphy, quiso darle de comer, uno tras, otro, cigarrillos encendidos. Enfurecida, agarró al hombre con la trompa y lo estrelló contra el suelo, matándolo al instante. Su suerte quedó sellada. Ese mismo día se decidió su ejecución.

La primera idea fue ahorcarla. Existía el precedente del caso 2112, “ el estado de Tennessee contra Big Mary (la grandota Mary), la elefanta”. Mary había matado a su domador, Walter “Red” Eldridge el 12 de septiembre de 1901 y la ciudadanía de East Tennessee reclamó su cabeza. Los intentos de matarla a tiros fallaron, y como desmembrarla fue considerado cruel, se decidió colgarla de una grúa de ferrocarril. Cinco mil personas se congregaron para presenciar la ejecución, que fue exitosa. Un mes después la silla eléctrica fue introducida en Tennessee, muy tarde para Big Mary, y el primero en ser sentado en ella fue Julius Morgan, convicto por violación.

La dificultad de trasladar una grúa de ferrocarril al parque de atracciones obligó a buscar otro método, que fue el de envenenamiento. Topsy recibió 460 gramos de cianuro de potasio en lo que se suponía iba a ser su última comida, que consistió enteramente de zanahorias crudas. Pero resistió la embestida del veneno, y salió airosa. Entonces se recibió en Luna Park una carta de Edinson ofreciéndose él mismo para encargarse de “westinghausizar” a Topsy con una descarga de corriente alterna. La propuesta fue aceptada por los empresarios, a pesar de las airadas protestas de Westinghouse.

Los guardianes hacen ahora subir a Topsy al escenario donde se alza el patíbulo, una plataforma de dos metros de alto que facilita la visión del público, gran parte del cual permanece de pie, tan atestado se halla el lugar. Todos visten abrigos, generalmente oscuros y grises, y llevan gorros de lana y astracán, y sombreros de fieltro, porque el teatro no dispone de calefacción, y sobre las abundantes cabezas se alza una nube formada por el vapor de los alientos. Si podemos presenciar la secuencia es porque Edinson la filmó él mismo, y la película que dura dos minutos ha sido restaurada digitalmente. Esa película fue exhibida luego en todo Estados Unidos por el mismo Edinson, para acabar de demostrar la peligrosidad de la corriente alterna.

Ya vimos el ingreso de Topsy por la puerta lateral, conducida por el cortejo de guardianes, ya la vimos subir al escenario. Ahora asciende al patíbulo. D.P. Sharley, un empleado de la Edison Company, inicia la tarea de colocar en el cuerpo de la elefanta una red de alambres de cobre conectados a una serie de electrodos. El que parece ser el alambre principal, dado el grosor, es puesto alrededor de su cuello; uno de sus extremos va a dar a un motor montado sobre ruedas de fierro, y el otro a un poste. Por último, las patas le son calzadas sobre unas sandalias de madera recubiertas de cobre, muy parecidas a los patines que años atrás ella usó en su número del vals.

He aquí lo que en la película, de acentuados contrastes grises y negros, se ve ahora. Un operador activa la cuchilla de un switch atornillado al poste, y la corriente alterna de 6.000 voltios pasa por el cuerpo de la elefanta, que es sacudida por la descarga. Se torna rígida, eleva la trompa en el aire como si fuera a emitir un alarido, y luego se la ve envuelta por completo en el humo de los electrodos que arden. La corriente es suspendida, y se desploma muerta al suelo. Todo esto toma apenas diez segundos.

Como puede verse por algunos de los espectáculos ofrecidos en Luna Park que se han puesto de ejemplo, las catástrofes fascinaban al público; naufragios de buques, huracanes y tornados, bólidos celestes, torrentes, pavorosos terremotos. Pero la fascinación mayor era con los incendios. En este sentido, uno de los espectáculos de mayor éxito era The Great Fire Show (El gran espectáculo de fuego).

En el escenario se representaba la sala de un lujoso teatro lleno de espectadores vestidos de gala, donde estaba a punto de empezar una función. Los músicos terminaban de afinar en el foso de la orquesta. Los murmullos cesaban poco a poco. De pronto, en lugar de abrirse, las cortinas del proscenio estallaban en violentas llamaradas, el teatro fingido se llenaba de humo, y el público comenzaba a huir en pánico, unos aplastando a otros en la carrera, mientras el teatro montado en el escenario colapsaba hasta convertirse en un esqueleto de brasas encendidas. Esta pirotecnia llamada de “fuego frío” resultaba sumamente costosa y el espectáculo terminó por ser desechado.

En el momento en que el veterinario forense certificaba la defunción de Topsy, empezó en el palacio de La Guerra de los Mundos un incendio verdadero cuando las chispas que todavía aventaban los electrodos prendieron en el telón de fondo ilustrado con una estación espacial marciana. Las llamas prendieron fácilmente en los decorados y tramoyas, y no tardaron en propagarse hacia la estructuras de madera del edificio.

El público que recién había presenciado la ejecución se atropellaba para huir y, como es natural en estos casos, no pocos murieron aplastados por la avalancha humana, incluida una niña de nueve años que vestía un abrigo marrón y gorro de piel de nutria. Las llamas, atizadas por el viento invernal, volaron hacia los palacios vecinos. El agua de las lagunas artificiales empezó a hervir. La torre de 125 pies con el emblema de la Coca Cola, que imitaba una botella del naciente refresco, se derrumbó. Un total de 264 edificios resultaron destruidos en el parque, a un costo total de un millón doscientos mil dólares, o al menos es la suma total reconocida y pagada por las compañías de seguros. No sería el único incendio que arrasaría con Luna Park. El último de ellos ocurrió el 12 de mayo de 1947, pero siempre volvió a levantarse de sus cenizas.

De guapos tiempos idos

Sergio Ramírez

La más gloriosa calumnia que me han levantado…

Gabo

Una noche de hace tiempo en casa de José María Pérez Gay en la colonia Roma la conversación en espiral alrededor de la mesa de la cena se prolongaba en busca del amanecer, en todos los labios había risas, inspiración en todos los cerebros, y ahora Fuentes sostenía que los libros verdaderos de cabecera son aquellos de los que uno puede recitar la primera línea, y yo me acordé de que vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo, y me atajó Héctor Aguilar Camín: porque acá, no aquí, vivía mi padre, y entonces Fuentes citó con el aplomo de sir Lawrence Olivier en las tablas del Old Vic, It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, y siguió adelante con todo el párrafo inicial de Historia de dos ciudades, aquel libro donde las parcas revolucionarias, hediondas a vino, tejen el destino de los decapitados por la reluciente guillotina, la cabeza que cae en la canasta, y luego con toda la página, a ver quién se le atravesaba con Dickens, antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia, se oyó recitar a Gabo, y un coro respondió: La Vorágine, José Eustasio Rivera, y Gabo, con su voz bien acentuada de crupier de feria que reparte los números de la lotería, agregó que mejor memoria había que tener para la letra de los boleros, y con precisión ahora de relojero suizo que no equivoca ni bielas ni contrapesos melódicos entonó Tú, que llenas todo de alegría y juventud y ves fantasmas en la noche de trasluz, vete de mí, y miró a todos desafiante en busca de alguien que adivinara el nombre del compositor, pero calló el coro, los compositores, dijo Fuentes, porque son dos, Homero y Virgilio Espósito, y Álvaro Mutis, su mano que alisaba la melena blanca, y que siempre hablaba de guapos de tiempos idos, te acordás, Carlos, que cuando te presenté a Gabito que acababa de llegar desde Nueva York con Mercedes, bien apaleados en un tren cogido en Nuevo Laredo, de aquellos mismos viejos trenes del norte que en tiempos de Pancho Villa jadeaban cargados de soldados y soldaderas, me dijiste: me parece raro este tipo, y estalló Álvaro en carcajadas capaces de espantar el sueño de los vecinos de los otros pisos en la alta madrugada, y que de aquel barrio quieto iban a interrumpir el imponente y profundo silencio, y Chema, al que yo recordaba de pelo largo hasta los hombros en nuestros días de Berlín, citó otra vez a Heimito von Doderer, y entonces Álvaro, llamando cariñosamente Jaimito a Heimito, expresó con otra carcajada la opinión de que se necesitaba el aliento de un atleta de pentatlón para subir Las escaleras de Strudlhof, la novela más célebre y más ardua de Jaimito,

y preguntó Fuentes cómo Álvaro y yo nos habíamos conocido, y fue que Álvaro me visitó en Managua en los años de la revolución para cobrar al gobierno en nombre de la Paramount, de la que era agente, la deuda por unas películas pasadas por el Sistema Sandinista de Televisión, le dije simplemente que no teníamos dólares, no había dólares ni para las medicinas, no se preocupó, y más bien terminamos hablando de la zarina Alexandra Fiódorovna, presa en la fortaleza de Ekaterimburgo y ejecutada por los bolcheviques con su esposo el zar Nikolái Aleksándrovich y toda su familia, drama que Álvaro contaba con sentimiento de poeta, porque era monárquico confeso, y de esa plática salió convertido en un confeso monárquico sandinista, y me preguntó Álvaro con vozarrón de ventarrón cómo había conocido yo a Fuentes, y conté que lo conocí, pero no nos conocimos, en el año de 1971.

Cómo es eso, preguntó Gabo, alzando las espesas cejas de matorral. Fue que en Viena asistí al estreno de Todos los gatos son pardos con María Casares en el escenario.

No, el estreno de El tuerto es rey, terció Fuentes. Bueno, lo que sea, Fuentes estaba en un palco lateral cercano al escenario con sus padres, ellos sentados y el de pie, los brazos cruzados en el pecho, repitiendo los parlamentos con movimientos de los labios como si fuera el director de escena o al menos el apuntador, en el palco había también una mujer muy bella, una aparición o un falso recuerdo, y abajo en la platea yo me hallaba sentado al lado de Carlos Monsiváis, veníamos los dos de un congreso de juventudes en Salzburgo donde conocimos a Don Helder Cámara y a Bruno Kreisky, y Monsiváis me prometió una entrevista al día siguiente con Fuentes pero nada se pudo y luego se fueron los dos a Venecia a presenciar la filmación que hacía Luchino Visconti de Muerte en Venecia, ya se sabe, con aquel Dirk Bogarde bajo el sol de la playa del Lido maquillado por el barbero, en sus ojos la última visión del bello ángel de la muerte que era Bjorn Andresen en el papel de Tazdio, pero quién iba a decirlo, pasarían años, hasta los años de la revolución, cuando por fin nos encontramos en Managua, la historia de una amistad mucho más vieja que la que marca un primer encuentro porque la verdad es que nos conocimos en 1963, o en 1964, a mis veinte años, cuando yo iba las primeras veces a México desde Managua como un ruso de las estepas llega a Petersburgo con los ojos abiertos de asombro en una novela de Gogol, y tras bajar las escaleras de la librería El Sótano cercana al Caballito, entre Juárez y Reforma, donde los libros se exhibían sobre tablas sin cepillar como en una feria de remate, me hallé con el breve tomo de Aura publicado por la editorial ERA, que leí esa noche en mi habitación del hotel Regis, uno que derribó el terremoto de 1985, desvelado y deslumbrado, y salí al día siguiente en busca del número 815 de la calle Donceles, un patio muy oscuro, unas escaleras ruinosas, una dirección que no existía, como un día busqué en Buenos Aires el número 348 de la calle Corrientes, segundo piso, ascensor, que tampoco existía,

y propuso Fuentes de pronto a los de la mesa que cada quien dijera cual era su poema preferido de Rubén Darío, y Gabo, que estaba con la barba en la mano meditabundo, dijo que el poema más grande que se había escrito en lengua castellana era Lo fatal, y entonces yo recité Y la carne que tienta con sus verdes racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, y Gabo me corrigió: con sus frescos racimos, y hubo una discusión de si eran frescos o verdes racimos, y fue Chema a la biblioteca por el libro correspondiente y Gabo tenía razón, frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos, y me miró Héctor con desconsuelo, un nicaragüense no debería nunca equivocarse al citar a Rubén Darío, si lo aprenden desde que van a la escuela de párvulos, y yo dije entonces que no sólo los escolares, también recitan a Rubén Darío en las cantinas, y le atribuyen poesías ajenas, de manera que los bohemios piensan que El brindis del bohemio, que tanto le gusta a Carlos Monsivais, por mi madre, bohemios, era obra de Rubén Darío, pero quien verdaderamente lo escribió es Guillermo Aguirre y Fierro, que nació en San Luis Potosí, y ese poema pertenece a su libro Sonrisas y lágrimas, año 1942, dijo Fuentes, no, dijo Gabo, nació en

El Paso, Texas, en 1915, pero esa discusión quedó allí, y yo dije que esos bohemios nicaragüenses empedernidos también pensaban, orgullosos de ser colegas de Rubén Darío en la disipación y el vicio, que era suyo aquel otro poema sobre guapos que igual recitan los declamadores, conversaban unos criollos de guapos de tiempos idos, ayer hombres, hoy leyendas con temblor de aparecidos, parece de Borges, dijo Gabo, pero es de Luis Escagria, dijo Fuentes, un poema gaucho, quién más en el mundo sabe quién escribió El brindis del bohemio, quién más conoce a un poeta que se llama Luis Escagria, carajo, dijo Álvaro, y tras dejar estallar su carcajada hizo mutis por el foro para acostarse en un sofá, como siempre lo hacía,y los últimos ecos de las risas se escapaban, simbolizando al resolverse en nada la vida de los sueños.

Y ya clareaba el día.

Nadie recuerda tu nombre

Arquímedes González

Estás perdida, pequeña

Ayer acompañé a Estela al aeropuerto.

Como el vuelo salía a las dos de la tarde, la invité a comer, fuimos a un pequeño restaurante y pedimos espagueti. Ya sentada, se bajó un poco la falda y puso su carterita en sus piernas cruzadas.

El día estaba soleado, ideal para quedarnos fuera del aire acondicionado que le molesta tanto. Mientras traían la comida platicamos, bromeamos y reímos de las travesuras que hicimos la noche anterior tras empacar por horas y meter tanta ropa como si fuera a mudarse o guardaba algo, se arrepentía y lo dejaba en el lugar original.

Yo estaba desnudo en la cama viendo una película.

Ella iba y venía paciente, del tocador al cuarto cargando sus pomadas, perfumes y cosméticos. Terminada esta etapa se sentó a mi lado e hizo un repaso de los documentos infaltables como el itinerario de vuelo, la dirección, teléfono de donde se quedaría, pasaporte y visa correspondiente, mostrándome su foto de hace tres años en la que estaba tan delgadita que parecía se quebraría, aunque todavía es bastante flaca.

Por último cerró las maletas, se dio un baño y, al salir me besó, se acurrucó a mi lado y me pareció escucharla llorar, pero lo negó. Despacito me acarició el pecho, me quitó el control remoto e hicimos el amor, nos dormimos y lo repetimos al despertarnos en la mañana.

Durante el desayuno nos reímos porque la última vez casi nos caímos de la cama, Estela por juguetona y yo, por seguidor. Para celebrar su regreso prometimos ir a la playa porque será un largo mes sin ella. En el camino a la Terminal, Estela pasó por unas tiendas, se compró un par de zapatos, dos pendientes y una pintura de labios.

Los perfumes que quiere desde hace rato, los buscará en el puerto libre para evitar el pago de impuestos. Durante el traslado en el taxi, le aconsejé salir lo más que pudiera porque los viajes no son diarios ni nos da lo suficiente para disfrutarlos como queremos y, en su caso, le decía, debía conocer lo más que pudiera porque al envejecer ésos son los únicos recuerdos almacenados del mundo, la gente, los paisajes, las ciudades, los museos, restaurantes, avenidas, perderse en el metro, en el recorrido del autobús, en el campo, en un gran centro comercial, depende de qué es lo que le gusta a cada quien y Estela jura me hará caso porque la primera vez no salió ni a la esquina y como al platicar y reírse la espera se hace chiquita, sirvieron la comida.

Estela se alegró, aplaudió, dio saltitos en la silla y en cuanto el mesero dejó los platos, sopló los espaguetis para enfriarlos, sin embargo no me hubiera extrañado verla comérselos bien calientitos. Yo enrollaba los tallarines viendo a Estela muy alegre echando la mayor cantidad de queso parmesano revolviéndolo con la pasta, la salsa de tomate y los trocitos de carne.

Me contó de nuevo lo que hacía meses me relató de su primer viaje. Estaba nerviosa y ese día por la mañana se tomó una pastilla relajante para soportarlo porque le horrorizaba abordar el avión y tener la mala suerte que la pipilacha - así la calificó - se cayera.

Ya dentro, se inquietó porque la lluvia truncaría su esperado viaje, pero no cancelaron el vuelo. Dieron la orden de abrocharse los cinturones, Estela se puso más ansiosa temiendo que las llantas del aparato derraparan y se estrellaran contra el edificio, pero por dicha recurrió a una pasajera a su lado para expresarle su miedo.

Esa desconocida la tranquilizó, incluso fue tan amable de ofrecerle su mano, a lo que Estela no dudó, y se aferró tan fuerte que parecía tenerla soldada a la de la comprensiva compañera de asiento, quien le aconsejó respirar hondo, cerrar los ojos, relajarse, pero Estela sintió avanzar la nave y su susto fue descubrir gotas filtrándose por la ventana, tomando con más fuerza la mano amoratada de la vecina y advirtiéndole que el aparato explotaría porque el agua de la lluvia se metía.

La samaritana le juró que no sucedería nada, explicándole que era improbable que el aparato se partiera en dos por una insignificante y microscópica grieta.

Continuaron los avisos sobre las zonas donde podían salir en un evento de emergencia, las luces en caso de incendio, las máscaras de aire, los salvavidas y Estela se puso más agitada, con el corazón latiendo ansioso, tan fuerte que quiso gritar, pero se contuvo y con los ojos muy abiertos vio cómo el aeropuerto pasaba como centella.

La aeronave tomó velocidad, se elevó y Estela pegó un chillido, no tan escandaloso ni tan prolongado, aunque bastante para ser advertido por los demás pasajeros que la volvieron a ver y su vecina se le soltó, fue al sanitario y en el camino aprovechó para pedir otro asiento a la primera azafata que encontró.

Estela no se acobardó más, tomó ánimo, soportó solita el viaje de seis horas en las que con un poco de miedo se asomaba por unos segundos para ver las nubes, pues le parecía un reto a Dios volar donde eran sus dominios y no supo si fue por la tensión, la pastilla o por las dos que se quedó dormida.

Sirvieron la cena, medio despierta comió lo que pudo, volvió a cerrar los ojos, aunque perdió el sueño tras un movimiento brusco del aparato, avivando sus trágicos temores, sin embargo, se tragó su miedo, rezó para que nada sucediera, contaba los minutos con su cuerpo estremecido por los horribles baches, temía perder el control cuando la vibración se extendía y sola y desesperada, se aferraba a los brazos del asiento.

Para su calma, al fin se anunció el descenso.

A través de la ventana vio aparecer una ciudad desconocida, lejana, sin saber qué haría ahí si se perdía en la esquina de algún barrio, pero imaginando lo bonito y tranquilo que pasaría las siguientes semanas viajando, descubriendo, riéndose de sus miedos, conociendo a otra gente, yendo de un lugar a otro, pero nunca lo hizo porque en cuanto salió de migración, encontró a su novio y la abrazó como si fuera candado, la besó como si se la quisiera comer, tomaron las maletas, abordaron un taxi y se encerraron en su apartamento por una semana y al darse cuenta, era hora de regresar.

Esta vez Estela me prometió que, si es posible, le exigirá a su enamorado al menos salir a la venta de la esquina porque de esto se trata la vida, de andar de un lugar a otro y no parar, de curiosear por aquí y allá para que nadie le cuente cuentos a uno y, si le da espacio, me afirma, comprará un regalito para mí, pero le he dicho que lo olvide y utilice su viaje para gozar de la vida.

No sirvió de nada porque Estela insiste en darme una sorpresa y yo creo me buscará algo bonito porque en estos meses juntos, me ha conocido lo suficiente para saber que me gusta la ensalada, agua para tomar, de postre un pedazo de torta de limón, un café y hace años tras comer, me hubiera fumado un cigarro.

Estela me ha repetido que si me hubiera conocido en esa época, no se me hubiera acercado ni a la legua porque no soporta el humo del cigarro ni el feo olor que queda impregnado en la ropa, en las manos, en los dientes y en el aliento, ¡fuchi!, pero… era hora que Estela se fuera, pedí la cuenta, me agradeció con un breve beso en la boca con sabor a tomate y nos fuimos al área de abordaje.

La llevé tomada de la cintura. Ella modelaba con su falda corta y en su movimiento balanceaba su carterita haciendo muecas, risas y bromas como si fuera a un paseo escolar. Cerca del puesto de control me pidió que la agarrara un poco más fuerte porque le dolía irse, aunque, sé que allá estará bien.

Me avisó que debía hacer pipí y pidió quedarme cerca de la puerta por si entraba un asaltante. Yo lo hice extrañado por lo exagerado de su desconfianza, pero he escuchado que los ladrones se meten en los sanitarios de las mujeres, les roban las carteras y las escapan de violar, pero en un descuido, porque estaba viendo para el icaco, Estela me jaló del brazo, me metió en uno de los inodoros, cerró la puerta y entre risas me abrió la bragueta. Yo se lo prohibí porque debía abordar cuanto antes, sin embargo insistió y a mí lo que me daba miedo era que alguien viniera y nos encontrara, llamaran a la Policía, se armara el escándalo y Estela no tomara su vuelo.

Me tapó la boca, me dijo no importa, callate que está bien rico y escuché a mujeres entrar, abrir las puertas, orinar, cagar, tirarse peditos no como en el de los hombres que son como explosión - pero Estela me confesó al oído que igual las mujeres eran unas grandes cagonas y pedorras -, escuchaba el taconeo de un lado a otro, el agua de los grifos, la incansable secadora y Estela necia pidiendo más y más hasta obtenerlo.

Quedó feliz como una lombriz y, antes de salir, me orientó quedarme calladito esperando su señal, pero me desesperé y al estar más o menos confiado que no había nadie, salí corriendo y la hallé enfrente riéndose a carcajadas como si fuera gracioso el haberme dejado ahí metido.

La abracé porque estuvo cómico quedarme como loco sin moverme, tratando que a ninguna mujer se le ocurriera entrar a ese sanitario. Acabó la risa, nos pusimos serios, vimos la hora, Estela me abrazó, me besó como si en la vida me volvería a ver, mis brazos la envolvieron, nos separamos, nos volvimos a besar, a abrazar, a apartarnos, le dije que la quería, ella preguntó cuánto y yo le aseguré que mucho.

Estela enmudeció y yo de tonto le pregunté si me quería. Ella respondió que no, le pregunté cuánto me quería y juró que ni un poquito y en eso estábamos, cuando escuchamos en los altavoces que la llamaban para ingresar.

Le deseé suerte con su novio, me sujetó fuerte el brazo, pero al instante lo soltó como si hubiera dejado caer algo que no la dejaba avanzar y corrió sosteniendo su carterita, pasó el retén de la Policía, un siguiente control, un tercero y se perdió entre los viajeros.

Me quedé ahí esperando a que volviera o me llamara pero no sucedió.

Salí del edificio y me la imaginé nerviosa, acompañada de otra mujer a quien le ha tomado la mano con fuerza, hundiéndole las uñas a como me lo hace y en eso, escuché el ruido de las turbinas.

En ese vuelo se iba Estela y en unas horas estaría con su novio, muy felices los dos porque tienen meses sin verse y se extrañan tanto, que gastarán un montón de días metidos en la cama recuperando lo desaprovechado, y más Estela, una jovencita de veinticinco años hasta hace poco sin compañía y perdida como perro en procesión, pero que estas semanas disfrutará, regresará más animada y aquí estaré esperándola para visitar la playa donde hemos jurado ir en cuanto vuelva.