9 de febrero de 2016

Los graneros del Rey

Sergio Ramírez Mercado

A pesar de que en las entrevistas de prensa y en los boletines oficiales del gobierno de S. M. se decía siempre con mucha seguridad que la prosperidad del país aumentaba cada día; aseveración probada repetidas veces con las cifras de la producción agrícola, con los altos índices industriales, todo debido a los métodos técnicos empleados, al interés de los funcionarios de estado y a la hábil dirección de S. M., el pueblo, inexplicablemente padecía hambre y sufrimiento y como consecuencia, desnutrición, muerte, enfermedades endémicas. Pero la producción era alta, no había deuda exterior y según los boletines y reportes estadísticos “una gran facilidad para conseguir productos de consumo, a bajos costos”.

El país tenía grandes fábricas: de cemento, de papel, de zapatos, de botellas, de cristales, de jabón, de ropa, de azúcar, de alimentos enlatados, de sacos de henequén, de mecates, de muebles, de telas, de medicinas. Había grandes granjas especializadas en avicultura, ganadería, sementales, fincas para el cultivo de toda especie de granos y plantas. Y hasta aquí es tremendamente inexplicable cómo un pueblo empobrecido podía tener en su territorio tantas excelencias industriales y agrícolas. Y sobre todo, su geografía maravillosa, con grandes campos irrigados por ríos y lagos, un clima propicio para sembrar y cosechar y una voluntad asombrosa de los obreros y campesinos para producir.

Pero sucede que fábricas, granjas y graneros pertenecían al Rey.

S.M. controlaba la producción y las grandes exportaciones. Exportaba sus productos en sus barcos, aviones, camiones, ferrocarriles internacionales. Metía sus semillas y granos en los sacos que compraba en sus propias fábricas, utilizaba los tractores, despulpadoras segadoras que compraba a sus propias casa de importación, construía con su cemento, con la piedra de sus canteras; llenaba con sus mecates sus sacos de exportación y la energía para todo era producida por su gran planta hidroeléctrica y la gente bebía su agua en los vasos de sus cristalerías y sus refrescos con el hielo que él producía.

Y después de exportar y de vender a magníficos precios en los mercados internacionales, controlándolo todo a través de su Banco, los excedentes de la producción iban a los graneros y a los depósitos reales, para ser sacados luego poco a poco a las tiendas, almacenes y pulperías del Rey.

Vendidos a altos precios cuando subía los salarios y un poquito más barato cuando por “urgencia nacional" rebajaba los salarios. Especulando, provocaba carestía de todo, la que él aliviaba benévolamente sacando al mercado un poco de sus productos, de su harina, de su maíz, de sus frijoles, de su aceite, de sus telas, de su hilo, de su leche, de su carne, lo que el pueblo compraba a como él se lo vendía, con los salarios que él pagaba.

Y es así que se explica cómo un país productor de primera línea, colocado en alto lugar para los mercados internacionales, tuviera una población tan depauperada. Allí sólo poseía S. M. y la gran familia real.

Los Ministros de estado, empleados de palacio, cortesanos, propagandistas, heraldos, conserjes, porteros reales. Una argolla dura cerraba el paso hacia la riqueza. S. M. tenía la llave.

Y la seguridad interior del Reino era cierta e indiscutible. Porque también sus soldados comían y vestían de la mejor manera. Gran número de soldados ágiles, fuertes, disciplinados, armados hasta los dientes, entrenados para matar sin ser muertos. Su ejército era paseado por las calles los días de los cumpleaños de su S. M. el Rey, de S. M. la Reina, en el de la madre del Rey o el padre de la Reina, en las fiestas de la patria, en el día de la producción nacional. Cientos de aviones manchaban el cielo, las avenidas y parques se estremecían con el paso de los tanques, los cañones, y era impresionante ver a los batallones marchando en un solo cuerpo y a un solo paso, las bandas musicales, las banderas, los estandartes con los escudos reales, y al pueblo en las aceras llenando el aire de vítores.

Porque no se crea que el pueblo no lanzaba vítores al aire, ni vivaban al Rey. No. El pueblo amaba a su Rey entrañablemente y el gran amor para S. M. venía de allí mismo: de los ciento de aviones y tanques y cañones y ametralladoras y rifles y granadas y bazookas pasando y pasando.

Y cuando la gente regresaba a su casa iba a comer las hogazas duras de pan en sus platos de barro. En la lejanía brillaban las luces de los graneros del Rey y los hombres dormían inquietados por sueños en los que se veían retozando con sus mujeres, madres e hijos en las toneladas de trigo y maíz, acarreándolo todo hasta sus casas, en enormes vagones, camiones, llenando sacos y almacenándolos. Pero eso era sólo en los sueños, porque cada cinco de la mañana una enorme sirena comenzaba a aullar recordando a los hombres la hora de comenzar a producir para S. M. y para los índices oficiales de la prosperidad nacional. No había hombres sin trabajo ni trabajo sin hombres. La industrialización era total y definitiva. Miles de chimeneas se levantaban por doquiera y el humo ennegrecía el cielo en los sectores industriales. Y no sólo eso. La prosperidad había dado también una linda ciudad maravillosamente adornada con estatuas de S. M. del Rey, de S. M. la Reina, etc. Con parques, jardines, calles amplísimas, bulevares, avenidas, paseos, teatros, estadios. En todo estaba S. M. aliviando “las grandes necesidades” porque él lo podía todo.

Las noches de la gran ciudad capital del reino eran de silencio. Los hombres iban a dormir muy temprano para estar listos para las grandes faenas del día siguiente. En las avenidas y calles vacías sólo se oía el paso de los soldados haciendo cambios de guardia y el ruido de los camiones llevando a los soldados en sus cambios.

Pero el Rey mantenía su oído en el pueblo. Él sabía que algo podía pasar de pronto y no quitaba su oreja del latido del corazón de los hombres que dormían desde temprano. Y sus guardias hacían estrecha vigilancia. Desde los torreones, en las esquinas, en la obscuridad, las ametralladoras estaban listas, desafiantes, vigilando el sueño de S. M. que no podía dormir.

Y hubo un día en que el pueblo no tuvo qué comer y el pan subió de precio y el aceite y los vestidos y la carne. Superprodujo el rey y despidió a cientos de obreros, cerró fábricas. Y primero los hombres se volvieron a sus casa y con los codos sobre la mesa hundieron sus cabezas, las mujeres sostenían el llanto de sus niños, las ancianas permanecían en silencio. Bajo la gloria del Rey el pueblo sufría. Bajo el peso de su augusta corona el hambre ascendía y daba vuelta en espirales.

El pueblo tímido, medroso, comenzó a volver por su estómago, sin violencia, sin rencor; sobre la mesa de trabajo de S. M. comenzaron a llover pequeñas misivas, en sus teléfonos repicaron luego cortas llamadas, delicadas voces que pedían hablar con algún empleado de S. M.

Y el Rey comenzó a oír las cartas que sus secretarios iban leyendo:

“Grandísima Majestad: Sucede —y S. E. debe perdonarnos— que hoy no hubo pan, pues los salarios no dieron para ello. Aunque es una cosa tan insignificante, nosotros le rogaríamos que si S. E. pudiera hacer algo...”

“Dignísimo Señor: Sentimos tener que molestarle pero no tenemos qué comer porque fuimos despedidos de la fábrica y como nuestro hijo está enfermo le suplicamos...”

“Señor Rey Nuestro: Como S. E. todo lo puede ¿no sería posible un poco de pan? Por algo de lo que V. M. no es culpable no podemos conseguirlo, ¿se podría?”

Pequeños papelitos arrugados, escritos en tintas violetas con temblorosas letras. Y las cortas llamadas telefónicas repetían lo mismo. Pero nadie ponía su nombre en las cartas, nadie lo decía en las llamadas.

Y S. M. el Rey por uno de esos rasgos de gran bondad y dulzura que tienen todos los grandes hombres de la historia de la humanidad, cedió a la dulce presión del pueblo y un día domingo por la mañana los graneros del Rey fueron abiertos y el pueblo fue invitado a recoger el trigo, el maíz, la avena (abiertos hasta cierta medida). En las plazas se regalaron espejos, telas, juguetes para los niños, retratos del Rey, medicinas, peines, jabones. Se volcaron toneles de vino y cerveza y de los hornos reales salía el pan humeante en asombrosas cantidades, las orquestas del Rey tocaban en los paseos, en los parques, el pueblo bailó hasta la madrugada, se embriagó, los hombres llevaron esa noche manzanas, bistecs y puré de papa a sus amantes, con las que durmieron hasta que la gran sirena comenzó a sonar al amanecer. Las amas de casa almacenaron un tanto los alimentos regalados por la infinita bondad del Rey, los hombres guardaron vino, los niños dulces y caramelos.

Y al día siguiente la prensa internacional recogía en grandes letras el asombroso gesto, inusitado en la historia de los tiempos modernos, no hecho por ningún país. Y en los días sucesivos el Rey podía dormir tranquilo, se rebajó considerablemente la guardia del palacio, se quitaron soldados de los torreones, de los callejones. El pueblo dormía feliz y los hombres procreaban con más libertad en sus lechos, soñando con futuros gestos del Rey pues en su gran corazón todo era posible.

Y con mayores cosas soñaban. Su asombro iba de sueño en sueño y así pasaron las noches y los días de trabajo fueron de esperanza, mientras la producción nacional ascendía considerablemente y más trigo y más productos de exportación eran almacenados y los barcos zarpaban de los puertos con más toneladas de azúcar y de harina.

Pero el hambre no murió allí con las excelencias y regalos de S. M. El Rey tenía que regular su competencia internacional, ajustar los salarios y controlar la superproducción, lo que trajo un paro forzoso desproporcionado, que dejó a miles sin trabajo. Como un aceitoso vaho volvió el hambre a caer sobre las plazas, en los techos de las casas, en las almas de los hombres, en el estómago de los niños. Entonces el Rey volvió a perder su sueño y redobló o cuadruplicó su guardia. Temía por la seguridad de su Reino y la grandeza de su corona. Los soldados marchaban por las calles en batallones, con sus bayonetas caladas. A la media noche los coches células se detenían en las esquinas, espiaban los agentes secretos por las hendijas de las puertas, los obreros eran registrados minuciosamente en las fábricas, los aviones volaban sobre los campos a ras de los árboles. Y el Rey no dormía, temía. Se veía asediado por el pueblo furioso, quebrando los cristales de las ventanas del palacio, rompiendo las puertas, incendiando sus fábricas, penetrando en sus graneros, saqueándolo todo. “Todo tiene su límite —pensaba— la paciencia de estos hombres va a llegar a su fin”. Y enviaba más soldados a las calles, ordenaba tener listos tanques y aviones para reprimir la subversión.

Pero cómo se equivocaba el Rey. En sus casas, los hombres dormían tranquilos. Sus mujeres, madres y amantes dormían también y ni los sueños les perturbaban. Pensaban en la inmensa bondad del Rey quien todo lo podía y esperaban que cualquier domingo los graneros abrirían de nuevo y correría el trigo por las calles como la dichosa pasada vez y entonces saciarían su hambre, en los telares de S. M. cubrirían su desnudez.
Y mientras los soldaos cruzaban por sus puertas golpeando sus pesados rifles contra el asfalto, ellos soñaban con la bondad del Rey y le amaban entrañablemente.

Un domingo será —se decían—

—O en el día de su cumpleaños —musitaba la esposa sonriendo—.
—Ah, él tan bondadoso...

Y al amarle, sentían que amaban también la gloria del país colocado en la primera línea de la producción internacional.

1962

4 de febrero de 2016

La banda del presidente

Sergio Ramírez Mercado

Y porque el país está en profunda crisis de sus valores espirituales.

Fue el último editorial contra el gobierno que se publicó en el periódico más combativo después de una serie de ya débiles intentos que se venían haciendo. Antes, en este periódico se vertía toda la saña contra los gobernantes y se criticaban hasta sus más mínimas acciones. Por su página editorial eran pasados a cuchillo día a día ministros, administradores, empleados menores. Pero en esta última semana el periódico vino clausurando poco a poco su encono y hoy aparece ya este último editorial: “profunda crisis de sus valores espirituales”. Después, absoluto silencio sobre política y cero críticas contra la administración. A simple vista ésta podría ser la resultante de muchas causas, entre ellas, que el gobierno hubiera comprado a sus directores, cambios de opinión, etc. Pero esto fue sintomático de algo mucho más grave —o más feliz— según como queramos apreciarlo: después las radiodifusoras de oposición omitían comentar los asuntos públicos en sus programas de noticias, la televisión clausuró sus entrevistas políticas y más aún, dejaron de publicarse las revistas especializadas sobre el asunto. La opinión pública no sufrió ningún trastorno por estos acontecimientos y muy al contrario, se sintió feliz al desembarazarse de las diarias largas crónicas sobre política y políticos, ataques Y contraataques, réplicas y agrias discusiones.

Y todo quedó concluido cuando el periódico oficial que hablaba exclusivamente de asuntos gubernamentales dejó de circular por falta de lectores.

Aquel país en fin, abolió la política de sus medios de expresión silenciosa y sin apuros ni violencia. Fue un fenómeno fácil e inexplicable; la gente no quería leer política y los editores de diarios y programas de radio y TV los quitaron sin más, parte por voluntad del público y parte por voluntad propia.

Después, comenzaron a morir los partidos políticos. Uno a uno iban perdiendo afiliados. Por supuesto, la cosa comenzó por los partidos de saloncito en donde sus integrantes no volvieron a concurrir a las tertulias a leer manifiestos y libros sobre economía. Después, los más poderosos fueron perdiéndose hasta que sus sedes generales fueron cerradas sin ningún alboroto y sus secretarios generales se dedicaron a sus oficios y abandonaron sus pretensiones presidenciales.

Se terminaron también las pastorales de los obispos, las proclamas de los grupos populares, se disolvieron los comités de barrios y caseríos y los libreros no volvieron a importar libros sobre política ni nada parecido. Tranquilamente todo el mundo se dedicaba a sus trabajos y las relaciones familiares se hicieron más cordiales, hubo menos querellas judiciales.

A la gente no le importaba ya el poder. Esto fue lo fundamental. Los generales y coroneles del ejército pidieron su baja y muchos soldados fueron licenciados. De inmediato se apreció que quienes dejaban su uniforme habían tenido alguna vez pretensiones al poder público. Pero a nadie le importaba esto. La cuestión de quién debería mandar fue relegada al último de los planos y se terminaron las audiencias presidenciales y la petición de puestos públicos y de prebendas. Al terminarse los partidos políticos también se acabaron las elecciones. Los diputados y senadores al comienzo, se reunían esporádicamente pero luego dejaron de hacerlo, el gobierno no dio más leyes ni decretos.

Después suprimieron algunos ministerios. Se cerraron otras oficinas, se rebajaron los sueldos sin que nadie dijera nada. Aquel país entró en un periodo incomprensible de su historia. La gente se comportaba de esta manera y nadie lo extrañaba, como si toda su vida hubieran tenido ese régimen de vida, como si nada anormal estuviera pasando. No fue un largo proceso, una evolución hacia eso, sino que fue sólo cuestión de meses. Las discusiones públicas se eliminaron solas, los partidos se suicidaron voluntariamente, los diputados por su gusto no volvieron a llegar a las sesiones.

La abulia cayó sobre aquel país como una nube cargada de invierno y fue como un cielo plomizo y tranquilo, como si el aire se hubiera vuelto tibio y quieto. Una hipnosis terrible, un olvido total.

Jaime Pie era el Señor Presidente de la República. Abogado, después agricultor, industrial, rico poderoso, llegó a ser Presidente cuando la convención de su partido lo eligió por unanimidad pues compró a más de la mitad de los convencionales, y tenía un consorcio económico con el anterior Presidente, y como el partido en el poder era su partido y éste controlaba las elecciones, llegó por esto a la Presidencia.

Y Jaime Pie era el único que no estaba conforme con esta situación, absurda y novedosa.

Había llegado a la Presidencia hacía apenas siete meses y no había gozado del vértigo del poder lo suficiente para que de repente la situación viniera a ponerse de esta manera. Convocaba a una sesión de prensa y los periodistas no llegaban; emitía un boletín y los periódicos no lo publicaban. Quería hacer una convención de su partido y los afiliados no concurrían.

Después renunció su Secretario de Prensa.

Muchas noches Jaime Pie pasaba en vela pensando qué era lo que en realidad le ocurría a su pueblo. Creyó primero que quizá era alguna cosa pasajera pero se convenció de que no, pues ya duraba para largo. También presentía que tal vez el público se hubiera aburrido de los desmanes del gobierno y hubiera decidido hacer una huelga general. Pero tampoco, pues de esta corriente estática participaban también sus funcionarios de gobierno. Cuando alguien concurría a su despacho a ponerle su renuncia y él le preguntaba por qué, simplemente el funcionario encogía los hombros y daba la vuelta sin decir ni adiós. Estos pensamientos sólo pasaban por la cabeza de Jaime Pie porque de allí nadie, ni su misma esposa se preocupaba de tales cuestiones. Cuando se sentaban a desayunar y él hablaba del asunto, ella comía en silencio. Cuando cambiaba de plática Y empezaba a hablar de cine, la señora iniciaba una jovial conversación.

Jaime Pie estaba por volverse loco. No tenía de qué hablar Porque sus funcionarios —los que aún quedaban— hacían tranquilamente el crucigrama en sus escritorios o jugaban a las cartas. Bajaba a las calles sonando el enorme pito de su carro blindado y la gente lo miraba ida, como si delante pasara un raro personaje de pesadilla o novela de misterio. Se terciaba la banda presidencial en el pecho y cruzaba las aceras con su escolta armada de ametralladoras y la gente le daba las espaldas no por desprecio, sino por indiferencia.

Un día la escolta lo abandonó en media calle, dejaron sus ametralladoras en una cuneta y tranquilamente se perdieron en las esquinas. Su policía secreta no regresó nunca de las búsquedas a las cuales Jaime Pie los enviaba. En un partido de béisbol, al entrar Jaime Pie y su esposa al estadio los músicos no tocaron el himno ni el público se puso de pie, pues nadie reparó en la presencia del Señor Presidente.

Ese día lloró Jaime Pie su desgracia.

Su existencia como Presidente de una República sin instituciones, sin partidos, sin críticas, sin interés, era triste y desolada, como si un pingüino fuera obligado a vivir en el trópico.

Mientras tanto la gente se dedicaba a sus quehaceres con empeño, los agricultores sembraban con alegría, los obreros producían con interés. Ciertas palabras iban poco a poco quitándose de la conciencia popular, tales como: elecciones, partido, candidato, congreso, puesto, ministro, sueldo, burocracia.

Otro día el país amaneció sin ejército y los tanques y aviones de guerra comenzaron a oxidarse sin remedio.

Pero ¡ay! Jaime Pie sufría lo indecible en su palacio con grandes ventanas de cristal. Su linda banda de tafetán de vivos colores con el escudo bordado en oro estaba llena de polvo porque su edecán dormía todo el día y su esposa leía también todo el día revistas de cine. Se terminaron para él las recepciones, los mítines, los discursos, los viajes oficiales, la corte de sus ad lateres, los honores, los himnos, las paradas militares, los saludos, los vítores. La dulce locura silenciosa de aquel país lo estaba trastornando.

Como acto democrático Jaime Pie ensayaba por ejemplo, bajar a los parques a hacer tertulias con sus conciudadanos pero esto le resultaba mal siempre, pues la gente no apreciaba esto como desprendimiento del Presidente, sino como un acto anormal de cualquier hijo de vecino: conversar.

Aquello era una tragedia para Jaime Pie. Un día colérico le dijo a su mujer que mejor iba a renunciar de su alto cargo y ella le preguntó:

—¿Renunciar a qué?

La abulia de la gente mató la política y mató a la figura del Presidente. Jaime Pie era un tipo popular, buen conversador, amable, de maneras distinguidas. Pero sólo eso. La gente le decía ya, con irrespeto para su condición de primer magistrado de la nación “Jaimito Pie”.

El Presidente Pie era un hombre chiquito y amanerado, de lentes finos con marcos de oro, amplia frente, cabellos ralos y manos pequeñas y cuidadas. Vestía de, lino blanco por la mañana, y por la tarde, un traje gris y corbata roja, la banda presidencial en su pecho no faltaba nunca. Saludaba atentamente con el sombrero, crema por las mañanas y gris por las tardes.

Grave, impetuoso, decidido y adolorido, el Señor Presidente Jaime Pie tomó una mañana al levantarse la decisión de su vida, tras haberla madurado toda la noche: dejar el poder.

Pero dejar el poder simplemente, tomando sus valijas y marchándose con su mujer del Palacio Presidencial, ahora triste, silencioso y olvidado, no hubiera servido de nada pues hubiera sido tan sólo como cambiar de residencia. Maduró su plan y se decidió a ponerlo en práctica. A sus resultados sacrificaría su Presidencia de la República: iba a provocar según sus intenciones una conmoción nacional, iba a rehabilitar el interés del público en la política, a crear una llaga para poner el dedo. Su plan iba a conmover de una vez por todas a sus absurdos ciudadanos olvidadizos y abúlicos, que despreciaban por quién sabe qué extraña razón el mejor de los placeres: la política dinámica, los discursos, las adulaciones, el forcejeo por los puestos, el presupuesto de la nación. Y después vuelta la gente a sus antiguas manifestaciones, los periódicos a sus editoriales, las campañas, las discusiones, los partidos, el gobierno organizado de verdad —no este remedo de administración con viejos barredores y antiguas mecanógrafas ociosas— él volvería con su candidatura y ganaría de nuevo la presidencia y entonces sí, iba a gozar de verdad de lo fantástico del poder, del boato, de las reverencias, de los himnos, de las recepciones, etcétera, etcétera.

Y dio marcha a su plan.

Hizo muy trabajosamente sus arreglos porque nadie quería cooperar con él: por pura amistad la gente que él necesitaba se decidió a prestarle ayuda.

Al fin una noche todos los televisores y radios del país anunciaron una transmisión especial en cadena nacional. En las pantallas apareció la figura de un General con charreteras y medallas, de espada y todo. En sus hogares la gente escuchó tiros por todos los rumbos de la ciudad. Y el General en las pantallas, con cara hosca y ademanes serios habló al público:

“Se informa al país que acaba de ser depuesto por las armas, en vista de la conveniencia nacional y de los supremos intereses de la patria, el Presidente de la República, Sr. Jaime Pie quien sale exiliado para un país vecino. Desde este momento el control del gobierno queda en manos de las Fuerzas Armadas y quedan también abolidas todas las instituciones. Se decreta estado de sitio y se restringen las garantías constitucionales”. Después, el General, que era quien se iba a hacer cargo de la Presidencia junto con otros militares, pidió al país serenidad y cordura en esos momentos difíciles. La gente, extrañada, se volvió a ver entre sí y todos encogieron los hombros. Desde el principio, habían reconocido al viejo actor de teatro retirado, quien metido en un disfraz de general les hablaba desde las pantallas y los radios.

Soñolientos, apagaron sus receptores mientras los tiros de Jaime Pie seguían sonando por todos los rumbos.

Desde esa noche, quedó el país definitivamente sin Presidente de la República.

Masatepe, 1962

Perdón y olvido

Sergio Ramírez Mercado

a Sealtiel, a Edna

La pasión de Guadalupe son las viejas películas mexicanas. Puede verse hasta tres en cada sesión, y las colecciona con la misma avidez con que de niño yo coleccionaba figuras de jugadores de beisbol de las Grandes Ligas. Por lo general hay alguien que viene de México y le trae un casete con alguna que no tiene, o las graba del cable, y si no, no le importa repetir. Tu pasión malsana, le digo a veces, buscando una de esas camorras bufas que se desatan entre los dos; pero como me lo hace ver ella sin más necesidad que un fulgor burlón de su mirada, no tengo ninguna autoridad moral para criticarla. La verdad es que nunca falto a sus sesiones de cine casero que duran hasta la medianoche, o más allá.

Guadalupe se quedó en Nicaragua desde que le tocó cubrir en 1979 la ofensiva final en el Frente Sur, como parte de un crew de Imevisión, todos encandilados con el sandinismo, y la conocí para los días del triunfo cuando se fundó Incine con unos cuantos equipos confiscados a la empresa de un argentino mafioso que le hacía los noticieros de propaganda a Somoza. Ella apareció una mañana en la mansión de Los Robles, confiscada también a un coronel de la Guardia Nacional, donde estábamos instalándonos. Llegó vestida de guerrillera, botas, boina, canana y un fusil Galil, enviada por Juanita Bermúdez, la asistente de Sergio Ramírez, con instrucciones de la Junta de Gobierno de darle trabajo en algo que todavía no existía. Mucho después me confesó cuánto me había odiado ese día. Lo primero que le pedí fue que se deshiciera de aquel fusil, que no parecía saber manejar y que iba a estorbarle en el trabajo, que antes que otra cosa consistía en barrer y acomodar los muebles del coronel que de verdad fueran a servirnos, mientras los otros, consolas y espejos dorados, iban a dar a una bodega con la esperanza de utilizarlos alguna vez en una decoración de ambiente. Por el momento habíamos mandado a vaciar la piscina para que se viera que no éramos parte de la clase ociosa destronada.

Pero cuando filmé mi primer documental sobre la reforma agraria, “No somos aves para vivir del aire”, con una vieja Arriflex de 16 milímetros, que era lo mejor de la herencia del capo argentino, Guadalupe hizo con todo entusiasmo el corte de la película. Y por esas vueltas que da la vida, no fue sino diez años más tarde que nos juntamos, después de haberla dejado de ver todo ese tiempo porque ella había regresado a México por una buena temporada para arreglar los asuntos legales de su divorcio. Los dos estábamos separados de nuestras parejas anteriores, yo ya un poco calvo y ella enseñando algunas hebras de canas en las trenzas, pues siempre se peina como Columba Domínguez en Pueblerina. El emblema de su presencia en mi cueva de soltero fue entonces el sarape mexicano que clavó como una manta de toreo en la pared, al lado de mis fotos de familia.

Esa noche que cuento estábamos viendo Perdón y olvido, una película del año 1950 en blanco y negro dirigida por Tito Gout, con Antonio Badú y Meche Barba. Empezaba una escena cuando fui a buscar una lata de cerveza, y camino de regreso al sofá la sorpresa me dejó paralizado.

En la pista del cabaret bailaban mis padres. Con voz urgida, como si temiera que se me escaparan, le pedí a Guadalupe que congelara la imagen. No había duda, eran ellos. Cada uno bailaba con una pareja distinta. Ella llevaba el pelo peinado en grandes bucles laterales que subían desde sus orejas desnudas y él vestía un traje traslapado a rayas, de hombreras pronunciadas. Bastaba compararlos con la foto de su paseo a Xochimilco que colgaba en la pared al lado del sarape de Guadalupe, sentados los dos en el travesaño de una chalupa, bajo un arco tejido de flores, con las cabezas muy juntas, para saber que tenían entonces la misma edad que en la película.

Me apoderé del comando e hice regresar la cinta hasta el inicio de la escena de cabaret. Entonces los descubrí en las mesas, cada uno siempre con su pareja. Mi padre aplasta la colilla del cigarrillo en el cenicero y le dice algo a la rubia de rostro lánguido sentada frente a él, que le contesta; y unas mesas más allá, a medida que la cámara extiende su panel despreocupado, mi madre se inclina para que el morocho de pelo ensortijado y mirada nerviosa, su pareja, le dé fuego; luego expira el humo por las narices y también ella le dice algo al morocho, que guarda silencio.
Congelé el cuadro y mi madre quedó en la pantalla del televisor, envuelta en el humo del cigarrillo. Eran ellos, le dije a Guadalupe con un temblor de voz que me hizo sentir incómodo. Eran mis padres. Y al pulsar otra vez el botón, bajaron de nuevo a la pista para iniciar el baile.

El set del cabaret en Perdón y olvido era el mismo de otras películas que Guadalupe y yo habíamos visto en nuestras sesiones de cada noche, construido en la nave tercera de los estudios Churubusco en 1945 (según aparece en el libro Churubusco, máquina de varia invención, de Sealtiel Alatriste). Al fondo de la pista de baile estaba el estrado de la orquesta, circundado por cortinas drapeadas, y a los lados dos mezanines con barandas artesonadas en crucetas, donde se agrupaban las mesas; y realzados en las paredes, simulacros de columnas dóricas.

Yo nací poco después del regreso de mis padres a Nicaragua, amparados en la amnistía decretada a raíz del pacto entre liberales y conservadores que Somoza firmó con Emiliano Chamorro en 1950. Los avatares de ese exilio se los oí contar muchas veces a mi padre en la tertulia vespertina que se celebraba en la acera de nuestra casa en el barrio San Sebastián, oficinistas, maestros de secundaria y agentes viajeros que traían de las casas vecinas sus propias mecedoras y silletas y desaparecían cuando llegaba la hora de la cena. En México habían hecho de todo, contaba; ella de camarera en el Hotel del Prado, dependienta en El Palacio de Hierro; él visitador médico, empleado en la sección de estadística de la Secretaría de Educación; y al final, la temporada en que trabajaron como extras de cine.

Los dos habían muerto hacía años, mi madre de cáncer en los pulmones porque fumaba como loca. Yo recordaba a mi padre, viudo, gastando su magra pensión del Seguro Social en esquelas que mandaba a publicar en La Prensa con la foto de ella vestida de novia, una cada día durante el mes que siguió a su muerte, y después una cada mes. En las esquelas él le daba cuenta de todo lo que había hecho, empezando por sus visitas al cementerio para enflorar su tumba; le daba noticias de los achaques de sus amigas y de los disgustos entre ellas; bodas de parientes, otras muertes de conocidos: ya deben ustedes haberse encontrado en el cielo, le escribía. Y las noticias políticas del país, enemigo siempre de la dictadura: dichosa de tu parte que no estás aquí para no seguir contemplando tanta iniquidad. Un día fui a verlo y le dije que ya terminara con aquella correspondencia pública, a quién le interesaba, era ridículo. Me miró, primero sorprendido, y después se sentó en la cama y se echó a llorar.

Al verlos ahora en la película, sentía la fascinación de asomarme al pasado en movimiento. No eran simplemente fotos viejas pegadas a un álbum, sino el retorno a la vida cada vez que el botón dejaba correr la cinta. Y más fascinación verlos hablar sin poder escuchar lo que decían. Los extras aparecen en la escena llenando un vacío, fingiéndose parte de la realidad que rodea a los actores principales, aunque sólo sean parte de la decoración. Por eso no están en la película para ser recordados.

Pero en esas películas mexicanas de cabaret, filmadas con un argumento ramplón que era sólo pretexto para la revista musical que tomaba gran parte del metraje, la cámara se mueve poco y apunta a la pareja de personajes principales, mientras permanecen sentados o mientras bailan, la banda de sonido recogiendo siempre su diálogo. Los extras, a quienes toca quedar al fondo, permanecen en muda conversación; y en Perdón y olvido, por un azar, mis padres aparecían hasta ahora en dos ocasiones en foco de segundo plano, muy cercanos a la cámara.

Sonó el teléfono y volví a congelar la imagen. Había hecho un pedido urgente de película de 35 milímetros a Miami para un comercial de los cigarrillos Belmont y me anunciaban que llegaba en el avión de American del día siguiente. Y ahora que regresaba de responder la llamada y traía otra lata de cerveza en la mano, oí a Guadalupe que me preguntaba si todo aquello no me parecía divertido. Reflexioné antes de sentarme en el sofá. Estaba lejos de sentirme perturbado como antes, tras la primera impresión, le dije. Pero algo no dejaba de intrigarme. ¿Qué conversaban mis padres con sus parejas, con aquellas voces que en la película quedaban sólo en movimientos de labios?

Los extras no son parte del guión. Acomodados en las mesas o bailando en la pista, tienen libertad de conversar en voz baja, o fingir que conversan, lejos del alcance del micrófono que se mueve en el asta sobre la cabeza de los protagonistas. Pero aunque sus voces nunca se escuchen, el director les recuerda, antes de comenzar la toma, que deben comportarse con naturalidad, como gente que se está divirtiendo en un cabaret, y no pueden permanecer mudos. Van vestidos de forma mundana, aunque después deben entregar en la guardarropía los trajes; mi madre, al salir de Churubusco, debió verse extraña en la calle, bajo el contraste de sus ropas modestas de malos tiempos de exiliados y aquel peinado de bucles que le habrían hecho en la peluquería de los estudios, todavía maquillada.

Precisamente por eso, porque no son gente mundana, que jamás entraría por sus propios pasos a un cabaret de lujo en la vida real, es que el director les advierte tanto sobre la manera de comportarse. Hagan como si la vida les sonríe, les diría Tito Gout con el embudo de lata en la boca. Tienen harta lana que gastar, se la robaron, se la ganaron en puras movidas chuecas, se sacaron la lotería, muchos de ustedes andan aquí a escondidas de sus esposas, matrimonios como quien dice decentes, no se asoman a estos cabarets. Así que olvídense de sus problemas, que yo sé que los tienen, si no, no hubieran venido detrás de esta chamba mugre; pero las caras compungidas y los lagrimones déjenselos a mis estrellas. Ustedes, a hacer como que se divierten. Y el que no sepa bailar, fuera de aquí.

Y ahora recordaba mejor a mi padre a la hora de la tertulia en la acera, en el calor que aún quedaba en el atardecer como el rescoldo de un horno que se apaga, contando cómo fueron a dar de extras de cine. La condición de asilados políticos era insuficiente para que pudieran seguir trabajando, y sus superiores les exigían el carnet de inmigrantes, que nunca lograron. En la Secretaría de Gobernación, en Bucareli, les cerraban la ventanilla en las narices al dar la hora de la comida, los últimos en la cola, a pesar de que llegaban de madrugada a formarse; y entonces, como ya les habían advertido, por muy buena voluntad que les tuvieran, los borraron de la planilla.

Para actuar de extra no exigían permiso de residencia. Pagaban a la salida cada día, a nombre cantado, y había que presentarse todas las mañanas al estudio a esperar llamada, un viaje largo desde General Zuazua donde vivían, cerca del bosque de Chapultepec, hasta Río Churubusco. Bastaba conocer a alguien en el sindicato para colarse, y aceptar sin malas caras la merma en el pago que representaba la mordida. Había quienes atravesaban abrazados una calle nocturna para perderse en la oscuridad bajo tarifa de cuarenta pesos por cabeza; pareja que huía de la lluvia bajo los relámpagos, también cuarenta pesos cada uno; organillero ciego veinte; vendedor ambulante en overoles arrastrando un carretón de frutas, los mismos veinte pesos. Tropa de a pie en la revolución, soldados federales, campesino con el arado, mujer con tinaja a la cabeza, diez pesos. Parroquianos en trifulca a silletazos en una cantina, quince pesos. Los de la concurrencia a un cabaret, cincuenta pesos, porque era requisito saber bailar.

Mi padre había hablado de más de una película en que les tocó actuar durante esa temporada de estrecheces; pero Perdón y olvido debió ser la última, porque según la ficha técnica que aparece en el libro Historia documental del cine mexicano (volumen 5) de Emilio García Riera, terminó de filmarse en agosto de 1950, el mismo año de su regreso a Nicaragua.

Siguió adelante la película y hubo ahora una prolongada percusión de timbales en anuncio de la danza Babalú. Los focos alumbraron a Rosa Carmina vestida en vuelos de rumbera, un pañuelo con nudo frontal atado a la cabeza, de hinojos al centro del escenario con escenografía de selva virgen, y atrás, agazapada en la oscuridad, una comparsa de bailarines pintarrajeados de negro que, al erguirse ella alzando los brazos, entraron en tropel. Mientras tanto, yo esperaba a que la cámara volviera a hacer un panel sobre los mezanines; pero habían sido puestos en penumbra mientras el número proseguía, y en los breves cortes intercalados apenas brillaba en alguna mesa el destello de un cigarrillo. Los focos continuaban derramándose sobre Rosa Carmina, y ahora realzaba en primer plano un ídolo africano que la comparsa de bailarines conducía en andas hasta depositarlo a los pies de la rumbera, entre el humo de los pebeteros.

La siguiente escena fue otra vez un baile de parejas en la pista. La orquesta de Chucho Zarzosa empezó a tocar un bolero y los bailarines bajaron por las escaleras de los mezanines, mi madre en primer plano con el morocho que la traía del brazo, y atrás mi padre, con la rubia. Y todo el tiempo que la cámara enfocó a Antonio Badú y Meche Barba mientras bailaban, y oíamos su diálogo, mi padre quedó detrás de ellos por un momento, abrazado a la rubia, un tanto desenfocado. Mi madre y el morocho sólo aparecieron una vez en cámara durante la secuencia del baile, muy lejanos, entre todas las cabezas; y a la hora de volver a las mesas, la vi sentarse a la suya. Retrocedí la cinta dos veces en esa parte, intrigado. El morocho ya no estaba.

No era usual. No había situaciones sorpresivas entre los extras. Se sentaban en parejas, bailaban en parejas. Seguramente porque Tito Gout (o quien diera las órdenes en su nombre) sabía casados a mis padres, no los dejaba juntos para que no parecieran un matrimonio bien avenido. Pero un extra jamás abandonaba a su pareja por otra ni desaparecía de la escena. Aunque ningún espectador llegara a notarlo, el esquema no admitía anomalías, y en el guión no podían darse situaciones no previstas, capaces de crear confusiones.

Se lo comenté a Guadalupe, y se rio.

–Habrá ido al baño el morocho –dijo–; se habrá enfermado del estómago y nadie se percató de su ausencia, ni en el plató ni a la hora de hacer el corte final en la moviola.

Ya no ocurrió nada que me interesara. Pasada la escena del cabaret, mis padres no volvieron más a la pantalla. Y cuando acabó la película, me quedé fumando frente al televisor, en silencio.

–Si te buscas a un traductor de sordomudos puedes averiguar lo que se estaban diciendo –me dijo Guadalupe, mientras se llevaba las latas vacías.

–¿Lo que estaban diciendo quiénes? –le dije.

–Pues tus papacitos –me dijo, vino a sentarse en el brazo del sofá y luego se dejó resbalar sobre mí, abrazándome por el cuello–. La curiosidad no es ningún pecado.

Yo no le respondí.

–De verdad –me dijo–; uno de esos que salen a veces en un ovalito en los programas de televisión, haciendo señas con los dedos. Alguien que entrene niños sordomudos para leer los labios.

–No valdrá la pena, se estarían diciendo cualquier cosa –le dije yo, sin convicción ninguna.

–Tenemos que saber por qué se fue el morocho –me dijo, otra vez riéndose, y según su costumbre me jaló por los cachetes antes de besarme, como si yo fuera un niño que necesita mimos antes de irse a la cama.

Yo había hecho un documental para Los Pipitos, una asociación de padres de niños discapacitados fundada en los años de la revolución, y conocía bien a la gente allí. A la mañana siguiente, sin decirle nada a Guadalupe, metí el casete en la guantera del Lada rojo, herencia de mis años en la revolución, y fingiéndome a mí mismo que me había desviado de mi camino por distraído, fui a dar a las oficinas de la asociación en el barrio Bolonia.

Desde que traspuse la puerta me sentí pendejo, sin saber cómo iba a explicar aquel capricho tan ocioso a gente que ocupaba el día en asuntos urgentes y concretos. Pero ya no había tiempo de devolverse; podía plantearlo como algo profesional, relacionado con mi oficio de cineasta. Por una excelente casualidad, el director ejecutivo terminaba de sacar unas fotocopias en la máquina que está en el pasillo, y al verme me invitó a pasar a su oficina.

Hablamos primero de mi documental. Me contó que lo estaban traduciendo al inglés, con financiamiento canadiense, y comentó lo bueno que sería filmar otro, no propiamente sobre la institución sino sobre los niños discapacitados en sus hogares, su vida en familia con sus padres, con sus hermanos; y así caímos en el tema de los sordomudos.

No se extrañó de mi solicitud, y ni siquiera alcancé a explicársela por completo. Su único hijo de siete años era sordomudo, y su esposa, psicóloga de profesión, se había especializado en el lenguaje por señales, para ayudarlo. Me invitó a cenar con ellos esa noche en su casa, advirtiéndome cordialmente que me debía esa cena por mi documental; veríamos la película y su esposa podría intentar traducirme esas escenas de sordomudos que me interesaban. Lo interrumpí para explicarle que no, no eran escenas de sordomudos, pero él no quiso seguir oyendo, nos veríamos en la noche en su casa, a las ocho. Y que no olvidara llevar a mi esposa.
Mi compañera, debería haberlo corregido, como se estilaba decir en tiempos de la revolución: fiel a esa herencia olvidada, Guadalupe nunca se siente bien bajo el apelativo de esposa, porque es, insiste, como si se viera con los grilletes puestos en pies y manos.

–¿Cómo te fue? ¿Van a ayudarte? –me preguntó desde su cubículo al verme entrar en la oficina. Ella es la gerente general, la telefonista, la cobradora y la editora en nuestra empresa de filmaciones; en estos tiempos de globalización, todavía pescamos algunos spots publicitarios de cigarrillos y cerveza, aunque cada vez más los traen ya enlatados.

No tenía caso seguirle ocultando nada, y además estaba invitada a la cena.

–Ahora sí sonamos –me dijo con sonrisa maliciosa–. Imagínate esa sesión, tener que explicarles que se trata de tus padres, y que andas averiguando qué es lo que se decían con la rubia y el morocho. Van a pensar que no quieres dejar a tus pobres papacitos descansar en paz.

Le devolví una sonrisa tardía que no me duró mucho. Aunque no lo decía en serio, tenía razón. Al querer descubrir lo que estaban diciendo mis padres en el decorado silencioso de una vieja película, y mala por añadidura, que sólo a fanáticos cinéfilos de medianoche podía interesar, yo estaba inquietándolos en sus tumbas, removiendo sus huesos de alguna manera, perturbando su sueño. Y sus secretos.

Por el momento había decidido no enterar a nuestros anfitriones que se trataba de mis padres. Y esa noche volví a poner el casete en la guantera del Lada y nos fuimos a la cena, que discurrió de manera agradable, lejos de la perspectiva que Guadalupe se había imaginado, como una plática aburrida sobre métodos de enseñanza especial. Era una pareja muy joven y el infortunio de tener un niño discapacitado lo llevaban con decoro, buscando comportarse con una naturalidad valiente, sin dramatismos.

Al comienzo de la cena, el niño vino a darnos las buenas noches, metido en una pijama de una sola pieza con el perro Pluto en la pechera, en las orejas los aparatos de sordera color carne, demasiado grandes e inútiles, por lo que yo podía entender, porque se trataba de un caso sin remedio. La madre le habló y él permaneció con la vista fija en el movimiento de sus labios; y lo que él tenía que responderle se lo dijo por señas, unas señas rápidas, eficaces, fruto de un buen entrenamiento. La madre le explicó quiénes éramos, yo había hecho la película Camino a la esperanza sobre Los Pipitos, y el niño le respondió, según ella nos tradujo, que la había visto, todos sus compañeritos la habían visto también. Me sonrió de soslayo y se fue.

Pasamos a la salita del lado que hacía de oficina, donde el televisor, que habían traído seguramente del dormitorio junto con la casetera, estaba colocado sobre un escritorio metálico, empujado contra el librero para dejar espacio a las mecedoras abuelita, arrastradas desde el corredor. Les advertí que no teníamos por qué llegar hasta el final de la película, bastaba con las escenas de cabaret, que eran las que a mí me interesaban; pero él dijo que a lo mejor le gustaba, no acostumbraba a ver mucho cine mexicano. Sus preferidas, agregó, eran las de Indiana Jones; y entonces estuve seguro de que se iba a aburrir.

Ella vino con una libreta de resorte y un lapicero que se colocó en el regazo, y con las rodillas muy juntas esperó a que el marido pusiera el casete, que primero hubo que rebobinar. Los trazos de prueba, que de manera distraída hacía en la libreta, eran de taquigrafía.

Entonces empezó a correr la película, unos arañazos primero sobre el fondo negro y después un estallido dramático de música sinfónica, mientras pasaban en cilindro los títulos dibujados con letra caligráfica.

A medida que se aproximaban las escenas del cabaret, más que ver la película yo vigilaba a la pareja, pero la vigilaba sobre todo a ella. De ella dependía que aquella sesión extraña para todos tuviera algún sentido para mí, aunque ella no llegara a saberlo nunca; si no averiguaba nada que justificara mi curiosidad, me iba a sentir ridículo. Ya me estaba poniendo colérico de sólo sospechar mi bochorno.

Él, librado de la cortesía en la penumbra, comenzó por limpiar los anteojos y se distrajo rápido; ella, siempre las rodillas muy juntas, esperaba con atención profesional, tras haberle pedido al marido que me entregara a mí el comando.

El cabaret apareció visto desde fuera y su imagen sórdida no correspondía en nada a la de adentro. Vendedores de lotería, un puesto de tortas, una pareja de policías; llegaba un Buick, se bajaba Antonio Badú, esperaba fumando en la puerta hasta que por la acera húmeda de lluvia se acercaba caminando Meche Barba envuelta en un abrigo de pieles y muy cargada de joyas; la tomaba del brazo y, sin decirse nada, entraban. Ella era la esposa infiel, casada con un millonario de viaje por los Estados Unidos, y él, su amante, un gánster que la chantajeaba.

Con el dedo sobre el botón de pausa yo aguardaba el momento inminente en que la cámara se abriría sobre la concurrencia del cabaret, después de que los protagonistas principales se sentaran a su mesa al lado de la baranda del mezanine. Mi anfitrión, tras recostar la cabeza contra el respaldo de la mecedora, una mano en el entrecejo, dejaba colgar la otra en que tenía los anteojos; por el contrario, ella se había adelantado en la mecedora, manteniendo los balancines en el aire, atenta igual que yo. Igual que Guadalupe.

–¡Allí! –se oyó decir a Guadalupe, en un tono exagerado que no dejó de molestarme.

Pulsé el botón, y la imagen de mi padre quedó congelada en el momento en que aplastaba la colilla en el cenicero sin dejar de mirar a la rubia. Puse de nuevo la cinta en movimiento. Ya estaba mi padre diciéndole algo a la rubia, y algo le contestaba ya la rubia. Volví a congelar el cuadro. Como ocurre siempre cuando uno ve muchas veces una misma imagen, iba descubriendo más detalles, gestos más nítidos. El cenicero tenía el emblema de Cinzano. La boca de mi padre se apretaba en una mueca triste, y no se necesitaba mucha imaginación para comprobar que estaba a punto de llorar. La rubia lánguida lucía un collar de perlas falsas de tres vueltas. Y era obvio que estaba escuchando una confesión, extrañada y a la vez compadecida de lo que oía. Quería consolarlo, pero su papel de extra no se lo permitía.

Con un gesto del lápiz ella me pidió que volviera la película al mismo punto. Mi padre aplastaba el cigarrillo, hablaba, la rubia le respondía, y ella volvía a anotar en su libreta, a grandes trazos, sin dejar de mirar a la pantalla. Entonces sentí de pronto que empezaba a desgarrarse una intimidad molesta, que yo no quería ver expuesta ni aún frente a Guadalupe; pero, a pesar de mi disgusto, la sentía penetrar junto conmigo, llena de avidez, en el trasfondo de aquella superficie borrosa que se movía como un telón viejo.

Congelé la imagen y puse los ojos en la libreta. Pero al descubrir mi mirada, ella me dijo que mejor le gustaría presentar todos los resultados hasta el final.

–Puede ser que en los diálogos siguientes encuentre claves que me ayuden a aclarar lo que ya hallé en éste –se justificó, con timidez.

–Es lo mejor –me susurró al oído Guadalupe, que se había puesto de rodillas junto a mí, y en aquel susurro, en el que había miedo a lo inevitable o ganas de darme consuelo, otra vez sentí que estaba ya de este lado, del lado que yo no quería.

–Sí, es mejor –repetí yo mecánicamente en voz alta. El anfitrión se despertó, lleno de susto por su propio ronquido, y me sonrió, azorado.

Seguimos adelante. Ahora el morocho se inclinaba para darle fuego a mi madre. Su encendedor era grande y pesado, de tapadera, y la llama se elevaba perpendicular hasta quemar el borde del cigarrillo, e iluminaba el rostro consternado de mi madre. Reconocí el lunar junto a su boca, que ella solía destacar con un toque del lápiz de cejas. En el rostro del morocho, en cambio, lo que adiviné fue cobardía. La mano que sostenía el encendedor le temblaba y sus ojos, un tanto saltones, ayudaban a realzar su cara de susto, y sobre todo porque los focos caían sobre él a contraluz.

Me fijé en los labios del morocho todas las veces que hicimos retroceder la cinta. No dijo nada. Sólo mi madre habló, una vez que tuvo el cigarrillo encendido, sosteniéndolo con garbo entre los dedos antes de darle una profunda chupada y sacar el humo por las narices. Era algo que debió haber dicho en voz muy baja; nadie que viera esa película entonces, ni tantos años después, podría oírla hablar; pero en el set sí, los vecinos de mesa para empezar.
Ella, sentada a mi lado, sí estaba oyéndola mientras apuntaba en su libreta. Durante la cena me había explicado que para leer las palabras en los labios no importan los gritos o los susurros, tan sólo basta el movimiento.

Las dos escenas del baile en la pista las vimos muchas veces, hacia delante y hacia atrás. Al empezar la última, mi madre bajaba del mezanine del brazo de su pareja y quedaban por un instante en primer plano frente a la cámara fija. Yo congelé por mi cuenta el cuadro, que la noche anterior me había pasado inadvertido, y pude examinar de cuerpo entero al morocho. Todo me repugnaba en él, la corbata de floripones, el largo saco casi hasta las rodillas, los pantalones flojos como enaguas. Y sobre todo, su aire a cobardía.

Pulsé el botón y los dejé bajar para que fueran a perderse entre las parejas. Pasaba bailando mi padre con la rubia, fuera de foco. Las parejas abandonaban la pista. De vuelta en las mesas, mi madre se sentaba a la suya y el morocho ya no estaba.

Todavía pidió ella ver corrida toda la parte del cabaret una última vez, como si quisiera hacerse una idea de conjunto más precisa, y su trabajo tuviera que ver no sólo con las bocas mudas moviéndose, sino también con el escenario que yo creía haberme aprendido ahora de memoria, el estrado de la orquesta con sus colgaduras drapeadas, la pista de baile de ladrillos de vidrio iluminada desde abajo, las barandas de los mezanines artesonadas en crucetas, las mesas con sus lamparitas de sombra que una película en colores mostraría seguramente rosadas, las falsas columnas dóricas adosadas a las paredes.

Agotada la secuencia del cabaret, la película avanzó todavía un trecho, y cuando comenté que habíamos visto lo suficiente, ella se levantó a apagar el televisor, sin darme tiempo de hacerlo yo mismo con el comando.

De vuelta en la mecedora suspiró, cansada, y me sonrió, como si se excusara de su fatiga. El marido se había levantado ya hacía rato al baño, tardaba en volver, y Guadalupe me miró con cara de sospecha juguetona, a lo mejor se había acostado. El niño lloró de pronto, como asustado en sueños, con un llanto gutural, amordazado. Ella se puso de pie, el oído atento, dispuesta a ir a socorrerlo, pero el niño se calló y el silencio que siguió sólo fue roto por el tanque del inodoro que se descargaba.

Iba a ser medianoche. La operación tardaba más de lo que yo había calculado. Guadalupe, de pie detrás del espaldar de la mecedora, puso sus manos en mis hombros y presionó, dándome masajes cariñosos.

Ella entonces, de nuevo en su sitio, pasó rápidamente las páginas llenas de signos de taquigrafía, subrayó algunas líneas, con aire distraído, y me miró, otra vez sonriente, mientras golpeaba la libreta con el lápiz; y entendí lo que quería decirme con esa sonrisa, que ahora era despreocupada, y que yo le devolví, intentando ponerme de acuerdo con ella: cualquier cosa que hubiera ocurrido entre aquellos viejos fantasmas de la película copiada de los reels originales en una cinta máster de video y vuelta a copiar no nos concernía; ni a ella que tenía a un hijo sordomudo, ni a mí que tenía una filmación del spot de los cigarrillos Belmont al día siguiente a las ocho en la playa de Montelimar.

–¿Entonces? –la urgió Guadalupe detrás de mí, con muy poca cortesía.

–Lo que yo he sacado en claro... –empezó ella.

–El hombre del traje traslapado le ha dicho en la mesa a la rubia: “Mi esposa me engaña”. Y la rubia le ha contestado: “No puede ser” –dije yo, interrumpiéndola.

Las manos de Guadalupe se quedaron quietas sobre mis hombros.

–Más o menos –dijo ella, un tanto frustrada, y leyó sus signos en la libreta–: el hombre del sombrero ha dicho: “Marina me engaña”. Y la rubia ha dicho: “No creas”.

Marina, mi madre. Las uñas de Guadalupe se clavaron en mi piel. Ella volvió a su libreta.

Cerré los ojos y tampoco ahora le di tiempo.

–La rubia dijo: “¿Qué piensas hacer?”. Y el hombre del traje traslapado respondió: “Voy a matarlo” –dije, como si hablara en el sopor del sueño.

–“¿Qué vas hacer, Ernesto?”, ha dicho la rubia. Y él ha respondido: “Voy a matarlo, ando armado” –me corrigió ella, con desánimo.

Ernesto, mi padre. Ella dio vuelta a la página.

–La mujer de los bucles, la que fuma, le dice al moreno de pelo rizado...– dijo ella.

–La mujer de los bucles, la que fuma, es Marina– dije yo.

Ella me miró sin comprender.

–Le dice: “Voy a tener un hijo”, dije yo.

–“Estoy embarazada” –leyó ella.

Yo pensé entonces. ¿Qué pensé? El morocho se había ido, mi madre sola en la mesa, reteniendo las lágrimas a las que no tenía derecho como extra. Y mi padre incapaz de matar a nadie. Era una mentira que anduviera armado, nunca aprendió a disparar una pistola; si lo exiliaron fue por escribir en el periódico que Somoza era peor que Dillinger.

Entonces regresó el anfitrión. La casetera se había trabado y no me devolvía la película; él dijo que iría por un destornillador y yo le dije que no, no valía la pena, mañana, ya se había hecho muy tarde. Sólo pedí permiso de pasar al baño, y ella corrió delante de mí a asegurarse que la toalla estuviera limpia. El baño comunicaba con el cuarto del niño, y por la puerta entreabierta lo divisé dormido.

Eran pasadas las doce cuando salimos a la vereda. Sentí los dedos de la mano de Guadalupe que buscaban entrelazarse a los míos, y yo seguía resistiéndome a su intimidad, vaya Dios a saber por qué. El pequeño Lada rojo parecía distante, como si nunca fuéramos a alcanzarlo caminando.

¿Llovía desde hacía horas y era acaso ya noche cuando entraron por el portón de la casa de vecindad de General Zuazua, empapados los dos y sin haberse dicho una sola palabra desde que salieron de Churubusco, cambiando de trole en silencio en las paradas, y sacó mi padre del bolsillo el llavero de cadena, torpe como nunca para encontrar la cerradura bajo la luz mortecina de la lámpara del corredor, un globo esmerilado sucio de cagarrutas, demasiado lejano, y apenas se vio dentro de la pieza no halló qué hacer, no quería voltearse porque sabía que ella permanecía aún en el umbral, sin querer entrar, y al fin, como quien en un arresto de suprema valentía se asoma a un abismo, le dio la cara, y vio su quijada temblar por el llanto que pugnaba por salir, el lunar de la barbilla deslavado por la lluvia, y antes de lanzarse al abismo cerró los ojos, y fue que se arrodilló y la abrazó por las piernas mientras ella lloraba ya entre sollozos convulsivos, iba a gritar seguramente, un alarido, y él entonces se incorporó, y le cubrió con la mano la boca mojada de lluvia y de lágrimas, la sosegó, y sin hallar otra cosa más que hacer le alisó el cablleo, y sintió en la mano la laca de su peinado de extra de cabaret ya deshecho?

La escena de perdón y olvido entre mis padres sólo yo podía imaginarla. Y sólo yo podía imaginarme en la barriga de mi madre en el largo viaje por tren en el vagón de tercera hasta Tapachula, y de allí en buses, una noche en una pensión en Quezaltenango, otra en Santa Ana, la última en Choluteca, para venir a nacer en el Hospital General de Managua, porque hubo necesidad de un fórceps. E imaginar a mi padre, tras el perdón y el olvido, proclamando en las casas del vecindario que me pondría su mismo nombre, Ernesto. Y el morocho aquel tan infame, ¿cómo se llamaría?

–Todo como en tus películas mexicanas –le dije a Guadalupe, cuando encendí al fin la ignición.

Ella sólo puso su mano en mi rodilla.
Managua, enero-junio-diciembre de 1999.
(De Catalina y Catalina, 2001)

El poder


Sergio Ramírez Mercado.

No hay poder duradero sobre la tierra. Todo pasa, todo se borra. Pero en esto no me refiero al poder de don Fulgencio que sí era un poder duradero e imborrable. Un poder palpable a la simple vista. En el pueblo nadie lo puso en duda nunca y por supuesto, porque no había razón para creer lo contrario: un amigo que cayera preso salía al día siguiente sin pagar carcelaje; un asunto de permisos o exenciones de impuestos del plan de arbitrios; una carta de recomendación para ser maestro rural, todo esto era resuelto con diligencia por don Fulgencio, siete años seguidos Juez Local y Líder del Partido, conocedor pulgada a pulgada del terreno que pisaba, de los rostros de los amigos, de la edad de los hijos de los amigos hábiles para inscribirse y votar, de sus debilidades y pequeñas necesidades, de sus entusiasmos y padrino de muchos hijos de correligionarios.

El Juez Local despachaba en la Casa del Cabildo frente a la plaza desierta. La Casa del Cabildo era la principal edificación del pueblo con un largo corredor y postes para amarrar los caballos. Tres palmeras había frente a su entrada principal y desde la ventana de barrotes ensarrados podía divisarse la iglesia de una sola torre de adobe como sus anchísimas paredes y también de una sola campana que se oía repicar en las tardes cuando pasaba un entierrito con la cajita blanca cubierta de flores de papel o para los rosarios a las seis de tarde en el mes de mayo. Pero la plaza siempre estaba desierta, como un gran potrero con el zacate amarillo y dos vsacas o caballos casi siempre pastando. En su extremo sur un riel en donde diario amarraban el cartel del cine con letras moradas y verdes. El aire no corría por la plaza ni por el cabildo ni por la torre de la iglesia. Eran una plaza, un cabildo y una iglesia parados en seco. Ni pájaros, ni ranas, ni ardillas, ni conejos en el potrero que era la plaza. Sólo las tres palmeras con sus palmas agobiadas unas veces verdes y otras veces secas.

A las dos de la tarde de todos los días el Juez Local se aparecía por el lado del riel del cartel del cine, atravesaba la plaza en diagonal poniendo su mano delante del sombrero de fieltro para capear el sol. Sacaba su enorme pañuelo rojo para sacudir sus narices o para secar su nuca. Sobre su nariz los anteojos, escrutaba a uno y otro lado con mirada acuchillante para traspasar las paredes de las casas de sus correligionarios y ver qué hacían, quiénes peleaban con sus mujeres, quiénes fajeaban a sus hijos, quiénes dormían o hacían algo que él no supiera. De vez en cuando componía sus pantalones por detrás, crudos, de manta china, o sacaba su faja de baqueta.

A las dos y pico estaba detrás de su mesa con manchas azul pálido de tinta e incisiones de navaja, despachando los asuntos con su empatador de ras-ras al escribir. Arriba de él, un retrato con el perfil esfuminado del jefe, tras un vidrio polvoso y una cintita negra encima del marco.

A su derecha se sentaba el secretario; un hombrecito pálido y flaco, con la barba sucia como de lija, tosigoso y débil, con las manos heladas y botando caspa cuando meneaba la cabeza peluda. Cuando escribía las declaraciones medio cerraba los ojos para ver porque no usaba anteojos. Tenía otro empatador azul y un tintero.

—Que pase el declarante.

Se sentaba el declarante en el taburete en frente del Juez a rendir su declaración.

—¿Qué vio Usted del asunto?

Como un conejo asustado el declarante volvía a ver a los lados y para atrás, donde esperaban los litigantes fiscalizando el pleito.

—Nada, yo no vi nada don Fulgencio. Yo no estaba en los hechos...

El Juez entonces se inflaba en su justicia y se recostaba en su silla.

—Ah, pues, y ¿entonces para qué viene aquí a rendir declaración de los hechos vistos?

—A mí me trajieron don Fulgencio, yo no quería...

Y el Juez se desinflaba en su justicia y mandaba escribir:

—Que no vio nada de los hechos en autos y que tampoco sabe ni ha oído nada del particular, que no firma por no saber y que oyó que le leímos el acta y está conforme…

Y la justicia pasaba y se repasaba a diario por la mesa del Juez en pleitos de gallinas, de basura botada en solares ajenos, de bochinches por amenazas entre mujeres, de picados que le habían echado mueras al gobierno. La justicia entraba con el pie derecho sólo cuando don Fulgencio no quería que entrara con el pie izquierdo.

—Don Fulgencio aquí está mi tarjeta y este individuo me ofendió y me amenazó con cinchonearme porque dice que le debo y yo no le debo nada...

Y le pasaba la tarjeta que él veía poniéndola de largo y tanteándose los anteojos sobre la nariz.

—“El vigilante de la mesa del cantón núm. 3 hace constar que el Sr. Saturnino Cerda votó por...” Ahh... bueno, amigo y ¿cómo prueba que a Usted Saturnino le debe reales?

Y el otro no tenía tarjetita y entonces estaba cancelado.

—Fue de palabra.

—A pues estás claro, hijo. No hay pruebas. Escribí allí vos: que no hay mérito por falta de pruebas y no hay lugar para esta demanda. Que el demandante no vuelva a molestar a Saturnino Cerda y rinda fianza de guardar paz.

O los pleitos los arreglaba más fácilmente en su casa con huacales de jocotes, pollos, aguacates, naranjas, limones, huevos, verduras, que le llevaban a su mujer o ésta interfería para que el litigante saliera bien y la otra parte condenada en costas, daños y perjuicios.

El secretario nunca decía una palabra y sólo abría la boca para toser tímidamente en su pañuelo y escupir en los ladrillos de barro del Cabildo. Se limitaba a escuchar cómo el juez le dictaba las declaraciones para irlas copiando. Y hasta después las leía con su voz meticulosa y triste, con su voz leal, y siempre los declarantes estaban conformes con ellas.

Y a las cinco de la tarde el juez iba para el lado del riel del cine seguido por dos o tres litigantes, siempre componiendo de atrás su pantalón. Y todo el pueblo sabía que él era la justicia en cuerpo y alma. La justicia hecha a la medida de cada ajusticiado, de cada litigante. Una justicia de una sola pieza y sobre todo revestida de poder. Poder no sólo para ejecutar lo sentenciado, sino poder de entronque, de amistad con el Jefe Político del Departamento, con el administrador de Rentas, de amistades de influencia en Managua. Poder de hacer y deshacer en el pueblo, de quitar y poner colector de la luz, colector del agua, fiel de rastros, policía municipal, Secretario del Alcalde y al Alcalde, Síndico Municipal, Director de la escuela. Manejaba los hilos de la política a las mil maravillas y había que verle la cara para poder conseguir algo, aunque fuera la boleta de terraje de balde para enterrar a un muertecito. Don Fulgencio no era sólo el juez, era el que mandaba. Y el que manda, manda, decía él. Por eso aunque nadie hubiera podido definir el poder, se sabía qué cosa era. Y el poder era don Fulgencio.

Esa tarde estaba despachando en el Cabildo alegremente.

—Hoy vamos a cerrar temprano porque viene a mi casa el Ministro de Hacienda, mi amigo.
—¿Ah? —dijo el secretario que rascaba el papel sellado con el empatador.

—Hoy viene el Ministro a verme a mi casa, me puso un telegrama que venía porque va a pasar de vuelta de ver una finca que quiere comprar por allí. Somos amigos personales y a mí me quiere mucho.

—Hujum —dijo el secretario y sacó su pañuelo haciéndolo como un nido para toser.

—Va a cenar en mi casa ahora antes de irse y le tengo listas unas frutas que me solicitó y otras cuestiones para regalárselas. Seguramente viene con su señora, ella también me estima mucho a mí.

Hablaba dándole golpecitos a su mesa y sonriéndose con la aureola del poder sobre la cabeza. Y el secretario abandonó sus ajás y su tosedera para tirarle una pregunta inquietante:

—Don Fulgencio, ¿y cómo es el poder?

El secretario sentía como todos el poder del Juez pero no sabía cómo era, cómo lo sentía don Fulgencio dentro de él, si le hacía cosquillas, si le apretaba, si estaba o no a gusto. Y esa pregunta fue suficiente para que él se quitara sus anteojos y los repasara con su pañuelo colorado, empañándolos antes con el aliento y dijera:

—Hombré, hoy vas a ver cómo es el poder. Vamos a ir a mi casa.

Y el secretario estaba en la casa del Juez con éste, a la hora en que iba a llegar el Ministro. Barrían, limpiaban los bancos, regaban la calle, recogían la basura del solar. La mujer del juez terminaba de arreglar las cositas que le iban a regalar al Doctor que de un momento a otro iba a pasar pues entre las cosas del poder estaba, por supuesto, ser anfitrión de los Ministros.

El secretario esperaba la revelación exacta del poder para tener un concepto preciso sobre él y para eso lo había llevado el juez. Pero a su ansiedad e interrogante no correspondió la rapidez con que se desarrollaron los acontecimientos y como una declaración lo contaba en la rueda de los amigos en la acera del cine: que él estaba en la acera de la casa, recostado en la puerta cuando se paró la linda camioneta celeste del Ministro; que el chofer se apeó a abrirle al Ministro el que se bajó y fue cuando se vino don Fulgencio con los brazos extendidos desde adentro a darle un gran abrazo.

—Andamos rápido —dijo el Ministro—. ¿Tiene listas las cositas?

—¿No se apea la señora un ratito tan siquiera a tomar un fresco? —preguntó el Juez—.

—No, andamos apuraditos —dijo el Ministro y sonrió—. ¿Tiene listas las cositas? 

—Y entonces entre el Juez y el chofer cargaron en la valijera las cajas de plátanos, el saco de elotes, papayas, naranjas, las cabezas de bananos—.

—Pero no es posible que no se sienten un ratito adentro, que se desentuma la señora —suplicaba el Juez amablemente—.

—Otro día; otro día, amigo; tenemos que estar temprano en Managua —replicó el Ministro, dándole unas palmadas grotescas en la espalda y riéndose—. Gracias por todo, ya sé que todo lo lleva a las mil maravillas Usted aquí, allá tenemos muy buenos informes suyos.

El chofer llegó y le dijo al Ministro: “Dice la Señora que se aligere’’. Y el Ministro se volvió para su camioneta muy orondo y adentro lo esperaba su señora de anteojos obscuros y fastidiada. La camioneta arrancó nuevamente y el Juez se quedó en la acera inflado en las alabanzas y en la deferencia del Sr. Ministro al bajarse.

Ya viste pues —le dijo—. Eso es el poder. A uno lo toman en cuenta.

“Eso es el poder”, asintió varias veces ababosado y cuando la camioneta se fue dejando unas nubes de polvo pensaba que algún día ya no sería sólo secretario sino que iba a manejar el poder a las mil maravillas, así como el Juez.
Masatepe, 1963