martes 13 de marzo de 2012

Las tres reinas magas


Rubén Darío

–Señor– dije al fraile de las barbas blancas-; vos que sabéis tantas cosas, decidme si en algún viejo libro, o en algún empolvado centón, habéis algo que se refiera a las mujeres de los tres Reyes Magos que fueron a adorar a Nuestro Señor Jesucristo cuando estaba, sonrosado y risueño niño, en el pesebre de Belén. Porque, de seguro, Gaspar, Melchor y Baltasar deben de haber tenido sendas esposas. 

En verdad me contestó el reliogoso no he visto nunca, en venerable biblioteca o vetusto archivo, nada que se refiera al objeto de tu pregunta. Es casi seguro que hayan tenido, no solamente una esposa, sino muchas esposas, pues eran paganos, o idólatras, o adoradores de dioses que, como representaciones del Maligno, aprobaban la poligamía. Mas nada sé sobre el particular, y no he leído jamás texto que con tal asunto tenga relación. 

Consulté a otros sabios y estudiosos y me convencí de que nada podría averiguar al respecto. Mas vi que iba por el camino de la Vida –muy al principio un joven de larga cabellera y ojos en que se reflejaba el misterio del cielo y de la tierra –un poeta, y recordé que los poetas suelen saber más cosas que los sabios. 

Abandona me dijo el creador de armoniosos sueñosel cuidado de esas vagas erudiciones y escucha el cuento de otras tres Reinas Magas, que han de estar, por cierto, más cerca de tu corazón. 

Mi alma se llama Crista. En un pesebre nació para ser coronada reina de martirio. Ella es hija de una virgen y un obrero, y la noche de su nacimiento danzaron y cantaron alrededor del pesebre cien pastores y pastoras. Una estrella apareció sobre el techo del pesebre de mi alma; y, a la luz de esa estrella, llegaron a visitar a la recién nacida tres Reinas Magas. 

Venían de países muy lejanos. La primera sobre una asna blanca, toda caparazonada de plata y perlas. La segunda sobre un unicornio. La tercera sobre un pavo real. 

La recién nacida recibió sus homenajes. La primera le ofreció incienso. La segunda oro, la tercera mirra. 

Hablaron las tres:

Yo soy la reina de Jerusalén.

Yo soy la reina de Ecbatana.

Yo soy la reina de Amatune.

Reina de martirio, pues has de padecer mañana la cruel crucifixión, he aquí el incienso. 

Reina de martirio, pues has de padecer mañana la cruel coronación, he aquí el oro. 

- Rena de martirio, pues has de padecer mañana la transfixión, he aquí la mirra. 

Y el alma infanta contestó con una voz suave:

¡Yo te saludo, reina de la Pureza!

¡Yo te saludo, reina de la Gloria!

¡Yo te saludo, reina del Amor!

Vosotras tres me traéis los más inapreciables regalos, de manera que entreveo, para mientras llega la hora de la fatalidad, tres paraísos que escoger. 

En el primero, forma la nube aromada y sacra del incienso un inmenso dombo, a través del cual se vislumbra el amor de los astros y las sonrisas arcangélicas. Allí imperan las Virtudes, ceñidas las blancas frentes de una luz paradisíaca. Los Tronos y las Dominaciones hacen percibir el brillo de sus incomparables magnificencias. Un místico son de salterios dice la paz poderosa del Padre, la sacrosanta magia del Hijo y el misterio sublime del Espíritu. Los lirios de divina nieve son las flores que en hechiceras vías lácteas cultivan y recogen las Vírgenes y los Bienaventurados. 

En el segundo, el Oro forma un maravilloso palacio constelado de diamantes de triunfo; arcadas vastas se desenvuelven en una polvareda de sol. Allí pasan los grandes, los fuertes, ceñidas las cabezas de laureles de oro. 

Allí crecen los antiguos laureles, y de las gigantescas columnas cuelgan coronas de roble y de laurel. Los más que hombres se complacen en visiones augustas sobre horizontes inmensos. Revuelan familiares las águilas. Y sobre los pavimentos de incomparables pórfidos y ágatas, se desperezan en una imperial calma de leones. Suena de tanto en tanto un trueno de trompetas, y el viento sonoro hace ondear ilustres oriflamas y banderas de púrpura. 

En el tercero, la mirra perfuma un suave ambiente en la más preciosa de las islas floridas. Es bajo un cielo azul y luminoso que baña de oro dulce glorietas encantadas y mágicos kioscos. Las rosas imperan en los jardines custodiadas de pabones, y los cisnes enlos estanques especulares y en las fuentes. Si oís una música lejana, es de flautas, liras y citarras, en lo secreto de los boscajes, de donde brotan también ruidos de besos, y aves y risas. 

Es el imperio de la mujer; es el país en donde la prodigiosa carne femenina, al mostrarse en su pagana y natural desnudez, tiñe de rosa los enternecedores crepúsculos. Pasan bajo el palio celeste bandadas de tórtolas, y tras las arboledas vence cruzar formas blancas perseguidas por seres velludos de pies hendidos. 

Pues has de sufrir, pues estás condenada inexorablemente, reina de martirio –dijo la reina de Jerusalén, ¿no es cierto que en el momento de tu ascensión preferirás el celeste paraíso del incienso?

Y el alma:

¡Ay!, en verdad que la parte más pura de mi ser tiende a tan mística mansión. Existe un diamante que se llama Fe, una perla que se llama Esperanza y un encendido rubí de amor que se llama Caridad. Tiemblo delante de la omnipotencia del Padre, me atrae la excelsitud del Hijo y me enciende la llama del Espíritu; mas...

Ya sé –interrumpió la reina de Ecbatana; por cierto que en el instante de tu ascensión preferirás el paraíso del oro...

Y el alma:

¡Ay! en verdad que me domina el deseo de la riqueza, del dominante porvenir, de la fuerza. Nada hay más bello que imperar, y los mantos purpúreos, o de armiño, y los cetros y la supremacía, son absolutamente atrayentes. Os juro que el grande Alejandro me hace pensar en Júpiter y que el son soberano de las tropas pone un heroico temblor en una parte de mi ser, pero...

La reina de Jerusalén suspiraba. La reina de Ecbatana sonreía. La reina de Amatunte dijo:

Crueles penas has de padecer; tu crucifixión será dolorosa y terrible; sufrirás las espinsas, la hiel y el vinagre...

Y el alma infanta interrumpió a la reina: 

–¡Yo seré contigo, Señora, en el paraíso de la mirra!..

Paz y paciencia


Rubén Darío

Como hubiese caminado por varios días entre valles y florestas en donde vi maravillosas visiones, advertí de pronto que la tierra que hollaban mis pies era ya blanca como la sal o la nieve pura, ya rosada, de un rosa suavísimo que encantaba con su color. Como he leído en el Cavalca de una tierra semejante, comprendí que había llegado a los alrededores del Paraíso terrenal; el cual, como es sabido, existe sobre este mundo, tan lleno de delicias como cuando lo creó la palabra del Señor antes de la locura de Adán. Y más se afirmó mi creencia, al ver una ancha puerta de oro adornada con flores rarísima y de dulces olores, las cuales tenían tal vida como si estuviesen habitadas por espíritus humanos.

Mas no viendo la figura terrible del querubín armado, habría vacilado en mi creencia, si no escuchara la voz con que me hablara una de aquellas flores hechiceras, la cual volando de su tallo, como una mariposa o un pájaro de encanto, vino a posarse en mi hombro.

Oí la suave voz:

Este que ves aquí es por cierto el lugar que te imaginas, aunque no haya percibido al querub armado de espada coruscante y fulminante. Es el jardín que creó el Señor en los comienzos del mundo, y en el cual habitaron el Hombre y la Mujer hasta el día que dijo su secreto la Serpiente. El querub partió después de que el trueno de Dios habló a los culpables y a la espada celeste les desterró.

Dije: ¿quién habita, hoy, pues, este lugar; y por qué he logrado penetrar hasta el sagrado recinto?

Y la voz de la viva flor:

Has logrado llegar, porque en un instante de tu existencia has vuelto a la inculpada naturaleza y has unido tu alma inocente de los animales y de las cosas, retornando así a la vida primitiva y adámica, antes de la desobediencia. En cuanto a quienes habitan y reinarán –hasta cierto día en que aparecerá de nuevo sobre la tierra el juez , en divinidad y en cuerpo purificado ya el ser humano–, son dos seres puros y extraordinarios elevados por la voluntad del Todopoderoso. Ellos dos habitan fraternalmente en el Paraíso, y reinan en la maravilla de su virtud.

¿Podré saber –interrumpí– cómo se llaman¡

Y la voz de la flor: 

Paz y Paciencia.

Pasé por la puerta de oro ornada de las flores paradisíacas. Y clamé:

¡Paz en el nombre de Dios!

Y de un boscaje misterioso brotó una figura que me maravilló.

Dos ojos dulces y grandes, llenos de una desconocida luz de bondad y de amor; como una media luna de oro sobre la gran testa; como una piel de seda y oro sus fuertes formas que descansaban sobre cuatro pilares de vida.

¡Hermana Paz –dijo–, yo te saludo en el nombre de Dios!

Hermano –respondió en una lengua más sublime que la lengua humana–, sé bien venido a este lugar porque has tenido en un instante de la existencia la suerte de unirte con la inculpada naturaleza y juntar tu alma de hombre, contaminada desde antiguo, con el alma de los animales y las cosas.

Me llamo Paz, y soy aquel buey que en el establo de Judea calentó con su aliento la carne de un niño que juntó la miseria con la Divinidad y la corona con el martirio. ¡Oh, cómo temblaba de frío el cuerpo del Príncipe entre la paja y el estiércol! El anciano viajero había traído a la bella y pálida parturienta sobre las espaldas de mi hermano...

¡Hermana Paciencia –dije–, yo te saludo en nombre del Señor!

Al lado de Paz, surgió la más hermosa figura. ¡Oh, cuán profundas miradas, bajo las orejas que bañaban desde el abismo celeste dos chorros de luz que jamás contemplados por ojos de pecador! La figura despedía de sí un misterioso encanto y hablaba también con un idioma que debía regocijar a los arcángeles.

Yo te saludo –contestóme– en nombre de Dios. Sé el bienvenido, pues no has podido llegar hasta nosotros sino por la ciencia de la Fe y por la gracia del Amor.

Y ambas lenguas narraron a mi espíritu embelesado la historia prodigiosa del Nacimiento del Niño Dios; cómo calentaron son sus fauces al recién nacido; cómo el milagro estelar condujo a los reyes magos, y cómo alegraron el campo vecino, en la noche azulada y armoniosa, los cantos de los pastores.

Ya comprendo –dije después de escuchar el hermoso misterio– cómo por tal servicio hecho al Rey de los humildes habéis venido vosotros dos a morar realmente en el Paraíso creado por los hombres.

Y Paz y Paciencia desaparecieron de mi vista y habló de nuevo la voz de la flor viviente:

En verdad te digo que éste es el verdadero misterio. ¿Cuál ha sido el premio del buey bueno sobre el haz de la tierra? Sangre y martirio.

El yugo es suyo; su dulzura natural parece que atrajera la crueldad humana; suyas son la castración, la fatiga de arar los campos, los aguzados púas, y por último la degollación para servir de carne al contaminado. ¿Cuál ha sido el premio del buen asno sobre el haz de la tierra?

Él, cuyos ojos y cuyo silencio encierran todas las filosofías de los sabios, es el emblema de la estupidez; sobre sus espaldas amontonaron los hombres las cargas y el ridículo; y el mismo Satán busca su forma al presentarse en los aquelarres y en las tentaciones a los santos y hombres de virtud. Ambos han sido ludibrio y risa, y el palo y el cuchillo sus galardones.

Por tanto, he ahí que viene el Mesías que anuncia la libertad de los seres inocentes y esclavizados por el Hijo de la Culpa, y mientras sufren en la tierra sus hermanos, Paz y Paciencia habitarán el Paraíso de Jesucristo!

Y la flor viva volvió a su tallo, y yo sentí como si en mi corazón hubiese caído una gota de un perfume divino.

Palimpsesto II


Rubén Darío

Ciento veintinueve años habían pasado después de que Valeria­no y Decio, crueles emperadores, mostraron la bárbara furia de sus persecuciones sacrificando a los hijos de Cristo; y sucedió que un día de claro azul, cerca de un arroyo en la Tebaida, se encontraron frente a frente un sátiro y un centauro.

(La existencia de estos dos seres está comprobada con testi­monios de santos y sabios.)

Ambos iban sedientos bajo el claro del cielo, y apagaron su sed: el centauro, cogiendo el agua en el hueco de la mano; el sátiro, inclinándose sobre la linfa hasta sorberla.

Después hablaron de esta manera:

–No ha mucho –dijo el primero–, viniendo por el lado del Norte, he visto a un ser divino, quizá Júpiter mismo, bajo el disfraz de un bello anciano.

Sus ojos eran penetrantes y poderosos, su gran barba blanca le caía a la cintura; caminaba despaciosamente, apoyado en un tosco bordón. Al verme, se dirigió hacia mí, hizo un signo extraño con la diestra y sentíle tan grande como si pudiese enviar a voluntad el rayo del Olimpo. No de otro modo quedé que si tuviese ante la mirada mía al padre de los dioses. Hablóme en una lengua extraña, que, no obstante, comprendí. Buscaba una senda por mí ignorada, pero que sin saber cómo pude indi­carle, obedeciendo a raro o desconocido poder.

Tal miedo sentí, que antes de que Júpiter siguiera su camino, corrí locamente por la vasta llanura, vientre a tierra y cabellera al aire.

–¡Ah! –exclamó el sátiro–. ¿Tú ignoras acaso que una aurora nueva abre ya las puertas del Oriente, y que los dioses todos han caído delante de otro Dios más fuerte y más grande? El anciano que tú has visto no era Júpiter, no es ningún ser olímpico. Es un enviado del Dios nuevo.

Esta mañana, al salir el sol, estábamos en el monte cercano de los que aún quedan del antes inmenso ejército caprípedo.

Hemos clamado a los cuatro vientos llamando a Pan, y apenas el eco ha respondido a nuestra voz. Nuestras zamponas no sue­nan ya como en los pasados días; y a través de las hojas y ra­majes no hemos visto una sola ninfa de rosa y mármol vivos como las que eran antes nuestro encanto. La muerte nos persigue. Todos hemos tendidos nuestros brazos velludos y hemos inclina­do nuestras pobres testas cornudas pidiendo amparo al que se anuncia como único Dios inmortal.
Yo también he visto a ese anciano de la barba blanca, delante del cual has sentido el influjo de un desconocido poder. Ha po­cas horas, en el vecino valle, encontréle apoyado de un bordón murmurando plegarias, vestido de una áspera tela, ceñidos los ríñones con una cuerda. Te juro que era más hermoso que Ho­rnero, que hablaba con los dioses y tenía también larga barba de nieve.

Yo tenía en mis manos a la sazón miel y dátiles. Ofrecíle, y gustó de ellos como un mortal. Hablóme, y le comprendí sin saber su lenguaje. Quiso saber quién era yo, y díjele que en­viado de mis compañeros en busca del gran Dios, y rogábale intercediese por nosotros.

Lloró de gozo el anciano, y sobre todas sus palabras y gemi­dos resonaba en mis oídos con armonía arcana esta palabra: ¡Cristo! Después levantó sus imprecaciones sobre Alejandría; y yo también como tú, temeroso, huí tan rápidamente como pueden ayudarme mis patas de cabra.

Entonces el centauro sintió caer por su rostro lágrimas co­piosas. Lloró por el viejo paganismo muerto; pero también, lle­no de una fe recién nacida, lloró conmovido al aparecimiento de una nueva luz.

Y mientras sus lágrimas caían sobre la tierra negra y fecunda, en la cueva de Pablo el ermitaño se saludaban en Cristo dos ca­belleras blancas, dos barbas canas, dos almas señaladas por el Señor. Y como Antonio refiriese al solitario su encuentro con los dos monstruos, y de qué manera llegase a su retiro del yermo, díjole el primero de los eremitas:

–En verdad, hermano, que ambos tendrán su premio; la mitad de ellos pertenece a las bestias, de las cuales cuida Dios solo; la otra mitad es del hombre, y la justicia eterna la premia o la castiga.

He aquí que la siringa, la flauta pagana, crecerá y aparecerá más tarde en los tubos de los órganos de las basílicas, por premio al sátiro que buscó a Dios; pues el centauro ha llorado mitad por los dioses antiguos de Grecia y mitad por la nueva fe, sen­tenciado será a correr mientras viva sobre el haz de la tierra, hasta que dé un salto portentoso y, en virtud de sus lágrimas, ascienda al cielo azul para quedar para siempre luminoso en la maravilla de las constelaciones.