16 de diciembre de 2015

Masterpiece

Carlos M. Castro

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio».
Albert Camus, El mito de Sísifo


—¿Y si matamos a todos los viejos en uno de sus recitales hiperaburridos?

—¡A huevo! Podríamos tirar un cóctel molotov.

—O poner gasolina y querosín y entrar luego, a la hora en que esté hablando el mae más tuani de todos, tipo Cardenal o, no sé, talvez la Gioconda. Entramos plan Hell Angels: chaquetas negras de cuero, anteojos oscuros, caras de maldito. Cigarros encendidos, brasas en el combustible; salimos, bloqueamos las puertas.

—¡Diaverga!

—Sería muy fácil…

—¡Exacto!…

—No, en serio. Sería muy fácil y poco producente. Imagínense: Todas esas momias fuera de escena… ¿y luego? ¿Qué hacemos? Por lo menos esos majes tienen ya armada la tarima en que se montan. Pero nosotros… Nos quedaríamos en el aire. Esa no es la respuesta.

El joven, entre varios, que acaba de hablar se levanta con gestos ansiosos; se lleva una mano a la nuca (la otra sostiene el cigarrillo), camina zigzagueante hacia la sala y se dirige a otro que en el suelo sonríe estático:

—Loco, ¿tenés un pase? Me siento pegado, ¡nojodás!

El otro asoma su rostro a la bolsa de la camisa, la abre con los dedos, observa adentro, asiente. Luego de unos minutos el primero regresa  a la cocina. Es 31 de diciembre de 2000, falta un cuarto de hora para la medianoche.
*
… ya estamos muertos, nacemos muertos, vivir sólo es excusa, vale más lo que queda, ya estamos muertos, cuál es mi huella, cuál mi pisada, cuál mi estatura, qué peso tengo, a quién le importa, nacimos muertos…
*
Cuando lo supe tenía enfrente al mar haciéndome muecas. Todo el océano parecía conspirar con el paisaje. Formaba un arco dócil al abrazarse con el cielo. Docilidad de bestia recién alimentada, arco distendido reposando en el horizonte.

Cuando lo supe quedó solo la arena, nada más. De pronto me vi en el hueco que había dejado el mar, el agua toda flotaba sobre mí, abejorro en plan de ataque, abejorro zumbando en busca de un lugar donde yacer perennemente.

Contesté una llamada que parecía inocente. Acabo de ver una foto en Facebook que anuncia la muerte de Andrés, me decía la voz. Dejame llamar a alguien para confirmar, respondí secamente.

Es cierto, se suicidó, me informaban luego.
*
Al volver de la sala ve a una de las chicas con sus tetas en dos bocas. Una le muerde el pezón izquierdo; la otra le echa su aliento, lenta la lengua se posa en el arco abrasante. La fiesta está en lo fino.

Apoyado en el marco de la puerta, Andrés observa, se sirve más ron, espera.

—Yo tengo una idea mucho mejor. ¡Una idea brutal! —dice luego de un momento.

Acaba de oírse la explosión de toda la pólvora que por estas fechas, a estas horas, se acostumbra reventar en Managua.
*
Estaba en Las Peñitas, playa del Pacífico nicaragüense. Habíamos ido a Granada a recibir la primera aurora del 2011. Tomamos carretera esa madrugada desde Managua y luego de salir de Los Kayaks, en el malecón del Cocibolca, fuimos en busca del mar. Ahí recibí la noticia y ahí recordé lo que en esos casos se recuerda: quién era Andrés, los grados de inclinación de su balanza, las cuentas que habrá sacado antes, su «futuro literario promisorio» (frase que sobre él había escrito algún encorbatado crítico, doctor honoris causa), algunas conversaciones… A mi memoria vendría luego la tarde en que acepté colaborarle en una revista que empezaría a editar. Te voy a facilitar los libros para que los reseñés, me dijo, aquí te traje algunos. De ese primer lote recuerdo sólo El mito de Sísifo, selección que ahora cobraba mayor sentido, si se quiere creer en que realmente Andrés fue arrojando migas de pan antes de dar el gran bocado.
*
«La vida mosca resta poso.
La muerte el fresco sorbo».
Carlos Martínez Rivas

—¡Brutal! —repite Andrés con mayor énfasis, para acabar de llamar la atención de sus compañeros, mientras se oye explotar un cohete—. He estado haciendo cálculos y no tenemos de otra, a como vamos no quedaremos ni para anécdota, de aquí a veinte años seremos una banda más de conformistas rumiando un cargo oficial o armándole proyectos a la cooperación extranjera para sobrevivir, lo que escribamos quedará en un vacío menos glorioso que el olvido; es el país, que no da las condiciones, diremos algunos justificándonos, mientras contamos a los más jóvenes la vez que conversamos con Zurita o cuando estuvimos en la misma mesa de tragos con Vargas Llosa, que no bebía y hablaba poco, o los consejos que nos dio poco antes de morir Benedetti o, cómo no, las mañanas en que apreciamos la inteligencia de Cardenal en el patio de no-sé-qué-oficina-gremial, senilidad admirable, diremos, potente. ¡Deplorable!, por no decir ridícula y vergonzosa, esa será nuestra condición. A menos que…
*
Esa noche llovió sobre Managua, algo que nunca sucedía en esa época del año; algunos vieron en esa manifestación antojadiza del clima una señal más, un adorno escénico de lo que empezaban a llamar la trágica muerte de Andrés, tragedia que sin embargo —o quizá por eso mismo— no impidió que el suceso se convirtiera en noticia del mes, sin mencionar sus consecuencias: páginas de homenajes póstumos en internet y los periódicos, programas radiales y televisivos en su honor, pintas en los muros de Managua con sus versos... Lo había logrado, la meta llegaba, su obra tomaba otro sentido, tenía una lógica demoledora, el más coherente poema hecho en los últimos diez años no reposaba en una hoja de papel, Andrés lo firmó desde la tumba, ubicuidad impensable mientras viviera, vida y arte confundidas haciendo la peligrosa danza frente a nosotros, boquiabiertos expectando lo que ya era obvio y relucía con la cruel luminosidad de las verdades puras. Nadie podía seguir hablando de promesas, todos cargábamos a partir de entonces con un bulto que siempre capeamos cobardemente.
*
… estás muy lúcido, así tiene que ser, nada de esconderse, saltar con los ojos abiertos, recibir el beso ansiado, la vie dépend de la volonté d’autrui; la mort, de la nôtre, se sabía ya en el siglo dieciséis, aunque en este momento no importa mucho, sereno, calmo, tranquilo, y nunca dejar de pensar, nada mal, Andrés, nada mal, la única falla va a ser perdérselo, no importa sí, no hay otro modo, ya verán, se pondrán helados, seguro recuerdan el pacto (y lo incumplen), todo está listo, ya casi es hora, cómo se te ocurrió programar la alarma y usarla de señal, a veces pienso que te pasás de meticuloso, decime de qué te ha servido, sí, ahora podés decir que da igual, pero, hombre, hacé bien ese nudo, no hagás trampa, a como ensayaste, cumplí cabal, pronto entrarás en la deseada zona, un dedo, como metiéndose al agua, la punta sólo, probás su temperatura, te zambullís, la vie dépend…, tomá con fuerza la voluntad, la mort, la mort, la vie, la mort, dos monosílabos, así de cerca no parecen conceptos opuestos, esto se está tardando, se me hacen dos tonalidades de un mismo color, depende de la luz, la volonté d’autrui, está sonando, con calma, a la una, a las dos y a las…
*
—Estás loco, Andrés, esa no es opción, con eso nada logramos.

—¿Loco? ¡Vos propusiste un asesinato en masa! Oíme, óiganme, es como escribió Montaigne: la vida depende de la voluntad de otros; la muerte, de la nuestra. Hay que tomar las riendas; tengo veintitrés, en diez años se logra mucho, hagámoslo de a poco, va a ser ¡bestial!, no hay que ponerse melodramáticos, este mundo al final, después de todo, no vale tanto la pena, quitate esa vanidad, ese egoísmo idiota que de nada sirve, la avaricia con el tiempo es un absurdo, no es sólo por ser romántico. Además —Andrés hace una pausa y vuelve a ver a cada cual; gesticula despacio, con mucha calma—, yo sería el primero; si me rajo, el plan se jode, hagamos ese pacto, no hay nada que temer, esto es matemático, igual va a pasar…

Los demás lo escuchan con mucho interés, nadie comenta nada; las explosiones cesaron. Morrison canta desde el pasado o desde la muerte… of our elaborate plan, the end… no safety or surprise, the end…

El Idiota


Sergio Ramírez Mercado


Amanece a un lado en el atlántico norte, una suave franja rosa muy lejos a un costado del avión y en el otro la negra noche oscura mientras se abre frente a mí la pequeña pantalla de cuarzo en el espaldar del asiento delantero como una ventana a la claridad difusa de la eternidad, Muhamed Alí versus Joe Frazier, pelea de revancha pactada a 15 rounds, 1 de octubre de 1975, Alí pantaloneta blanca, Frazier pantaloneta azul, los guantes que ambos chocan ahora galantemente al centro del cuadrilátero son rojos, suena en mis audífonos la campana y el referee se aparta, fantasmas de hace un cuarto de siglo que empiezan a medirse, salta Alí, petulante, y mientras siga saltando fintando martillando buscando con los puños el punto débil en la defensa cerrada de Frazier, la eternidad no está en riesgo, un ballet fatal, abrazos desesperados, Frazier contra las cuerdas, suena la campana de nuevo, grita Alí, su gran bocaza abierta, un fanfarrón insoportable, metódico sin embargo en su martilleo, constante en golpear y golpear hasta que la fortaleza se derrumbe, un fanfarrón insoportable pero nunca más habrá otro como él, se lo digo yo, dice el viejo comentarista de radio entrevistado en el asilo de ancianos en Sausalito, California, que estuvo aquella noche en el palco de la prensa llevando su propia tarjeta, y qué es la eternidad sino ese martillo constante de los puños que siguen golpeando sin cesar mientras el tiempo avanza ciego hacia la consumación de los siglos, round 12, el ojo hinchado de Frazier brilla como un rubí, y Alí inclemente cercándolo, martillando, un martinete veloz, un experto en demolición, ¿han visto al idiota de lerdo andar, perdido por allí con su sonrisa ausente? O pierdes, o ganas, no hay de otra, gritaba con la gran bocaza, y ahora, ¿lo vieron aquella vez, con la tea olímpica en la mano en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos?, ¿fueron los de Los Angeles, o los de Barcelona?, otra ventana también a la claridad difusa del pasado, la bocaza vencida, la risa perdida, la mirada sin razón, groggy para siempre como bajo el peso de un millón de mazazos en la cabeza como los que él daba con tanta constancia, pero otra vez suena la campana en mis audífonos, vuelve Alí a su esquina, su second que parece más bien un barbero de manos bien lavadas lo aconseja al oído, el otro asistente con gorro musulmán le baña la cara de agua, le mete en la boca el protector, round 14, el referee camisa celeste, corbata de pajarita de pintas marrón, pelo largo, patillas anticuadas como las que un día llevamos, se acerca a Frazier a preguntarle algo, ¿va a continuar?, continúa, tambaleándose se acerca al centro del entarimado, y desde las sombras del pasado ya no puede más, lo vemos y sabemos que ya no puede más, el ojo monstruoso, desde su esquina su second tira por fin la toalla, esto se acabó, Alí alza las manos en triunfo, brinca desaforado, grita fanfarronadas, la gran bocaza abierta, traen el cinturón dorado para ceñírselo otra vez al rey, cetro y corona en la cabeza, pero se apagan las luces sobre el cuadrilátero, la arena va quedando desierta, la pantalla de cuarzo brilla ahora con resplandor opaco y sólo el idiota permanece en la eternidad riéndose con risa indescifrable.

La cueva del trono de la calavera

Sergio Ramírez Mercado

Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra...
Rubén Darío

—¿Reconoce el reloj? —preguntó el oficial.

—Claro que sí, por la pulsera metálica —respondió el denunciante.

Una bandada de palomas grises salió volando de la copa del guarumo cuando les llegó la pedrada.

Son palomas de San Nicolás, Tito, dijo el Jefe, se echa de ver por lo cenizo, y de nuevo recogió una laja fina y la montó en la tiradora. Pero ya todas las palomas habían volado.

Luego tomó del brazo a Tito con la autoridad de que estaba investido, y dijo: ahora nos toca vigilar la tumba de la momia asesina. Bajaron entonces el barranco. En lo profundo corría el arroyo casi seco, que desaparecía a trechos para verterse más adelante en unas pozas cubiertas de hojas de almendro rojas y doradas que las ardillas apartaban con el hocico para beber.

Tito escapó de resbalar, pero el Jefe lo sujetó. No tengás miedo, Capitán, ¿que no sos Capitán? Sí, Jefe, respondió Tito. Y siguieron bajando.

—Una soguilla de oro con una cruz —leyó el oficial.

—Falta la cruz —dijo el denunciante.

—De seguro fue vendida por aparte —dijo el oficial.—

Esa cruz es un recuerdo de una tía que me quiso mucho —dijo el denunciante.

—Los ladrones jamás entienden de sentimientos —dijo el oficial.

El Jefe saltó por encima de la piedra de los sacrificios a la entrada del Valle de la Muerte, y volaron por encima de su cabeza las faldas de su camisa que no tenía botones. Tampoco tenía zapatos, y por eso no iba a la escuela. Era alto y huesudo y los colochos abundantes le caían sobre la cara como a Boy, el hijo de Tarzán.

Levantó la losa que cubría el sarcófago de la momia, pero se hallaba vacío. La momia debe andar vagando a estas horas por el mundo, dijo el Jefe, volviendo a colocar la losa. ¿Qué manda entonces?, preguntó Tito, golpeándose el pecho con el puño. El Jefe caviló antes de responder: retírese que deseo meditar.

Tito obedeció. Los Invisibles vigilaban en torno al Jefe con sus espadas de palo desenvainadas. Eran cuatro, Or, Tor, Odor y Lotor. Cuando se movían, sus pasos felinos apenas se escuchaban en la maleza.

Como pasaba el tiempo y ya empezaba a oscurecer, Tito dio un paso adelante y dijo: permiso para retirarme, Jefe. Vos sos una niña, fue su respuesta. Es que me pueden castigar en mi casa, dijo Tito. Lo que andás buscando es que decrete tu expulsión de la Patrulla del Diablo, amenazó el Jefe.

Tito palideció. Había jurado fidelidad con sangre frente al trono de la calavera. Son bromas, dijo el Jefe, nos vemos más noche en el cine. Hoy dan una de Tim Holt, dijo Tito, con alivio. Conseguí plata para la entrada de los dos, dijo el Jefe, y lo despidió con un gesto displicente de la mano.

—Un relicario —dijo el oficial.

—Es un guardapelo —dijo el denunciante.

—Aquí lo tiene, sólo que los cabellos no aparecen —dijo el oficial.

—Lo que más me duele, eran de mi mamá —dijo el denunciante.

—Ésos sí que no van a poder encontrarse, imagínese —dijo el oficial.

El tesoro escondido se hallaba enterrado en el parque central, detrás de la glorieta. Desde el campanario de la iglesia era fácil hacer un plano. Tito había recibido instrucciones de llevar papel y su caja de lápices de colores.

Olía a cagada de murciélagos en el campanario, y cuando subían los escalones de madera comidos de comején, tenían que caminar agachados evitando rozar los viejos alambres eléctricos desnudos. Se acuclillaron, para observar el terreno. En una esquina, al costado del parque, estaba la casa de Tito donde su papá tenía una venta. Enfrente de la venta, a un costado de la iglesia, la casa de corredor a la calle que antes había sido pensión de tísicos convalecientes, convertida en cuartería, donde vivía el Jefe.

El Jefe ya tenía bozo y olía en los sobacos a sudor de hombre. En la mano derecha usaba un anillo con una calavera en relieve que Tito le entregó como tributo cuando fue admitido en la Hermandad. El anillo se lo había dejado en empeño a su papá, por víveres que nunca pagó, un sargento del cuartel vecino hacía años, y Tito lo robó en secreto del ropero donde se hallaba guardado.

Ahora era el símbolo de poder del Jefe. La calavera quedaba marcada en la cara de los rufianes cuando los noqueaba con el puño en las trifulcas a muerte en muelles de carga, fondas de barrios bajos y bodegas ferroviarias abandonadas.

Anoche no llegaste al cine, Capitán, dijo el Jefe. Es que me mandaron a hacer mis tareas, respondió Tito. Vos sos hijo de dominio, dijo el Jefe. Tito sintió que los Invisibles, que los rodeaban en el campanario, lo miraban con caras de burla, el cuchillo entre los dientes. Uno de ellos usaba un pañuelo rojo moteado de blanco amarrado a la cabeza, el otro tenía una pata de palo.

Perdón, Jefe, dijo Tito. Tendrás una penitencia, respondió el Jefe. Vas a conseguirme una lata de sardinas, tengo hambre. Tito bajó tan rápido como pudo los escalones para ir a la venta y buscar cómo robar la lata de sardinas en un descuido, porque sabía que el Jefe no había almorzado; vivía solo con su papá, que era hojalatero, y compraban el plato de comida del almuerzo en una comidería del vecindario, un plato para los dos.

En la cuartería vivían también un carpintero que fabricaba ataúdes de niño, una dulcera que amasaba corderitos de pasta de arroz, y una adivina paralítica que hablaba desde su cama detrás de una cortina. Salvo por la adivina, los demás inquilinos trabajaban en el corredor, el papá del Jefe sentado en un banquito soldando cántaros y baldes con una barra de estaño, el carpintero en su mesa, unas veces clavando y aserrando, otras colocando los morriones de flores de papel a los ataúdes blanqueados con albayalde, y la dulcera con una tabla en el regazo picando con unas tijeras los corderitos de dulce para fingir la lana.

¿Y los Invisibles?, preguntó Tito al volver al campanario. Los mandé a cumplir una misión peligrosa y lejana para probar su lealtad, dijo el Jefe mientras metía los dedos en la lata de sardinas abierta a golpes de navaja. ¿Y si desertan?, preguntó Tito. Entonces, la maldición eterna caiga sobre ellos, respondió el Jefe, tragando un bocado. Ya sólo vamos a ser dos, dijo Tito. Oyó entonces que su padre lo llamaba a gritos desde la acera de la venta, pero se mantuvo firme y se quedaron en el campanario hasta que oscureció.

—Un sombrero de caballero —dijo el oficial.

—Mi sombrero de ir a la finca —dijo el denunciante.

—Es una prenda muy vieja —dijo el oficial.

—Sí, pero a mí me sirve —dijo el denunciante.

—Aquí tiene, perdone —dijo el oficial.

En un claro de la selva izaron la bandera de Los Intrépidos Invencibles y saludaron con la mano en la sien cuando llegó al tope del asta. Ahora vamos a jugar bendito-escondido, ordenó el Jefe. ¿Quién va a esconderse primero?, preguntó Tito. Yo, dijo el Jefe, no me busqués hasta que terminés de contar veintiuno, sin hacer marrulla.

Tito se volvió contra el tronco de un ceibo, contó hasta veintiuno con la cara entre las manos y al terminar de contar se dio vuelta. El Jefe había desaparecido. Gritó llamándolo, pero nadie respondía en la soledad. Era como estar en el fondo de una poza de aguas turbias, con la luz de la tarde moviéndose entre los ramajes cerrados. Entonces se puso a llorar.

—Una pluma Parker 41 —dijo el oficial.

—Mire, le rompieron la bomba —dijo el denunciante.

—Es sólo por hacer la maldad —dijo el oficial.

—Esta pluma la dejo, no sirve —dijo el denunciante.

—Tienen que llevárselo todo, después me van a firmar un recibo —dijo el oficial.

Con vos ya no se puede jugar, Capitán, sos peor que una niña, dijo el Jefe, saliendo de entre el follaje. Es que desapareciste, dijo Tito. Ése es el juego, desaparecer, dijo el Jefe. Perdón, dijo Tito, secándose las lágrimas. Lo mismo decís siempre, mamplorita, dijo el Jefe, pero de nuevo se rió, y propuso: mejor corramos a la cueva del trono de la calavera. Corrieron entonces tocando música de guerra con la boca, y traspasaron la cascada que protege la entrada de la cueva.

Capitán, tengo una notificación que hacerle, dijo el Jefe, muy pensativo, sentado ya en el trono. Escucho y obedezco, se cuadró Tito. La Hermandad Invencible queda disuelta, dijo el Jefe. Tito tardó en comprender. ¿Ya no querés ser el Duende que Camina?, preguntó. No es eso, Capitán, es que parto en busca de una tierra lejana, respondió. ¿Y el anillo de tu poder? El anillo me lo llevo, dijo.

Yo me voy con vos, dijo Tito. No, Capitán, tenés que quedarte, respondió el Jefe. No quiero quedarme, dijo Tito. Conforme el juramento de sangre tenés que obedecer mis órdenes, dijo el Jefe. Sí, Duende que Camina, respondió entonces Tito, y golpeó el puño contra su pecho. Los Invisibles quedan para cuidarte, ya volvieron triunfantes de su misión, dijo el Jefe. Era cierto, habían vuelto. Se les sentía merodear dentro de la cueva.

—Un anillo de mala calidad, con una calavera en relieve —dijo el oficial.

—¿Un anillo? ¿De dónde salió ese anillo?

—preguntó el denunciante.

—El ladrón lo llevaba puesto en el dedo, pensamos que era parte del botín — dijo el oficial.

—Qué cosas más raras las de la vida —dijo el denunciante.


San José, Costa Rica, 1967/Managua, 2008

El pendiente


Mario Guevara Somarriba

El estruendo causado por el correr de los gatos sobre el techo de metal me sacó de mi estupor.

Era de madrugada, corría viento helado de diciembre que penetraba por las ventanas abiertas de la sala, pero yo no sentí frío. Caminé por toda la casa oscura. ¿Buscando qué?. No sé.

Solo caminé y caminé. Aparté las sillas que podían causar algún tropiezo, cerré las cortinas de las ventanas principales de un solo manotazo. Cerré bien los grifos para que no gotearan más y finalmente me fui a los cuartos de los niños para cobijarlos.

Pero, aún sentía que tenía algo pendiente.

Un murmullo me guió hasta el final de la casa. Me detuve al borde de la puerta que da al patio y miré mucha luz. Las conversaciones confusas no cesaban.

Forcé la vista pero era imposible ver el rostro de aquellas personas, solo se apreciaban luces de diferentes intensidades y colores escondiendo sus caras.

¡Oooooh por Diooooos…

Son fantasmas en mi patio! -pensé- mientras caminaba entre ellos, ahora si con desconcierto y mucho miedo.

Logré colarme entre ellos y comencé a entender sus palabras. Eran oraciones a Dios. Eso me hizo suspirar aliviado. ¡Ufff… por lo menos no se trataba de algo diabólico!.

En el centro de aquella loca reunión de seres hablantines había una luz más potente que subía sin tener fin. Ahí empecé a creer que no eran fantasmas, sino seres extraterrestres que decidían el futuro del universo en el patio de mi casa.

Avancé lentamente hacia la luz viendo a los seres sumergidos en sus oraciones interminables.

En el centro de la claridad potente una caja negra alargada. En el interior de aquel cofre personalizado estaba yo desconectado, apagado, opaco.

Miré hacia la luz y ¡Pum, pum, pum, pum!…


El estruendo causado por el correr de los gatos sobre el techo de metal me sacó de mi estupor.

Lejos del mundanal ruido

Adolfo Calero Orozco

Ya era pleno junio y ni una sola gota había caído del cielo para aliviar aquella tremenda sequía, tan tremenda que solamente la Jacinta decía recordar otra semejante, "y no tan pior", qué sé yo cuántos años atrás.

La Genie apenas hallaba agua para beber y quienes querían bañarse o lavar ropa tenían que caminar largos trechos hasta las pocas que todavía quedaban del Escalante, señalando el curso otrora caudaloso del río.

El Escalante mismo parecía un enfermo triste, lleno de diviesos, de arena surgidos en pleno lomo, enseñaba los lamosos pedruscos de su lecho como si hubiera enflaquecido hasta la extenuación. Con el mal invierno pasado y la sequía que le siguió, podía temerse que ese año ni los chichicastes iban a quedar verdes, Y a este venían a sumarse unos calores implacables que a ciertas horas del día se tornaban verdaderamente infernales, por cierto que la Baltita Maliés había cogido de pretexto los tales calores para andar tan ligerita de ropas que su abuela se pasaba el día reganándola, aunque la muchacha, como que no era con ella. En cambio, la Plácida, su madre, la defendía diciéndole a su llamada Suegra que tal vez fuera verdad que la Baltita no podía aguantar el bochorno, también a los animales los tenía medio locos la sequía, vacas, caballos, chanchos, perros, andaban enseñando las paletas y se mantenían junio a las casas, como queriendo meterse a buscar agua en ellas; las gallinas, aunque cacaraqueando sin ion ni son, como no comían, no ponían, y por las noches se oían lastimeros aullidos de manadas de coyotes sedientos salidos de los llanos costeños.

Una mañana corrió la noticia de que un "sendo" venado había amanecido caído dentro de la pila de "Santa María", la finca principal de la comarca, propiedad de Don Manuelito y fue lo peor que el pobre animal no pudo ni siquiera saciar su sed, ya que en el plan de la tal pila lo que había no era, que dijéramos, agua, sino un asiento de lodito mojado y un enjambre de avispas; al infeliz venado aquello le coció la vida, pues tras lazarlo en medio de una gran "samotana", lo destazaron en un santiamén. Una pierna fue directamente a "La Ceibita", que así se llamaba la finquilla de los Malteses fineza de don Manuelito para la hermosa Baltita, y aunque el animal no estaba nada gordo, al fin y al cabo era carne de venado y por eso y por venir de quien venía, el regalo fue muy bien recibido.

La misma famosa sequía había dado ocasión a múltiples bolas que rodaban entre los desocupados comarcanos. La más increíble era que Lolo Loáisiga había encontrado un tigre bebiéndose el agua de una batea, en la propia cocina de su finca y la más galante, que un sediento "gurrión" se había volado sobre la cara de la Baltita Maltés y le había metido su piquito en la boca, creyendo que era amapola. Desde luego, las muchachas de la vecindad antes creían el cuento del tigre más que el del gorrión, diciendo todas ellas que eran inventos de Leoncio Herrera, otro enamorado de la Baltita, como don Manuelito y como tantos más; sólo que mientras Leoncio era apenas un mozo bien visto de los mandadores y hasta "medio-bagre", aunque con fama de buena voz, Don Manuelito era el patrón de "Santa María" y a su vez hombre eorrido X gallo de muchos "alzos",
si bien  un santo  viejonzón".

Y así, entre el enflorar a los santos y ponerles candelas para que lloviera y los vaticinios de viejos que pasaban por entendidos en las cosas de tejas arriba, los días seguían deslizándose secos y calurosos en la Comarca del Escalante.

Solamente en las noches de luna, cuando soplaba brisa fresca y los coyotes no salían a aullar, las cosas parecían tomar un cariz menos aflictivo en las horas tempranas, la gente se visitaba, se celebraban novenas y rosarios de rogaciones y los grupos más animosos se aventuraban hasta las playas del Astillero, para bañarse en el mar. Ya noche adentro, los muchachos salían a "serenatear" a sus preferidas, y con la guitarra iban también las botellas "litreras" llenas de buena
''cususa'.

Bajo la caricia del maravilloso plenilunio tropical, junto a los humildes ranchos pajizo, varoniles voces campesinas entonaban canciones de amor y de querella; madrigalescas estrofas ensalzaban la belleza de la ingrata, que entre pobres cobijas, sobre su tapesco, suspiraba muy hondo y era toda oídos y trémolas sonrisas; "(alguna vez dejaba el lecho y venía a aplicar la oreja junto a la puerta para escuchar mejor no sólo las canciones, sino también la plática de sus amigos. Por esos ratos, la muchacha campesina no tenía nada que envidiar de nadie, tiernamente agradecida, su orgullo de mujer colmado, alejada de sus trabajos y miserias cotidianos, se sentía de veras muy feliz.

En tales ocasiones Leoncio Herrera se alzaba gallardo y triunfador como las notas de su canto. La música de su guitarra envolvía el rancho de "La Ceibita" en complicidad con la embrujadora luz de la luna, puertas adentro, la Baltita sentía que el corazón se le quería saltar fuera del pecho.

La serenata terminaba con alguna canción de despedida y el grupo de rondadores se alejaba, pero nuestra hermosa amiguita, inquieta ya de sí, perdía con la serenata has, fa la última gota de sosiego y ya no podía dormir más; soñando despierta, así cada ojo y boca-arriba, estirada hasta la rigidez, seguía oyendo los ecos de la perversa nuitarr11, confundidos con el silbar de los pocoyos y el graznar de las cocorocas, mientras su agliada fantasía la trasportaba muy lejos, a son rosados planes donde no había abuela, ni "lata" ni mama ni escobas, ni hachas, ni piedras de moleta planos luminosos donde le abrían sus brazos, Leoncio teniendo en la diestra su guitarra y Don Manuelito con un regalo en cada mano.

Una mañana, la abuela le dijo a la Plácida -"Niñá, vos no te fijás en esta muchacha. Yo la veo muy "entotorotada" y sí no llueve pronto, vas a ver que te hace la gracia antes de la otra luna". La Plácida le pasó la voz de alerta al marido, y él se mostró más curioso que alarmado, -"¿Y quién ''eres'' vos que la tiene -más ''mariada'', el Don Manuelito o Leoncio Herrera?".

-"Niñó, la cuestión es que ¿a cuál de los dos no se le hace ella un "alfeñique" ... ? Yo, "asegún" con quien la veo, porque cuando está con Leoncio es un ay-de-mí, y al regalón del Don Manuelito se la baila de lo lindo y ella le coge peinetas, ella le coge olor y ella qué no le coge ... ".

La plática se cortó con la llegada de Baltita, que traía en brazos un manojito de leña de madroño. Pero lo cierto era que no sólo en su casa sino en toda la vecindad se hablaba del asunto y la gente se preguntaba a cuál de los dos galanes prefería de veras la muchacha. Sus mejores amigas la orificaban y la tildaban de loca, diciendo de ella que era de las que gustaban un hombre para cada mano "y qué dicha que sólo dos manos tuviera"… y su querida primita, Engracia Maltés, agregaba que la Baltita estaba esperando que Leoncio tuviera finca grande o que Don Manuelito aprendiera a cantar y a tocar la guitarra.

-o-

Más sabe el diablo por viejo que por diablo pero si desde la fundación del Infierno hubiera habido también diablesas, a estas horas ellas sabrían aún más que los señores diablos. Y así bien poco después de los pronósticos de la abuela y antes de la otra luna, la Balita voló...



La abuela madrugadora fue la primera en dar la voz de alarma, asombrada no tanto de la  profetizada fuga cuando de no haberse dado cuenta de nada, ella, que alardeaba detener un dormir más ligero que el del alcaraván.

Charles Atlas también muere


Sergio Ramírez Mercado
A Gertrudis, mi mujer
“Charles Atlas swears that sand story is true”.
Edwin Pope, Sports Editor,
The Miami Herald
Bien recuerdo al Capitán Hatfield USMC el día que llegó al muelle de Bluefields para despedirme, cuando tomé el vapor a New York; me ofreció consejos y me prestó su abrigo de casimir inglés porque estaría haciendo frío allá, me dijo. Fue conmigo hasta la pasarela y ya en el lanchón yo, me dio un largo apretón de manos. Cuando navegábamos al encuentro del barco que estaba casi en alta mar, lo vi por última vez despidiéndome con su gorra de lona, su figura flaca y arqueada, sus botas de campaña y su traje de fatiga. Digo efectivamente que lo vi por última vez, pues a los tres días lo mataron en un asalto de los sandinistas a Puerto Cabezas, donde estaba como jefe de la guarnición.
El Capitán Hatfield USMC fue un gran amigo: me enseñó a hablar inglés con sus discos Cortina que ponía todas las noches allá en el cuartel de San Fernando, utilizando una victrola de manubrio; por él conocí también los cigarrillos americanos; pero lo recuerdo sobre todo por una cosa: porque me inscribió en los cursos por correspondencia de Charles Atlas y porque me envió luego a New York para verlo en persona.
Al Capitán Hatfield USMC lo conocí precisamente en San Fernando, un pueblo en las montañas de las Segovias, donde yo era telegrafista, allá por el año de 1926; él llegó al mando de la primera patrulla de marinos, con el encargo de hacer que Sandino bajara del cerro del Chipote, donde estaba enmontañado con su gente; yo transmití sus mensajes a Sandino y también recibí las respuestas. Creo que nuestra íntima amistad comenzó el día que me presentó una lista de los vecinos de San Fernando, en la que marqué a todos los que me parecían sospechosos de colaborar con los alzados, o que tuvieran parientes en la montaña; al día siguiente los llevaron presos, amarrados de dos en dos y a pie hasta Ocotal, donde los americanos tenían su cuartel de zona. Por la noche, para mostrarme su agradecimiento, me obsequió un paquete de cigarrillos Camel que no se conocían en Nicaragua y una revista con fotos de muchachas semidesnudas. En una de esas revistas fue que vi el anuncio que cambió mi vida, convirtiéndome en un hombre nuevo, pues yo era un alfeñique:
EL ALFEÑIQUE DE 44 KILOS
QUE SE CONVIRTIÓ EN EL HOMBRE MÁS
PERFECTAMENTE DESARROLLADO DEL MUNDO
Desde muy niño había sufrido por el hecho de ser un pobre enclenque. Recuerdo que una vez paseando por la plaza de San Fernando con mi novia después de misa —tenía yo 15 años dos tipos grandes y fuertes pasaron junto a nosotros y me miraron con burla; uno de ellos se regresó y con el pie me lanzó arena a los ojos. Ethel, mi novia, me preguntó: ¿por qué dejaste que hicieran eso? Yo sólo pude responderle: en primer lugar, es un jodido muy grande. En segundo lugar ¿no ves que me dejó ciego con la arena?
Le pedí al Capitán Hatfield USMC ayuda para tomar cursos que anunciaba la revista y él escribió por mí a la dirección de Charles Atlas en New York: 115 East, 23rd Street, pidiendo el prospecto ilustrado. Casi un año después - San Fernando está en media montaña y allí se libraba la parte más dura de la guerra - recibí un sobre de papel amarillo con varios folletos y una carta firmada por el mismo Charles Atlas: el curso completo de tensión dinámica, la maravilla en ejercicios físicos; sólo dígame en qué parte del cuerpo quiere Ud. músculos de acero. ¿Es Ud. grueso y flojo? ¿Delgado y débil? ¿Se fatiga Ud. pronto y no tiene energías? ¿Se queda Ud. rezagado y permite que otros se lleven a las muchachas más bonitas, los mejores empleos, etc.? ¡Sólo déme 7 días! Y le probaré que puedo hacer de Ud. un verdadero hombre, saludable, lleno de confianza en sí mismo y en su fuerza.
Mr. Atlas también anunciaba en su carta que el curso costaba $30.00 en total, cantidad de la que no disponía, ni podría disponer en mucho tiempo; así que recurrí al Capitán Hatfield USMC quien me presentó otra lista de vecinos, en la que yo marqué casi todos los nombres. De esta manera el dinero se fue a su destino y otro año más tarde, el curso completo venía de vuelta, 14 lecciones con 42 ejercicios. El Capitán Hatfield USMC comenzó asesorándome. Los ejercicios tomaban sólo 15 minutos al día: la tensión dinámica es un sistema completamente natural. No requiere aparatos mecánicos que puedan lesionar su corazón u otros órganos vitales. No necesita píldoras, alimentación especial u otros artefactos. ¡Sólo unos minutos al día de sus ratos de ocio son suficientes, en realidad, una diversión!
Pero como mis ratos de ocio eran bastante amplios, me dediqué con empeño y entusiasmo a los ejercicios, no quince minutos, sino tres horas diarias durante el día; por la noche estudiaba inglés con el Capitán Hatfield USMC. Al cabo de un mes el progreso era asombroso; mis espaldas se ensancharon, mi cintura se redujo, se afianzaron mis piernas. Hacía apenas cuatro años que el grandulón había lanzado arena a mis ojos y yo ya me sentía otro. Un día Ethel me señaló en una revista la foto de una estatua del dios mitológico Atlas; mirá, me dijo, si es igualito a vos. Entonces supe que iba por el camino correcto y que alcanzaría mis ambiciones. Cuatro meses después ya había avanzado lo suficiente en inglés para escribirle una carta a Mr. Atlas y decirle gracias, todo es O.K. Ya era un hombre nuevo, con bíceps de acero y capaz de una hazaña como la que realicé en Managua, la capital, el día que el Capitán Hatfield USMC me llevó allá para que diera una demostración de mi fuerza: jalé por un trecho de doscientos metros un vagón del ferrocarril del pacífico cargado de coristas, vestido solamente con una calzoneta de piel de tigre. Allí estaban presenciando el acto el propio Presidente Moncada, el ministro americano Mr. Hanna y el comandante de los marinos en Nicaragua Coronel Friedmann USMC.
Esta proeza que fue comentada en los periódicos, me valió seguramente que el Capitán Hatfield USMC pudiera gestionar con mayor libertad la petición que yo le había hecho cuando salimos de San Fernando: un viaje a los Estados Unidos para conocer en persona a Charles Atlas. Sus superiores en Managua hicieron la solicitud formal a Washington, que tardó poco más de un año en ser aprobada. En los diarios de la época, más precisamente en La Noticiadel 18 de septiembre de 1931, aparecí retratado junto con el agregado cultural de la embajada americana, un tal Mister Fox; creo que fue el primer viaje de intercambio cultural que se hizo, de los muchos que han seguido después. Tara una gira por centros de cultura física en los Estados y para entrevistarse con renombrados personajes del atletismo", decía la nota al pie de la foto.
Así que tras una tranquila travesía y una escala en el puerto de Veracruz, seguimos a New York adonde llegamos el 23 de noviembre de 1931. Cuando el barco atracó en el muelle, debo confesar que me sentí desolado, a pesar de las prevenciones que me había hecho el Capitán Hatfield USMC. A través de lecturas, fotografías, mapas, yo llevaba una imagen perfecta de New York, perfecta pero estática; fue la sensación de movimiento, de cosas vivas y de cosas muertas lo que me sacó de la realidad, empujándome hacia una fantasía sin fin, de mundo imposible y lacerante, trenes invisibles, un cielo ensombrecido por infinidad de chimeneas, un olor a alquitrán, a aguas negras, sirenas distantes y dolorosas, la niebla espesa y un rumor desde el fondo de la tierra.
Me recibió un oficial del Departamento de Estado que amablemente se hizo cargo de los trámites de migración y me condujo al hotel, un enorme edificio de ladrillo en la calle 43 —Hotel Lexington, para más señas—. El oficial me dijo que mi visita a Mr. Atlas sería al día siguiente por la mañana, todo estaba ya arreglado; me recogerían en el hotel para llevarme a las oficinas de Charles Atlas Inc., donde me darían las explicaciones necesarias. Nos despedimos allí mismo, pues él debía regresar a Washington esa noche.
Hacía frío en New York y me retiré temprano, lleno de una gran emoción, como podrá comprenderse: había llegado al fin de mi viaje y pronto mis anhelos se verían satisfechos. Miré afuera y entre la niebla brillaban infinidad de luces, ventanas encendidas en los rascacielos. En alguna parte, me dije, en alguna de esas ventanas, está Charles Atlas; lee o cena, o duerme, o habla con alguien. Practica tal vez sus ejercicios nocturnos, los 23 y 24 del manual (tensión de cuello y tensión de muñecas). Sonríe quizá, sus sienes canosas, su rostro fresco y alegre, o estará ocupado en responder a las miles de cartas que recibe a diario, en despachar las bolsas con las lecciones, en fin. Pero reparé sí en una cosa: no podía imaginar a Charles Atlas vestido. Venía siempre a mi imaginación en calzoneta, sus músculos en tensión, pero me era imposible verle en traje de calle, o de sombrero. Fui a la valija y extraje la fotografía que me había enviado dedicada al final del curso: las manos detrás de la cabeza, el cuerpo ligeramente arqueado, los músculos pectorales elevados sin esfuerzo, las piernas juntas, un hombro más alto que el otro. Vestir ese cuerpo en la imaginación era difícil; y me dormí con la idea vagando en la cabeza.
A las cinco de la mañana estaba ya despierto. Realicé los ejercicios 1 y 2 (era emocionante practicarlos por primera vez en New York) e imaginé que a la misma hora Charles Atlas estaría haciendo los suyos. Luego tomé mi ducha y me vestí despacio tratando de consumir tiempo, y a las siete bajé al lobby del hotel, a esperar que pasaran por mí tal como se me había indicado. Aunque Charles Atlas no lo recomendaba exactamente, yo no acostumbraba desayunar.
A las nueve se presentó el empleado de Charles Atlas Inc. Afuera esperaba. una limusina negra, con molduras doradas en los marcos de las ventanas, los vidrios cubiertos por cortinas grises de terciopelo. Ni el empleado habló conmigo una sola palabra durante el trayecto, ni el chofer volvió el rostro una sola vez hacia atrás. Durante media hora anduvimos por calles con los mismos edificios de ladrillo, sucesiones de ventanas y el ambiente siempre opaco, como de lluvia, entre las hileras de rascacielos. Al fin, el automóvil negro se estacionó frente al ansiado número 115 de la calle 23 en el East Side. Era una calle triste, de bodegas y almacenes de mayoreo; al otro lado de Charles Atlas Inc. recuerdo que había una fábrica de paraguas, y una alameda de árboles polvosos y casi secos atravesaba la calle. Las ventanas de los edificios tenían, en lugar de vidrios, tableros de madera claveteados en los marcos.
Para llegar a la puerta principal de Charles Atlas Inc. subimos unos escalones de piedra, que remataban en una pequeña terraza; allí estaba, de tamaño natural, una estatua del dios mitológico Atlas, cargando el globo terráqueo. "Mens sana in corpore sano" decía la inscripción al pie. Pasamos por la puerta giratoria con sus batientes de vidrio esmerilado montadas en unos marcos barnizados de negro, que chirriaban al moverse. En las paredes del vestíbulo estaban colgadas reproducciones gigantescas de todas las fotos de Charles Atlas que yo había visto y que reconocí con agrado, una por una; allí, en medio, la que más me gustaba; con un arnés al cuello tirando de diez automóviles mientras caía una lluvia de confeti. Maravilloso.
Entonces me hicieron pasar a la oficina de Mr. Williams Rideout Jr., Gerente General de Charles Atlas Inc.
En pocos momentos tuve junto a mí a un hombre de mediana edad y de facciones huesudas, con los ojos profundamente hundidos en las cuencas terrosas. Me extendió su mano pálida y cubierta por un enjambre de venas azulosas y tomó asiento tras el pequeño escritorio cuadrado, sin un solo adorno, encendiendo después una lámpara de sombra que tenía tras de sí, aunque a decir verdad tal cosa no era necesaria, pues por la ventana entraba suficiente luz.
Las oficinas eran más bien pobres. En el escritorio estaban apilados muchísimos sobres iguales a los que yo había recibido la primera vez. Una gran foto de Charles Atlas, mostrando los músculos pectorales con orgullo (confieso que ésa no la conocía), dominaba la pared de frente a mí. Mr. Rideout me pidió que me sentara y comenzó a hablar sin mirarme, con la vista fija en un pisapapeles y las manos entrelazadas frente a él, en su rostro la clara evidencia de que hacía un gran esfuerzo al hablar. Yo escuchaba sus palabras dichas en un mismo tono y no fue sino hasta que hizo una pausa y sacó su pañuelo para limpiar la saliva de las comisuras de sus labios, que reparé en algo que mi nerviosismo me había impedido: su esfuerzo con las manos, y la posición de su cabeza, no era otra cosa que el ejercicio número 18 de tensión dinámica. Confieso que la emoción casi me llevó hasta las lágrimas.
-Le saludo muy cordialmente —había dicho Mr. Rideout Jr.- , y le deseo muy feliz estadía en la ciudad de New York; lamento no poder expresarme en correcto español como hubiera sido mi deseo, pero sólo hablo un poquito (esta palabra la dijo en español, midiéndola con un gesto mínimo de los dedos pulgar e índice de su mano derecha, riendo por esa única vez estrepitosamente, como si hubiera dicho una cosa muy graciosa).
Mr. RideoutJr. me miró luego con una beatífica sonrisa de condescendencia, mientras enderezaba el nudo de lazo de su cuello.
-Soy el gerente general de Charles Atlas Inc. y es un gran gusto para mi firma recibirle en su calidad de invitado oficial del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Haremos lo posible porque su estadía entre nosotros sea grata.
Mr. Rideout Jr. aplicó de nuevo el pañuelo a sus labios y continuó el discurso, esta vez con una tirada más larga que me dio la oportunidad de apreciar cómo la vieja señorita que me había introducido, manipulaba las persianas de la ventana que daba a la calle, cambiando así el tono claro de la luz en uno ocre que me hizo trastornar por instantes la visión de la habitación, ofreciéndome la apariencia de nuevos objetos, o como si en las fotografías desplegadas en las paredes, Charles Atlas hubiese cambiado de poses.
-Aprecio mucho que Ud. haya viajado desde tan lejos para conocer a Charles Atlas y debo confesarle que es el primer caso que se nos presenta en toda la historia de la firma —siguió Mr. Rideout Jr—Como toda corporación comercial, nosotros conservamos en la privacidad asuntos que de trascender públicamente, dañarían nuestros intereses. De modo que debo pedirle absoluta reserva, bajo su juramento, de lo que voy a decirle.
Mr. RideoutJr., ya sin tensión alguna y hablando plácidamente, me repitió varias veces la misma advertencia; yo sólo tragaba saliva y asentía con la cabeza.
-Jure en voz alta - me dijo.
-Sí juro —le contesté al fin.
Aunque estábamos solos en la habitación y sólo se oía el ruido sostenido del aparato de calefacción, Mr. Rideout Jr. miró a todos lados antes de hablar.
-Charles Atlas no existe —me susurró adelantando hacia mí el cuerpo por sobre el escritorio. Después se acomodó de nuevo en su silla y me miró fijamente, con expresión sumamente solemne—. Sé que es un golpe duro para Ud., pero es la verdad. Inventamos este producto en el siglo pasado y Charles Atlas es una marca de fábrica como cualquier otra, como el hombre del bacalao en la caja de emulsión de Scott; como el rostro afeitado de las cuchillas Guillete. Es lo que vendemos, eso es todo.
En las largas sesiones sostenidas allá en San Fernando, después de la lección de inglés, el Capitán Hatfield USMC me había prevenido repetidas veces contra este tipo de situaciones: nunca dejes la guardia abierta, sé como los boxeadores, no te dejes sorprender. Exige. No te dejes engañar.
-Bueno -le dije poniéndome de pie-, desearía informar esta circunstancia a Washington D.C.
-¿Cómo? —exclamó Mr. Rideout Jr. incorporándose también.
-Sí, informar a Washington D.C. de este contratiempo. (Washington es una palabra mágica, me aleccionaba el Capitán Hatfield USMC; úsala en un apuro, y si acaso no te sirve, echa mano de la otra que sí es infalible: Departamento de Estado).
-Le ruego creer que estoy diciéndole la verdad —me dijo Mr. Rideout Jr., pero ya sin convicción.
- Deseo telegrafiar al Departamento de Estado.
- No estoy mintiéndole... —me dijo mientras se retiraba sin darme la espalda y abría una puerta muy estrecha que cerró tras él. Yo me quedé completamente solo en la habitación ahora en penumbra; de acuerdo con el Capitán Hatfield USMC, la trepidación que sentía bajo mis pies era ocasionada por el tren subterráneo.
Mr. Rideout Jr. volvió a entrar, ya al atardecer. Martilla, sigue martillando, oía yo en mis adentros al Capitán Hatfield USMC.
-Nunca podré creer que Charles Atlas no exista —le dije sin darle tiempo de nada. Él se sentó abatido en su escritorio.
- Está bien, está bien -repitió, haciendo una señal despectiva con la mano-. La compañía ha accedido a que Ud. se entreviste con Mr. Atlas.
Yo sonreí y le di las gracias con una deferente inclinación de cabeza: sé amable, cortés, cuando sepas que ya has vencido, me decía el Capitán Hatfield USMC.
-Eso sí: deberá atenerse estrictamente a las condiciones que voy a comunicarle; el Departamento de Estado fue consultado y ha dado su visto bueno al documento que Ud. firmará. Después de ver a Mr. Atlas Ud. se compromete a abandonar el país, para lo cual se le ha reservado pasaje en el vapor Vermont que parte a medianoche; deberá además abstenerse de comentar en público o privado su visita, o de referir cualquiera de las circunstancias de la misma, o sus impresiones personales. Sólo bajo estos requisitos es que el consejo directivo de la firma ha dado su autorización.
La vieja señorita entró de nuevo y entregó a Mr. Rideout Jr. un papel. Él lo puso frente a mí.
- Bien, firme —me dijo con voz autoritaria.
Yo firmé sin replicar, en el lugar que su dedo me señalaba. Cuando tengas lo que quieras, firma cualquier cosa menos tu sentencia de muerte: Capitán Hatfield USMC.
Mr. Rideout Jr. tomó el documento, lo dobló con cuidado y lo puso en la gaveta central del escritorio. Antes de que él concluyera esta operación, sentí que me tomaban por debajo de los brazos y al alzar la vista me encontré con dos tipos vestidos de negro, altos y musculosos, exactos en sus cabezas rapadas y en sus ceños. No había duda de que sus cuerpos habían sido formados también en las disciplinas de la tensión dinámica.
-Ellos le acompañarán. Siga al pie de la letra sus instrucciones -y Mr. Rideout Jr. volvió a desaparecer por la estrecha puerta, sin extenderme la mano para despedirse de mí.
Los dos hombres, sin soltarme una sola vez, me condujeron por un pasillo, a través del cual caminamos muy largo rato, hasta llegar a unos escalones de madera; me ordenaron bajar de primero y al alcanzar el último escalón; la oscuridad era total; sentí el roce del cuerpo de uno de ellos, que se adelantaba para tocar a una puerta que estaba frente a nosotros. Otro hombre igual a los anteriores, abrió desde el otro lado y nos encontramos en una especie de pequeño muelle de cemento, pero envueltos como estábamos en la neblina no podría precisar el sitio pero sí que era la ribera de un río, pues pronto me condujeron hasta un remolcador, en el que navegamos con una lentitud pasmosa. El remolcador llevaba basura y hasta nosotros, que íbamos acomodados en la proa, llegaba el fétido olor.
Era de noche cuando bajamos del remolcador y por un callejón donde se apilaban altos rimeros de cajas conteniendo botellas vacías, seguimos caminando; atravesamos por entre círculos de niños negros que jugaban canicas a la luz de faroles de gas adosados en lo alto de las puertas y por fin desembocamos en una plaza de hierba seca, entre la que alguna nevada había dejado duras costras de hielo sucio; frente a nosotros se levantaba un bloque de cuatro o cinco edificios oscuros, que se nos aparecían por detrás, pues entre la sombra podía percibirse la maraña de escaleras de incendio, bajando por sus paredes. Un tráfago de vehículos lejanos y aullidos de trenes corriendo a muchas millas de distancia, venía a ratos entre el humo espeso que envolvía la noche.
Una nueva presión bajo mis brazos me indicó que debía caminar hacia un costado y así llegamos al atrio de lo que más tarde descubrí era una iglesia, un edificio negro y de una humedad salitrosa que se desprendía de los muros cargados de relieves de ángeles, flores y santos. Uno de mis acompañantes encendió un cerillo para encontrar el aldabón que debía usar para llamar y pude entonces leer en una placa de bronce el nombre de la iglesia: Abyssinian Baptist Church, decía: y pronto, tras los golpes que resonaron profundos en la noche helada, la puerta fue abierta por otro guardián de la misma familia, alto, fornido y rapado.
Atravesamos la nave principal y llegamos hasta el altar mayor, siendo empujado hacia una puerta que apareció a la izquierda, me sentía triste y rendido, casi con arrepentimiento de haber provocado la situación que me había llevado hasta allí, inseguro de mi suerte, de lo que podría esperarme. Pero de nuevo la voz del Capitán Hatfield USMC me animaba: una vez en el camino, querido muchacho, uno nunca debe volverse atrás.
Una anciana vestida con un blanco uniforme almidonado me recibió en la puerta y los dos hombres me soltaron al fin, para colocarse en guardia, uno a cada lado de la entrada,
-Tiene exactamente media hora —me dijo uno de ellos. La anciana caminó delante de mí por un pasillo pintado absolutamente de blanco; el cielo raso, las paredes, las puertas frente a las cuales pasábamos, incluso las baldosas del piso eran blancas, y las luces fluorescentes devolvían interminablemente esa luz vacía y pura.
Lenta y dificultosamente la anciana se acercó a una de las puertas al final del corredor, precisamente la que lo cerraba. La puerta de doble batiente tenía abierta una de las hojas pero estaba defendida por una mampara de armazón metálica forrada con un lienzo. La anciana había desaparecido después de indicarme con un ademán tembloroso, que debía entrar. Toqué tímidamente por tres veces pero nadie parecía escuchar esos golpes asustados, dados contra la madera que parecía haber resistido infinidad de capas de pintura, pues la superficie ampollada dejaba a la vista las viejas pasadas de esmalte.
Toqué una vez más, con la angustia golpeándome el estómago y ya decidido a volverme si nadie respondía, cuando tras la mampara apareció una enfermera, alta y descomunal, toda ella de un blanco albino y en cuya cabeza el pelo desteñido empezaba a ralear. Me sonrió ampliamente, sin embarazo, enseñándome sus perfectos dientes de caballo.
- Pase —me dijo-. Mr. Atlas está esperando por Ud.
Dentro era la misma blancura artificial, la misma luz vacía en la que se movían infinidad de finas partículas de polvo; los objetos eran también todos blancos; había asientos, un carrito con algodones, gasas, frascos y aparatos quirúrgicos, sondas,' instrumentos niquelados; las paredes estaban desprovistas de todo adorno, a excepción de un cuadro que representaba a una bella joven, blanca y desnuda sobre una mesa de operaciones, y a un anciano médico que sostenía el corazón de la doncella, acabado de extraer; escupideras en el piso y lienzos cubriendo las ventanas, que en el día filtrarían la luz como coladores.
Y al fondo de la habitación, una cama altísima, desgon­zada por efecto de complicados mecanismos de manivelas y resortes, erigida sobre una especie de promontorio. Me acer­qué muy respetuosamente, caminando con lentitud y a medio camino, casi desvanecido por un profundo olor a desinfectan­te, me detuve para retroceder y buscar una de las sillas blancas; pero con un gesto, la enfermera que había llegado ya junto a la cama, me invitó a seguir, sonriendo de nuevo.
Sobre la cama reposaba la visión estática de un cuerpo gigantesco y musculoso, la cabeza invisible entre las almoha­das; cuando la mujer se inclinó para decir algo, el cuerpo hizo un movimiento penoso y se incorporó; dos de las almohadas cayeron al piso y yo hice el intento de recogerlas, pero ella me detuvo de nuevo con un gesto.
- Bienvenido -dijo una voz que resonaba extrañamen­te, como si hablara a través de una bocina muy vieja.
A mí se me hizo un nudo en la garganta y en ese momento deseé con toda mi alma no haber insistido.
-Gracias, muchas gracias por su visita -habló de nuevo-. La aprecio mucho, créame - y resonaba ahora gorgoteando, como ahogándose en un mar de espesa saliva. Y calló, recostándose de nuevo el gran cuerpo sobre las almoha­das.
Mi pena era indescriptible. Preferí mil veces haber creído la historia de que Charles Atlas era una fantasía, que jamás había existido, a tener que enfrentar la realidad de que eso era Charles Atlas. Me hablaba detrás de una máscara de gasas y en el lugar de la mandíbula pude ver que tenía atornillado un aparato metálico.
-Cáncer en la mandíbula -dijo otra vez-, ya extendido a los órganos vitales. Mi salud fue de hierro hasta los 95 años Nunca fumé, y de beber, tal vez un sorbo de champaña para navidad o año nuevo. Mis enfermedades no pasaron de resfríos comunes; el doctor me decía hasta hace poco que podía tener hijos, si quería. Cuando en 1843 gané el título del hombre más perfectamente formado del mundo... en Chicago... recuerdo... -dijo, pero la voz se transformó en una sucesión de lastimeros silbidos y por un largo rato calló.
—En 1843 descubrí la tensión dinámica e inicié los cursos por correspondencia, gracias a la sugerencia de una escultora que me utilizaba como modelo, Miss Ethel Whitney.
Charles Atlas levanta entonces sus enormes brazos que emergen de entre las sábanas, pone en tensión sus bíceps y lleva las manos tras la cabeza; las mantas resbalan y tengo la oportunidad de ver su torso, aún igual que en las fotos, a excepción de un poco de vello blanco. Este esfuerzo debe haberle costado mucho, porque se queja largamente por lo bajo y la enfermera lo asiste, cubriéndolo de nuevo y apretando los tornillos al aparato en su rostro.
-Cuando salí de Italia con mi madre tenía sólo 14 años -continúa-; entonces jamás imaginé que llegaría a hacer una fortuna con mis cursos; nací en Calabria en 1827 y mi nombre era Angelo Siciliano; mi padre se había venido a New York un año antes y nosotros le seguimos. Un día un grandulón lanzó arena con el pie a mi rostro en presencia de mi novia, mientras paseábamos por Coney Island y yo...
-A mí me pasó igual, fue por eso que... -intento yo decir, pero creo que no me oye, sigue hablando sin reparar en mi presencia.
-...comencé a hacer ejercicios; mi cuerpo se desarrollaba maravillosamente; un día mi novia me señaló una estatua del dios mitológico Atlas en lo alto de un hotel y me dijo; mira, eres igual a esa estatua.
-Óigame - le digo-, esa estatua... Pero es inútil. Su voz es como un río lodoso que aparta a su paso los obstáculos, penosamente.
—Estudié la estatua y pensé: bueno, un nombre como el mío no es muy popular aquí, hay mucho prejuicio. ¿Por qué no habré de llamarme Atlas? Y también cambié el Angelino por Charles. Después vino la gloria. Recuerdo el día que arrastré un vagón lleno de coristas, por un espacio de doscientos metros...
-Caramba -exclamo yo-, tal como....  -pero la voz, meticulosa y eterna, sigue su curso.
-¿Ha visto Ud. la estatua de Alejandro Hamilton frente al edificio del tesoro en Washington? Pues ese soy yo —y levanta de nuevo los brazos y hace el ademán de jalar algo pesado, un vagón lleno de coristas. Pero ahora su dolor debe ser mucho más profundo, pues se queja por largo rato y queda tendido en la cama, sin moverse. Después, sigue, pero yo ya quiero irme.
- Recuerdo Calabria  -dice, y se agita en la cama. La enfermera trata de calmarlo y va a la mesa de los instrumentos y las medicinas para preparar unas gotas-. Calabria y a mí madre con el rostro enrojecido por las llamas del horno, cantando- repite después algo que no entiendo y su voz parece multiplicarse en el recinto, en una serie de ecos agónicos-. Una canción...
Yo había perdido la noción de todas las cosas, cuando de pronto un timbre resonando incesantemente me devolvió a mi sitio junto a la cama, el timbrazo repitiéndose por los corredores de todo el edificio, para regresar a su punto de partida en la habitación, pues veo a la enfermera accionando un cordón arriba de la cama y a Charles Atlas de espaldas en el suelo, completamente desnudo y cubierto de sangre, el aparato desprendido de su mandíbula.
Pronto la habitación se llenó de pasos y de voces, de sombras. Siento que me arrancan del sitio donde he permanecido los mismos brazos fuertes que me habían conducido a la cita, y al salir, en una confusión de imágenes y de sonidos, veo a la enfermera gritando: fue demasiado el esfuerzo, por Dios, no resistió una pose más, y muchos hombres que levantan el cuerpo para depositarlo en una camilla, sacada rápidamente de la habitación.
Ahora en mi ancianidad, al escribir estas líneas, me cuesta trabajo creer que Charles Atlas no vive y no sería capaz de desilusionar a los muchachos que todos los días le escriben, solicitando informes sobre sus lecciones, atraídos por su figura colosal, su rostro sonriente y lleno de confianza, sosteniendo en sus manos un trofeo o jalando un vagón cargado de coristas, cien muchachas alegres y apiñadas saludando desde las ventanillas, con sus sombreros llenos de flores y el gentío en las aceras presenciando la escena, rostros incrédulos y una mano que levanta su sombrero hacia lo alto entre la multitud.
Dejé New York aquella noche, lleno de tristeza y de remordimientos, sabiéndome culpable de algo, por lo menos de haber llegado a saber aquella tragedia. De regreso en Nicaragua, ya terminada la guerra, muerto el Capitán Hatfield USMC, me dediqué a diversos oficios: fui cirquero, levantador de pesas y guardaespaldas. Mi cuerpo ya no es el mismo. Pero gracias a la tensión dinámica, aún podría tener hijos. Si quisiera.
(Charles Atlas también muere, 1976)