martes 14 de octubre de 2008

El ave que cambió su nombre

Por Eduardo Acevedo Parrales.
Tercer Lugar Concurso Cuentos de Patria, (2008).

Eran casi las cinco de la mañana cuando sentí la presencia sutil y precavida de este plumífero encantador. Encantador no sólo por sus colores sino por el canto enternecedor de su melodía.

Soy Carlos, viajero empedernido y trovador de todo el mundo. Me encantan los paisajes, especialmente los de Centroamérica. He recorrido el istmo de sur a norte cautivándome con la belleza exuberante y espesa que aún conservan ciertas selvas vírgenes llenas de serenidad y grandiosa belleza. Soy amante principalmente de las aves, hipnotizado por su variado colorido, especies y cantos. A lo largo de mi recorrido he admirado al quetzal, su verde predominante y su pecho amarillo lo hacen misterioso, su copete rojizo y su cola prolongada que es el símbolo de la realeza y su principal belleza. Es un ave soberbia pero sobre todo glamorosa, tanto, que le fascina posar para las cámaras, por esa cualidad es que logré fotografiarla en varios ángulos y en gran variedad de escenarios naturales.

Me propuse conocer a todas las aves representantes de cada nación y de esta forma fotografié a la guacamaya de Honduras, el torogoz de El Salvador, la lapa de Costa Rica, el quetzal de Guatemala y con esto mi recorrido estaba llegando a su fin cuando me encontraba en Nicaragua, país de grandes contrates, pero de gran belleza natural. Al llegar me indicaron en dónde podría encontrar mi objetivo. Personalmente no la conocía, ni me la imaginaba, ni había visto fotografía, sin embargo su nombre llamó mi atención. Dispuesto a encontrarla me desplacé hasta los humedales del río San Juan, justo sobre la ruta que conduce a la fortaleza del Castillo de la Inmaculada Concepción, en donde aseguraron estaría aguardándome. Estaba lloviendo fuertemente, pero aún así decidido a encontrarla me fui caminando por un sendero algo resbaloso, cuando de repente me deslicé sobre un barranco de considerable altura, sin poderme sostener de ninguna rama, fui cayendo junto con el lodo, golpeándome con cada vuelta que daba en mi accidentado recorrido, hasta que caí a la vera del río, sobre un pedregal y casualmente a las faldas del mismo barranco que fue testigo de mi fatal caída. Estaba lleno de heridas y raspones por todo mi cuerpo, por fortuna con ninguna fractura que pudiese impedirme seguir con mi objetivo de encontrar a aquella ave cuyo nombre se me había olvidado, pues a mí también me resultaba dificultoso el recordarlo sobre todo porque me lo dijeron en náhuatl.

Me dispuse a revisar mi cámara minuciosamente para ver si su lente no se había roto, en esos menesteres me encontraba, cuando de repente volteé para ver hacia mi derecha y observé un hueco; un hueco dentro del barranco. Mi mirada se adentró hacia esa diminuta cueva y con una pequeña linterna que aún conservaba de aquella tremenda caída, le alumbré. Mis ojos no podían creerlo, dentro de aquel agujero se encontraba anidando esa esplendorosa, pequeña y colorida ave, con sus colores tan vivos que hipnotizaban a cualquier espectador. Con la luz de mi linterna logró asustarse y salir de su morada para posar sobre una pequeña rama que yacía a la vera del río. El ave del barranco salió para mostrarme su belleza, sus espléndidos colores y su bella melodía, pero algo que nunca me explicaron los lugareños y que hasta ese momento pude percibir, fue la soberbia de la fisonomía de su cola; dos delicadas pero esplendorosas plumas, terminadas en saetas como en forma de banderitas, siempre conservando los tres colores predominantes a lo largo de su cuerpo. Posó para mi lente como aquellos modelos que desean dar al mundo hasta la última gota de aliento. El ave del barranco posó para mí hasta que la cámara agotó su memoria. En esa ave encontré belleza, soberbia y armonía, pero más aún, encontré la libertad y la nobleza que representa ese pedazo de región centroamericana. Logré terminar el propósito de mi viaje y al regresar a mi país, deseoso de compilar el resultado de mi trabajo decidí conformar un álbum de memorias centroamericanas.

En mi álbum, al desplegar las fotos, siempre tengo que indicar con una leyenda lo que representa cada fotografía. Al pie del ave de Nicaragua cursaba el siguiente texto: “El ave que se guarda en los Barrancos“; esto lo puse en vista de que nunca recordé su nombre original en náhuatl; años más tarde llegaron a declararla como el Guardabarranco, el ave nacional.

El oscuro pecho del zanate

Por William Grigsby Vergara
Segundo Lugar, Concurso Cuentos de Patria (2008).


El zanate tenía los ojos tristes y llorosos, estaba al fondo de un árbol madroño, cubierto por el verde follaje de aquel coloso natural. El árbol sintió que las lágrimas del pájaro resbalaban por su corteza oscura, y entonces le preguntó en su tono ronco y profundo: ¿qué te pasa, pequeño zanate?

El zanate hizo un largo silencio y cerró su pico, hasta que decidió responderle al árbol que lo increpaba: “Sucede que nadie me quiere como ave nacional, todos prefieren al guardabarranco”. Ante la respuesta del pajarillo, el árbol madroño acomodó sus hojas, meció sus ramas para estirarse mejor, y dijo en un tono despreocupado y sabio: “Amigo zanate, debés aceptar las decisiones de nuestros antiguos héroes nacionales, quienes eligieron al guardabarranco como ave nacional”.

Sin embargo, el zanate continuó con la voz casi apagada, musitando su dolor: “Madroño, vos que sos grande y hermoso, nadie te hace competencia entre los demás árboles, ni el roble, ni el eucalipto, ni el chilamate. Sos el indiscutible árbol nacional. Yo, en cambio, no soy tomado en cuenta como un ave digna de representar a la Nación”, concluyó el zanate, cabizbajo y herido.

Entonces el madroño decidió desprenderse del suelo con sus enormes raíces, y le dijo al zanate: “Te llevaré ante la estatua de Andrés Castro para consultarle a quién prefiere como el ave nacional, ¿qué te parece?” Entonces el zanate aceptó —con cierto temor— ser llevado por el árbol madroño ante la estatua de Andrés Castro, en la Hacienda San Jacinto.

Luego de varias horas de caminar y caminar, el árbol madroño llegó con el zanate en sus hombros hasta la estatua del famoso héroe nacional. Entonces el madroño le habló a su compatriota histórico: “Amigo Andrés, el zanate de plumas negras desea saber si preferís al guardabarranco como ave nacional, o si lo preferís a él”. Entonces Andrés Castro abrió sus ojos de cemento, soltó la piedra que tenía en la mano y reflexionó en voz alta: “Amigo madroño, yo creo que el zanate y el guardabarranco merecen ser respetados por todos los nicaragüenses, pero el guardabarranco es un ave más colorida, y tiene más oportunidades de ser el ave nacional”.

Entonces el árbol madroño agradeció la respuesta de Andrés Castro y se despidió del héroe con sus hojas amontonadas. Luego subieron a la loma de Tiscapa para hacerle la misma pregunta a la Bandera Nacional: “Amiga bandera azul y blanco, ¿a quién preferís como ave nacional, al zanate popular y simpático, o al guardabarranco multicolor y tímido?” Entonces la Bandera Nacional hizo gestos abstractos con su tela de algodón, y se bajó a media asta para decir: “Yo creo que el zanate es un ave extrovertida e inteligente, pero el guardabarranco tiene muchos años de ser el ave nacional, y debe mantener su puesto representativo en los billetes y monedas del país”.

El árbol madroño agradeció su respuesta y se fue con el zanate hacia la reina de los símbolos patrios: la flor sacuanjoche.

La hermosa flor yacía en el cabello de una bailarina de folklore, y el árbol madroño le preguntó: “Amiga y reina entre todas las flores, vos que sos la más bella entre todos los símbolos patrios de Nicaragua, ¿a quién preferís como ave nacional, al zanate o al guardabarranco?”

Entonces la flor sacuanjoche respondió con el tono blanquecino de sus pétalos y sus labios amarillos: “Creo que el guardabarranco tiene una cola larga y preciosa como el pincel de un pintor primitivista, el color verde de sus plumas recuerda las hojas húmedas de invierno, y sus tonos amarillos y rojos le dan un aire principesco. Sin embargo, admito que el zanate es un ave muy hermosa y abundante, y merece ser tomada en cuenta con justicia. Sugiero que de ahora en adelante, el zanate sea incluido en la letra del Himno Nacional”.

Cuando escuchó estas palabras, el zanate se sintió profundamente agradecido con la flor sacuanjoche, le besó los pétalos suaves y delgados, y se fue con el rostro feliz en los hombros del gigante madroño. Desde entonces, cada vez que suena el Himno Nacional, el zanate siente en su pecho oscuro la inspiración del canto a la patria.

Sol de Septiembre

Por Ulises Juárez Polanco
Primer Lugar Concurso Cuentos de patria (2008)

¡Qué extraño es el país de las lágrimas!
Antoine de Saint-Exupéry

La casa era humilde y no ayudaba que fuéramos catorce chigüines. Mamá vendía pan en el pueblo y nunca conocimos a papá; escuchábamos esa palabra y no la identificábamos con nadie ni nada, quizás con las papas que rara vez comíamos.

El mayor de nosotros, Primero, nos cuidaba. Ya no lo recuerdo, se fue a esta guerra apenas inició y nunca regresó. Un día le dijo a mamá, “Me voy al ejército, la Patria me reclama”. Me pareció extraño, su novia era Teresa, así que por días indagué sin éxito por esa tal Patria. Los más compasivos me preguntaban si el nombre no era Patricia o Priscila; yo llegué a pensar que en el mundo sólo había una Patria, aquélla que raptó a mi hermano y que sería hermosa y tranquila, a diferencia de Teresa, quien me caía mal. Pobre de mí, tenía diez años.

Luego fueron marchándose, uno a uno, mis otros hermanos. Cuatro de ellos se fueron en pareja, con un par de días de diferencia y a bandos contrarios. Así se fueron Segundo y Quinto, Tercero y Séptimo. Un mes después, Cuarto, Sexto, Octavo, Noveno y Doceavo (él dos años menor que yo) se sentaron en los tablones del patio, llamaron a mamá y la abrazaron: “Es por la Patria, vamos a luchar por ella”.

La guerra continuó en el país; cumplió ocho años de fuego y acero y en casa sólo quedamos cuatro hermanos. Mamá ya no vendía pan, el maíz costaba demasiado y de todos modos la gente del pueblo no tenía cómo comprar los bollos, así que entre todos le compramos una Singer centenaria que supuestamente fue de Blanquita Aráuz, la mujer de Sandino.

Una tarde mamá recibió un telegrama donde le pedían bajar al pueblo. Todos querían acompañarla, pero se los prohibí. Como hermano mayor, les ordené quedarse y no salir bajo ninguna circunstancia. “Alimenten al chancho, el pobre parece perro”, fue lo último que les comenté cuando salí hacia mi destino. “Mamá, vos también te quedás. Ahora iré yo”. Jamás olvidaba la entereza con que mi madre, vestida triste de negro, había caminado nueve veces rumbo al pueblo a recibir la noticia de muerte en combate de alguno de sus hijos.

Llegué a la oficina y elogiaron mi valor de aparecer. Me arrastraron al cuarto contiguo mientras me resistía bajo una fachada. No era ningún baboso, ya tenía edad para el servicio militar y sabía que si no me enlistaba “voluntariamente” irían a la comarca a buscarme, y tal vez a Onceavo, Treceavo y Catorceavo, ¡ninguno de ellos tenía trece años! Por eso fui, por ellos. Odiaba esta guerra que mataba con balas a los involucrados y de hambre a los civiles, mientras los culpables felices en sus fincas y mansiones.

“Aquí dice que tenés edad suficiente para luchar por la Patria”, dijo el sargento. Ya lo ven, nuevamente ella. Para alguien a quien “la Patria” le había arrebatado diez hermanos, tal explicación era la peor forma de reclutamiento. Hice lo planeado. Me escapé nomás tuve la oportunidad y me uní a la guerrilla para sí luchar por la Patria.

Los años pasaron y de no ser este mundo incomprensible, hubiera sido feliz con esta guerra que pronto ganaremos.

Pero no lo seré.
Sé que hoy cuando liberemos al pueblo, me encontraré a Onceavo y Treceavo repeliendo la toma, leales al tirano. Ordenaré a mis hombres un alto al fuego. Les gritaré qué diablos están haciendo ahí, y mis hermanos dirán, “luchamos por la Patria”. Suspiraré bajo el sol de septiembre, mis lágrimas lamentarán que nadie nos enseñara que la Patria es una y que luchar “por la Patria” es luchar contra ella.

Las ráfagas siempre tiñen la tierra con sangre de hermanos.

Si lo hubiésemos aprendido antes, si alguien nos hubiera domesticado en la paz, y no en la guerra, mamá nos tendría en la comarca, a nosotros catorce, viéndola coser con su Singer centenaria. En cambio, mamá sólo tendrá aquellos telegramas fúnebres y en vos, Treceavo, hermano mío, al último de nosotros.

Todo porque en este país de las lágrimas nadie aprende que el hogar es la Patria y la Patria, el hogar.

viernes 10 de octubre de 2008

La hormiguita (cuento)

Autor(a): Anzuna46
(En memoria de Mario Zúniga, muerto por la guardia Somocista)


El podría ser descendiente de una de ellas; caminando y caminando por el mismo camino, llevando siempre sobre sus hombros el sufrimiento y la miseria de su pueblo. No era de esos que luchan un día y se sienten buenos; él luchaba todos los días, era una de esas hormiguitas indispensables, que hacen camino al andar.

Y es que Bruno es así; silencioso, trabajador, (como una de ellas), pero con cabeza de hombre sabio. Bruno no piensa de un solo golpe, pues eso a él le da mucho dolor de cabeza; pero sí asimila las cosas de una forma suave y lenta, muchas veces él pensaba contando y cuando llegaba a cien, él ya sabía que hacer; Y es que no le gusta despertar bruscamente.

Llega la noche - tragándose la angustia del día – Sale una luz invisible, iluminando la mente de Bruno, le dice que para él no hay sueño; habrá que despertar la realidad en aquel pueblo que se durmió hace más de cuatrocientos años.

Bruno solo tiene sus manos como herramientas de lucha y su mente, claro está, como impulsora de sus emociones reprimidas. – El desea cambiar las cosas, no de lugar, sino de fondo. Sabe que la historia está a su favor. Que todo movimiento es avance.

Bruno piensa como mecánico .Sabe que la cosa en general está descompuesta, pero también existen elementos recuperables. El se siente como una batería solitaria, pero llena de energía.

Hacía dos semanas, que habían planeado tomarse el comando del pueblo; él, Mario, Renato, Salvador, Horacio, y otros más, de esos que se quitan el nombre por seguridad y se ponen las pilas por convicción. Ya uno de ellos había dicho:

¡Aquí necesitamos Hombres, no Nombres!, nuestros nombres algún día serán desenterrados por la historia y tendremos la gloria de formar parte de la nueva sociedad.Bruno casi no ha leído a Marx; pero sabe que Marx está con él.

La pobreza, la miseria y la explotación son términos reales de su pueblo. Sabe también, que el trabajo todo lo cambia; pero no el trabajo que da sustento y poder a la burguesía, si no el trabajo social y compartido; organizado de tal forma, que llene las necesidades más importantes de nuestra sociedad.

El reloj de la fábrica, bostezó las doce horas –Habían quedado en reunirse en el patio trasero de la iglesia, que dista a dos cuadras del comando.

En el patio trasero de la iglesia; debajo de tablas, zinc y otros desechos, depositaron las escasas armas que tenían.

Abrió la puerta con sigilo – Divisó la noche y estudió sus sombras -¡Cuántas veces había tenido de amante a la noche¡-Sombras de olvido - cobija de aquél pueblo dormido, pero también sombras en donde el peligro acecha.

Vio el cielo estrellado. Le dio la sensación de que mil ojos sueltos estaban al tanto de sus movimientos; y muy quedo les dijo:...Duerman estrellas.

- Esta noche es mía –Ya vendrán noches de calma, en donde el cantor de la nueva sociedad, traspase el azul con su canto de vida.

- Llegó al punto - como llegan los corredores que quieren alcanzar la victoria.
Divisó a los demás y miró en ellos su mismo rostro reflejado; expresiones que dan la idea de volcanes a punto de explotar, pero de serena belleza.

¡Es el alma de la patria a punto de saltar en mil pedazos!
Cada uno acarició su fusil; viejo pero fiel compañero-silencioso en la paz-escritor de historias, cuando surge su lengua de fuego.

¡Yo te amo fusil del pueblo; que te acostaste con tantos guerrilleros y jamás te prostituiste!

¡Yo te amo fusil, arrebatado de manos criminales que vendieron tu uso al imperialismo!

¡Yo te amo, porque de ti salen luces de liberación, que apagan la vida de los opresores¡

Bruno se encontraba en estas meditaciones , cuando las cosas empezaron a retroceder.

En la segunda planta, por la ventana de la sacristía, el ojo del sacristán se parecía al ojo de Judas y pensó que treinta monedas no le vendrían mal para comer un día.

El sacristán despertó al cura. El cura llamó al comando y pensó que sesenta monedas no le vendrían mal para comer dos días.El cabo del comando llamó al capitán Departamental, y pensó que noventa monedas no le vendrían mal para comer tres días.

Las llamadas se alargaron en la distancia; las respuestas se acortaron en el tiempo.

Todos pensaron que el Capital estaba en peligro.

Se mandaron hombres, pertrechos, tanques, aviones. Demasiadas cosas para despertar a aquel pueblo dormido.

-La lucha se dio desigual –tronó lo que tenía que tronar –murieron los que tenían que morir – despertaron los que tenía que despertar.

-La tumba de Bruno tiene un hoyito; por él sale una hormiguita con cabeza de hombre sabio, a picar a la gente.......y es que Bruno es así: !Pica donde más duele!

martes 8 de abril de 2008

La virgen de la paloma

Por Rubén Dario

Anduvo, anduvo.

Volvía ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa infantil, armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde brotaba aquella risa.

Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.

La madre mostraba al niño la paloma, y el niño, en su afán de cogerla, abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía como un nimbo; y la madre, con la tierna beatitud de sus miradas, con su esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de gracia, irridiando la luz de un candor inefable. El niño Jesús, real como un dios infante, precioso como un querubín paradiasíaco, queria asir aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.

Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.

En busca de cuadros

Por Rubén Dario

Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y del chocar de las herraduras de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; de las carreras de los corredores frente a la Bolsa; del tropel de los comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y de cuadros, subió al cerro Alegre que, gallardo como una gran roca florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas y niños rubios de caras angélicas.

Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones, que anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los bancos, que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con sombrero de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso sombrero de copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz que brota de las vidrieras, los lindos rostros de las mujeres que pasan.

Más allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupos, el horizonte azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol. Donde estaba el soñador empedernido, casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían los estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del Camino de Cintura e iba pensando en idilios, con toda la augusta desfachatez de un poeta que fuera millonario.

Había allí aire fresco para sus pulmones, cosas sobre cumbres, como nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas enamoradas; y tenía, además, el inmenso espacio azul, del cual - él lo sabía perfectamente - los que hacen los salmos y los himnos pueden disponer como les venga en antojo.

De pronto escuchó: - ¡Mary! ¡Mary! Y él, que andaba a caza de impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.

viernes 4 de enero de 2008

Un güegüe me contó

Por María López Vigil
Cuento infantil Nicaragüense

En el principio, al comienzo de todo, Nicaragua estaba vacía. Vacía de gente, pues. Había tierra y había lagos, lagunas y ríos. Y muchos ojos de agua. Pero no había ni mujeres ni hombres para mirarlos. Las mojarras y los guapotes, también los cangrejos, eran dueños de las aguas y vivían en ellas y hacían en ellas lo que les salía...

También estaban los cenzontles y los colibríes volando alrededor de las flores y los zanates instalados en los árboles. Y estaban los árboles: el jocote, el granadillo, el jícaro, el malinche, el chilamate, el cedro real y un poco de árboles más. Los perros zompopos corrían entre las piedras y los garrobos salían a tomar el sol sin que nadie los molestara. Coyotes, leones y dantos andaban de vagos por el monte y se hartaban tranquilos.Ya estaban los volcanes cocinando lava y botando humo, pero todavía no había nadie en Nicaragua. Nuestra tierra estaba vacía. Vacía de gente, pues.

En el principio, al comienzo de todo, dicen que ya estaban los dioses. Los dioses vivían allá, por donde sale el sol. Nadie se asomó nunca por el rumbo de los dioses. El dios Tamagostat era varón y guardaba la luz del día. De sus manos venías todas las cosas buenas y también todas las cosas buenísimas. La diosa Cipaltonal era mujercita y guardaba la noche. O más que todo: guardaba el momento de la noche en que llega la luz y empieza a ser de día. Era la guardiana de la aurora. Cipaltonal era linda, tenía la cara pintada con los colores del amanecer.

Tamagostat se enamoró de ella, se volvió dundito por ella.Para encontrarla recorrió el cielo a toda hora. Pero no la halló.Tanto y tanto caminó Tamagostat que todas las nubes se dieron cuenta de que era un dios enamorado. Un día, una de ellas se apiadó de él y le reveló el secreto:

- Mirá, hombre, a la linda Cipaltomatl sólo podrás hallarla si te alistás para cuando el sol abra su ojo y deje escapar su primer rayo de luz. Sólo entonces.

Tamagostat hizo posta en las misma nalgas del sol, se desveló, estuvo de vigilancia, hasta que un día, por fin, cuando el sol abría su ojo izquierdo, logró mirar a su amor. y su amor lo miró a él.

- ¡¿Ideay?!

- Cipaltonal, te quiero tanto, tanto, tanto...

Entoces, la cara pintada de amanecer de Ciapltonal se puso roja, roja, roja.

Estaba más linda que nunca. Tan linda que Tamagostat dio un brinco por encima del primer rayo de luz y la besó en la boca.

- ¡Jodidoooo! -se oyó gritar al sol-. Así fue. Aquel día el amanecer no fue igual al de otras mañanas. Tuvo tres mil colores nuevos. Colores tan bonitos como nunca se había visto antes y como nunca más se volverán a ver. De aquel beso de nuestro padres nacimos todos nosotros los nicaragüenses.

Un poquito después del principio empezaron a llegar hombres, mujeres y chavalos.

Por aquellos tiempos lejanos, que ya nadie recuerda, ni doña Tula, las tierras de América, desde más al norte de lo que hoy son los Estados Unidos hastala mera Patagonia, al sur más al sur, estaban vacías de gente pero repletas de animales.

Nuestros abuelos abuelísimos vinieron a cazarlos. Hicieron viaje de muy largo:del Asia, de oriente, de donde nace el sol.

Un día que no está escrito en ningún calendario agarraron sus calaches y vinieron para aquí.

- Unos a la bulla y otros a la cabuya.

Legaron en molote, llenando de a poco todas las tierras de América. También en molote llegaron hasta Nicaragua. Y al mirarla, decían los abuelos chinos:

- ¡Chocho, qué tierra más pijuda!

Se instalaron aquí. Eran tendaladas de animales las que había: bisontes,elefantes peludos llamados mamuts (de esos que sólo pueden mirarse en los museos), tigres dientudos y caballos con colochos y venados y chanchos de montes...

Todos eran animales buenos para hacer carne asada.

De a poco, los abuelos chinos ya fueron teniendo la piel del color del contil.

- Ya éramos indios, pues.

Aquellos primeros nicaragüenses se fueron instalando por todas nuestras tierras.Unos por los bosques del norte, desde Teocacinte buscando al este, otros porlas orillas del Coco buscando el Atlántico.

Unos en las montañas del centro y otros junto a los lagos.

Unos al occidente y otros al oriente.

- Cada lora a su guanacaste.

Donde más gente se arrejuntó fue a lo largo de la costa del Pacífico.Aquellos primeros nicaragüenses no tocaban aún la marimba ni bailabanpalo de mayo, no comían ni rondón ni gallo pinto.

Eran tiempos demasiadísimo antiguos. Los nicas aquellos eran arrechos a cazar.Cazaban y pescaban. Y como sabían hacer el fuego se preparaban un almuerzo soñadito con carnita de monte o con un guapote frito. También bailaban, jugaban,reían y contaban cuentos. Eran felices y eran parejos. Porque eran parejos eran felices.

Mujeres, hombres, niños y viejitos: todos parejos.

- Es correcto: a nadie le falta nada y a nadie le sobra nada.

Pero la historia siempre tiene sus bandidencias. Cuentan que algunos de aquellos cazadores hicieron sus casas en Managua, junto al lago, y que un día, a saber por qué vaina, el abuelo Chepe-Nepej amaneció gritando:

- ¡Quiero pinol!

Para aquel entonces nuestros abuelos no conocían ni la siembra ni la tapisca.Ni idea tenían del maiz y mucho menos sabían qué fueran el pinol.Por cuenta fue grande el asombro por la necedad del señor,que gritaba y gritaba:

- ¡Quiero pinol!

Y dicen que tanto gritó aquel jodido que Managua entera se alborotó.

Y todo mundo se preguntaba:

- ¿Qué chunche será ese pinol?

Y era una sola infanzón por donde la casa de Chepe-Nepej, una cuadra al lago media al sur.
- ¡Quiero pinol! ¡Quiero pinoooool!!!!

Y después de una hora, de tres horas, como nadie le daba pinol, Chepe-Nepej,de malcriado, agarró una hacha de piedras bastante filudita y, zacaplás, la levantópor encima de las cabezas de todos. Al verlos así tan bravo, los managuas, y hasta los venados y los bisontes, salieron en carrera hacia el lago.

_¡Quiero pinol! -gritaba Chepe-Nepej-, ¡Quiero pinol!! -gritaban todos-. Y todos corrían.

Y cuentan algunos que aquel mentado día del pinol, el molote que se armó fue tantremendo que el lago y los volcanes también se alborotaron. Y cuentan más: que los tres volcanes de Managua, el Asososca, el Nejapa y el Tiscapa se les removieron las tripas como que tuvieran currutaca y cocinaron ligero una lava calientísima que llevaba piedras, cenizas, fuego y toda chochada y burumbumbún, estallaron. El río de lava y la lluvia de cenizas alcanzaron a los managuas mientras unos corrían de allá para acá y otros de acá para allá.Aquel ayote terminó ahumado: el fuego ardiente les quemó el fundillo a todos.

- ¡Por este baboso que quería beber pinol, terminamos desmambichados!

Y le echaba verbos al mañoso de Chepe-Nepej. La huellas de los que corrieron en aquel molote quedaron marcada para siempre en el lodo que vomitóel volcán por el rumbo de Acahualinca. Y hasta el día de hoy se pueden mirar.

Hay otras muchas historias sobre esas huellas.

Esta del pinol es una no más, por cuenta no la más cierta.

Dicen que sólo iban cazando un bisonte o que salieron de paseo o que hacían viaje con sus maritates o que. A saber.