4 de abril de 2013

El hombre y la manzana

 
Joaquín Pasos
Había en la plaza pública del pueblo un árbol nacional. Era un manzano que tenía una sola fruta en sus ramas. Esta manzana era hermosa, fresca, y todos los señores serios del pueblo la querían para sí.

Cada domingo se reunían los viejos alrededor del árbol, y uno tras otro brincaban por coger la manzana. Unos la querían porque decían que era una fruta milagrosa que hacía rejuvenecer. Otros, porque era muy jugosa. En fin, todos se la querían comer. Todos, excepto uno de los vejetes, el que era más constante y más tempranero los domingos, el cual brincaba hacia la fruta, no precisamente por ganas que le tuviera, sino porque había prometido a su mujer llevar la manzana a casa para adornar la sala.

 

Metamorfosis


Henry Rivas

Me nacieron. No quise nacer, pero me nacieron varón en vez de mujer y me clasificaron como una mariposa. Siempre las clasificaciones.
Yo era diferente y el hombre se había complicado la vida y quise alejarme del hombre porque quería ser feliz y con mi poder de adaptación dispuse la tabla mágica de las transformaciones y me transformé en humo y fui feliz en el fundillo de la gallina, y me transformé en lluvia y fui feliz mojando las ciudades y me transformé en pájaro y fui feliz cagando los sombreros de las señoras y los trajes de los señores y los carros y las mesas de las terrazas de los cafés, y me transformé en cáncer y fui feliz comiéndome los pechos de Lolita. Pero llegó un día en que me cansaron las transformaciones y quise volver a mi estado primario y me transformé en hombre y al transformarme en hombre me volví loco.

El aruño

Fernando Silva

Lino Pérez venía de Romero, por Santa Cruz, cruzándose la montaña por una vieja abra que dejaron unos huleros. Don Lino venía acompañado por dos perritos, la Golondrina y el Pinto Trola cargado su saca hulado con ropa en el hombro y en la otra mano su machete y un palo que lo traía de bastón.

Venía pasando por unos bejucales, cuando de pronto siente que se le espantan los perras y en eso el animal que le cae encima desde arriba de las ramas de un guabo seco. El animal le cayó encima del hulado y el viejo dio el brinco sobre unos espinales con un gran susto, que sintió que tenía parado el corazón. Y que no podía respirar.

El animal se le sentó en frente vialinando el espinazo y con las enormes dientes. El viejo jochó a los perros mientras le asestaba un varazo en la nariz. El animal casi le quita el palo, los perros le latieron a la orillita, quiso el tigre coger a un perro, pero el perro se le zafó, el tigre se puso nervioso, el viejo le volvió a zampar, un perrito se le fue por delante, jai, jai, mientras el otro por detrás le latía también, el viejo le tiró otro varazo, el tigre le voló su manotón, el perrito le volvió a latir orillado y el animal se volteó  mientras el viejo le metió un jincón con el machete en el pescuezo y el animal bramó y se fue para atrás.

El viejo a cada movimiento le iba soltando la boca al saco hulado, hasta que en una de esas, cogiendo el viejo de una punta el saco, le echó al animal la rapa encima y con el machete lo jincó duro, cogiéndolo bien, el animal hasta se mió, el viejo le dio de filo en la coronita, el perrito le mordió la cola, el animal le tiró su manotón al viejo y él se sacó el tiro con el palo, pero lo atrasó un tranco y la uña de la pezuña lo cogió apenitas, por el hombro derecho, haciéndole una herida sobre el pellejo hasta el otro lado, pasándole por la barriga con todo y camisa.

El animal se ladeó bramando y el viejo le dio otro machetazo y el animal bufó estirándose pesado sobre el suelo. El viejo todavía lo acabó de matar y los perros no dejaban de latir. Llegó el viejo ya de tardecita a "El Castillo" y le curaron el aruño.

Los magos enemigos


Ernesto Mejía Sánchez

A la convención anual de magos y similares llegaron dos meridionales andaluces que se odiaron a primera vista. Durante una semana, que un oriental alargó por seis años sin ser sentidos, todos lucharon encarnizadamente por demostrar el poder de sus artes. Uno, llamado el Antropólogo, se devoró a sí mismo, comenzando por los pies, y luego se parió, entero, por la boca. Otro tendió una soga en el aire y durmió allí la semana completa. Se ejercitaron millares de trucos y maleficios, desde la inocente magia blanca hasta la nigromancia más demonial. La lección del pensamiento ajeno llegó a proporciones inigualadas en la distancia y la perversión. Se puede decir que aquel grupo de compañeros de oficio se complacía en el aniquilamiento de sus propias virtudes, como si se tratara de cualquier contingente humano descarriado de la piedad. El acto final estuvo a cargo de los meridionales. Ambos clavaron los ojos en el entrecejo de su contrario, descifrando al instante sus mutuas y no ocultas intenciones: a la vista del público desaparecieron los dos, sin estrépito. Sólo quedaron los turbantes y albornoces en el estrado. Hoy se conservan en un rincón de la Capilla de Ánimas de la mezquita de Córdoba y conceden la gracia de apresurar la desaparición de los enemigos, antes de que termine la misma mozárabe del 31 de diciembre de cada seis años terminados en siete. Esto sucede sólo cuatro veces en medio siglo; mientras tanto, nuestros enemigos han progresado violentamente o uno ha muerto de la misma manera.

Los inactuales


Apolonio Palazio

(Estampas nicaragüenses, Managua, Tipografía Atenas, 1948)

Dos familias se odiaban a muerte: la de los Ñoriongues y la de los Ñurindas.

El diablo se aparecía cuando uno menos lo pensaba, detrás de la casa. Las ceguas se atropellaban en los solares, con sus dientes de cáscaras de guineos y sus cabelleras de cabullas. La carretanagua recorría las calles al peso de la media noche sembrando el terror con su pavoroso ruido... Y la gente se veía amenazada en todas partes por las almas en pena, brujas, hechiceras y padres sin cabeza.

Dicen que el pleito entre Ñoriongues y Ñurindas comenzó porque se disputaban los propios y arbitrios del pueblo. Otros afirman que el pleito empezó por cosas de menor monta. Pero es el caso que a lo mejor las dos familias se entregaban a grandes y descomunales batallas campales, en las que algunas veces vencían los Ñoringues y otras los Ñurindas, pero siempre con grandes pérdidas para ambas, pues vencedores y vencidos quedaban desastrosamente averiados.

Cada uno de los contendores vivía exclusivamente para el odio y la pelea. La calumnia y la injuria se elevaron entre ellos a un culto diario, imprescindible. La inteligencia natural de los individuos, si alguna tenían, la empleaban en buscar cómo hacer más fuerte la ofensiva. Llegaron a ser de tal modo que hasta tenía cada una de las familias, grandes partidas de perros que a muy prudente distancia tomaban parte en los bochinches periódicos de sus amos, y que vivían ladrando desde sus respectivos patios, haciendo que nadie olvidara el agravio recibido.

Pero sucedió que una vez, tras una sangrienta reyerta, Ñoringues y Nurindas regresaron a su base muy cambiados de cómo volvían antes. Veían a muchos de los suyos mutilados, deformados por las heridas. Y cuando entró la noche, los más viejos, los que se creían más culpables de aquellas horribles matanzas, hicieron en su interior el balance de sus tremendas responsabilidades. Pasaron días y días y ninguna de las dos familias daban trazas de querer volver a la pelea. Miembros de ellas se encontraban en calles y caminos y hasta se saludaban. Al principio se hallaban recelosos, pero después fueron entrando en confianza, como amigos.

El pueblo se vió prosperar en pocos días. Las crucetas y los fusiles se cubrían de sarro en los rincones de las casas. Ñoringues y Ñurindas se visitaban, fraternizaban. En todo el pueblo había paz. Sólo los perros, ya viejos y con los ojos telarañosos, seguían ladrando, como en otro tiempo, para concitar los ánimos a la lucha. Ladraban en vano. Nadie quería pelear. Desde entonces, en el pueblo, dieron el apodo de “inactuales” a los perros de los Ñoringues y de los Ñurindas. Algunos todavía siguen ladrando. Son los especímenes del periodismo intransigente, mordaz y sectario.

Perlita la única


Adriana Dorn Rodríguez

En la pequeña tienda de mascotas “Hogar Animal” la rebeldía tenía un nombre: Perlita.

Perlita era una cachorrita bien distinguida. Viniendo de una camada de cinco hermanos completamente negros ella salió negrita con patitas blancas y muuuy necia. Con el tiempo, sus hermanos fueron desapareciendo en manos de personas mientras ella simplemente era ignorada por sus patitas blancas y su falta de quedarse quieta. Perlita no era de culpar, simplemente era diferente.

Doña Lupe, la dueña de la tienda, adoraba a Perlita. Desde que la vio le llamó mucho la atención, pero no por sus patitas blancas, sino porque era la rebelde de todos sus hermanos. Perlita se apartaba y exploraba todita la tienda, oliendo, lamiendo, probando, mordiendo, rompiendo, apartando y ladrándole a todo lo que se le cruzaba en su camino. Doña Lupe a veces se encontraba con su tienda regada de un sin número de cosas y pobre Perlita llena de quién sabe qué cosa.

“¡Ay Perlita, sos un caso! ¡¿Qué voy a hacer con vos?! gritaba doña Lupe al ver el desastre. Pero Perlita la quedaba viendo con ojitos de “yo no fui” y se iba a sentar en la alfombra de la tienda que decía “Bienvenidos” a esperar nuevos clientes. Perlita solo quería aprender y descubrir cosas nuevas a su manera.

“Parece que sólo yo te entiendo Perlita. Las personas no te quieren porque la costumbre es tener perritos completamente negros o completamente blancos y nada de gris. La gente tiene miedo en ir contra lo que se acostumbra, pero yo sé que eres muy especial”, le dijo doña Lupe sonriendo.

Pasó el tiempo y doña Lupe empezó a observar a Perlita. Se dio cuenta que a pesar de lo rebelde, Perlita era muuuuy coqueta. Brincaba y botaba los perfumes para perros y los mordía hasta abrirlos sólo para revolcarse en el aroma. Pasaba la mañana lamiéndose las patitas para que estuvieran bien peinaditas y sedosas y luego se montaba en la pecera al lado de la vitrina para que la gente la viera.

“¡Ping! ¡Ya sé Perlita ven acá!” Doña Lupe agarró a Perlita y empezó a pulirla. Le cortó el pelo, la bañó, la secó, la peinó, le puso lacitos en las orejitas, un collar con brillantitos y no podía faltar el perfume. ¡Gran talento el que tenía doña Lupe! ¡Perlita se vio en el espejo y se volvió loca! Posando de todas las maneras viéndose cada ángulo y ladrando de la emoción. Corrió hacia la vitrina montándose nuevamente en la pecera y empezó a posar como lo hizo frente al espejo, la gente también se volvió loca.

Al día siguiente doña Lupe tenía la tienda llena de personas con sus perros pidiendo el mismo corte de Perlita, algunos incluso pidiendo que les tiñeran las patitas en blanco. “No puedo darle el mismo corte de Perlita y mucho menos las patitas blancas porque todos los perros son diferentes, pero sí prometo resaltar la belleza única que tiene cada uno de ellos”, explicó doña Lupe, y así fue.

Doña Lupe estaba llena de trabajo y muy contenta. De repente escuchó a Perlita ladrar encima de la alfombra y vio que un hombre alto, delgado y muy elegante la acariciaba. “Buenas tardes, mi nombre es Feliciano Montegro y soy experto en tiendas de mascotas, tengo 56 tiendas alrededor del mundo. He visto cómo Hogar Animal se ha vuelto una sensación y me gustaría comprar y expander Hogar Animal usando a Perlita como imagen de la marca”, dijo el Sr. Montegro.

Perlita y doña Lupe se quedaron viendo con ojos de sorpresa, ¡no lo podían creer! Pero Perlita bajó la cabeza y se sentó al lado de doña Lupe. Doña Lupe sonrío y sabía exactamente lo que debía decir:

“Muchísimas gracias Sr. Montegro, lo que usted nos ofrece es una gran oportunidad y cualquiera moriría por aceptarla, pero tendré que decir que no. Hogar Animal es mi vida, me hace feliz, mejor dicho, NOS hace feliz, y venderla sería el peor error. La felicidad no se vende ni se compra”. El Sr. Montegro les sonrío y se fue de la tienda.

En cuestión de meses Hogar Animal se convirtió en la tienda de mascotas más popular del país gracias a Perlita. Su rebeldía y sus patitas blancas motivaron a doña Lupe en mejorar la tienda de mascotas e hicieron que los clientes aceptaran las diferencias rompiendo las viejas costumbres.

“Perlita, la belleza viene en diferentes formas y tamaños y fue tu belleza interior la que me cautivó y tu belleza inusual la que hechizó a todos mis clientes; yo sabía que eras especial”, expreso doña Lupe.

En la gran tienda de mascotas “Hogar Animal” el éxito tenía un nombre: Perlita.

 

19 de marzo de 2013

La jirafa embarazada



Sergio Ramírez Mercado

Para Carlos, Alejandro, Luciana, y Andrés.

El circo entró en dificultades después que un ciclón se llevó la carpa que se fue volando sobre el lago, y las funciones tuvieron que hacerse a partir de entonces a la luz de la luna. Además, la gente estaba pobre, y aunque se rebajó el precio de las entradas no muchos asistían, y los gastos eran considerables. Había que pagar sus sueldos a los músicos, trapecistas, malabaristas, payasos y bailarinas, darles de comer, y dar de comer a los animales.

Sólo la mujer más gorda del mundo se comía una arroba de carne al día, y a falta de carne se puso flaca como un fideo. Otro tanto se comía el león, rey de la selva; pero como lo tenían racionado, el león empezó a perder su cara fiera y ya no asustaba a los niños. Los monos acróbatas sufrían sino tenían sus bananos para el desayuno y al final del día aullaban de hambre, y sacaban la mano por entre los barrotes de sus jaulas pidiendo al que pasaba que les diera algo de comer, con cara de limosneros.

Los tigres de Bengala daban lástima de tan flacos, y las barrigas les rugían de necesidad. Ya no se diga los payasos, a los que les sonaban las tripas en media función, y la gente se reía creyendo que eran gracias suyas, pero eran más bien sus barrigas que reclamaban comida, igual que las barrigas de los tigres.

El fakir, a pesar de que los fakires no comen mucho, se quería comer hasta los clavos de su cama. Y una noche que el domador se desmayó de hambre mientras tenía metida la cabeza entre las fauces del león, el león, de tan débil que se hallaba, no se animó a darle ningún mordisco. Todo aquello era una calamidad.

Entonces llegó el día en que el circo quebró por fin. Los artistas cogieron cada uno su camino, y no fue fácil hallar quien se hiciera cargo de los animales. La cabra matemática, que sabía contar hasta veinte, no tuvo problema en hallar un hogar sustituto, lo mismo que los monos, que eran graciosos y se comportaban con respeto y educación. Los leones y los tigres fueron llevados al zoológico, y lo mismo ofrecieron hacer con la jirafa. Porque el circo tenía una jirafa, que era la principal atracción.

Por qué era la principal atracción no se sabe, pues la jirafa no sabía hacer nada más que estarse parada en su corral, estirando el pescuezo, y mirando al mundo desde muy arriba. De manera que nunca entraba a la pista del circo a la hora de la función, como los demás animales, que hacía cada uno su número: el tigre de Bengala saltaba por un aro de fuego, el león rey de la selva se subía de un salto a un taburete, los monos hacían piruetas en el trapecio, y la cabra matemática, ya se sabe, contaba hasta veinte.

Pero la jirafa no fue a parar al zoológico, como se va a ver. Había una señora muy buena llamada doña Laura, que hacía tortillas, y fue la única que quedó fiándole tortillas a los artistas del circo, ya cuando nadie les daba nada al fiado porque no tenían con qué pagar, y así por lo menos comían tortilla con sal. Y a la hora de quebrar el circo el dueño tenía pendiente una gran cuenta con doña Laura.

Y ocurre que doña Laura tenía un niño llamado Juancho, que era el encargado de repartir las tortillas, y le dijo el dueño del circo: “Sé que le debo mucho por las tortillas a tu mamá, y como no hay dinero con que pagarle, decile por favor que escoja del circo lo que más le guste: una jaula, un trapecio, una cuerda de equilibrista, un vestido de payaso. O un animal”.

Y Juancho, que cada vez que llegaba al circo a dejar las tortillas se quedaba frente al corral de la jirafa, que era su preferida, y la jirafa también se sentía a gusto con él, de manera que se trataba de una gran amistad entre los dos, le dijo al dueño del circo:

“Mi mamá escoge la jirafa”.

“¿Estás seguro de eso, sin haberle consultado?”, preguntó el dueño del circo.

“Ella misma me lo dijo antes de salir para acá, que si estaban repartiendo los animales en pago por las deudas, ella escogía la jirafa”, contestó Juancho.

No era cierto, la mamá de Juancho nada sabía de reparto de animales, ni de jirafa. Pero el dueño del circo, que así hallaba un alivio, porque le pesaban las deudas y sólo quería volverse pronto a su país, dijo:

“Así sea entonces”, y abrió la puerta del corral, y entregó a Juancho el cordel que colgaba del cuello de la jirafa.

Cuando Juancho cogió calle jalando a la jirafa por el cordel, ella se veía muy contenta de irse con su amigo, y consideraba una gran aventura salir del corral donde pasaba aburrida.

Pero quien no iba tan contento era Juancho, que hasta ahora se hacía cargo de su mentira. Y mientras una gran pandilla de muchachos curiosos se ponía detrás de la procesión que formaba con la jirafa, iba creciendo su aflicción. ¿Qué diría a su mamá, doña Laura, a la hora de aparecer en la casa con la jirafa? La casa era muy pequeña y muy humilde, y no iba a alcanzar allí jirafa ni nada. ¿Dónde iba a meterla? El único sitio era el patio, que era un patio chiquito, donde había sembrados un palo de mango y un papayo.

Y doña Laura, que vivía pendiente de Juancho, había salido a media calle a esperarlo, y cuando lo divisó venir jalando la cuerda que traía amarrada al pescuezo la jirafa, y detrás el muchachero, se asustó, y corrió a su encuentro.

“¿De donde has sacado ese animal?”, le preguntó, secándose las manos en el delantal.

“Me lo saqué en una rifa” contestó Juancho.

Qué mentiroso Juancho. Primero iba a decir que el dueño del circo se la había dado en pago de las tortillas, lo que no dejaba de ser verdad, pero luego se arrepintió, porque entonces doña Laura iba a devolver la jirafa, diciendo que no quería ningún pago en forma de aquel animal desconocido y tan extraño.

Como si se diera cuenta del problema que se presentaba, y del riesgo que corría de que la devolvieran a su antiguo dueño, la jirafa bajó la cabeza desde la altura donde la tenía, y muy cariñosa le dio un lenguetazo en el cachete a doña Laura. Y consiguió lo que quería, porque doña Laura se rió.

“¿Y qué come ella?”, preguntó.

A la jirafa le gustó que aquella señora la llamara esta vez “ella”, y no dijera “¿qué come este animal”?

“Come zacate fresco, hojas de papayo, y hojas de mango, porque es una especie herbívora”, contestó Juancho, dándoselas de sabio según lo aprendido en la escuela, y fijándose que eran ésos los palos que había en el patio de su casa.

“¿Y cómo se llama?”, preguntó doña Laura.

“Me parece que no tiene nombre”, dijo Juancho.

“Vamos a ponerle entonces Managua”, dijo doña Laura, “para que así tenga el nombre de nuestra ciudad capital”.

Mientras tanto la multitud de muchachos que había acompañado a la jirafa desde el circo aumentaba ahora con más muchachos del barrio, y los vecinos salían a la calle y preguntaban a doña Laura por aquella adquisición, y ella respondía a todos, orgullosa, que como Juancho era suertero, se la había sacado en una rifa de animales del circo, pues no tenía idea ella si aquel circo había quebrado o no había quebrado debido a la pobreza.

Y mientras doña Laura recibía las felicitaciones, Juancho hizo pasar al patio a la jirafa, atravesando con ella la tranquera, y pronto se vio desde cualquier parte del barrio su gran pescuezo asomar por encima de los techos, y la cara de felicidad con que desde las alturas ella contemplaba todo, mientras los vecinos se acercaban a llevarle zacate picado, hojas de toda clase, tallos frescos, y hasta flores para que comiera.

Nunca en su vida se sintió mejor la jirafa, mimada y admirada, y dándose a cada rato banquetes de alta categoría con todas aquellas hojas.

Y llegaron las vecinas de doña Laura a visitar a la jirafa, y una de ellas, que era comadrona de oficio, dijo palpándole la panza:

“Se me hace que esta señorita está embarazada”. “¿Cómo puede ser semejante cosa si no tiene compañero?” dijo doña Laura.

Y preguntó entonces a Juancho, muy alarmada:

“¿Quedó en el circo una jirafa macho?”

Juancho respondió que no, que en el circo no había ningún otro animal que fuera jirafa macho, más que los monos acrobáticos, el tigre de Bengala, el león africano rey de la selva, y la cabra matemática. Y doña Laura le ordenó que fuera de inmediato al circo a averiguar aquel misterio. Y todos quedaron muy intrigados esperando su regreso.

Fue, y averiguó, y dio el correspondiente informe: el dueño del circo, que ya se subía en un bus que lo llevaba a la frontera con Honduras, le confesó que era cierto, que en el circo había existido, hasta su anterior parada en Costa Rica, una jirafa macho, pareja de la ahora llamada jirafa Managua; pero que por las mismas dificultades de todos sabidas, se había visto en la necesidad de vender al compañero.

Y así fue que vino al mundo en Managua, la ciudad capital, bajo los cuidados de la comadrona, la jirafa Managüita, hija de la jirafa Managua, que Juancho no se sacó en una rifa, sino que recibió en pago por la deuda que ya sabemos.

Y desde entonces Managüita lo acompañaba a entregar las tortillas de casa en casa, muy alegre y retozona, y también a la escuela, donde Juancho se lucía poniéndola de ejemplo a la hora de responder a las preguntas del profesor sobre los animales herbívoros.